Capítulo 23. #2
No tardo demasiado en encontrar la planta dedicada a la ropa.
El ascensor se abre y, para mi sorpresa, la sección de moda no está nada mal.
El estilo aquí en Japón es definitivamente distinto al estadounidense, pero por suerte hay infinidad de opciones que me gustan.
Es un país lleno de cultura, con diversidad, muchísimas marcas y una accesibilidad a todo que a veces me marea un poco.
Miro bien las etiquetas antes de coger nada, porque no quiero malgastar el dinero que tanta salud mental me está costando ganar.
El sueldo de abogada defensora se paga con lágrimas, horas sin dormir y crisis de ansiedad. Sinceramente, qué os voy a contar.
Avanzo entre los pasillos hasta dar con una sección de ropa para dormir.
Clavo los ojos en un conjunto de pantalón y camiseta de algodón azul clarito, estampado con pequeños corazones blancos.
Es precioso. Muy yo. Me encanta este estilo porque, de alguna forma, me arrastra a mi infancia.
Me recuerda a mis padres, a cuando todavía estaban juntos y mi mundo estaba a salvo.
Me viene a la mente mi antigua habitación pintada de rosa palo, y a mi madre peinándome despacio por las mañanas para ponerme lazos en el pelo.
Recuerdo la ropa de colores pastel, las falditas, los vestidos con vuelo...
Hay algo en este pijama que me hace querer preservar aquellos días en los que le daba la mano a mi padre y salíamos juntos a hacer las compras de Navidad, abrigados y sintiéndonos invencibles.
El sentimiento me distrae, dejándome un nudo bastante doloroso en la garganta.
Cierro los ojos un segundo y logro evadir la imagen de aquello que ya no está, de ese hombre que se marchó.
En su lugar, la memoria me devuelve a la realidad de los años siguientes: me veo a mí con mi madre, las dos solas en casa, luchando con uñas y dientes por salir adelante, contando cada centavo para que yo pudiera ir a la universidad.
Trago saliva, ahuyentando la melancolía, y descuelgo el pijama azul de la percha.
Sigo mirando a mi alrededor y encuentro varias cosas más que necesito con urgencia: ropa interior limpia, calcetines y un vestido cómodo y fresco para sobrevivir al calor y a la multitud del festival de mañana.
Pero claro, como no he traído nada conmigo, me doy cuenta de que voy a necesitar algo de almacenaje para llevármelo todo.
Me acerco a la zona de accesorios y veo un bolso de mano estilo tote bag, amplio y de una lona que luce bastante resistente; me puede venir de maravilla. Al cogerlo, lo miro y no puedo evitar que se me escape una sonrisa. Lo bautizo mentalmente como mi nuevo "kit de emergencia".
Pienso que la próxima vez que viaje a Kioto con la firme intención de volver a casa al día siguiente, podría acabar, accidentalmente, encerrada en la mansión de un fiscal legendario sin querer. Visto lo visto, llevar un kit de emergencia encima a partir de ahora no me vendría nada mal.
Mierda.
Aprieto los dientes y vuelvo a intentar evadir el pensamiento tan rápido como ha llegado.
Keith Kudo colándose hasta cuando compro un triste bolso de tela, soy inútil.
Son demasiados pensamientos, demasiadas imágenes de su cara y de su voz a tristes centímetros de la mía.
Ahora mismo no me viene nada bien pensar en él follándome en los probadores si no quiero acabar volviéndome completamente loca. O más de lo que ya estoy.
Meto en la tote bag el pijama azul, el pack de calcetines y varios conjuntos de ropa interior —una mezcla de tanguitas de algodón para esta noche en el hotel y algunas piezas lenceras de encaje, porque nunca viene mal reponer el cajón y sentirme un poco yo misma—.
Con esto es más que suficiente para salir del apuro de hoy.
Con la bolsa colgando del hombro, camino hacia la sección de ropa de calle pensando en qué demonios puedo ponerme mañana para el Gion Matsuri.
Estoy revolviendo las perchas de unos vestidos bastante simples cuando escucho un murmullo alegre a mis espaldas.
Me giro ligeramente y veo a un grupo de chicas jóvenes buscando ropa.
Van arregladas, peinadas con recogidos altos y vestidas con unos kimonos espectaculares.
Me quedo mirándolas un segundo, hipnotizada.
Qué guapas están. Es imposible no admirar lo maravillosa que es una prenda tan delicada, tan llena de historia y tan cultural como el kimono, y lo imponente que resulta ver lo que representa en una mujer.
