El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 22. #8
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Capítulo 22. #8

—Keith no es buena persona. Ha hecho mucho daño a Takumi, mi jefe. Bueno, a todos, en realidad. Si supieran esto... lo empeoraría todo.

Nina me mira durante un rato, ya no está gritando.

—Está bien —dice al final—. Te cubro. Si alguien pregunta, tengo tíos imaginarios encantadores en Kioto. No pienso dejar que esto te haga daño.

—Gracias...

—Pero —añade, inclinándose hacia la cámara— deberías empezar a pensar en algo.

—¿En qué?

—En si es tan mala persona como dices.

La miro, tensa.

—¿Qué insinúas?

—Insinúo que la Dahlia Hawthorne que yo conozco no acabaría en casa de un fiscal sin corazón, mala persona y que destroza la vida a los demás. ¿O sí?

Sus palabras me hacen cuestionármelo.

—El problema no es que crea que Keith no es mala persona y por eso haya cedido a hacer esto —respondo—. El problema es que la Dahlia que está pisando su casa ahora mismo, es totalmente diferente a la que se crio en Seattle y aterrizó el primer día en este país.

Se me quiebra la voz, pero continúo.

—Keith está haciéndome hacer cosas que jamás hubiera imaginado que haría por alguien tan diferente a mí.

Nina no sonríe y solo me observa con preocupación, atenta.

—O quizá —dice despacio— no te está haciendo hacer nada. Quizá solo está sacando algo que ya estaba ahí.

Abro los ojos.

Me asusta pensar que esté equivocada... O que tenga razón.

Nina suspira y se acomoda, cruzándose de brazos.

—Te voy a dar mi punto de vista, ¿vale? —dice—.

Tú no eres una persona imprudente, y aunque puedes ser un poco impulsiva porque te guías siempre por tu corazón, no creo que acabaras metida en la boca del lobo porque sí.

Si anoche te quedaste, fue porque querías quedarte, aunque no quieras admitirlo.

Y estoy segura de que el fiscal puede ser todo lo malo que quieras en la corte, pero no te hubiera forjado a irte a su casa a la fuerza.

—No es tan simple...

—Claro que no lo es. ¡Nunca lo es! Pero, si realmente fuera ese monstruo sin corazón que describes, no estarías ahí ahora, llamándome tan tranquila. Estarías temblando.

La miro en silencio.

—Estoy temblando —susurro.

—No de miedo.

Siento algo en el corazón.

—Mira —continúa—, no digo que sea bueno, ni que no haya hecho daño a gente inocente. Solo digo que las personas no son blanco o negro, y tú llevas semanas repitiendo que es el villano de tu historia, pero anoche no actuaste como si lo fuera.

—No puedo permitirme verlo de otra forma —respondo—. No después de todo lo que ha pasado.

—Pues entonces vete —dice—. Vuelve a Tokio, pon distancia y si dentro de unos días sigues pensando en él, entonces tendrás que aceptar que el problema no es solo él.

Me quedo callada, porque sé que Nina tiene razón en algo: necesito espacio para saber qué cojones estoy sintiendo.

—Te cubro con lo de los tíos imaginarios —añade, con una sonrisa—. Pero no te cubras a ti misma de lo que estás sintiendo, eso sí que no puedo hacerlo por ti.

—Eres insufrible cuando tienes razón.

—Lo sé, es uno de mis mejores talentos.

Ambas sonreímos, y la tensión se afloja un poco.

—Cuando llegues a Tokio, me llamas —dice—. Quedamos, te llevo café de la pastelería a casa, vino o lo que haga falta. Y me cuentas todo con lujo de detalles. No importa cuando vuelvas, lo importante es que lo hagas.

—Vale.

—Y Dahlia.

—...

—Cuídate, pero no solo físicamente.

Asiento despacio.

—Nos vemos a la vuelta.

—A la vuelta —repite ella.

La llamada se corta y la pantalla vuelve a reflejar solo mi cara. El silencio invade la habitación y guardo el teléfono en el bolso respondiendo antes solo y únicamente a mamá que estoy bien y que más tarde hablamos.

Respiro hondo, cojo aire y me cuelgo el bolso del hombro y bajo las escaleras con paso lento.

16 de julio, Mansión de Keith

—¿Keith? —pregunto al aire.

No hay respuesta. El salón está vacío y la casa, en silencio.

Me detengo en medio del salón y miro a mi alrededor con otros ojos, como si ahora, sabiendo que estoy a punto de irme, todo se hubiera vuelto más nítido. La luz entra a través de los ventanales.

Es una casa preciosa y tiene algo sereno que no pega nada con el dueño.

«Ojalá vivir aquí», pienso. «En una casa como esta».

Sería compatible con la paz que llevo años buscando y que no encontré en Seattle. Aunque tampoco cambiaría por nada mi apartamento en Tokio. Allí he empezado de cero y allí me estoy reconstruyendo.

Aun así...

Me siento conectada con Kioto, con este suelo y con estas paredes. Con el aire que entra desde su jardín. Siento que, aunque es la primera vez que piso este lugar que, de algún modo es extraño para mí, ya lo conocía.

Miro hacia la cocina. Todavía me cuesta creer que hace un rato estábamos sentados allí, desayunando como si nos conociéramos de toda la vida. Como si nos hubiéramos derramado sal en las heridas del otro y no nos esperara una guerra fuera —y dentro— de la corte.

Sigo observando el salón, y entonces algo me llama la atención.

