Capítulo 23.
(涙を滲ませるインク — La tinta que emborrona mis lágrimas)
Cierro la puerta del taxi con más fuerza de la necesaria y me hundo contra el tapizado de los asientos traseros.
A través de la ventanilla tintada, veo cómo la figura de Keith se va haciendo cada vez más pequeña a medida que el conductor acelera para alejarnos del templo.
Sigue ahí de pie, fumando, exactamente igual que como lo dejé.
Y me odio.
Me odio profundamente con cada fibra de mi cuerpo.
Me odio por no haberle hecho caso a Nina, y me odio aún más por darme cuenta de que soy una completa hipócrita.
«Haz lo que sientas, Dahlia», me repito a mí misma imitando su voz en mi cabeza.
«Consejos vendo que para mí no tengo», murmuro, cerrando los ojos con fuerza.
Siempre he sido la primera en decirle a los demás que se dejen llevar, que sigan a su corazón siempre y cuando sea lo correcto y no lastimen a nadie.
Y ahora que me toca aplicármelo... maldigo haber hecho "lo correcto".
Maldigo mi sentido del deber y mi maldita moralidad, porque si hubiera hecho lo que de verdad sentía, no habría dudado ni una fracción de segundo en darme la vuelta y subirme a ese estúpido Porsche negro.
Ese coche que odio tanto como amo. Ese espacio cerrado que huele a él, al que, lamentablemente, desearía subirme cada día de mi vida.
Dios, daría lo que fuera por estar ahora mismo sentada en el asiento del copiloto, en silencio, tirándonos las dos horas y pico que separan Kioto de Tokio, rodeados de esa tensión eléctrica que nos consume a ambos.
Pero no podía hacerlo, por el bien de los dos. Y por el bien de los demás.
Abro los ojos y miro las calles de Kioto pasar a toda velocidad, intentando calmar el nudo que me ahoga la garganta. No podía subirme a ese coche porque, si hay algo que no puedo borrarme de la cabeza, es la conversación que hemos tenido hace un rato en ese banco de piedra.
Ese banco lo ha cambiado todo.
Hasta ese momento, por un segundo ridículo y peligroso, mi mente había intentado justificarlo.
Anoche, cuando tocó el piano, cuando dormimos juntos sin tocarnos, cuando me dejó el desayuno preparado...
había empezado a creer que debajo de toda esa frialdad de fiscal imbatible había un hombre roto, pero humano.
Alguien que, a su manera retorcida, quizá solo se ponía una armadura.
Pero ese banco me destrozó la fantasía de un plumazo.
En ese banco no estaba hablando con el hombre que me cuidó durante la tormenta: estaba hablando con la persona que quiere encarcelar a Yuko.
Con el monstruo que le destrozó la vida a Takumi.
Fue una bofetada de realidad tan fuerte que todavía me escuece la cara.
«Sé que es inocente», me dijo sin que le temblara un solo músculo.
Sabe que una chica de veintiún años no mató a ese monje, y aun así, está dispuesto a encerrarla de por vida solo para cumplir su cuota, por su estúpida filosofía de que "todo el mundo es culpable de algo" y el destino los ha puesto en su corte para pagar.
Es escalofriante.
Es la antítesis de todo lo que soy, de todo lo que respiro, de todo por lo que me levanto cada mañana y miro el broche de mi distintivo de abogada en la americana.
Yo creo en la justicia absoluta, en proteger a los vulnerables de un sistema que los aplasta, y él...
Él es la maldita máquina que los tritura y encima disfruta del sonido.
¿Cómo se puede desear tanto a alguien que representa todo lo que desprecias?
Ese es el verdadero problema, la herida que sangra ahora mismo en este taxi.
Me duele en el alma saber que mi cuerpo lo busca, que mi corazón se acelera cuando lo tengo a un palmo, que me sentí más segura durmiendo en su cama que en mi propia casa.
Pero mi cerebro, mi consciencia y la abogada que hay en mí saben que ceder ante él es traicionarme a mí misma.
Rendirme a Keith Kudo significa aceptar su crueldad.
Significa que el sufrimiento de Yuko, de Takumi, de Mina...
no me importa lo suficiente. Y eso sí que no me lo perdonaría jamás.
En ese banco de piedra, Keith me obligó a elegir. O mi integridad, o él. Y al subirme a este taxi, he elegido mi integridad. Pero joder, cómo duele saber que el hombre por el que me estoy quemando por dentro es el mismo que va a intentar reducir mi vida a cenizas en la corte.
Cierro los ojos con fuerza e intento dejar la mente en blanco, apoyando la sien contra el cristal de la ventanilla.
El traqueteo del taxi me ayuda a anclarme al presente.
Sé que he tomado la decisión correcta. Irme al hotel es lo más racional después de la bomba de relojería de estas últimas 24 horas, pero lo que hay en mi interior, mi instinto terco y silencioso, me dice que debo quedarme...
Que tengo que pasar este 17 de julio aquí.
