Capítulo 22. #6
Debería olvidar ese olor, borrar estas paredes, este suelo, la imagen de su habitación a oscuras, mi cuerpo en sus brazos durante la tormenta y la cama donde no volveré a dormir.
Debería arrancarlo todo de mi memoria como Keith arranca una prueba comprometida antes de que alguien la utilice en su contra.
Abro los ojos y dejo la camiseta sobre la cama. No he conseguido averiguar cuáles son sus intenciones todavía, y eso es lo que más me inquieta, pero la posibilidad que he valorado antes de que todo sea un juego sucio para que me destierren de la defensa cada vez es más lógica.
Keith nunca hace nada sin motivo, y aunque estoy empezando a creer que tiene momentos de impulsividad, no es ingenuo.
Cada gesto suyo es premeditado, incluso cuando aparenta hacerlo con naturalidad.
¿De verdad me trajo aquí porque me encontró en la estación por casualidad?
¿Me dejó quedarme porque le convenía y quería vigilarme? ¿O porque...?
«No. No empieces».
¿Qué haría Agatha Christie en mi lugar? No se dejaría arrastrar por lo racional y examinaría cada gesto de ese hombre como si fuera la pista de un puzle. Buscaría el motivo oculto detrás de la cortesía de darme una cama para dormir y ofrecerme algo para desayunar.
En casi todas sus novelas, el detalle más insignificante suele ser el que delata al culpable. Aquí el detalle es precisamente la ausencia de delito. No cruzó ninguna línea, ni ha intentado matarme. Pero yo tampoco lo he intentado.
Me llevo una mano al cuello, intentando enfriar la piel que aún le recuerda tumbado a mi lado.
Si su objetivo es desestabilizarme, acercarse lo suficiente como para que dude de mí misma, lo está consiguiendo. Y si no lo es... Entonces me volverá a pasar lo que pasó en Seattle, pero de una manera mucho más peligrosa, y con alguien mucho más peligroso.
Me pongo el vestido y la tela blanca cae sobre mi piel. Sigo con el pelo húmedo, las puntas frías me rozan la espalda abierta. Debería secarlo antes de salir a la calle; Kioto puede ser traicionero con el clima, aunque estemos a casi cuarenta grados, y no estoy como para resfriarme ahora.
Abro la puerta del baño y paso frente al espejo.
Tardo unos segundos en darme cuenta de que estoy a cara lavada, sin base, sin delineador, sin la máscara que suelo colocarme cada mañana y mis pecas se notan más.
La piel pálida hace que mis mofletes se vean ligeramente rosados por el aire frío del balcón de la lavandería.
Keith me ha visto así, despeinada y con mi peor cara.
Hay muy pocos hombres que me hayan visto de esta manera, tan... Desprotegida. Y, sin embargo, él lo hizo. Anoche, esta mañana.
Pero él...
El teléfono empieza a vibrar sobre la cama e interrumpe mis pensamientos. Corro hacia él y la pantalla se ilumina. El estómago se me cae a los pies.
50 llamadas perdidas.
Diez videollamadas de Nina, quince llamadas de Mina, dieciocho de Takumi, cinco de Fukuda, dos de Oshida...
Definitivamente se me va a caer el pelo.
Me quedo mirando la pantalla.
Y abajo, en esta misma casa, está el hombre que acaba de complicarme la vida más de lo que cualquiera de ellos imagina.
Me dejo caer en la cama por un segundo, con el teléfono todavía en la mano, y siento cómo me hierven las venas.
Dios, todo esto no puede estar pasando...
Cuando vuelva a Tokio, me van a matar. A Mina le estará dando un ataque de nervios, Takumi va a mirarme como si hubiera sido yo la culpable del caso y Fukuda seguro que me va a soltar un sermón digno de novela negra.
Por no hablar de Oshida... A él no le puedo ocultar lo inevitable, y ya ha contado a los demás lo de Keith.
Tendré que hablar con él para que me cubra y hacer que mienta por mí. Sé que le estaré poniendo en un aprieto, pero no puedo dejar que Takumi sufra y crea que estoy creando lazos con el fiscal. Le rompería el alma, sabiendo que él es el causante de que dejara su distintivo guardado en el cajón.
No me gusta mentir, pero tendré que contarle una versión inventada a Oshida para que pueda decirles a los demás que todo ha sido un malentendido.
Juré ser siempre sincera al convertirme en abogada, pero desde que he pisado Japón, lo estoy haciendo todo menos eso.
Apenas me reconozco, pero hay que saber cuándo alterar la verdad para no hacer sufrir a los demás.
La culpa de todos mis problemas la tiene ese imbécil y me las va a pagar muy caras.
Respiro hondo y marco el número de Oshida. Es la primera persona que creo que merece una explicación. Escucho cómo suena el tono y, cuando contesta, grita mi nombre con fuerza.
—¿¡Dahlia!?
—Buenos días, inspector...
—Por Dios —dice, preocupado—. ¿Dónde estás? Estábamos todos desesperados por hablar contigo.
—Oshida... Escucha —empiezo, intentando sonar tranquila—. Sé que puede sonar extraño, pero todo ha sido un malentendido. Anoche... Kudo estaba en la estación, y nos cruzamos.
—¿En la estación? Pero... ¿Entonces ha vuelto?
