Capítulo 22.
(決して触れないという誓い— El juramento de no tocarte jamás)
La luz que entra por la ventana me despierta.
La persiana está mal bajada y deja pasar unos destellos de luz dorada que atraviesan la habitación y me rozan con cariño las piernas.
Parpadeo varias veces antes de entender que el techo que estoy mirando no es el mío, que el silencio suena distinto y que la habitación huele a la fiscalía de Kioto en lugar del perfume que siempre queda en mi apartamento.
Tardo unos segundos en situarme y en ordenar los recuerdos de la noche anterior, hasta que todo empieza a encajar. Estoy en Kioto.
En su casa, en una habitación que no es mía.
Me incorporo despacio. Tengo la sensación extraña de haber dormido demasiado bien para lo que podría haber sido.
He dormido del tirón, sin la tensión que últimamente y normalmente me obliga a abrir los ojos en mitad de la noche como si alguien me hubiera llamado.
Me siento ligeramente desubicada, pero es normal si tengo en cuenta que acabo de despertar en un lugar que no me pertenece, y estiro el brazo para buscar el móvil en la mesilla.
No está.
Paso la mano por la superficie, tanteo el borde, miro al suelo, reviso debajo de la almohada, impaciente, hasta que vuelvo a mí y empiezo a irritarme: el imbécil del fiscal todavía no me lo ha devuelto.
Suelto el aire despacio y me dejo caer en el borde de la cama, intentando calcular la hora por la intensidad del sol.
No tengo ni idea de cuánto he dormido. Podrían ser las ocho o podrían ser casi las doce.
He pasado la noche fuera y no he vuelto a Tokio, y mientras yo estaba aquí, inconsciente y tranquila, Hiroshi, Mina, Fukuda y Nina deben de estar preocupados, probablemente llamándome una y otra vez, llenándome la pantalla de notificaciones que no puedo ver.
Sé que mi teléfono tiene que estar a rebosar, pero también sé que levantarme a buscarlo por la casa sería una pérdida de tiempo.
Keith no es descuidado, ni ingenuo, ni el tipo de hombre que deja algo útil para él tirado en cualquier cajón.
Si lo tiene —y estoy segura de que lo tiene—, lo lleva encima.
Espero que sobre todo no se lo haya metido dentro de los calzoncillos, porque sabe que es el último sitio donde buscaría.
La idea de no tenerlo encima esta mañana me cabrea más de lo que debería. No solo porque esté incomunicada, sino porque eso significa que ha decidido cuándo y cómo puedo volver a mi vida, como si fuera un expediente policial tirado encima de su mesa.
Miro hacia la puerta, está cerrada, pero espero oír algún sonido que confirme que está aquí, aunque está todo en absoluto silencio. No escucho pasos, ni agua corriendo, ni el sonido de la cafetera. Nada.
Me paso la mano por el pelo y noto algo que me desconcierta todavía más que su ausencia: estoy descansada. En calma. He dormido profundamente bajo su techo, con él al otro lado de la cama, y mi cuerpo no ha estado en alerta ni un solo segundo.
Recuerdo la tormenta.
El piano.
Su voz, sus ojos... Demasiado cerca.
Cierro los míos un segundo para poder reconstruir la escena. No pasó nada que yo no permitiera. No hubo manipulación, ni presión, ni un gesto que cruzara una línea que yo no estuviera dispuesta a cruzar. Si me quedé, fue porque quise quedarme. Si me acerqué, fue porque yo reduje la distancia.
Eso es un hecho.
También es un problema.
Porque recuerdo perfectamente el momento en que dejó de ser una negociación mutua y empezó a ser algo más.
La forma en que me miraba no era la de un fiscal evaluando a su contrincante, ni tampoco la de un hombre jugando con una mujer.
Era... otra cosa. Algo que no encaja con el Keith que me conviene tener enfrente.
Y yo respondí.
No con palabras, sino con esa rendija mínima que abrí sin darme cuenta. Bajé la guardia lo suficiente.
Aprieto los dedos contra el colchón y analizo mis propios movimientos como si fueran ajenos.
Me apoyé en él cuando podría haber mantenido la distancia y no me aparté cuando su mano rozó la mía.
No hice ningún comentario mordaz para romper la tensión, simplemente dejé que ese momento existiera para poder recordarlo en un futuro.
Ese abrazo, la primera vez que caí en sus brazos.
¿Fue una estrategia del cielo provocar aquella tormenta para que me lanzara así a su cuerpo?
Podría decirse que sí. Mantenerlo así de cerca me beneficia y entender sus gestos, su respiración y la manera en la que piensa cuando no está interrogando a nadie es información valiosa. Es la parte más calculadora de Dahlia Hawthorne, la abogada.
Pero la verdad va más allá de eso, y es que hubo un instante —breve, casi imperceptible— en el que no estaba pensando en ganar nada, solo estaba sintiendo. Y eso no entra en mis planes.
Me levanto y camino descalza por la habitación. No estoy enamorada. No soy una adolescente que confunde tensión sexual con amor y soy perfectamente capaz de separar el deseo del afecto.
Lo que pasó anoche fue una combinación de circunstancias, cansancio y proximidad. Nada más.
