El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 22. #5
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Capítulo 22. #5

Mierda, mierda, mierda. Ayer puse la lavadora antes de ir a la habitación de Keith.

Recuerdo perfectamente haber metido el vestido y la ropa interior, cerrar la puerta, pulsar el programa...

Pero no volví a tenderla. Me cago en la puta.

Eso significa que sigue dentro y probablemente esté mojada, húmeda, arrugada y oliendo fatal.

Todo por culpa de ese indecente. Si no me hubiera desconcentrado de esa manera, habría bajado cuando terminó el programa. Ahora mi vestido debe de estar hecho un desastre y yo no tengo nada más que ponerme para salir de esta casa y volver a Tokio con un mínimo de dignidad.

Salir de casa de Keith con la ropa de ayer mal puesta no es una buena decisión.

Volver a Tokio así, todavía menos. Y contar lo que ha pasado esta noche...

Eso ni siquiera entra en las opciones. Porque sé que no es correcto.

Porque sé que, si alguien lo analizara con lupa, encontraría demasiadas cosas cuestionables en el simple hecho de haber dormido aquí.

Abro la puerta de la lavandería y me apoyo un segundo en ella para respirar y pensar.

No puedo contar lo que ha pasado.

No porque sea escandaloso —que lo es— y tampoco porque haya pasado nada que, técnicamente, no pueda justificarse. Sino porque el contexto lo contamina todo.

Estamos en medio de una investigación por asesinato. Takashi Yamanaka está muerto y Yuko sigue detenida por un crimen que no ha cometido. Cada movimiento que la abogada haga importa y cada vínculo indebido que tenga... puede malinterpretarse.

Keith es el fiscal.

El fiscal que me está presionando y el que está haciendo lo posible junto a su equipo para destrozar a la defensa. El que no duda en utilizar a quien sea si con eso fortalece su caso y el que está haciendo daño a Mina, a Takumi, a Fukuda, a Oshida... A todos. A todos los que me importan.

A mí también. No puedo fingir que no lo veo.

Pero he dormido en su casa y ni siquiera he vuelto a la mía.

No he avisado a nadie y he dejado que se quede con mi teléfono hasta ahora, incomunicada.

Takumi es buena persona, sí, pero sigue siendo mi jefe.

Tiene responsabilidad sobre el caso y sobre mí dentro del despacho.

Si Oshida le contó que Keith respondió cuando llamó, ahora mismo deben de estar haciéndose mil preguntas.

¿Se sentirá traicionado? ¿Pensará que me está utilizando?

Desde fuera no hay una versión que no haga daño a alguien.

La abogada en mí lo ve con claridad. Cualquier abogado defensor mínimamente competente sabría diferenciar entre una cosa y la otra.

¿Será entonces verdad que, no soy tan buena como me quieren hacer creer?

Cualquier otro fiscal con el que me he cruzado habría podido intentar manipularme, pero no lo ha hecho, siempre he sido yo.

Es la primera vez que me enfrento a alguien como Keith Kudo en la corte, y si alguien se entera de que nos hemos visto en algún contexto más allá del profesional, no importará que no nos hayamos tocado ni un centímetro, no importará que la distancia en esa cama fuera ridícula...

Porque no nos creerán. Lo único que harán es castigarnos y apartarnos del caso.

Dejaré de ser la abogada de Yuko, y Keith probablemente también deje de ser el fiscal, aunque con el poder que tiene dudo si algo así sería tan gordo como para que tomaran estas medidas.

Entonces la única que saldría perjudicada sería yo, porque si no soy la que defiende a Yuko, Keith ganará el caso y esa pobre niña se pudrirá en la cárcel.

Fukuda y Takumi me dirían que Keith está haciendo esto con este único propósito, y es apartarme de su camino.

Eso explicaría por qué no ha pasado nada entre nosotros, por qué no me ha tocado y por qué dice que no piensa hacerlo: porque no quiere.

Si ese es su objetivo, entonces haré todo lo posible para cortar cualquier juego al que quiera jugar este demonio, porque pase lo que pase, nunca dejaré mi distintivo de abogada encima de la mesa. Al menos no hoy, y no en ese caso.

La justicia no solo debe hacerse; debe parecer que se hace.

Será verdad que... ¿Todo esto es un plan de Kudo para que me castiguen, nos descubran y la única que pague las consecuencias sea yo?

Cierro los ojos un instante.

Yuko sigue encerrada, asustada y sola. Con un sistema que la ha señalado sin las suficientes pruebas. Keith quiere encerrarla porque quiere hacerla ver culpable y porque necesita que lo sea.

Por ese puto historial impecable que me da arcadas cada vez que lo recuerdo.

No puedo permitirme ser débil y dejar que mis sentimientos —ojalá equívocos— interfieran en el caso. No puedo darle a nadie la oportunidad de nublar mi juicio ni de condenarme por ello. Ni a Takumi, ni al juez, ni a la prensa si esto acaba filtrándose.

La mujer que anoche se quedó despierta escuchando la respiración de Keith empieza a desvanecerse y la abogada toma su lugar, pero solo por unos segundos: Dahlia Hawthorne.