Es una fotografía un poco apartada que está apoyada en un marco blanco sobre una estantería al lado de la televisión. Parece que alguien la ha colocado ahí para que nadie la mire demasiado.

Me acerco.

En la imagen hay una mujer bellísima, de pelo negro largo y ondulado, sosteniendo en brazos a un niño. El niño...

El niño es él.

Tiene sus facciones y la misma forma de los ojos. La misma mandíbula... Aunque un poco más redondeada por la edad. Incluso su expresión es familiar.

Es Keith veinte años más joven.

Trago saliva y vuelvo a observar a la mujer que sonríe a la cámara con dulzura. Sus ojos son del azul del cielo, y viste de blanco, como el vestido que llevo yo ahora mismo.

¿Quién será?

Paso el dedo por el borde del marco, sin atreverme a tocar la imagen, pero, de repente, el fiscal estratega, frío, y el hombre que ha hecho tanto daño y que se superpone con ese niño sostenido con cuidado entre unos brazos que claramente lo querían, me habla a la espalda.

—Eres muy fisgona.

Su voz me sobresalta y recoloco el asa del bolso en el hombro.

—Siempre te metes donde no te llaman —añade—. Aunque supongo que, si te mato ahora, ya no podré divertirme más.

Me giro de golpe.

—Te mataría yo antes —respondo, caminando hacia la puerta con el corazón acelerado.

Abro la puerta y el sol de julio en Kioto me golpea la cara y me quema las mejillas. Ya es mediodía y en unas horas será la hora de comer y la ciudad estará vibrando bajo el peso del verano.

Respiro tranquila.

Ir a los jardines de Tenjuan me hace más ilusión de la que quiero admitir.

Cuando empecé a estudiar Japón y su cultura, sabiendo que iba a vivir aquí, fue una de las cosas que más me llamó la atención.

Los jardines de Tenjuan, dentro del complejo del templo Nanzen-ji, son un ejemplo del diseño zen kare-sansui.

Está rodeado de rocas, arena rastrillada y cientos de miles de plantas cuidadas diariamente que simbolizan montañas y ríos.

La armonía entre la naturaleza y la espiritualidad es la búsqueda de la iluminación interior.

Allí acude gente que busca serenidad, silencio y meditación.

Justo lo contrario de mi vida actual.

—¿Estás lista? —pregunta Keith a mi espalda.

—Depende —respondo sin mirarlo—. ¿Vas a secuestrarme otra vez?

—No fue un secuestro.

—Claro que no. Fue una reubicación forzosa con desayuno incluido.

Se coloca a mi lado, sacando las llaves del Porsche del bolsillo.

—Si no quisieras ir, no estarías aquí.

Pienso en Nina.

—No te des tanta importancia, solo quiero ver los jardines.

—Por supuesto. No tiene nada que ver conmigo.

—Absolutamente nada.

Me sostiene la mirada un segundo más y se aparta.

—Sube al coche, Hawthorne —dice—. Antes de que cambie de opinión.

16 de julio, Porsche de Keith

El Porsche brilla y el motor ruge cuando Keith presiona el botón que desbloquea las puertas.

—Qué discreto —murmuro mientras me acerco.

—No pretende serlo.

Abro la puerta del copiloto.

—Que conste que, si esto sale mal, pienso declarar que me obligaste.

—Que conste —responde mientras rodea el coche— que el obligado soy yo, y que, en una guerra de testimonios, a la que encarcelarían sería a ti.

Rodeo los ojos, me siento y cierro la puerta. El interior huele al mismo cuero que ayer. Keith se coloca al volante, ajusta el espejo retrovisor y me dedica una mirada rápida.

—Ahora te has subido tú solita, vamos mejorando.

No contesto, una pequeña sonrisa se dibuja en mi boca y me la tapo con la mano, girándome hacia la ventana para que no me vea.

Keith gira la llave y el motor ruge, pisa el acelerador y el coche arranca.

Salimos de la zona residencial de Keith mientras dejamos las tranquilas calles de su barrio detrás de nosotros. Está conduciendo con una mano apoyada en el volante y la otra descansando sobre la palanca de cambios.

—Estás muy callada —dice sin mirarme.

—Estoy disfrutando del silencio. Es raro encontrarlo cuando estoy contigo.

—Curioso, yo pensaba que el problema eras tú.

—Yo sé que el problema eres tú.

Resoplo y miro por la ventanilla.

—¿Por qué ese sitio y no otro? —pregunta.

—Porque quiero ver algo que no intente manipularme.

—¿Insinúas que manipulo?

—No lo insinúo, lo afirmo.

Keith suelta una risa.

—Es todo un alago. Cada día que pasa intento perfeccionarlo más. Si te estuviera manipulando ahora mismo, no lo sabrías.

—Eso suena exactamente a algo que diría alguien que manipula.

—O alguien que simplemente es más listo que tú, Hawthorne.

Lo fulmino con la mirada.

—Te ganaría en muchas cosas, Kudo.

—Ah, ¿sí?

—Sí. Y que sepas que estoy en este coche porque quiero estar, no porque me hayas manipulado. En todo caso, te he manipulado yo a ti para que me hagas de taxista.

La frase sale disparada de mi boca. Él la escucha y esta vez sí me mira.

—¿Puedo preguntarte algo?

Me sorprende que esa sea su respuesta.

—Eh... sí, dime.

—¿Cuánta gasolina te dejaste en ir a la casa de tu exjefe para follártelo?

Me quedo petrificada.

—¿Qué estás diciendo?