El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 21. #6
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Capítulo 21. #6

—Esa mujer no te ve como una rival. Te ve como un estorbo.

—¿Un estorbo?

—Un peón fuera del tablero —continúa—. Algo que no estaba previsto. Algo que se interpone entre lo que ella cree que es suyo.

—Está enamorada de ti. Lo sabes, ¿verdad?

Keith no lo niega.

—Lo está —admite.

Aprieto los labios.

—Y tú... La has utilizado.

—No la obligué a nada.

—No. Pero tampoco la detuviste.

Me giro hacia él, apoyándome en un codo.

—Cuando te acuestas con alguien que está enamorado de ti —añado—, sabiendo que lo está, tienes el control. Aunque no lo pidas y no lo digas en voz alta.

—¿Eso es lo que crees que hice contigo?

—No nos hemos acostado.

—Ni nos vamos a acostar.

—Evidentemente, porque yo no estoy enamorada de ti.

Keith esboza una sonrisa mínima e ignora mi comentario.

—Simplemente cree que eres mi distracción —dice—. Algo temporal. Desea con todas sus fuerzas que, cuando el caso termine, desaparezcas.

—Eso haré. No volveré a enfrentarme a ti jamás en un tribunal. Lo juro.

—No jures, bala de plata. Es pecado.

—No pecaré.

—Veremos.

—Me da un poco de lástima, realmente... Olivia te da información, te cubre las espaldas, te protege... y a cambio le das migajas.

—Le di exactamente lo que me pidió, cuando procedió —responde—. Nunca prometí nada más.

—El problema es que ella cree que algún día te va a tener entero.

—¿Y tú crees que yo soy alguien que puede pertenecer a otra persona?

No respondo.

—Olivia no está enamorada de mí. Está enamorada de la idea de ganarte.

—¿Ganarme?

—Sí. Ya llegarás tú misma a la conclusión final.

Un escalofrío me recorre la espalda. Keith me mira largo rato. Demasiado.

No sé si eso es una advertencia o una confesión. Pero sé que, de alguna manera, es de lo más honesto que me ha dicho en toda la noche.

—Y, por cierto, por si todavía no te ha quedado lo suficientemente claro, tu antiguo jefe no estaba enamorado de ti.

El pecho vuelve a arderme.

—No tienes ni puta idea de quién es Joseph —le escupo—. Lávate la boca antes de hablar de los demás.

Se me queda mirando, imperturbable.

—¿Entonces por qué te acostaste con él? —pregunta—. ¿No crees que no se debe mezclar trabajo con sexo?

Arqueo la ceja.

—Curioso que lo digas tú cuando te has follado a la detective de la fiscalía a la que ves prácticamente todos los días en comisaría. Eso también es mezclar trabajo, Kudo.

—Yo no tengo compañeros de trabajo, trabajo solo, y decido quién me es útil y quién no.

—¿Y yo no? —pregunto, sin bajar la mirada.

—Tú entraste como becaria en un bufete —dice despacio—, y acabó follándote porque no pusiste límites.

El mundo se me inclina.

—Estoy seguro de que ni siquiera te gustaba y simplemente estabas sola y vulnerable. Necesitabas sentirte vista por alguien que no te cuestionara todo el tiempo.

—No hables como si me conocieras —digo.

—Te conozco más de lo que te gustaría —responde—. Y eso incluye saber que ese cateto no te quería, simplemente le gustaba la versión de ti que no exigía nada.

Me levanto de la cama de golpe.

—Te voy a coser la boca, Keith Kudo.

—Hazlo, Hawthorne, echo de menos sentir tus manos tan cerca.

Lo miro con rabia y con el orgullo herido. Es miserable.

—¿Sabes qué es lo peor? Que hablas como si los demás fueran menos que tú, pero eres igual de cobarde que ellos.

—¿Cobarde?

—Sí, cobarde. Eres un cobarde que no admite su parte más racional y me tiene aquí sumisa, cuestionándome mi existencia.

Estoy hasta los cojones de tu bipolaridad y tus cambios de humor.

Haz lo que te salga de la polla, Keith, pero no me marees.

Suficiente tengo con lo mío como para andar preocupándome de tus mierdas. Me tienes harta.

—¿Crees que si dices todo este conjunto de frases juntas en el próximo juicio, el juez te echará de la sala? Porque moriría por verlo.

—Te voy a...

Me acerco a él, pero me agarra la mano con fuerza cuando estoy a punto de levantarla para pegarle en la cara y me acerca hacia sus labios, sin tocarlos. Mis rodillas están sobre las sábanas y él está sentado. Es tan alto que estamos a la misma altura.

No dice nada, simplemente me tiene agarrada e indefensa.

—No... quiero discutir más —digo de repente—. Me duele la cabeza, me voy al otro cuarto. Buenas noches.

Le importa una mierda lo que le diga.

Keith me agarra del brazo, me hace girar y, en un movimiento seco, me coloca sobre la cama. Su peso cae encima del mío. No me aplasta, pero me inmoviliza. Sus manos están a ambos lados de mi cabeza y su cuerpo suspendido sobre mí.

—Esta noche no sales de esta habitación hasta que salga el sol.

—Si me quedo en esta cama, no voy a permitir que me folles.

Sus labios se curvan.

—Recuerda lo que te dije en tu casa. No voy a follarte.

—Hace un rato me has dicho que no haces promesas.

—No he prometido nada —corrige—. Simplemente no lo haré. No pongas palabras en mi boca que no he dicho.

Aprieto los puños contra el colchón.

—Dormir con el fiscal contra el que me estoy partiendo la cara en la corte no es precisamente profesional.

—En esta casa dejaste de ser abogada en el momento en que cruzaste la puerta.

—Entonces ¿qué soy? —pregunto, sin bajar la mirada.

Sus ojos se clavan en los míos.

—Mi bala de plata.

Parpadeo y le miro los labios.

—¿Te das cuenta de que no tengo ni idea de lo que significa eso?

—¿Y tengo cara de que te lo vaya a contar?

Trago saliva.

—Estás muy cerca. Apártate.

En lugar de hacerlo, se acerca un poco más. Apenas un suspiro de distancia.

—Quieres que me aparte... ¿O que te bese? Porque solo voy a cumplir una de las dos cosas. Y ya he decidido cuál, independientemente de lo que contestes.

Me impulso un poco, apoyando las manos en la cama, elevando el cuerpo lo justo para que me mire de frente.

—Quiero que te vayas a la mierda.

Keith sonríe y me toma la barbilla con dos dedos, sin fuerza.

—Dulces sueños, entonces —susurra—, mi bala de plata.

Se aparta, se levanta y apaga la luz.

La habitación queda a oscuras, solo iluminada por la luna que entra por el ventanal. Siento el colchón moverse cuando se tumba en el otro lado. La distancia es real, clara y dolorosa.

No pasa nada.

Me duermo.

Keith también.

La tormenta se detiene.

Y no nos besamos.

No nos besamos.

No me ha besado.

¿Por qué?