Capítulo 22. #4
Hay un momento en el que ambos nos quedamos midiendo nuestras propias respiraciones y me levanto para mirar por la ventana hacia la calle.
Estamos en una zona residencial donde no se ve ni se escucha nada, pero puesto sentir el bullicio incluso desde aquí arriba, las risas, los colores, los farolillos...
No puedo evitar sentir un impulso infantil de salir ahí fuera, perderme entre los puestos y el ruido, dejar de pensar en todo lo que está pasando durante unas horas.
Mi mirada vuelve a él.
Keith sigue observándome como si ya supiera lo que estoy a punto de decir.
Tras un segundo, me lanzo.
—¿Me llevarías a los jardines de Tenjuan?
Silencio.
—¿Perdona?
—Me has oído perfectamente.
—Quiero estar seguro de que no he sufrido una alucinación inducida por el café —responde—. ¿Acabas de pedirme que te lleve a algún sitio?
—No dramatices, es una pregunta sencilla de sí o no.
—Nada es sencillo cuando tú lo formulas.
Entrecierro los ojos.
—Olvídalo.
—No, no —dice con una media sonrisa—. Me interesa el giro de los acontecimientos. La mujer que hace diez minutos juraba que no necesitaba nada... Ahora me pide que la saque a pasear.
—No te he pedido que me pasees, gilipollas, no soy un perro. He preguntado si me llevarías.
—Matices —susurra—. Siempre tan cuidadosa con los términos.
Vuelvo a sentarme en la silla y cruzo las piernas bajo la mesa, manteniendo la compostura.
—Solo es que... quiero verlos. Si mañana es el desfile, hoy estará todo más tranquilo, y me apetece ver cómo son.
—¿Te apetece de verdad? —repite, disfrutándolo.
—Sí. ¿Te resulta tan difícil aceptar que algo me apetezca sin segundas intenciones?
—Contigo, sí.
Resoplo.
—No todo tiene un puto por qué, Keith Kudo.
Nos miramos fijamente y no bajamos la vista. Nunca lo hemos hecho, francamente.
—Puedo ir sola —añado, fingiendo indiferencia—. Seguro que el transporte público esta mañana funciona mejor que ayer.
—Podrías, pero no conoces bien la zona. Y no me entusiasma la idea de que te pierdas o te secuestre y torture alguien que no sea yo.
—¿Esa es tu única preocupación?
—Básicamente
—Claro, cómo no.
Keith se levanta y se sirve otra taza de café.
—¿Por qué Tenjuan?
La pregunta me descoloca.
—Porque... Antes de mudarme aquí, fue uno de los sitios que más me llamaron la atención; me fascinó la zona y sus flores.
Me gustan mucho las plantas y todo lo relacionado con la naturaleza.
Además, el templo donde se encuentran tiene muchísimos años de historia y realizan varias actividades y rituales que me gustaría ver. ¿Te parece gracioso?
—No, me parece interesante que en la corte seas una versión de ti que está muy lejos de la realidad. Eres infantil y te conformas con ver cuatro capullos en flor que podrías ver en cualquier lugar, pero has decidido este.
—¿Tú disfrutas en algún momento las pequeñas cosas de la vida, amargado?
—Para mí un juicio por homicidio doloso es lo más aburrido que me pueden asignar dentro de mi lista de cosas por hacer.
—Lo que yo decía.
Una sombra cruza sus ojos y se vuelve más serio.
—¿Y qué gano yo llevándote?
Sonrío.
—Mi maravillosa compañía.
—Eso es discutible.
—Entonces te lo pondré fácil. Prometo que me quejaré, ni discutiré. Y no intentaré robarte nada del bolsillo.
—Eso último lo dudo.
Me inclino ligeramente hacia delante, mirándole apoyado en la isla.
—¿Me llevas o no?
Keith sostiene mi mirada unos segundos más, evaluando y midiendo la situación.
—Si te llevo —dice al fin—, haremos lo que yo diga.
—No soy tu perrito faldero.
—Ni yo tu chófer.
—Entonces estamos empatados.
El silencio vuelve a tensarse entre nosotros y finalmente, camina hacia la puerta.
—Termina el café.
Parpadeo.
—¿Eso es un sí?
—Es un "no me hagas arrepentirme".
No puedo evitar que una sonrisa traicionera se me escape.
—Sabía que dirías que sí.
—No lo sabías, simplemente he decidido que prefiero tenerte a la vista mientras estés en mi ciudad.
—Controlador.
—Precavido.
Ahí estamos otra vez con el tira y afloja más largo de mi vida. Incluso pedir que me lleve a un jardín en su coche negro parece normal dentro de estas cuatro paredes de millones de yenes.
—¿Y bien? —insisto—. ¿Vas a llevarme o vas a seguir hablando?
Suspira porque sabe que, por primera vez, la que está poniendo las condiciones soy yo.
—Te llevo, pero si no desapareces entre la multitud, no te apartas sin avisar y no haces ninguna locura impulsiva.
—¿Locura impulsiva? ¿Cómo confiar en ti?
—Eso ya lo hiciste anoche.
Antes de que pueda responder, saca algo del bolsillo interior de su chaqueta y se acerca a mí. Mi teléfono.
—Casi lo olvido.
Lo miro y corro hacia él.
—¿Casi?
—Podría haberlo retenido como garantía.
—Qué considerado.
Me agarra de la cintura mientras pego saltos pequeños para cogerlo. Ha levantado el brazo y lo ha dejado a una altura que sabe que es imposible que alcance. Estúpido.
