Capítulo 22. #7
Una mini talla de corrector, un pintalabios rojizo, y un lápiz de labios.
Gracias, Dahlia del pasado, que pierde todo su maquillaje para que después le sirva en situaciones como esta.
Con el lápiz, marco ligeramente las pequitas como siempre hago cuando quiero que se vean más definidas, más mías.
Corrijo alguna imperfección con el corrector y lo difumino con la yema del dedo.
Después aplico el pintalabios y, antes de guardarlo, doy un toque en las mejillas y lo extiendo como colorete.
El cambio es sutil, pero suficiente. Mi piel pálida ahora tiene algo más de vida y mis labios están despiertos.
Vuelvo a observarme un segundo más.
La Dahlia que mira al espejo ya no es la chica que se quedó sin batería en una estación ni la que pasó la noche en brazos del enemigo. Es la abogada que va a regresar a Tokio, asumir su error y caminar con la cabeza alta.
Lo demás... Se queda en Kioto.
Me pongo los zapatos y me pongo los pendientes. Ahora sí que estoy lista para que ese miserable me lleve a donde yo quiero.
O eso quiero creer.
Porque antes de volver con Keith, hay algo que tengo que hacer: llamar a Nina. Tengo que contarle la versión que acabo de fabricar y asegurarme de que, si algún día la conocen y le preguntan por lo que pasó aquí, nuestras historias encajen.
Saco el teléfono, entro en los chats, y acabo entendiendo aquel comentario en la cocina. Ahora entiendo por qué, durante el desayuno, Keith dijo: «No he hecho ningún comentario sobre las últimas notificaciones que vi aparecer en la pantalla antes de bloquearlo».
Deslizo hacia arriba y veo un mensaje de mamá dándome las buenas noches, con un corazón al final, varios de Nina, y... Uno de Joseph.
El estómago se me contrae.
Ahí está.
Keith seguramente se refería a ese mensaje.
Recuerdo la conversación de anoche y la voz cruel de Keith repitiéndome que Joseph me ha usado y nunca me ha querido. Que he sido la única de los dos que se ha aferrado a algo que no existía.
La rabia aparece primero y después el dolor.
No quiero que ese recuerdo se mezcle con lo que está pasando ahora. No quiero que Keith tenga razón. No quiero que Joseph tenga poder sobre mí en este momento.
Aprieto la mandíbula.
No. Ahora no.
Lo único que importa es cerrar bien esta historia antes de que explote en Tokio.
Sin pensarlo más, pulso el botón de videollamada en el chat de Nina. Mientras suena el tono, me observo en la pantalla, con el pelo limpio, los labios rojos y la mirada aparentemente firme. Que nadie note que por dentro estoy hecha un nudo.
El móvil apenas da un tono antes de que Nina aparezca en pantalla, despeinada pero sonriente, con esa energía que parece no abandonarla nunca.
—¡Buenos días! —dice, acercándose a la cámara y dando un beso a la pantalla—. ¡Por fin! ¿Has visto los mensajes?
Me quedo un segundo mirándola... Claro, ella piensa que estoy en Tokio y que volví anoche.
—No... —respondo—. No tenía el teléfono conmigo y no he podido cogerlo hasta ahora.
Su sonrisa se desvanece un poco.
—¿Cómo que no tenías el teléfono?
Suspiro.
—Es... Complicado.
—Dahlia —frunce el ceño—, ayer por la noche te escribí para saber si todo estaba bien y preguntarte por la investigación. Como no respondiste, pensé que ya estabas en casa y te habías ido a dormir. ¿Ha pasado algo en Kioto?
Niego con la cabeza, demasiado rápido.
—No... No estoy en Tokio.
Nina me observa en silencio unos segundos, y entonces entrecierra los ojos.
—Espera... ¿Dónde estás?
Miro la pantalla. No puedo mentirle... No a ella.
Le cuento todo a Nina de principio a fin. Que me lo encontré en la estación, que me arrancó el teléfono, que, técnicamente, me secuestró y me metió en su coche... Que me llevó a su casa en Kioto y que he dormido aquí, con él, en su cama.
—¿¡EN SU CASA!? —chilla Nina de repente, incorporándose rápidamente en la cama—. ¿HAS DORMIDO CON ÉL, EN SU CAMA?
—¡Shht! —susurro, mirando instintivamente hacia la puerta—. ¡No chilles! Puede escucharte.
Nina se lleva una mano a la boca, y abre los ojos como platos.
—¿Está ahí?
Asiento muy despacio.
—En esta casa. Sí.
—Dahlia Hawthorne, no puedes soltarme eso, así como así —susurra, pero su cara es un poema—. ¿Me estás diciendo que el fiscal... el fiscal...?
—Sí.
—Y tú estás... ¿Bien?
La pregunta, formulada así, me pilla un poco por sorpresa.
—Sí —respondo—. Estoy bien.
No sé si hablo de mi integridad física o de mi corazón.
Nina se deja caer sobre la almohada, procesando la información.
—Vale, vale, necesito un segundo. Me estás diciendo que después de la conversación que tuvimos en el templo... ¿Has pasado la noche con el enemigo?
—No lo digas así —murmuro.
—¿Cómo quieres que lo diga?
No sé qué contestar, porque lo peor es que no suena del todo mal cuando ella lo formula así. Suena peligroso y prohibido, exactamente como debería sonar.
Y eso es lo que más miedo me da.
Nina parpadea varias veces, todavía procesándolo todo, y de pronto entorna los ojos.
—Espera. ¿Sigues ahí, entonces? —se inclina hacia la cámara—. ¿Por qué no te has ido?
La miro en silencio un segundo.
—No lo sé.
