Capítulo 22. #9
—No vino ni una sola vez a tu casa, ¿verdad? Tiene sentido sabiendo que vivías con tu madre, pero también es cierto que había muchas noches que cuando ella hacía guardias de 24 horas en el hospital, no hubo ni un solo día que viniera a verte, ¿verdad?
No contesto.
—Supongo que más de un día, y más de dos, te fuiste a dormir deseando que te escribiera un mensaje diciéndote que estaba en camino con la cena lista y que te abriera la puerta.
—Keith.
—Pero nunca pasó. Te quedabas esperando guardia, tras guardia ese mensaje que nunca llegaba.
Solo os veíais cuando él te escribía. Seguro que te decía algo como "¿Quieres venir a casa esta noche?
" y tú tenías otros planes, o trabajo pendiente por hacer, pero era más importante coger las llaves, montarte en el coche y conducir hasta su casa.
Cenar algo que tú misma habías comprado en el supermercado de abajo o algo que él tenía ya en la nevera, y a la mañana siguiente, volver de nuevo y ducharte en casa, cambiarte, e ir al bufete.
—Keith, para.
—Hay hombres muy miserables en este mundo, Hawthorne. Hombres que no se merecen la atención de mujeres bellas y trabajadoras. Esa clase de hombres que no saben hacer nada por sí mismos aparte de trabajar, y esto último a veces es cuestionable.
Un nudo se apodera de mi garganta, no puedo replicar a su monólogo.
—Este Porsche me ha llevado a muchos sitios, bala de plata. He viajado incontables kilómetros junto a él, solo. Sin nadie.
No aparta la mirada de la carretera. Le estoy mirando con los ojos llorosos.
—Y este Porsche solo me llevará a los sitios a los que yo decida ir. ¿Te ha quedado claro?
No puedo responder. Sé que Keith no ha soltado todo esto con intención de quedar como un acosador que ha estado pendiente de cada paso de mi vida antes de llegar a Japón. Lo ha dicho como deducción, sin tener ni idea de nada, pero sabiendo que, probablemente, detrás de sus palabras solo hay verdad.
Y es cierto, la hay. Todo lo que ha dicho es verdad, por eso decido cerrar los ojos y dejar que una lágrima se deslice por mi mejilla.
Maldito... Joseph.
Nos quedamos en silencio y cuarenta minutos después, el coche desacelera y llegamos a una explanada de tierra.
Keith aparca y apaga el motor.
—Hemos llegado —dice.
16 de julio, Jardines de Tenjuan
Frente a nosotros, está la entrada a los jardines y el templo se alza. Es un poco más grande que los que he visitado en Tokio, pero no más que el Templo Katsura.
Respiro hondo e intento olvidar ese momento en el coche. Huele a naturaleza.
—Intenta no inculpar a nadie por asesinato, si puede ser —es lo primero que sale de mi boca después de su monólogo.
—Solo lo haré si estás dispuesta a subirte al estrado para defenderle ante mí—responde, bajando del coche.
—No sabía que esto sería tan... Imponente —susurro.
—Eso es lo que tienen los lugares bien cuidados —responde Keith, acompañándome—. Kioto no tiene el ruido de Tokio.
No puedo evitar sonreír mientras nos adentramos por el sendero principal. Cuando piso la grava, siento que estoy dejando atrás, aunque sea por un rato, todo lo que ocurrió ayer y esta mañana.
—Prométeme que no vas a hacer nada raro aquí —le digo, frunciendo el ceño.
—¿Yo? —responde, arqueando una ceja—. No prometo nada, pero puedo intentar comportarme.
Y así, entre miradas furtivas, comenzamos a recorrer los jardines de Tenjuan, dejando que el tiempo se diluya. Solo estamos él y yo.
Camino lentamente, observándolo todo poco a poco. El murmullo del agua corre por los canales y hay muchos árboles altos y en flor. El sol ilumina el musgo de las rocas y veo pequeñas flores escondidas entre las piedras.
Me detengo frente a un pequeño puente de madera y lo atravieso, mientras observo el reflejo del cielo en el agua.
A pesar de que es sábado, todo está bastante tranquilo. Solo vemos a un par de parejas de ancianos paseando despacio y disfrutando del buen tiempo y la serenidad del lugar.
Al cabo de unos veinte minutos caminando, siento cómo mis pies me reclaman tregua. Los tacones aguantan lo que aguantan, y ya estoy llegando a mi límite. Paro y miro a Keith.
—Creo... Que necesito un descanso, me duelen muchísimo los pies.
Él me mira con esa sonrisa que siempre usa cuando sabe que estoy a punto de quejarme y señala un banco de piedra cerca de un pequeño estanque.
—Ahí tienes —dice, divertido—. Aunque, siendo sincero, no me importaría que siguieras caminando un poco más para ver cómo luchas contra esos tacones.
Respiro hondo y me río, porque sabe perfectamente que estoy al borde del colapso. En este instante, todo lo que existe en este rincón me da paz, y mis pies me lo agradecen.
Me dejo caer en el banco y cierro los ojos un segundo, pero Keith se queda detrás, apoyado contra el respaldo, sin mirarme.
—Vaya, bala de plata, no sabía que los tacones fueran tu punto débil.
—No lo son —le contesto—. Solo es que... caminar tanto rato sin hacer descansos no es para cualquiera.
Arquea una ceja y se gira, mirándome de arriba a abajo.
—¿No será que es tu extraña manera de pedirme que te vuelva a llevar en brazos?
Me sonrojo.
