Capítulo 22. #11
Me quedo unos segundos más con la barbilla entre sus dedos, sintiendo el calor de su cuerpo, la presión de su mirada, y cómo cada palabra retumba en mi pecho como un tambor que no puedo silenciar.
Mi corazón está en llamas, pero mi mente intenta desesperadamente no olvidar que es él quien quiere destruir vidas inocentes y manipular la justicia a su antojo.
No puedo olvidar eso, aunque cada fibra de mi ser quiera otra cosa.
—No... —Susurro, tratando de recuperar algo de dignidad—. No haré lo que quieras, Keith. No... —Mi voz se quiebra y me doy cuenta de que su proximidad me paraliza.
Él sonríe, como si mis palabras fueran una brisa que no le roza.
—Ya lo veremos, querida —responde—. Por ahora, camina delante, o iré yo primero y no te esperaré si esos tacones vuelven a hacerte heridas.
◆◆◆
Nos apartamos poco a poco mientras me suelta la barbilla lentamente. Doy un paso hacia adelante, pero mis ojos no dejan los suyos. Tengo un torbellino de emociones en el pecho: miedo, rabia, deseo y confusión.
Mientras caminamos juntos hacia los puestos de comida, puedo sentir cómo se mantiene a mi lado, cercano, pero sin tocarme.
Intento concentrarme en los sonidos del templo, en los pasos ajenos, en el canto lejano de un pájaro o cualquier cosa que me disocie de la tensión que acabamos de vivir; pero es inútil.
Nos adentramos en una calle cercana al templo, con restaurantes que ofrecen comida típica de Kioto.
Pido algo ligero y Keith también, pero no decimos nada durante un buen rato.
Comimos casi en silencio, sabiendo que, aunque me había pedido que lo olvidara todo por un momento, no podía, pero quería hacer el esfuerzo para no entrar en el templo llena de malas vibraciones.
Al terminar, lo obligué a entrar en él. Concretamente, arrastré sus pasos hacia el edificio Hojo, la antigua residencia del abad.
Había leído sobre los rituales de té verde matcha que se celebraban allí, y no pensaba irme de Kioto sin experimentarlo.
—Es solo té, Hawthorne. Lo puedes tomar donde quieras —dice, cruzándose de brazos en la entrada, mirándome como si le estuviera pidiendo que saltara por un acantilado.
—No es solo té, Keith. Es un ritual —replico, plantándome frente a él con los brazos en jarra—. Y vamos a entrar.
—No pienso sentarme en el suelo a ver cómo alguien bate agua caliente durante veinte minutos.
—Por favor —insisto—. Hazlo y punto.
Me mira con los ojos entrecerrados, evaluando mi nivel de obstinación. Suelta un suspiro pesado y se rinde con un leve movimiento de cabeza.
16 de julio, Templo Nanzen-ji
El interior del Hojo era bellísimo. Nos acomodaron en una pequeña sala de té tradicional, abierta al exterior, con vistas directas a un jardín trasero que tenía una pequeña cascada.
Sentada de rodillas sobre el tatami, cerré los ojos un segundo y dejé que el aroma amargo y terroso del té me llenara los pulmones. Al abrirlos, miré a Keith. Estaba sentado a mi lado, en silencio, sosteniendo el cuenco de cerámica entre sus grandes manos.
Al terminar, pasamos el resto de la tarde recorriendo el templo.
Nos detuvimos a rezar en silencio en uno de los altares principales, y después tuvimos la suerte de cruzarnos con un grupo de monjes que vivían allí.
Eran hombres mayores, de rostros surcados por el sol y mirada serena.
Nos hablaron de la historia de los jardines, de cómo cada piedra había sido colocada para representar un obstáculo en el camino hacia la redención, y de cómo el agua siempre encuentra la manera de sortear la roca.
Eran personas profundamente sabias, más incluso que cualquier abogado, o cualquier fiscal.
Giré ligeramente el cuello y vi cómo Keith escuchaba con atención lo que le estaban explicando. Escuchaba con auténtico respeto. Me apoyé contra una de las columnas, y me dediqué a mirarlo a él.
Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón oscuro. La postura relajada, y la brisa suave del anunciado atardecer le movía ligeramente el pelo. Llevaba la cadena de plata, y brillaba con los destellos que proyectaban las últimas gotas de luz del sol.
Casi me olvido por un segundo de la conversación en el banco.
Me olvidé de Yuko, de Takumi y de la amenaza que él representaba para mi vida.
Viéndolo ahí, frente a mí, entendí lo peligrosa que era esta burbuja, pero no quise romperla.
Podría haber corrido hacia la salida después de nuestra conversación, pedir un taxi e ir a la estación, pero no lo he hecho.
Hemos comido juntos, me he guardado el orgullo y el dolor en el bolsillo y, simplemente, estoy aquí, respirando el mismo aire que él, observando su perfil bajo la luz dorada.
No quería desperdiciar la oportunidad de vivir esto, porque en el fondo de mi corazón, sé que no volverá a repetirse jamás.
Las palabras cargadas de veneno que nos habíamos gritado en aquel banco se quedaron enredadas entre las ramas de los árboles, por un momento, incapaces de seguirnos el paso.
El aire de la tarde estaba empezando a enfriarse cuando cruzamos las puertas del templo para salir de nuevo al mundo real. El sol comenzaba a bajar, tiñendo el cielo de Kioto de un naranja amarillento.
