El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 21. #5
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Capítulo 21. #5

No respondo al instante y mi corazón late despacio porque, en el fondo, no me importa Olivia, pero sé que parece que sí.

Lo que me importa es lo que su respuesta diga de él.

—Esta mañana Olivia me ha preguntado por ti en comisaría. Me preguntó si sabía dónde estabas. —Hago una pausa, incómoda—. Y... Pensé que estabas con ella.

Keith se queda quieto, con la espalda apoyada en el cabecero, mirándome como si acabara de decir algo interesante y poco descabellado.

—No he estado con ella —dice por fin—. Ni hoy, ni estas últimas semanas.

Lo miro buscando una grieta o algún fallo en ese micro gesto que le delate la mentira, pero no lo encuentro.

—¿Lo dices en serio?

—No suelo bromear con cosas irrelevantes.

Aprieto los dedos contra la sábana.

—Hubiera puesto la mano en el fuego de que sí.

—Porque tienes una fijación absurda con imaginarme siempre con mujeres —responde—. Como si fuera una constante inevitable.

Me incorporo un poco, molesta.

—No es absurda. —Lo miro de frente—. Eres como eres, y no juegas limpio. Te mueves en la ambigüedad y siempre estás provocándome y empujándome. Me miras como si supieras exactamente qué botones tocar... ¿Y esperas que piense que duermes solo todas las noches?

Keith ladea la cabeza, pensativo.

—Eso no responde a por qué Olivia en concreto.

—Porque es la única mujer que no intenta ocultar que te quiere cerca —respondo—. Porque te busca, pregunta por ti y sonríe cuando dice tu nombre. Y porque yo no.

Eso sí parece pillarle por sorpresa.

—¿Crees que eso te coloca en una posición distinta?

—Creo que me coloca en una posición más honesta —digo—. Yo no finjo que me da igual, porque sabes que no me importa. No quiero estar en medio de su obsesión.

Keith guarda silencio unos segundos.

—Repito. Tu error principal es pensar que mi vida gira alrededor de las mujeres.

—Entonces explícame qué gira a tu alrededor —le reto.

Me mira fijamente.

—El control... el trabajo. Ganar. Resolver. —Hace una pausa—. Considero a las demás personas como... variables. No el centro de atención.

Esa respuesta no me toma por sorpresa, la verdad.

—Perfecto. ¿Y a mí qué me consideras? —pregunto sin querer.

Sus ojos bajan a mi boca un segundo antes de volver a los míos.

—Una variable que no consigo eliminar de la ecuación.

Mi pecho se tensa.

—Eso no es tranquilizador, Kudo.

—Nunca he dicho que lo fuera.

Me recuesto de nuevo en la cama, mirando al techo.

—Me da curiosidad saber qué mujeres se fijan en ti y qué ven.

—Ven lo contrario a ti.

Keith se acerca lo justo para que su hombro roce el mío.

—Y repito, para que puedas dormir tranquila esta noche, no he estado con Olivia. Y no porque tú existas. Sino porque no me interesaba.

Cierro los ojos.

No sé si eso me alivia. No sé si debería.

—Y, por último, no voy a contarte con cuántas mujeres he estado. Ni quiénes son. Ni cuándo. No es información que te pertenezca.

Lo miro de lado, sin moverme.

—No he dicho que me pertenezca —respondo—. Pero tampoco finjas que no te interesa que lo pregunte.

Una media sonrisa ladea su boca.

—Me interesa tu reacción. No el tema.

—Qué conveniente.

—Qué honesto.

Suspira y apoya la cabeza contra el cabecero.

—He estado con mujeres que no recuerdan mi apellido al día siguiente. Con mujeres que lo sabían antes incluso de que yo se lo dijera. Con mujeres que buscaban poder, protección... O desaburrirse.

—¿Y amor? —pregunto, sin mirarle.

—No seas ingenua.

Me revuelvo un poco en la cama.

—No sé si será verdad o si lo estás diciendo para provocarme.

—Nunca miento cuando no es necesario, pero tampoco digo toda la verdad cuando no conviene.

Me río por la nariz.

—Entonces estamos empatados.

Keith gira la cabeza hacia mí.

—Ah, ¿sí?

—Si tú no eres sincero conmigo, yo tampoco lo seré contigo —le digo—. Mi vida amorosa no es un expediente abierto.

—No hace falta que me la cuentes —dice—. Ya la sé.

Eso me obliga a mirarle.

—Y una mierda. Eso es imposible.

—No —niega—. Solo improbable para ti.

—¿También te dedicas a investigarme sentimentalmente? ¿Desde cuándo?

—Desde que supe que usas el amor como trinchera. Y la ironía como escudo.

—No tienes ni idea.

