Capítulo 23. #3
No estoy haciéndolo por mí, ¿lo estoy haciendo por él?
No logro descifrarlo. Realmente, podría perfectamente aguantar un día más con lo puesto, e ir al festival así.
Puedo lavar de nuevo el vestido en el hotel, darme una ducha, lavarme la cara y pasear, pero...
¿Por qué hago las cosas que hacía con dieciséis años la mañana de antes de ir al instituto?
Cuando me ponía el despertador a las 6 de la mañana, solo para ducharme, vestirme, maquillarme, plancharme el pelo, desayunar y estar guapa para el chico que me gustaba entonces.
Esa Dahlia nunca se habría despertado por voluntad propia dos horas antes, ni aunque le hubieran pagado por ello.
Da gracias si me quitaba las legañas, me ponía el chándal más horrendo del armario y me cepillaba el pelo.
Esto que estoy haciendo ahora con veintiséis...
se parece bastante, ¿no? Pero Keith no es aquel estúpido crío que iba conmigo a matemáticas y que me gustaba porque me hacía reír.
Keith no me hace reír, me hace cuestionarme la vida, y querer saltar al vacío y apuntar el gatillo hacia mí misma.
Le da quinientas vueltas.
En verdad, para eso trabajo. Para eso me dejo la salud mental en la corte, para eso soporto la presión del juez, la hostilidad de Kudo y las lágrimas que cuesta cada maldito sueldo.
Estoy aquí exactamente para esto: para poder disfrutar de mi propia compañía, gastarme mi propio dinero sin darle explicaciones a nadie y para recompensar mi propio esfuerzo.
Merezco sentirme bien, merezco estar guapa mañana y merezco, por encima de todo, cuidarme a mí misma.
Pago, recojo las bolsas y salgo por las puertas automáticas.
El taxista tenía toda la razón: el trayecto a pie no dura apenas diez minutos.
Además, las calles de Kioto a esta hora son preciosas.
La iluminación nocturna y los preparativos de mañana le dan a la ciudad un aura que me abraza el corazón.
Mañana estrenaré el vestido y las sandalias, y por la noche, intentaré volver a Tokio con dignidad.
Ya sabéis por qué digo “intentaré”.
16 de julio, Kyoto Stars Hotel
Cuando las puertas de cristal del Kyoto Stars se abren ante mí, miro a mi alrededor y lo recuerdo con cariño.
El aire acondicionado está encendido y lo agradezco, porque el calor que hace en la calle no es normal.
El vestíbulo está exactamente igual que la primera vez que estuve aquí con Fukuda, cómo es la vida.
Camino hacia el mostrador y me doy cuenta de que la chica que está detrás de la recepción es la misma que nos atendió aquel día.
Me acerco y la saludo.
—Buenas noches, señorita. Debería haber una reserva hecha hace un rato a mi nombre —le acerco mi pasaporte.
La recepcionista teclea un par de cosas en el ordenador, levanta la vista y me sonríe con cortesía.
—¿Es usted la abogada Dahlia Hawthorne? —pregunta.
—Sí, soy yo.
—Perfecto, la recuerdo de la última vez. Muchas gracias por su labor. ¿Podría facilitarme su identificación y distintivo para guardarlo en el sistema y enviarlo a la policía para hacerles llegar la factura, por favor?
Saco mi tarjeta de identificación y el distintivo; los llevo los dos en el monedero, bien seguros. Verifica rápidamente la información, asiente y me lo devuelve junto a una tarjeta magnética para la puerta.
—Todo en orden, señorita. Su habitación hoy está asignada en la planta diecisiete, habitación 207. Los ascensores están justo por ese pasillo, a su derecha. Que tenga una buena estancia.
—Gracias —agradezco, cogiendo la llave.
Me giro y camino en la dirección que me ha indicado. Mis pasos se vuelven más lentos a medida que me acerco al pasillo de los ascensores y siento un pinchazo en el corazón. No hace tanto tiempo que me hospedé aquí por última vez, y... Este pasillo tiene su historia.
Porque fue justo aquí.
Fue la segunda vez en mi vida que le vi, después de aquel primer encontronazo delante de las escaleras de la escena del crimen, en el templo Katsura.
Keith estaba exactamente ahí, de pie, cerca del ascensor, esperando.
Recuerdo con nitidez el momento exacto en el que intercambiamos nuestros nombres por primera vez y cómo me miró desde arriba, con su inmensa altura.
Me sentí tan pequeña en aquel momento ante aquel hombre envuelto en ropa negra como las cenizas que caen de su cigarro cada vez que fuma.
Fue la primera vez que pude escuchar su voz nítidamente, a un centímetro de la mía, presentándose como el fiscal del caso. En aquel momento, irremediablemente, le puse cara a mi mayor enemigo. Y vaya cara.
Desde ese maldito día, en este mismo pasillo, han pasado tantas cosas, se han cruzado tantas líneas y se ha derramado tanta tensión en tan poco tiempo, que estar aquí de pie se siente irreal.