—Ni lo sueñes —le lanzo una mirada cargada de sarcasmo.
Keith se ríe y se sienta junto a mí.
—Prefieres sufrir sola, ¿verdad?
—Exacto —le digo—. Es mi sufrimiento y no necesito que nadie lo amene, y menos tú.
Inclina un poco la cabeza y me sonríe con picardía.
—Mmm... Curioso, porque para mí, tu sufrimiento siempre ha sido fascinante.
—Fascinante... —Repito, frunciendo el ceño—. Qué forma tan elegante de decir "me divierte verte incómoda".
Keith ríe y se reclina, mirando hacia el cielo.
—No te preocupes, no voy a aprovecharme de tu dolor... todavía. De momento disfrutaré viendo cómo luchas contra tus zapatos.
Le lanzo un pequeño golpe en el brazo, pero ni se inmuta, y yo acabo sonriendo sin quererlo.
—Solo te advierto —le digo, recuperando un poco mi tono desafiante— que cuando vuelva a Tokio, este "fascinante" juego, se acabará.
—¿Sí? —me desafía, divertido—. Pues tendré que aprovechar mientras dure.
Me encojo de hombros y dejo que la brisa del jardín me acaricie la cara. El viento me está despeinando un poco, pero no sopla demasiado fuerte. Me giro poco a poco hacia él y decido que es el momento de hablar y dejarlo todo claro, aunque me tiemblen las piernas y la garganta.
—Keith —digo, con la voz firme pero temblorosa—. Quiero que te quede muy claro algo: jamás volveré a pisar tu casa.
Se queda en silencio y no me mira ni dice nada.
—Lo de anoche... Fue excepcional. No tuve más remedio que ceder ante ti; estaba indefensa en una ciudad que no es la mía, sin nadie que me protegiera. Pero no creas que eso significa algo.
Keith no mueve ni un músculo, solo observa el cielo y me permite hablar mientras mi corazón late con fuerza contra mi pecho.
—Somos enemigos —digo, tragando saliva para no temblar más—. Yo busco justicia, pero tú no. No olvidaré por qué estoy aquí ni permitiré que nada de lo que pasó ayer me distraiga de eso.
Su silencio es intenso, y... Doloroso. Me está obligando a mantener la compostura, pero no puedo evitar luchar con todas mis fuerzas y aguantar para que mi voz no me traicione y vea el esfuerzo que estoy haciendo para decir esto.
—La culpa es mía por dejar que te acerques —susurro, apretando los puños a los costados—. Aquella vez... Estaba confundida, y me pudo la situación. Pero eso no cambia el hecho de que no es lo que quiero, y aunque lo quisiéramos, no sería lo correcto.
Keith inclina ligeramente la cabeza ante esta última frase, y al fin responde.
—¿Y crees que me importa si te alejas o te acercas a mí? —pregunta con la voz fría.
—Me lo has dejado bien claro estas últimas semanas —respondo, sin titubear—. Está claro que no. Te fuiste de mi casa diciéndome que no iba a pasar nada más entre nosotros, y así ha sido. Desapareciste sin dejar rastro, no me escribiste, no me llamaste y no me buscaste.
Keith arquea una ceja y siento que está evaluando todo lo que digo.
—¿Eso qué te hace pensar? —inquiere, con la misma frialdad.
—Que no te importa —contesto—. Ni te importó, ni te importará. Pero, si es así, entonces no quiero que te acerques a mí, ni que me preguntes si quiero que me beses, ni que me encierres en tu cuarto, ni me dejes tocar tu piano, ni subir en tu coche, ni dormir en tu cama, ni...
Pongo las manos sobre mi vestido y lo agarro, clavando las uñas. Estoy mirando al suelo porque no quiero romperme.
Su actuación como fiscal y enemigo ha sido perfecta desde que nos conocimos.
Me ha demostrado que es una persona dominante, manipuladora y fría. Pero no puedo negar que sus acciones recientes no encajan del todo con sus palabras, y con el papel que quiere venderle a todo el mundo.
Y aunque no debo permitirme distraerme, la incongruencia de sus actos me obligaba a estar aquí sentada, teniendo esta conversación.
—Está bien —dice al fin, sin un atisbo de emoción—. Lo tendré en cuenta.
No añade nada más, y la ausencia de calidez en su tono me recuerda que estoy tratando con alguien que sé que no cederá y que jamás se dejaría llevar por nada que no le aportara un beneficio. Esta es su naturaleza, y yo no puedo hacer nada para cambiarla.
—Entonces... Queda claro. Lo de anoche no se repetirá, jamás volveré a pisar tu casa y no volveremos nunca más a estos jardines juntos. Solo me has acompañado porque te he dado lástima.
—No hay nadie en este mundo que me dé lástima, Hawthorne.
Me quedo callada.
—Y pensar que... he llegado a pensar que podrías estar... fingiendo... —Susurro, no quiero que me escuche.
—¿Fingir? —pregunta. Estoy controlando el impulso de acercarme a él, pero sigo mirando hacia mi regazo, cabizbaja—. Yo no finjo nada, bala de plata. Solo sé dónde está mi límite, y ese es no tocarte. Jamás.
—¿Tú crees? —Levanto la mirada y le miro—. Entonces dime, Kudo... te haré la pregunta yo a ti. Si te acercas o te alejas de mí, ¿crees que me importa?
—Sí, te importa.
Abro los ojos.
Nos quedamos un instante en silencio. Sé que sus ojos verdes están buscando alguna rendija donde colarse y retorcerme el corazón.