Nunca me he visualizado llevando uno, y sinceramente, no sé si algún día lo haré, pero la idea se me cruza por la cabeza.
De repente, no puedo "desimaginármela", y me veo caminando mañana entre la multitud vestida así.
Pero sacudo la cabeza. Sé que no es realista.
Los kimonos que de verdad me gustan —los que he ojeado alguna vez cuando he ido de compras con Mina por Tokio— son carísimos.
Y no es que no pueda permitírmelo, el problema es que siento que no estoy preparada para hacer una inversión tan grande en algo que no sé si me voy a volver a poner en la vida.
Mi verdadero uniforme es la ropa para ir al juzgado: esos vestidos negros largos, rectos, y esas americanas básicas que, dependiendo del día, me visten mejor o peor de acuerdo con mi humor y mis ganas de pelear.
Me doy la vuelta con una punzada de tristeza en el pecho, pero entonces, algo llama mi atención al final del pasillo.
Es un vestido largo, de un tono rosa clarito precioso y una tela parecida al satén.
Tiene un corte básico, pero la falda termina en unos pequeños volantes que le dan un vuelo increíble.
Me acerco y paso los dedos por él; me fijo en que tiene unas pequeñas flores blancas tejidas de forma muy sutil, lo que lo hace todavía más elegante.
Miro la etiqueta: no es nada caro. Quedaría espectacular con los tacones del infierno que llevo puestos, así que, sin pensarlo mucho más, decido llevármelo para poder lucirlo mañana.
Con el vestido en el brazo, el pensamiento lógico de comprar unos zapatos más cómodos se pasa por mi mente.
, porque mis pies llevan pidiendo auxilio desde los jardines de Tenjuan...
Así que, justo cuando estoy a punto de cambiar de zona para ir a la sección de zapatería, mi mirada tropieza con un expositor rebajado.
Ahí están. Veo unas sandalias blancas de plataforma, preciosas, que tienen pinta de ser muchísimo más cómodas que los zapatos de aguja que llevo, con los que sé que no aguantaré ni media hora caminando entre las carrozas.
Me acerco, cojo una, miro la suela y suelto una risita.
Es exactamente mi talla. ¡La última caja!
Cierro los ojos un instante y levanto la vista hacia el techo iluminado. Le hablo mentalmente a lo que sea que me esté guiando esta noche, porque estoy teniendo demasiada suerte para lo que suelo ser.
Por favor, seas Dios o algún espíritu que está aquí conmigo ahora, no sigas. Vas a hacerme creer que es una buena idea ir mañana al festival si esto continúa así.
Antes de dirigirme a las cajas de autopago, hago una última parada estratégica y me desvío hacia la sección de maquillaje y skincare.
El maquillaje en Japón es una auténtica maravilla: es barato, increíblemente bueno y, sinceramente, le da mil vueltas al de Estados Unidos por una fracción del precio.
Esta mañana, cuando estaba delante del espejo del baño de Keith, tuve que hacer milagros con una mini talla de corrector, un pintalabios rojo y un lápiz que sobrevivían por casualidad al fondo de mi bolso.
Así que sería ideal comprar un neceser pequeño y llenarlo de básicos para dejarlo siempre ahí dentro, por si algún día vuelvo a necesitarlos.
La zona de belleza está repleta de formatos para viajar, así que empiezo a echar cosas en la cesta como si el dinero de mi tarjeta de crédito fuera infinito: un colorete rosa en polvo, un delineador de ojos negro, una minipaleta de sombras de tonos neutros, un set de brochas de viaje que no ocupa nada, un iluminador plateado, una máscara de pestañas, un gel fijador de cejas con color y, por qué no, un combo de labios nude que trae el pintalabios y el gloss a juego.
Estoy contenta con mi elección y creo que no estorbará en absoluto en el bolso que me llevo a todos lados.
Para rematar, añado un botecito de agua micelar y un paquete de algodones.
Odio la sensación de llevar el maquillaje sucio o mal retirado, necesito poder desmaquillarme sin problema en el hotel antes de meterme en la cama.
Ahora sí que lo tengo todo.
Camino hacia la caja con la tote bag, la ropa y mi nuevo arsenal de belleza.
Mientras espero mi turno, miro mis compras para nada impulsivas: la voz de mi conciencia me susurra que, aunque ha sido una compra absurda y un capricho de niña de doce años, sé exactamente que, si no fuera por él, no estaría haciendo cola.