Capítulo 22. #2
Esa ausencia me provoca una punzada extraña en el corazón y me siento triste, no sé clasificarlo. ¿Abandono? ¿Celos? ¿Miedo, quizás?
Ni siquiera el mismísimo Sherlock Holmes sabría descifrarle.
Sacudo la cabeza, molesta conmigo misma por dramatizar un simple madrugón, y me dispongo a ir hacia el baño cuando algo blanco en el suelo, a los pies de la puerta, llama mi atención: es una nota escrita a bolígrafo negro.
La recojo y reconozco su letra antes incluso de terminar de leerla.
“Bala de plata, he salido temprano a la comisaría. Volveré antes de las 11. Quiero encontrarte vestida. No soporto verte un segundo más con mi ropa puesta”.
Me quedo mirándola unos segundos más de lo necesario.
Bala de plata.
Sonrío sin querer.
Claro... Huye al amanecer como un caballero que abandona a su princesa, pero se toma la molestia de dejar instrucciones.
Vuelvo a leer la última frase y noto cómo el calor me sube lentamente por el cuello. No la ha escrito para imponerme, la ha escrito para provocarme.
Y, lo peor de todo, es que lo está consiguiendo, así que se va a sorprender.
La idea que se me acaba de pasar por la cabeza me dibuja una sonrisa mientras dejo la nota sobre la cama.
Quiere encontrarme vestida, perfecto. Lo estaré, pienso. Pero no como él imagina.
Al menos hoy.
No sé qué hora es. No sé si realmente volverá antes de las once o si lo ha escrito solo para descolocarme. El destino decidirá si me da tiempo a salir de aquí con dignidad o si tendré que abalanzarme contra la puerta del baño para impedirle entrar, como si esta casa también fuera mía.
La imagen me hace apretar los labios.
Porque la parte más honesta de mí —la que intento ignorar— no estaría precisamente huyendo.
Cierro el grifo del baño después de lavarme las manos y vuelvo a la habitación antes de que mis pensamientos sigan por ese camino.
Abro su armario y elijo una camiseta negra XL, ancha, larga, de tela suave. Me la pongo, dejando que me cubra hasta medio muslo, y me miro un segundo en el espejo. Ya estoy vestida, tal y como me ha pedido.
Con la pequeña diferencia de que esta vez no llevo puestos sus calzoncillos, simplemente no llevo nada.
Cruzo los brazos, y sonrío. Si quería guerra... No debería haber dejado instrucciones por escrito.
No tengo ninguna intención de secarme el pelo, así que dejo que el agua siga cayendo sobre la espalda de la camiseta negra, empapando ligeramente la tela de los hombros.
Los rayos de sol entran por la ventana, pero la persiana entreabierta filtra la luz de la calle.
Bajo ella está el piano, el mismo que tocamos anoche.
Me acerco sin pensarlo demasiado y paso los dedos por encima de las teclas blancas. Brillan igual que anoche, pero empiezo a sentir algo que no esperaba: una punzada de melancolía.
Antes de que pueda analizarla, me siento en la banqueta.
El cuero está frío bajo mis piernas desnudas y la camiseta cae sobre mis muslos cuando me inclino ligeramente hacia adelante y dejo que mis dedos encuentren las teclas sin buscar ninguna partitura.
No quiero tocar la pieza de anoche, pienso.
Empiezo a deslizar los dedos con una melodía distinta, una que conozco de memoria porque la compuse a los veinte años, en una de esas noches en las que el mundo parecía demasiado grande para mí.
La primera nota suena desafinada, pero a medida que avanzo, la música empieza a fluir.
Recuerdo perfectamente aquel invierno. Mi madre estaba enferma en la cama, demasiado débil para ir a trabajar.
Las facturas se empezaron a acumular sobre la mesa de la cocina, pero tenía que seguir yendo y viniendo de la universidad. Estaba agotada y sobrevivía a base de café barato de las máquinas expendedoras, pero me repetía a mí misma que todo aquello tenía sentido, que algún día valdría la pena.
Compuse esa pieza sentada en un piano desafinado del club de música de la universidad, con las manos heladas y los ojos ardiendo de cansancio. No era una mujer brillante en aquel entonces, y lo único que quería era rendirme.
Cada nota llevaba el peso de la responsabilidad que no me correspondía y que aun así asumí sin protestar, porque mi madre es la persona que más amo en este mundo.
Ahora, años después, esa melodía vuelve a nacer bajo mis dedos, en el piano de Keith.
Mientras toco, una voz grave rompe la quietud de la habitación.
—Buenos días, bala de plata.
El corazón me da un vuelco tan brusco que mis dedos fallan una nota y me giro de golpe en la banqueta.
Keith está apoyado en el marco de la puerta de nuevo, igual que ayer, como si llevara ahí toda la canción.
Va vestido como siempre, completamente de negro, con una camisa de manga corta desabrochada que deja entrever la línea firme del pecho y los tatuajes que recorren sus brazos.
Lleva unos pantalones grises oscuros, holgados.
Hoy no se ha puesto las botas; seguramente hace demasiado calor incluso para él.
Lleva el pelo suelto, y está de brazos cruzados, mirándome fijamente.
A saber a qué hora se ha ido este indecente y cuántas horas ha dormido, pienso mientras intento que mi respiración recupere un ritmo digno.