Repito esa conclusión en mi cabeza, aunque algo dentro de mí no termine de firmarla.
Porque si fue tan circunstancial, tan controlado, tan frío... ¿Por qué he dormido mejor aquí que en mi propio apartamento?
Vuelvo en mí con un leve bufido y dejo de analizarme como si fuera un caso clínico. Miro la cama con más atención y veo que las sábanas están deshechas, pero no por lo que me hubiera gustado...
Me hace gracia.
Podría ser perfectamente la típica escena de comedia romántica: dos estúpidos que pasan la noche juntos cruzan una línea que juraron no cruzar, se dejan llevar, tienen sexo y, al amanecer, uno de los dos entra en pánico, se viste en silencio y huye antes de que el otro abra los ojos. Una retirada estratégica de Keith Kudo.
Casi puedo escuchar la música de fondo.
La diferencia es que esta no es esa historia.
No puede haber ido muy lejos.
Porque estoy en su cama.
En su habitación.
En su casa.
No soy la intrusa que se queda atrás mirando el techo con vergüenza ajena. Soy la mujer que ha despertado exactamente donde él duerme cada noche, rodeada de sus cosas, bajo su techo, ocupando el espacio que él no comparte con nadie sin pensarlo dos veces.
Extiendo la mano y apoyo los dedos sobre la sábana, justo en el lado donde debería haber estado su cuerpo. La tela está fría, ni templada, ni tibia... Fría.
Eso solo puede significar una cosa.
Hace rato que no está aquí.
Frunzo el ceño, tratando de pensar en qué momento pudo haberse levantado. No recuerdo ningún movimiento, ningún crujido del suelo, ningún roce de tela... He dormido tan profundamente que no he oído absolutamente nada.
¿Cómo puede ser tan sigiloso?
Keith no es un hombre ligero, ni delicado. Y, sin embargo, ha salido de la habitación sin despertarme, como si supiera exactamente dónde apoyar el pie para no hacer sonar el suelo.
Eso significa que, mientras yo dormía confiada, él ya estaba despierto. Observándome, quizá, y decidiendo cuándo marcharse de la cama sin cortarme el cuello y deshacerse de su principal obstáculo desde que aceptó ese caso.
No sé si me remueve más que se haya ido... O que lo haya hecho sin avisarme.
Bajo la mirada hacia mi cuerpo.
Sigo llevando su camiseta.
Y sus calzoncillos.
La tela me queda grande y está ligeramente arrugada por haber dormido con ella. No hay ninguna señal que delate algo que no recuerde.
Así que no debe de haber pasado nada extraño.
No que yo recuerde.
La idea me arranca una media sonrisa pícara y me sonrojo. Si hubiera ocurrido algo más, lo sabría. No soy precisamente el tipo de mujer que pierde la conciencia en mitad de algo tan importante.
Me levanto y camino hasta el espejo del armario.
Confirmo mis sospechas: tengo el pelo revuelto en todas direcciones y, probablemente, varias lagañas que arruinan mi dignidad femenina.
Perfecto. El fiscal ha decidido huir sin avisar y yo luzco como una gatita que acaba de pelearse con cierta morena en medio de la comisaría.
Bien.
Si él ha optado por desaparecer en silencio, yo voy a tomar todos los permisos que, implícitamente, me concedió anoche.
No pienso comprobar si la puerta está cerrada con llave o abierta. Estoy en su habitación, en su cama, vestida con su ropa. Eso me otorga ciertos privilegios.
Entro en el baño con naturalidad, abro el grifo de la ducha y dejo que el agua caliente me despeje del todo mientras repaso la escena: estoy aquí, usando su jabón, su toalla y sus cosas como si fuera lo más normal del mundo.
Cuando termino, regreso a la habitación con el pelo aún húmedo y, vuelvo a abrir su armario.
Revolverle las cosas se está convirtiendo en un pequeño placer culpable.
Paso los dedos por las perchas, y toco todas sus camisas.
Seguro que Natsuko se las ha planchado todas como si fuera un bebé que no puede valerse por sí mismo.
Encuentro otra camiseta del mismo estilo que la que llevo, pero esta vez negra.
Me servirá como nuevo pijama provisional hasta que recupere mi vestido.
La saco sin pedir permiso y me la pongo sin esfuerzo.
Después tendré que ir a la otra habitación a por mi ropa de ayer.
Pero, de momento, estoy perfectamente instalada.
En su casa y en su intimidad, ya no me siento como una intrusa.
Me apoyo un momento en el marco de la puerta e intento adivinar dónde puede estar Keith, aunque me obligo a fingir que la pregunta es puramente logística.
La noche fue larga, intensa e inesperadamente placentera, y eso debería bastar como conclusión racional, así que no necesito saber dónde está ni qué está haciendo, porque no somos nada que requiera explicaciones al amanecer.
Eso me repito.
Sin embargo, hay algo que no encaja.
Ocho horas.
Ocho horas con él a mi lado y no recuerdo haber sentido su respiración, ni el peso de su cuerpo moviéndose en la cama, ni el leve roce inconsciente que cualquier persona deja cuando duerme cerca de otra. Es como si hubiera desaparecido sin dejar rastro incluso antes de levantarse.