Volver al punto exacto donde empezó nuestra guerra, sabiendo que anoche estaba durmiendo en su cama, en su casa, usando su camiseta negra…
Se me hace rarísimo. Es una sensación extraña, y puedo llegar a sentir un vacío en el estómago que resulta raramente melancólico, pero en el mal sentido.
Como si el universo se estuviera riendo de mí.
Un pequeño flashback de su mirada verde clavándose en la mía aquella primera vez intenta abrirse paso en mi cabeza, pero lo niego imperceptiblemente. Me obligo a ignorarlo y aprieto la mandíbula, levanto la barbilla y camino hacia la puerta del ascensor con paso firme.
Pulso el botón.
Basta de Keith Kudo por hoy, me ordeno a mí misma.
Entro en la cabina, paso la tarjeta por el lector y presiono el botón del piso 17. Las puertas se cierran, aislándome por fin de los recuerdos, y el ascensor empieza a subir, llevándome hacia mi habitación y hacia la soledad que tanto necesito.
16 de julio, Habitación 207
Abro la puerta de la habitación 207 y entro arrastrando los pies, dejando caer las bolsas al suelo sin importarme dónde aterrizan. Camino a trompicones hacia la gigantesca cama y me dejo caer de espaldas sobre el colchón.
«¡Dios, por fin! Lo necesitaba tanto».
Me quedo mirando el techo durante unos segundos, respirando el olor característico de la habitación antes de obligarme a incorporarme: huele igual que la última vez.
Me quito los tacones y los empujo con los pies, soltando un suspiro cuando siento el dolor y la presión desaparecer.
Me deshago del vestido blanco, que cae al suelo formando un charco de tela, y me quito la ropa interior.
Desnuda y exhausta, voy directa al baño.
Necesito esta ducha más que nada en el mundo. Abro el grifo, dejo que el agua salga lo más caliente posible, y me meto debajo.
—Oye, Siri, pon "Enemies" de Chris Grey en Spotify.
"Enemies de Chris Grey sonando en la APP de Spotify”.
Me quedo inmóvil bajo el agua durante más de veinte minutos mientras van sonando canciones una detrás de otra y, con los ojos cerrados, dejo que el calor penetre en todos mis poros y resbale por mi piel, intentando que se lleve por el desagüe el sudor, el cansancio y la tensión de las últimas cuarenta y ocho horas.
Pero el agua no puede lavar lo que tengo en la cabeza.
No puedo evitar pensar otra vez en la noche de ayer.
En esa cama inmensa, la oscuridad de su habitación y la distancia ridícula que nos separaba.
Deslizo las manos por mi cuerpo mojado, cediendo al instinto y a la frustración acumulada que lleva horas quemándome por dentro.
Empiezo a tocarme, despacio al principio, soltando un gemido bajo que choca con los azulejos y se camufla con el ruido del agua hasta que me corro.
Cierro los ojos con fuerza y empiezo a pensar en él, follándome, me calienta por completo.
Lo imagino ahí, encima de mí. Imagino que me quita la ropa, me muerde todo el cuerpo, me agarra del pelo, me escupe en la boca y me folla toda la noche, hasta el amanecer; una y otra vez, sobre esas sábanas, devorándonos y consumiendo toda esta tensión sexual mientras la tormenta estalla al otro lado del cristal.
Si hubiera sido así, si él me hubiera tocado con las mismas ganas con las que yo me estoy tocando ahora, los truenos no me habrían dado ningún miedo. Al contrario.
La sensación de querer algo tan prohibido y de desear con esta desesperación a ese miserable, es inconcebible.
Es un veneno que me estoy inyectando yo misma con una aguja que ni sé utilizar.
Pero aquí, bajo el agua del hotel, nadie me está viendo, aunque desearía que él sí.
Solo existo yo, mi cuerpo desnudo y mi respiración agitada por tener tantas ganas de hacerle el amor, si es que se lo han hecho alguna vez en su vida.
Lo que ahora mismo importa es que siempre voy a ser mi propia y gran confidente.
Mi mente es el único lugar donde él puede entrar sin que todo explote y todo lo que diga, todo lo que defienda como abogada o predique fuera de estas cuatro paredes sobre hacer lo correcto, sé perfectamente que no es de la incumbencia de nadie.
Si aquí dentro quiero deshacerme por el fiscal del caso, es mi problema y mi secreto mejor guardado.
Termino apoyando la frente contra los azulejos y recupero el aliento lentamente mientras el agua sigue cayendo por mi espalda y mis muslos están mojados, pero no por ella.
Cierro el grifo y escucho mi playlist. Se ha puesto el aleatorio y ahora está sonando “Given Enough” de Nessa Barrett.
Apoyo las manos en el salpicadero y respiro el vapor, donde decido que ya es hora de volver al mundo real e irse a dormir.