El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 22. #3
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Capítulo 22. #3

—¿Cómo puedes ser tan cruel de dejarme sin desayunar? —protesto, cruzándome de brazos—. Llevo horas sin comer nada, anoche ni siquiera cenamos.

Keith asiente.

—Tienes toda la razón —dice—. Estaba demasiado ocupado procurando que no destrozaras nada como para recordar una de las comidas más importantes del día.

—No iba a destrozar...

No me deja terminar la frase.

Reduce la distancia y se detiene frente a mí y, antes de que pueda anticiparlo, sus dedos sujetan suavemente mi barbilla, elevando mi rostro lo justo para obligarme a mirarlo.

—Cumpliré mi promesa —dice en voz baja—. Igual que tú has cumplido la tuya.

—¿Qué promesa?

—Te dije que, si no salías de esta habitación, te devolvería el teléfono. Y no has salido.

Su pulgar roza mi piel antes de soltarme.

—Después de desayunar —añade—, te lo daré.

Sostengo su mirada unos segundos más. Me exaspera porque suele cumplir lo que dice, a pesar de todo.

—Está bien —cedo—. Acepto el trato.

Keith suelta mi barbilla y me mira a los ojos. Me está empezando a poner nerviosa.

—¿Alguna vez has comido kyogashi? —pregunta, como si estuviéramos hablando de algo completamente distinto.

Niego con la cabeza.

—Nunca.

—Es un dulce tradicional de Kioto. Se suele tomar por la mañana con té, o con la bebida que más te guste. Natsuko ha traído nama yatsuhash, es una variedad fresca hecha con pasta de judía roja y envuelta en una masa fina de arroz con canela. Es suave y ligeramente dulce, nada empalagoso.

No puedo evitar sonreír.

—Suena delicioso.

—Lo es —responde, observándome con atención—. Y sería una pena que lo desperdiciáramos por tu impaciencia.

Ruedo los ojos y suspiro. Keith se aparta unos centímetros y hace un gesto hacia la puerta.

—Vamos.

No me queda otra que salir de la habitación y seguirle hacia el pasillo, intentando ignorar el hecho de que vamos a bajar juntos a desayunar como si esto fuera... normal.

Se aparta ligeramente para dejarme bajar por la escalera. Me da pánico saber que está detrás y que podría empujarme y deshacerse de mí en cualquier momento para poder ganar el caso... Pero si no me ha matado mientras dormía, no creo que lo haga ahora. Todavía me pregunto por qué...

La casa empieza a oler a desayuno: de abajo viene el aroma ligero del café recién hecho.

Caminamos hacia la cocina que anoche apenas crucé a oscuras para beber agua y huir de mis propios pensamientos. Hoy, en cambio, está completamente iluminada y la luz natural entra por los ventanales, revelando una cocina tradicional.

16 de julio, Cocina de Keith

En el centro hay una mesa redonda, no demasiado grande, pero lo suficiente para dos personas. La observo unos segundos y no puedo evitar pensar que Keith debe desayunar ahí cada mañana, solo, mientras decide a quién va a encarcelar ese día… O de qué manera va a tocarme los cojones una vez más.

En la isla, junto a la mesa, está el desayuno recién servido.

Natsuko ha preparado café y hay varios tipos de cartones de leche de vaca, de soja, almendras, avena...

Junto a distintos tipos de té en cajas de cartón.

También hay matcha —el más caro de Kioto, por supuesto— y comida tanto dulce como salada: tostadas, arroz blanco, pequeños bollitos, encurtidos, fruta cortada...

Debe tenerle mucho cariño a este idiota, o debe pagarle muy bien, una de dos.

Me acerco sin pedirle permiso y me sirvo un café con leche. El aroma es intenso, y necesito fuerzas para afrontar la mañana. Cojo la azucarera y vierto un sobre, luego otro, luego un tercero, y un cuarto...

Siento su mirada en mi espalda antes de que abra la boca.

—Cuatro sobres —dice, apoyado en la encimera—. Eso ya no es café, es un postre caliente.

Remuevo la taza con tranquilidad, sin mirarlo.

—Hay estudios que dicen que el azúcar mejora el estado de ánimo.

—También hay estudios que dicen que reduce la esperanza de vida.

—Perfecto —contesto, llevándome la taza a los labios—. Así me ahorro más desayunos contigo.

Keith exhala y saca una taza del armario.

—No sabía que necesitabas tanta ayuda para sobrellevarme.

Lo miro por encima del borde de la taza.

—Créeme, Kudo, cualquiera gritaría a horrores auxilio.

Bebo un sorbo largo y dejo la taza sobre la mesa redonda antes de sentarme, la silla está fría, pero es muy cómoda.

Demasiado.

Keith se sirve su café negro y largo sin azúcar, por supuesto. Amargo, exactamente como su reputación.

—Si sobrevives a esa montaña de azúcar con leche —dice mientras toma asiento frente a mí—, quizá después merezcas tu teléfono.

—Si sobrevives a mi carácter de recién levantada, quizá te deje probar mi café.

Sus ojos bajan un segundo a mis labios, luego vuelven a los míos.

—Prefiero los retos de verdad.

La mañana apenas acaba de empezar, pero ya estamos compitiendo.

Keith ha colocado el kyogashi en un pequeño plato de cerámica antes de sentarse.

—Aquí tienes, pruébalo, te gustará —dice, empujando el plato hacia mí.