—Creía que mis instrucciones sobre tu vestimenta eran claras —dice—. ¿Quién te ha dado permiso para usar mi ducha y abrir mi armario?
Me levanto despacio y me alejo del piano, sin apartar la mirada de la suya. La banqueta roza levemente el suelo cuando me separo del piano y empiezo a caminar hacia él, pero me detengo a un par de metros. Lo observo de arriba abajo antes de responder.
—No sabes la alegría que me ha dado comprobar que no tienes ningún cadáver dentro del armario —Sonrío—. Aunque le falta un poco más de color. Si te cambiaras el apellido a Addams, nadie se sorprendería.
Sus ojos bajan hacia la camiseta que llevo puesta y me recorren hasta clavarse en mis piernas desnudas. Vuelve a guiarlos hacia mi cara y arquea una ceja, sin perder la compostura.
—Nunca he sido demasiado fan de Tim Burton. Demasiado barroco para mi gusto. Prefiero a David Fincher, "The Killer" es mi película favorita.
Claro que lo es.
Inclino la cabeza.
—Qué sorpresa. Un hombre obsesionado con hacer daño a los demás que admira a un asesino que cronometra hasta su respiración.
—Un profesional —corrige, descruzando los brazos sin apartarse de la puerta—. Disciplina, paciencia, no siente emociones innecesarias... Es admirable.
—Es un antisocial —replico—. Y está emocionalmente atrofiado.
Una comisura de sus labios se eleva.
—Lo dice la mujer que analiza a los demás como si fueran pruebas forenses.
Sonrío.
—Pues Wednesday es mi serie favorita.
—Por supuesto que lo es. Ella es inteligente y sarcástica, sin necesidad de caerle bien a nadie, sois clavaditas.
Y con mejor gusto estético que el noventa por ciento de los adultos que presumen de cultura cinematográfica.
Miércoles es brillante, sí... Pero romantiza el estar sola. Fincher, en cambio, lo disecciona.
—Fincher glorifica la frialdad masculina como si fuera sinónimo de superioridad moral —contraataco—. Burton, en cambio, entiende que lo raro no es extraño, es magnífico.
—Burton romantiza el trauma, querida.
—Y Fincher lo convierte en un manual de instrucciones.
Keith se separa finalmente del marco y avanza un paso hacia mí.
—La diferencia —dice con suavidad— es que los personajes de Fincher saben exactamente quiénes son.
Sostengo su mirada sin pestañear.
—No. La diferencia es que los personajes de Burton no tienen miedo de admitir que sienten algo.
Sus ojos bajan otra vez, inevitablemente, a la camiseta negra que llevo puesta sin nada debajo —su camiseta—, y regresan a mi rostro, apartándome un mechón de la cara y colocándomelo detrás de la oreja.
—Te recuerdo —añade— que mis instrucciones eran claras.
Cruzo los brazos, imitando su postura.
—Y yo te recuerdo que no especificaste de qué armario debía vestirme.
Por un segundo, parece debatirse entre contestarme o acercarse todavía más.
—Eres muy contestona.
—Es problema tuyo. No deberías confiar en mí —respondo.
Pero ninguno de los dos se mueve.
Keith se separa y camina hasta la cama como si la habitación le perteneciera más que nunca y me quisiera decir en mayúsculas que es el dueño de ella.
Se sienta en el borde y apoya los antebrazos sobre las sábanas donde hemos pasado la noche.
Me mira fijamente con esa expresión que siempre precede a algo que no me va a gustar.
—Te voy a dar dos opciones, tú eliges.
Lo observo sin moverme, expectante.
—En uno de mis bolsillos —continúa— tengo algo interesante que estoy bastante seguro de que quieres recuperar. Pero si decides quedártelo, te quedarás sin lo que hay en el otro.
Entrecierro los ojos y camino hacia donde está, despacio, hasta detenerme justo frente a él.
—Mi teléfono.
Una sonrisa se dibuja en su boca.
—Tranquila, gatita, te acabas de despertar. Todavía no sabes cuál es la oferta del otro bolsillo.
Suelto un suspiro cargado de impaciencia.
—Diga lo que diga, vas a hacer lo que te salga de los cojones, como siempre, así que no entiendo por qué me haces elegir.
Keith inclina la cabeza ligeramente, negando.
—No sé por quién me tomas, pero si eliges el teléfono... te quedas sin desayunar.
Frunzo el ceño.
—¿Perdón?
—Natsuko ha venido a las ocho de la mañana a hacernos el desayuno.
—Ha venido... ¿Mientras dormía?
Siento cómo el calor me sube de golpe por el cuello hasta las mejillas. Me muero de vergüenza solo de imaginar a esa mujer entrando en la habitación de Keith, viéndome dormida en su cama, con su ropa, completamente inconsciente.
Pero hay algo peor: ha dicho "hacernos".
—¿Hacernos? —repito.
Mi mente empieza a atar cabos. ¿Sabe que estoy aquí? ¿Ha visto algo? ¿Ha preguntado? ¿Ha asumido?
Lo miro fijamente, intentando descifrar si está disfrutando de mi incomodidad o si esto forma parte de un plan más esquizofrénico, como él.
Y, sobre todo, intentando decidir qué me preocupa más: mi teléfono... o que alguien haya preparado el desayuno para los dos. Dos.