Caminamos unos pasos en silencio hasta que se detiene frente al Porsche.
—¿Y bien? —pregunta—. ¿Ya has alcanzado la iluminación, Hawthorne, o necesitas otra taza de agua caliente para purgar tus pecados?
Me cruzo de brazos. La tregua ha terminado.
—Admite que te ha gustado. Al menos, por un par de horas, has dejado de pensar a quién le vas a arruinar la vida próximamente.
—Te equivocas. Estaba pensando exactamente en eso, solo que con un mejor paisaje —responde, aunque el brillo en sus ojos lo delata—. Ha estado bien, pero el turismo espiritual se ha acabado. Sube al coche, te llevaré de vuelta a Tokio.
Me quedo quieta en mi sitio, sin moverme.
—No.
Keith se detiene y se gira lentamente hacia mí. Arquea una ceja, evaluándome de arriba abajo como si acabara de escuchar una objeción en medio de un juicio.
—Me quedo —digo, alzando un poco la barbilla—. Un día más.
Su sonrisa se ensancha, cargada de esa suficiencia que me daba ganas de estrangularlo.
—Vaya, Hawthorne. Mi cama es grande, pero no imaginé que te acostumbrarías tan rápido a dormir bajo mi techo.
—No voy a dormir en tu casa, Keith —lo corto en seco.
Me mira fijamente, esperando a que continuara.
—Mañana es el festival. Llevo viendo farolillos y preparativos por toda la ciudad desde ayer y no sé si volveré a tener la oportunidad de estar en Kioto en estas fechas. Si el destino, o la mala suerte, ha querido que pierda un tren y acabe aquí justo hoy... Es por algo. Voy a verlo.
—¿El destino, dices?
—Sí. El destino.
Camina hacia mí, queriéndome decir algo, pero le pongo delante la mano, impidiendo que se acerque más, y sus ojos se oscurecen ante el gesto. Saco el móvil del bolso y marco el número que me sacará de este aprieto.
Me lo llevo a la oreja sin apartar la vista de él.
—¿Sí, Dahlia? —contesta Oshida al segundo tono.
—Inspector —le saludo, observando cómo la mandíbula de Keith se tensa frente a mí—. Siento molestarte a estas horas, pero necesito un favor. ¿Podrías reservarme una habitación para esta noche en el hotel Kyoto Stars? El mismo donde nos quedamos aquel día, Fukuda y yo.
—¿El Kyoto Stars? Sí, claro —la confusión en la voz de Oshida es evidente—. Pero... ¿No estabas con tu amiga y sus tíos? ¿Ha pasado algo?
—No, no, todo está perfecto —miento, sin dejar de mirar la expresión exasperada del fiscal—. Es solo que quiero quedarme el fin de semana para ver el Gion Matsuri con Nina, y me da mucha vergüenza seguir molestando a sus tíos. ¿Podrías hacer una excepción y avisar a recepción de que voy para allá?
Oshida suspira al otro lado de la línea.
—De acuerdo, Hawthorne, no creo que haya problema.
Haré unas llamadas y lo dejaré arreglado a tu nombre, pero el lunes te quiero a primera hora en Tokio.
Ya he hablado con ellos, pero no les he dicho que hoy no volverías.
A eso vas a tener que enfrentarte tú, y recuerda, al volver te espera una buena bronca.
—Allí estaré. Gracias, inspector.
Cuelgo y guardo el teléfono lentamente en el bolso. Keith me mira como si acabara de cometer un perjurio en su propia cara.
—Puedes volver a casa. Aunque me secuestraste ayer, te agradezco la hospitalidad, pero sigues siendo un estúpido al que odio con toda mi alma.
Descruza los brazos y niega con la cabeza lentamente.
—Solo tú, Hawthorne, tendrías la absoluta desfachatez de decidir quedarte a ver un desfile de carrozas en medio de una investigación por asesinato.
—Tengo el fin de semana libre, y la ley no me prohíbe hacer turismo. Tú has estado varias semanas de vacaciones sin avisar y nadie te ha dicho nada, ¿verdad? ¡Ah! Y ni se te ocurra seguirme, sé perfectamente cómo cuidarme sola.
—Si supieras cuidarte sola, anoche no habrías acabado con mi camiseta puesta.
Lo ignoro, dándome media vuelta hacia la carretera. Reservo un taxi desde la aplicación rápidamente.
Puedo sentir la sensación de su cuerpo a unos metros del mío, pero darle la espalda mientras espero porque sé que, si me quedo mirándole, no voy a subir a ese taxi.
Han sido los 7 minutos más largos de toda mi vida.
Finalmente, las luces de un coche me iluminan y se detiene frente a nosotros.
Abro la puerta trasera, pero antes de subir, me giro despacio hacia Keith. Está de pie, observándome y fumándose un cigarro. Es el primero que le veo fumar desde ayer en el coche.
Me apoyo en el borde de la puerta y le sostengo la mirada.
—¿Recuerdas aquella noche en Tokio? —le pregunto en voz baja, afilada como un cristal—. ¿Cuando me hiciste bajar de mi apartamento descalza, me manipulaste y te fuiste largándote en mis propias narices?
Sus ojos parpadean, recordando el momento. No dice nada.
—Hoy me toca a mí.