Lo observo con desconfianza.

—¿Seguro que no está envenenado?

—Créeme, Hawthorne, si quisiera matarte, no lo haría con veneno.

—Me sorprende seguir viva entonces.

Sus labios se curvan.

—De momento.

Tomo el dulce entre los dedos y le doy un bocado pequeño. La textura es suave porque la pasta de judía roja es bastante delicada y no empalaga. En Japón los dulces no se parecen en nada a los de Seattle, se nota que estoy en otro continente.

—Está muy bueno —le digo.

Keith asiente, llevándose su café de nuevo a los labios.

Lo miro con auténtica incomprensión.

—No entiendo cómo puedes beber eso sin entrar en convulsión, Kudo.

—El azúcar adormece el criterio —responde.

—Eso explicaría por qué estoy aquí. La amargura constante reduce la empatía, ¿lo sabías?

—La empatía entorpece la toma de decisiones, Hawthorne; la cafeína no se parece en nada al azúcar.

—Las dos en exceso son malas, querido.

Keith apoya la taza en la mesa y cruza los brazos.

—Estoy acostumbrado a la repostería tradicional japonesa —dice, ignorando mi ataque—. Las demás deberían envidiarla, en concreto, la estadounidense.

—¿Quieres discutir sobre qué país es mejor? Porque espero que te hayas dado cuenta de que prefiero este a mis raíces, idiota.

—Hay muchas cosas obvias por las que deberías preferir este país, bala de plata.

Ruedo los ojos.

—Sabía que acabaríamos ahí.

—Por cierto, el kyogashi cambia según la época del año. En primavera se inspira en flores, en otoño en las hojas.

—¿Y tú en qué estación estás, metafóricamente? —pregunto.

Sus ojos se detienen en mí un segundo más de lo habitual.

—Invierno.

—Demasiado obvio.

—¿Y tú?

—Verano.

—Vaya.

Sonrío sin querer.

—No sabía que tenías esta faceta cultural de soltar datos que nadie te ha preguntado —le ataco.

—Y yo no sabía que sabías escuchar sin interrumpir.

—No te acostumbres, no estamos trabajando. Allí te interrumpiré todas las veces que pueda, fiscal legendario.

Durante unos minutos seguimos hablando de cosas pequeñas: de cómo el arroz para desayuno no se condimenta igual que el del mediodía, de cómo en Kioto se valora muchísimo la tradición y la tranquilidad del pueblo, aunque también sea una ciudad...

Es tan diferente a Tokio.

Y de pronto me doy cuenta.

Estoy sentada en su cocina, con su camiseta puesta, compartiendo desayuno y conversación como si esto fuera normal. Como si nos soportáramos.

Como si no hubiera amenazas ni promesas pendientes entre nosotros.

Me enderezo en la silla y dejo la taza sobre la mesa con un sonido seco.

Esto no es una cita, aunque hayamos pasado la noche juntos, y tampoco se va a repetir, porque la persona que tengo delante solo está haciendo esto para hacerme bajar la guardia y que olvide que estamos resolviendo un asesinato mano a mano, cada uno por su lado y con un fin totalmente distinto.

Frunzo el ceño y aparto la mirada, enfadada.

Keith me observa y sonríe.

—¿Ya te has arrepentido de disfrutar el desayuno?

—No me estaba divirtiendo.

—Claro que no.

Aprieto los labios y vuelvo a ponerme de morros, porque esto —sea lo que sea— empieza a gustarme más de lo que debería.

Keith se apoya en el respaldo de su silla y mete sus manos en los bolsillos mientras me observa.

Sus ojos parecen medir cada movimiento mío, y siento que intenta descifrar mis frases antes de decirlas.

No sé si ha habido otra mujer sentada en este mismo sitio antes que yo, pero, si así ha sido, estoy segura de que no le ha mirado como él me está mirando ahora.

—Quiero preguntarte algo —escupo, interrumpiendo el silencio.

—Puedes preguntar lo que quieras, pero yo decido si respondo.

—¿Por qué hay tanta gente en la calle? —Me inclino un poco sobre la mesa y miro hacia la ventana—. Parece que están celebrando algo. Ayer por la mañana, desde el tren, vi a la gente pasear, puestecitos en las calles, niños jugando... ¿Hay algo especial en estas fechas?

Keith deja escapar una pequeña risa y me observa con ese aire de impasibilidad que siempre logra irritarme un poco, mientras bebe el último sorbo de su café.

Frunzo el ceño, esperando impaciente su respuesta.

—Keith, contéstame. No es justo dejarme en la ignorancia así.

—Perdería toda la diversión de verte intentar averiguarlo por ti misma.

Miro mi café, dándole un sorbo más largo, y me sorprendo de que, por un instante, me guste que sea así de imposible.

—Eres inútil —murmuro, mientras remuevo la taza con la cuchara.

Keith deja escapar un suspiro y finalmente se decide a hablar con más claridad, apoyando los codos sobre la mesa mientras me mira directamente a los ojos.

—Se está celebrando el festival más importante del año en Kioto: el Gion Matsuri. Es famoso por sus desfiles de carrozas, el ambiente en las calles, los puestos, y todo ese escándalo que me horroriza. Los días 17 y 24 de julio hacen los desfiles principales.

—Hoy... Hoy es 16 de julio, si no me equivoco.

—Así es —confirma.