—¿Qué pretendes?
—¡Dámelo!
—¿Cómo se piden las cosas?
—No pienso pedirte que, por favor, me devuelvas algo que es mío y que me quitaste sin mi permiso, asqueroso.
—Hawthorne, Hawthorne... Qué manera más extraña de pedir las cosas con educación tenéis en Seattle —sonríe.
Keith me acerca todavía más a él, ahora no me puedo mover.
—Creo que todavía tengo que domarte un poco más, sigues siendo una rubia malhablada que no se sabe comportar.
—Lo que pienses de mí, me la trae floja. Dámelo o te tiro el café ardiendo en tu preciosa camiseta.
—¿En la que llevo puesta yo, o en la que llevas tú?
—En la que te estoy agarrando con las uñas ahora mismo.
Keith baja el brazo, me suelta y me da el teléfono, por fin.
—Por cierto, no he mirado nada.
—No te creo.
—No hay nada interesante ahí dentro que ya no sepa.
—Eres un gilipollas.
Desbloqueo el móvil delante de él, solo para provocarlo. Tengo muchísimas notificaciones, aunque poca batería.
—¿De verdad te has portado bien y crees que te lo mereces?
—Júzgame tú.
—No querrías que lo hiciera.
Lo bloqueo y lo escondo detrás de mí, sujetándolo con ambas manos.
—Te estoy llevando a donde me has pedido, te he devuelto el teléfono y no he hecho ningún comentario sobre las últimas notificaciones que vi aparecer en la pantalla antes de bloquearlo. Te voy a hacer sufrir mucho en el próximo juicio, bala de plata.
Se me tensa el estómago.
—¿No has dicho que no has mirado nada?
—No con intenciones propias.
Maldito.
—Eres insoportable.
—Si tan insoportable soy, ¿por qué no te coges un tren de vuelta a Tokio, querida? Allí tienes la puerta, espero que la poca batería que te queda te haga llegar a pie sin sofocarte mucho.
Lo empujo suavemente del pecho para apartarlo.
—Vámonos.
—Las damas primero —responde, abriendo la puerta y haciéndome un gesto para que pase.
Paso junto a él y, cuando mi hombro roza el suyo, siento que sonríe.
Sé exactamente por qué.
El teléfono de Keith suena justo cuando estoy a punto de girarme y replicarle algo más, antes de subir a mi habitación.
Mira la pantalla con calma y responde con un tranquilo "もしもし" que, en ese momento, no sé traducir.
Empieza a hablar en japonés con fluidez y cambia su tono a uno más grave y serio.
Aunque no entiendo ni una palabra, sé perfectamente que está diciendo cosas importantes y que es una llamada de trabajo.
Lo peor no es no entender el idioma. Lo peor es que él sabe que no lo entiendo y está disfrutando sabiendo que está hablando del caso en mi cara y no me estoy enterando de nada.
En mitad de la conversación, levanta la mirada hacia mí, y ahí está esa sonrisa provocadora y silenciosa que dice: mírame, no tienes ni idea de lo que está pasando. Incluso mantiene el contacto visual mientras sigue hablando.
«Qué gilipollas», pienso.
Sigue hablando más rápido y vuelve a mirarme de reojo, claramente disfrutándolo.
No me voy a quedar ahí plantada viendo su circo, así que subo un par de escalones y, cuando nuestros ojos se cruzan por última vez, todavía con el teléfono en la oreja, le sostengo la mirada, le hago una peineta, y me doy la vuelta.
Subo las escaleras apresurada hacia la habitación donde anoche casi duermo... Pero no. Todavía me cuesta creerlo. La misma cama, la misma habitación, él tocando el piano junto a mí con una concentración que no había visto en nadie, ni siquiera en mi profesor.
Y después, su cama, demasiado grande para dos personas que no saben qué hacer con la tensión que indudablemente hay entre ellas.
Nuestros cuerpos reposaban sobre el mismo colchón, a una distancia ridícula, pero no nos tocamos ni un centímetro.
No hubo una mano que rozara por accidente, ni una pierna que invadiera territorio ajeno.
Nada. Podía sentir su calor, escuchar su respiración acompasada en la oscuridad, notar que estaba ahí, a escasos centímetros, pero no hubo contacto.
Ni siquiera cuando me moví ligeramente, buscando una postura más cómoda, esperando quizá que el espacio se redujera solo un poco. Él tampoco se movió hacia mí. Ni una vez.
Y al amanecer no lo escuché marcharse.
Me desperté sola, con la sábana intacta a su lado, como si todo hubiera sido un sueño vívido, pero no lo fue.
Sé que no lo fue porque todavía puedo recordar su presencia y la tensión contenida en cada centímetro de esa cama que parecía gritar que hiciéramos el amor toda la noche, una y otra vez, sin parar, sin descansos, gritando a pleno pulmón.
Ojalá pronto, me dice mi lado inconsciente, pero niego con la cabeza, intentando volver a mi yo racional.
Abajo, su voz en japonés sigue sonando, pero un poco más débil y distante. Me fastidia que suene tan natural y que suene tan lejos.
Y me fastidia aún más que, anoche, no me tocara.
16 de julio, Habitación de invitados
Llego a la habitación de invitados todavía con el pulso un poco alterado, dispuesta a encerrarme allí y fingir que todo lo que ha pasado esta mañana no me afecta en absoluto, cuando me viene de golpe algo que hice anoche y olvidé por completo.
La lavandería.
Me quedo paralizada y salgo disparada hacia el pasillo, corriendo hacia allí.