—Dahlia.
La miro cabizbaja.
—A ver si lo he entendido bien —continúa, incorporándose del todo—.
Hace semanas que está en paradero desconocido y no sabías nada de él.
No os habéis visto ni te ha escrito desde que se fue de tu casa aquella noche...
¿Y resulta que ayer aparece en la estación justo después de que pierdas el tren y te lleva a su mansión como si nada?
Hace una pausa dramática.
—¿¡Tú te das cuenta de lo que ha hecho!? Estoy dentrísimo de esta historia.
Me cruzo de brazos, incómoda y Nina se lleva su almohada en la cara para evitar que se la oiga pegar un grito.
—Nina... —sonrío.
—Son los libros que más me gusta leer y en los que más me inspiro para dibujar, aquellos en los que empiezan como enemigos y acaban enamorándose.
—¡Cállate, no sabes lo que dices! —Mis mejillas se ponen tan rojas como mi pintalabios—.
Escúchame, puede que suene extraño, pero no tenía otra opción.
Iba a dormir en casa de la familia del inspector de la policía de Kioto con su familia porque no había manera de volver a casa, no había trenes hasta las cinco de la mañana, pero Keith se negó rotundamente.
—¿Se negó? —repite Nina, alzando las cejas—. Ah, ¿sí? ¿Y por qué?
—Sí —respondo, encogiéndome de hombros—. No lo sé... Simplemente se negó.
—Así que se negó, eh. Vaya tío.
Su tono va con tanta intención que me pone nerviosa.
—Ya —añado rápido—. Supongo que simplemente quería molestar a Oshida y a la policía y por eso lo hizo, ya sabes cómo es.
Nina no dice nada, solo me mira. Arquea una ceja lentamente y empieza a suspirar como si estuviera contando hasta diez por dentro.
—¿Qué? —pregunto, a la defensiva.
—Nada —responde, apoyando la barbilla en la mano—. Tú a lo tuyo.
—Nina.
—No, en serio. Si tú quieres creer que un hombre desaparece semanas, reaparece justo cuando te quedas sola en una estación, se niega a que duermas en casa de otro y te lleva a su casa solo para "molestar a la policía"... adelante.
—Es lo más lógico.
—Claro. Logiquísimo.
La fulmino con la mirada.
—No empieces.
—Yo no empiezo nada —dice, alzando las manos—. Solo analizo lo que mi amiga me cuenta.
El silencio se apodera de llamada un momento porque, en el fondo, sé que Nina no está diciendo nada... Y lo está diciendo todo.
Me observa en silencio unos segundos más antes de volver a hablar.
—Vale. Entonces, ¿qué vas a hacer? —pregunta, más seria ahora—. ¿Cuál es tu plan?
—Pues... —respondo—. En teoría me iré a Tokio en un rato. Sacaré otro billete y ya está.
No menciono nada más. Lo de los jardines se queda guardado bajo llave. Bastante gasolina he echado ya al fuego como para añadir otra chispa. Eso se lo contaré en persona... Si es que me atrevo.
—Bueno —dice Nina—, cuando vuelvas a Tokio me avisas y quedamos. Quiero verte la cara cuando me lo cuentes todo sin filtros.
—Vale, te aviso.
Hay un segundo de silencio y luego su mirada cambia y me mira con cierta preocupación.
—Dahlia.
—¿Qué?
—¿Ha pasado algo?
Sostengo su mirada a través de la pantalla.
—No.
—No te creo.
—Nina...
—Detalles —exige, incorporándose otra vez—. ¿Habéis follado? ¿Os habéis besado? Y no me mientas.
El calor me sube al cuello.
—No.
—¿No?
—No.
Nina entrecierra los ojos.
—¿Pretendes que me crea que habéis dormido juntos en la misma cama únicamente para aprovechar el espacio?
—Me da igual si no me crees —respondo, notando cómo algo dentro de mí se tensa—. Sabes perfectamente que no te mentiría con algo así.
Ella se queda callada.
—Ya —dice, finalmente—. Tienes razón.
Desvío la mirada un instante, porque lo que no quiero que vea es la parte que no estoy diciendo. Que no haya pasado "eso" no significa que no haya pasado nada... Que no haya cruzado una línea no significa que no haya estado peligrosamente cerca.
—Solo... —añade Nina, suspirando—, ten cuidado. Ese hombre no es sencillo. Y por muy dentro que esté de esta historia, sé que no eres de piedra, aunque te guste fingirlo, y temo que te pueda hacer daño.
Aprieto el teléfono con más fuerza.
—Lo sé.
Y precisamente por eso tengo que irme, porque yo también temo eso, aunque crea que soy irrompible y nadie puede hacerme daño después de todo lo que he vivido. Si hay un hombre que puede destrozarme, ese es Keith.
Trago saliva.
—Hay algo más que tengo que decirte.
Nina vuelve a tensarse.
—¿Qué más puede haber?
—He hablado con el inspector antes de llamarte.
—Vale...
—Y he tenido que mentirle. Le he dicho que pasé la noche contigo, con tus tíos, aquí en Kioto.
Se hace el silencio y luego, Nina suelta un grito ahogado.
—¿¡QUÉ!? —se lleva la mano a la frente—. ¡Dahlia! ¡Yo no tengo tíos viviendo en Japón, y menos en Kioto!
—Ya lo sé —respondo, frotándome la sien—. Pero ¿qué querías que hiciera? Eres la única persona que tengo aquí aparte de ellos. Y ellos saben cómo es Keith... es el fiscal del caso, Nina. ¿Qué crees que pensarían si les cuento que he dormido con él? En la misma casa.
Mi voz se empieza a quebrarse.