Esto no va de lo que siento, va de todo lo que está en juego.

Y lo que está en juego es demasiado grande como para arriesgarlo por una noche que, oficialmente, nunca ocurrió.

Me acerco a la lavadora y estiro la palanca hacia mí, pero para mi sorpresa no hay nada, está vacía, ni rastro del vestido ni de mi ropa interior. No hay ni una sola prenda húmeda dentro.

Se me encoge el estómago.

Estoy segura de que la dejé anoche ahí dentro. Recuerdo el sonido del tambor girando cuando me fui.

Entonces... ¿Dónde está? ¿La habrá escondido?

La idea me sube por el cuello y me sonrojo.

Salir de esta casa sabiendo que Keith ha tenido en sus manos mi vestido y mi ropa interior no estaba exactamente en mis planes, pero tampoco podía quedarme aquí suponiendo, sin hacer nada. Desde luego que, no puedo irme de esta casa sin saber dónde cojines está mi vestido.

Respiro hondo. Estoy empezando a pensar como una adolescente alterada y no como una mujer de veintiséis años. Debo analizar los hechos, ordenar las posibilidades y no dejarme comer por el drama.

En esta casa, aparentemente, solo hay una persona más, pero Natsuko ha preparado el desayuno esta mañana, así que la posibilidad de que haya sido ella la que haya cogido mi ropa me tranquiliza.

Sí, seguro que es eso. La habrá tendido... O la habrá guardado en algún lugar, que prefiero no imaginar.

Exhalo despacio.

No tengo más remedio que preguntarle a ese desgraciado si sabe dónde está, sin dejar que note que la idea de él teniéndola entre sus musculosos brazos; se me ha pasado por la cabeza y me ha encendido un poquito, la verdad.

Vuelvo a cerrar la puerta de la lavadora con suavidad.

Muy bien, Keith, veamos cómo explicas esto.

Mis pensamientos se cortan en seco cuando me levanto y algo capta mi atención al fondo de la habitación.

Hay una puerta que anoche juraría que no estaba ahí, o que simplemente no vi porque estaba demasiado pendiente de otras cosas.

Se está abriendo y cerrando despacio por la corriente que entra desde fuera, debe ser el viento.

Frunzo el ceño con curiosidad y me acerco.

Al tomar el picaporte y empujar, la puerta se abre del todo y el aire frío de la mañana me golpea la cara.

Es un balcón amplio y trasero que da a la parte más alejada de la casa.

Y al fondo... Los bosques inmensos de Kioto.

Los tejados bajo el cielo son preciosos, parece casi una pintura a acuarela. Hay un tendedero enorme que ocupa parte del balcón, lleno de camisetas y pantalones negros mecidos suavemente por el viento.

En medio de esa uniformidad, como una chispa de luz que rompe la penumbra, está mi vestido blanco junto a mi tanga.

Inconfundible.

Me quedo quieta y se me sube el calor a las mejillas antes de poder evitarlo. La imagen se forma sola en mi cabeza: Keith sacando la colada, abriendo la lavadora, sosteniendo la ropa todavía húmeda entre los dedos... Mi vestido... Mi tanga blanco.

No.

Sacudo levemente la cabeza.

No voy a imaginar eso.

Keith no es el tipo de hombre que se levanta al amanecer y decide tender la lavadora como si fuera parte de su rutina mañanera, habiendo dormido máximo cuatro horas. No después de... anoche.

Tiene que haber sido la dama de llaves.

Eso tiene mucho más sentido porque una casa así no funciona sola. Alguien vendrá por las mañanas y habrá visto la lavadora terminada y habrá hecho lo lógico.

Sí, eso es lo lógico.

Aun así, que haya sido así me entristece un poco.

Su mundo teñido de negro y en medio mi ropa blanca expuesta al viento, moviéndose entre su ropa...

Aprieto los labios.

«Es solo ropa tendida al sol, y es la última vez que verás algo así, Dahlia».

Pero no puedo evitar sentir que hay algo simbólico en esa imagen, porque, al igual que ese vestido blanco entre tanto negro, yo también estoy en un lugar que no encaja del todo.

Respiro hondo, doy un paso adelante y desengancho primero el vestido de las pinzas, y después la ropa interior.

Lo sostengo todo entre las manos y vuelvo a mirar el horizonte de Kioto.

La ciudad parece tranquila desde aquí, pero seguro que están festejando más allá de las montañas. Me doy la vuelta y no miro más el tendedero. Ver toda su ropa húmeda secarse me pone de los nervios.

Regreso al cuarto de invitados y cierro la puerta detrás de mí. Bajo la vista hacia la camiseta negra que llevo puesta, esa que esta mañana tomé del armario de Keith sin pedirle permiso. Probablemente sea la primera y última vez que lleve algo suyo puesto en mi piel.

La agarro por el borde y me la quito despacio. La tela se desliza por mi piel y, durante un segundo, dudo si meterla en mi bolso. La retuerzo entre las manos hasta convertirla en un ovillo y la acerco al rostro.

Huele a él.

Huele a esta casa, a su perfume y a sus sábanas al amanecer.

Cierro los ojos.