El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 22. #10
73%

Capítulo 22. #10

—Pues estás muy equivocado —respondo.

Keith se queda en silencio y no dice nada, pero seguimos mirándonos, aunque no sabría definir con qué expresión, exactamente.

—No me interesa que nos importe o no tenernos cerca o lejos —añado—. Lo único que me importa es la justicia. Voy a hacer justicia y tú lo sabes. Me da igual si tengo que matarte para conseguirlo.

—Quisiera que intentaras matarme, bala de plata, pero eso significaría que tendrías que estar cerca, mucho más cerca de lo que estás ahora, y mucho más cerca de lo que has estado esta noche mientras dormías y te veía respirar contra mi almohada, despeinada.

—Pues... Espero y rezo para que lo de anoche te atormente y te persiga cada vez que estés luchando frente a mí. Espero que aparezca en tu cabeza, aunque quieras borrarlo, y no puedas evitarlo.

—No quiero borrarlo, Hawthorne. Simplemente viviré con ello.

Nos quedamos en silencio. Esta conversación solo me confirma lo que ya sabía, y es que no debería desearle, pero, puede que, muy en el fondo, lo haga y lo reprima hasta llevármelo a la tumba.

No sé qué es lo que piensa él, pero ya no me importa.

—Siempre me ha impactado el afán que tienes de hacer justicia. Es como si no existiera otra razón para que vivas.

—Porque no existe otra razón —le respondo—. Si hablamos de justicia, no hay grises. No me importa perder si eso significa que se hace lo correcto.

—¿Perder? Para mí solo existe el concepto de ganar, Hawthorne. Me importa bien poco si el acusado es inocente o culpable.

—Pero... ¿Por qué?

Hace tanto tiempo que quiero saber el por qué.

—Es muy simple, querida, porque no hay ni una sola persona inocente pisando esta tierra ahora mismo.

Todos somos culpables de algo, en mayor o menor medida.

No existe humano que no haya cometido algún pecado alguna vez, y si la vida los ha llevado a ser condenados por algo, sean o no inocentes de ello, es porque tienen que ser castigados por algo.

No me importa que pasen su vida en la cárcel porque he conseguido un veredicto de culpabilidad.

Creo firmemente que, si no hubieran cometido un pecado en algún momento de su vida, el destino no los habría llevado hasta ahí.

—¿Eres estúpido, Kudo? —Me levanto de un golpe del banco—. ¿Me estás diciendo que, para mantener tu puto historial intacto, los condenas simplemente porque "crees" que han hecho algo mal en el pasado y por eso han sido acusados?

—Exacto.

—Qué mierda de lógica es esa, ¿eh? Entonces dime, cuando sabes que claramente el otro es culpable y, pongamos, en el peor de los casos, que ha matado a alguien, ¿te parece bien que quede en libertad y alguien pague por algo tan inhumano como acabar con la vida de otra persona?

—No. Pagarán por ello, pero no en mi corte. La vida les acabará llevando por un camino donde paguen de otra manera lo que han hecho, supongo.

—¿Cómo puedes ser tan idiota? Lo que dices no tiene ninguna lógica.

Keith se levanta y se pone frente a mí.

—Me importa muy poco lo que te parezca ilógico o lo que no. Son mis métodos, y nadie los va a cuestionar.

Le empujo, pero no logro moverlo ni un centímetro.

—La vida no da segundas oportunidades, Hawthorne. La justicia que yo practico es la que gana. Punto.

—Esa no es justicia, Keith —le miro fijamente, enfadada—. ¡Eso es exactamente la puta definición de manipular las cosas!

—¿Y no has prestado atención en el coche cuando te he afirmado, claramente, que lo soy?

— Es inhumano que puedas vivir así. Yo... No podría. Si alguien es inocente, seguirá siendo inocente, aunque tú ganes. Y si alguien es culpable, aunque pierda, seguirá siendo culpable. La justicia no se mide en tus putas victorias personales.

—En mi corte, jugamos ante la misma ley, pero con reglas completamente distintas. Me encanta, y también me divierte.

—Retorcido... —murmuro—. ¡A mí no me divierte! Me preocupa que seas capaz de hacer daño a la gente solo porque quieras ganar.

—Eso es lo que nos hace diferentes, bala de plata. Y lo que, si quieres etiquetarlo así, nos convierte en enemigos enfrentados. Si ambos nos dejáramos llevar por las emociones, ninguno ganaría.

—No quiero dejarme llevar —le digo, con la voz todavía temblorosa, intentando mantener la calma.

—Yo tampoco quiero dejarme llevar —responde—. Pero cuando nos conocimos, te dije que, si te entrometías en mi camino, no me importaría lo que pudiera pasarte. Cumpliré mi promesa.

De verdad no... ¿De verdad no ha cambiado nada? ¿Es este el mismo hombre con el que he estado hace apenas unas horas entre las mismas sábanas?

—No haré lo que tú quieras —digo, pero cada palabra me quema—. Soy una abogada que sabe qué es justo, y jamás te daré el privilegio de salirte con la tuya.

—Deberías recordar —me advierte— que acercarte a mí no te hace más fuerte, solo te pone en riesgo.

—Tal vez —murmuro—. Pero no me asusta.