Sola o acompañada, da igual. Si el maldito destino —o mi pésima suerte con los horarios de trenes— me ha puesto en esta situación, no pienso desaprovechar el festival más importante de la ciudad por culpa de un par de ojos verdes llenos de ceniza como los de Keith Kudo.
Bajo la mirada hacia mi regazo, observo la tela de mi vestido y arrugo la nariz.
Llevo dos días enteros con la misma ropa y, aunque técnicamente está lavada y tendida al viento, me siento sucia.
Si tuviera mi armario aquí, ya estaría bajo el agua hirviendo y me habría cambiado de ropa más de cuatro veces, eso lo tengo clarísimo.
No soporto la sensación de llevar encima el peso de las últimas cuarenta y ocho horas.
Saco el móvil del bolso para comprobar la hora y la pantalla se ilumina. Se me hace rarísimo volver a tenerlo entre las manos. Durante horas ha estado secuestrado en el bolsillo interior de su chaqueta, pegado a su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo...
Keith.
Su nombre vuelve a colarse en mi cabeza como si fuera veneno, pero sacudo la cabeza, obligándome a espantarlo.
Bórralo, Dahlia, por favor. Bórralo ya. Me concentro en las notificaciones de la pantalla.
Es tarde y el sol ya ha empezado a esconderse del todo, pero no lo suficiente como para que la ciudad eche el cierre.
Kioto no duerme, o al menos no durante la víspera del Gion Matsuri; de eso estoy completamente segura, al igual que Tokio.
El hotel Kyoto Stars está en pleno centro, así que, con un poco de suerte, seguro que puedo encontrar algunos grandes almacenes o alguna boutique que cierre tarde.
Necesito comprar algo de ropa urgentemente, aunque solo sea ropa interior limpia, un pijama decente para poder pasar la noche y algo cómodo para sobrevivir al día de mañana entre la multitud.
Suspiro, enderezando la espalda en el asiento. Necesito una ducha, ropa nueva y dejar de pensar en fiscales arrogantes. En ese orden.
Intento hacer memoria y rebuscar en mi cabeza el poco japonés que Mina se ha estado esforzando en enseñarme estas últimas semanas.
Me hizo repetir un montón de frases clave, sobre todo aquellas básicas de supervivencia para cuando subiera a un taxi o me perdiera en la ciudad.
«Migi es derecha, hidari es izquierda...
», me repito mentalmente. Pero, justo cuando abro la boca para intentar formular la pregunta, la inseguridad me golpea.
Mi pronunciación sigue siendo un desastre y, honestamente, hoy no tengo la energía necesaria para jugar a las adivinanzas.
Me rindo con un suspiro y abro la aplicación del traductor. Tecleo rápido, asegurándome de que la frase tenga sentido: «Señor, disculpe, ¿hay algunos grandes almacenes que estén abiertos cerca de mi hotel?».
Le doy al icono del altavoz y acerco un poco el teléfono a la rejilla de separación. Una voz robótica en japonés habla mientras la escuchamos atentamente.
El conductor me mira por el espejo retrovisor, asiente con una sonrisa amable y me responde con un inglés muy básico y gestos que puedo comprender.
Me explica que a apenas a diez minutos a pie del Kyoto Stars hay unos almacenes enormes de varias plantas que abren las veinticuatro horas y no cierran en toda la noche.
Suelto todo el aire que estaba reteniendo de golpe. Menos mal.
Vuelvo a usar el traductor para preguntarle si, por favor, podría desviarse y dejarme allí directamente. El señor asiente al instante, dándome a entender que lo hará con mucho gusto.
El trayecto no se alarga mucho más. El taxista frena suavemente junto a la acera unos minutos después.
Saco los yenes de mi monedero blanco, le pago el importe que marca el taxímetro y me despido de él con una leve reverencia desde el asiento y un «Arigato gozaimasu» —eso sí que me atrevo a decirlo en voz alta—
Bajo del coche y la brisa cálida de la noche me acaricia las mejillas.
Me quedo parada un momento en la acera, asimilando el entorno.
Frente a mí se alza un edificio inmenso, forrado de carteles, pantallas luminosas y neones de colores chillones que iluminan la calle como si fuera pleno mediodía.
Es espectacular y ruidoso, pero, mientras observo el bullicio de la gente entrando y saliendo por las puertas automáticas, me doy cuenta de algo.
Hay un matiz en el ambiente de esta gran ciudad que la distingue irremediablemente de Tokio.
Se nota en el aire, en el ritmo de los pasos de la gente en la acera, en cómo los farolillos del festival están hasta en las calles más comerciales, no solo en los callejones. Definitivamente, se nota que no estoy allí. No estoy en casa.
Me ajusto el asa del bolso al hombro, respiro hondo para sacudirme el vestido e intento aguantar el cansancio para no dormirme por las paredes. Estoy agotada, pero también decidida a entrar, necesito varias cosas.
16 de julio, Kyoto Takashimaya Shopping Center