—Supongo que sí. Créeme que yo tampoco esperaba encontrármelo allí —continúo, siendo la única verdad que voy a decir en toda la conversación—. Pero cuando me vio, simplemente me arrancó el teléfono de las manos y le pareció gracioso contestarte aquello y colgar.
—Pero... ¿Kudo? ¿Estás segura? —pregunta, incrédulo—. ¿Y tú dejaste que...?
—No te preocupes, no me ha secuestrado, ni nada parecido —interrumpo, mintiéndole—.
Simplemente le pedí educadamente que me devolviera el teléfono, y se marchó.
Me dio tanta vergüenza volverte a llamar que decidí llamar a Nina.
Nina es una amiga que he hecho en Tokio, te prometo que te la presentaré pronto.
Me dejó quedarme en casa de unos familiares; sus tíos viven aquí y estaba visitándolos.
No pude volver a llamarte porque me quedé sin batería, y dejé el cargador en mi apartamento. No esperaba perder el tren de vuelta a casa y Nina no tenía uno compatible para mi teléfono, así que no he podido contactaros hasta ahora, que he podido comprar uno en una tienda de aquí cerca.
—Vale, espera... —añade—. Entonces, ¿me estás diciendo que has pasado toda la noche en Kioto sin avisar a nadie, y me dejaste pensando que estabas con ese hombre?
—Sí, y lo siento —respondo, mordiéndome el labio—. No había otra forma de explicarlo sin entrar en detalles que podrían empeorar las cosas. No me sé vuestros números de memoria, están guardados en mi teléfono, y era imposible llamaros desde el de Nina...
—Hawthorne... —Su voz se vuelve más seria—.
Esto es un desastre... A Takumi y a Mina casi les da algo.
No pensé que realmente fuera el fiscal Kudo el que contestara a tu móvil, pero existía la posibilidad.
Me asusté, les llamé para informarles, no podía dejar que pensaran que te había pasado algo grave.
Cuando estás en Kioto y no te acompaña ninguno de ellos, eres mi responsabilidad.
La próxima vez, tienes que encontrar la manera de avisarme, ya sea llamando al número de la policía para preguntar por mí, o lo que se te ocurra, ¿de acuerdo?
Tenemos una responsabilidad sobre ti, aunque creas que no.
No conoces el país y llevas aquí tan solo un mes, es normal que, si tenías un tren programado, nos quisiéramos asegurar de que habías llegado bien.
A mí no me hubiera importado acogerte en casa con mi familia, sé que estas cosas pueden pasar.
Está claro que a alguien sí que le ha importado, por eso estoy aquí.
—Lo sé —susurro, sintiendo culpa—. Créeme, Oshida, lo sé. Te prometo que no volverá a pasar.
—Está bien —hace una pausa larga—. Por ahora me creo tu historia, pero no vuelvas a hacer algo así sin avisarnos, ¿entendido?
—Entendido —respondo—. Gracias por... escucharme. ¿Podrías llamar a Mina y Takumi y contarles la verdad por mí? No quiero que se queden con la versión alterada de anoche. Sé que debería ser yo quien llame, pero... prefiero contarles lo que ha pasado en persona. ¿Harías eso por mí?
—Sí, yo les llamaré, si me lo pides así. Entiendo que te dé apuro. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Volverás a Tokio?
—Sí, en principio la idea es volver hoy y sacar un nuevo billete. Por suerte, hoy es sábado y tengo el fin de semana libre, pero, cualquier cosa, Nina está conmigo.
Siento utilizarla, pero... Por ahora no quiero volver a casa.
—Que sepas que, aunque haya sido así, te vas a llevar una buena bronca. Takumi no está para estos disgustos. Eres importante para ellos, compórtate como tal.
—Sí... Gracias. Nos vemos pronto.
Cuelgo y dejo escapar un suspiro. Siento cómo me tiembla la mano, pero, aunque haya dicho una mentira detrás de otra, sé que Oshida todavía no me conoce lo suficiente como para saber cuándo estoy mintiendo y cuándo no.
Si esta es la manera más fácil para que nadie entre en pánico, por ahora, es todo lo que necesito.
Sé que no está bien lo que he hecho y mentir nunca ha sido lo mío. Llevo días encadenando verdades a medias, se me estará pegando de alguien.
Pero sé que cuando vuelva a Tokio y cruce la puerta de mi apartamento y vuelva a la rutina, lo que ha pasado aquí con Keith se convertirá en tierra y polvo.
Algo que ocurrió en otra ciudad y durante otra versión de mí.
De momento, lo utilizaré de taxista y después, ya nos veremos las caras en la corte, donde intercambiaremos miradas y palabras estrictamente profesionales, y jamás volveremos a mencionar lo de ayer.
Tiene que ser así, porque si no, acabará mal. Lo sé.
Ya estoy vestida, así que regreso al baño para terminar lo que dejé a medias.
Tomo prestado un cepillo y el secador. Inclino la cabeza, separo los mechones con los dedos y me hago un blowout improvisado lo mejor que puedo.
No es perfecto, pero el volumen cae sobre mis hombros y me siento un poco más guapa.
Después, me lavo la cara con agua fría, queriendo borrar cualquier rastro de la noche anterior, y me la seco con cuidado. Rebusco en el bolso, rezando para llevar algo de maquillaje.
¡Bien!