Se acerca un paso más y pone las manos en sus bolsillos.

—Sé que esa mujer no ha matado al monje.

Me quedo helada ante esa confesión.

—¿Sa—Sabes que es inocente y aun así... ¿Piensas incriminarla? —Tartamudeo, sorprendida.

—No sé qué pasó, todavía, pero el destino la ha cruzado en mi camino, y mi papel es condenarla.

—No entiendo —digo—. ¿Cómo puedes jugar con la vida de alguien que sabes que es inocente? ¡Es solo una niña!

—Es una mujer de veintiún años. No es una niña, aunque te empeñes en que sí.

—Pero...

—La justicia, Hawthorne, no significa proteger a todos. La justicia significa cumplir un rol y aplicar las normas.

—¡Tú te pasas las normas por la polla, gilipollas! —Me enfado y empiezo a pegarle en el pecho, pero me agarra los brazos, inmovilizándome.

—¡Yuko no ha hecho nada para merecer esto, y tú lo sabes!

—Lo sé —dice Keith—. Pero es irrelevante. La corte no se inclina ante la moralidad individual. La corte exige el cumplimiento del deber, y mi deber es esto. Ni tu desaprobación ni la compasión que le tienes cambiarán su destino.

Me quedo mirando el suelo, con el corazón latiendo con fuerza y apoyada en el abdomen de Keith. El fiscal que anoche parecía humano había desaparecido. Frente a mí está un depredador... El hombre frío que hace que todo mi fuego interior se mezcle con el miedo y el rechazo.

—Pensé que... —digo, tragando saliva—, que quizá podía cambiar tu visión... Que... Incluso tú... Podrías considerar que algunas cosas... Importan más que... la victoria...

—No —responde—. No existe nadie en este mundo que me haga cambiar la manera que tengo de trabajar, Hawthorne. No hay lugar para la esperanza ni la redención en mi corazón. La corte es sagrada para mí. Esa mujer pasará por esto, y tu intento de interferir solo demostrará que no comprendes el juego.

—Entonces... Nada de lo que sienta o haga importa para ti. Ni siquiera mi compromiso con la justicia.

—No —Me mira, pero sé que no siente ninguna lástima por mí o mis palabras.

No hay lugar para el hombre al que tocaste Beethoven anoche, Dahlia. Ahora solo existe el fiscal que le destrozó la vida a Takumi y le hizo retirarse temporalmente de la defensa.

Me siento atrapada entre la rabia, la incredulidad y algo que no debo sentir. La frialdad de Keith estaba siendo demasiado para mí, y las piernas me estaban empezando a temblar.

—Entonces... Si fuera yo la que estuviera allí arriba, condenada... ¿Me mandarías a la cárcel?

—Sin dudarlo, y sin pestañear.

—Preferiría que me mataras.

—Yo también lo preferiría, para no tener que hacerlo.

Silencio de nuevo. Ninguno estaba dispuesto a ceder, ante el otro, y esa conversación me había destrozado. Sé que esta es la primera vez que hablamos realmente de este tema, pero ha sido como hacerlo con una cerilla encendida entre las manos.

—Sabes... —digo, bajando un poco la voz—. ¿Sabes quién es el verdadero culpable?

Tiene los ojos fijos en mí.

—No —responde—. No me interesa.

—¿No te interesa? —repito, incrédula—. Aunque sepas que Yuko es inocente, ¿de verdad no te interesa saber la verdad?

—Exactamente —afirma, sin inmutarse—. Si la verdad coincidiera con la victoria, perfecto. Si no, me es irrelevante. El culpable real no cambia mi objetivo.

—No voy a dejar que lo hagas —respondo.

—Haz el intento.

Keith me levanta la cara con su mano derecha y me agarra la barbilla, obligándome a mirarle a los ojos.

—Bala de plata, estar aquí contigo, en estos jardines que no piso desde que era un niño, no ha sido decisión mía, y me molesta.

Mi cuerpo me ha guiado hasta aquí y he decidido traerte por voluntad propia.

Pelearé contigo en la corte y te volveré a arrancar el vestido si hace falta.

Haberte tenido en mi casa, en mi habitación, en mi piano y en mi cama es un privilegio para mí, pero sobre todo para ti.

No voy a tocarte esas pecas, ni bailaré encima de tu cintura, ni te tendré encima, ni debajo, te lo dije una vez.

Y te lo repetiré hasta el día que me entierren en el templo más antiguo de todo Kioto.

Odio que seas la abogada de este caso y haré todo lo que pueda para que te retires y lo abandones.

Ganaré de nuevo, como siempre, y tendré más y más poder.

No te conviertas en un obstáculo, y no hagas que me cuestione a mí mismo como fiscal, ni como hombre.

Eres la primera mujer que conozco que quiere luchar conmigo, y contra mí.

No permitiré que tus ojos verdes se entrometan en mi camino.

Yo no desapareceré de tu vida, haré que lo hagas tú, y solo dependerá de ti que te busque y te encuentre.

Ahora, vamos a ir a comer y visitaremos el templo.

Vas a olvidar lo que hemos hablado aquí, al menos hasta que nos vayamos a casa, o te meteré en mi coche, te lanzaré al río junto a él, y después me compraré otro nuevo. Obedéceme.