—La tengo —corrige—. No has tenido ninguna relación larga, por eso tienes tanta intensidad dentro mal medida. Los hombres que te has cruzado te prometían más de lo que podían y tú les creíste, ingenua.

Mi corazón se acelera.

—Respuesta básica de manual. Teoría confirmada de que no tienes ni idea de nada. Haber hecho tres preguntas sobre mí a las personas incorrectas no te da derecho a saberlo todo.

—No estoy hablando de derechos, Hawthorne. Solo de hechos.

Me incorporo, tensa.

—Te crees intocable, ¿verdad? —le espeto—. Como si nadie pudiera hacerte daño.

Keith se acerca un poco más, sabe que me estoy enfadando.

—No —dice en voz baja—. Me creo consciente de quién puede hacerlo.

—Entonces dime —susurro—. ¿Por qué te interesa tanto saber cómo reacciono cuando hablas de otras mujeres?

Sus ojos se clavan en los míos.

—Porque cuando te incomodas, dejas de mentirte, y te muestras tal y como eres. Además, no sé qué le viste a ese jefe tuyo de Seattle. No se parece en nada a mí.

Me quedo mirándolo con la boca abierta. En el mismo segundo en que pronuncia su nombre, entiendo que ya no sirve de nada fingir demencia ni mirar hacia otro lado. Joseph ya está sobre la mesa.

—¿Cómo sabes eso? ¿Quién te lo ha contado? Es imposible que sepas lo que estaba pasando en la otra punta del mundo. Ni siquiera me conocías entonces.

Keith no parece sorprendido por mi reacción. Al contrario: parece complacido. Se toma su tiempo antes de responder, como si quisiera medir exactamente cuánto me va a doler este tema.

—Me provocaba curiosidad saber quién había tocado a Dahlia Hawthorne antes que yo.

Siento un latigazo en el pecho.

—Me causó bastante risa.

La palabra risa me enerva.

—¿Risa de qué, capullo?

Keith cruza los brazos detrás de la nuca y me observa con calma, entre risas.

—De ti. De tu elección.

—Explícate antes de que te tire algo a la cabeza.

—Elegiste a alguien que te miraba desde arriba. No físicamente, ni intelectualmente. Eso, Hawthorne, me resulta gracioso.

—Joseph no me miraba por encima del hombro.

—No —dice, irónico—. Te miraba como un proyecto.

Se me tensa la mandíbula.

—No tienes ni puta idea de lo que estás diciendo.

—La tengo, porque me molesté en averiguarlo.

—¿Averiguar el qué exactamente? —pregunto—. ¿Mi vida sexual? ¿Mis errores? ¿Mis relaciones?

—A quién le permitiste tocarte antes que a mí.

El estómago me da un vuelco.

—¿Y eso te hizo gracia?

—Me hizo gracia pensar que un hombre así creyera que estaba a tu altura.

—No estaba por encima ni por debajo —le corto—. Estábamos en el mismo sitio.

—No —niega—. Tú estabas creciendo. Él necesitaba que no lo hicieras, porque sabía que le opacarías.

Me giro hacia él, furiosa.

—¿Qué coño vas a saber?

—Lo vuestro no duró más porque ya no podía gozar de autoridad, Hawthorne. Le quedaban dos días contados siendo tu jefe. Iban a ascenderte y tu antiguo bufete planeaba que fueras la jefa de tu departamento. ¿Sabes dónde le dejaba a él? En el escalón de abajo.

—Eso es mentira. No te creo nada, y no te atrevas a reducirlo así.

—No lo reduzco —responde—. Lo coloco donde va. ¿Y, por qué iba a mentirte? Si no hubieras volado hacia Japón, ahora él estaría sirviéndote los cafés.

—Hagamos que te creo. Aunque fuera verdad, ¿eso te provoca risa?

—Me provoca ironía que una mujer como tú creyera que merecía menos de lo que es.

—¿Menos que tú? —le desafío.

—Yo no necesito sentirme superior para estar contigo.

—Porque no lo eres. Hablas como si no te importara, pero te molestaste en investigarlo.

—No me importaba lo más mínimo, pero me dio curiosidad.

—¿Curiosidad o celos?

Una ceja se le arquea.

—No confundo conceptos.

—Yo creo que sí —le digo—. Y te diré una cosa: si tú no me cuentas nada de tu vida, yo tampoco pienso contarte nada más de la mía.

Keith sonríe, lentamente.

—Vayas donde vayas, siempre sabré dónde estás.

—Clara amenaza.

—Disfrútala.

—Prefiero haberme follado a Joseph antes que a la esquizofrénica de Olivia.

La frase me sale seca, afilada, sin pensarla dos veces. Sé que es injusta. Sé que es fea. Pero también sé que necesito herirlo, aunque sea un poco, aunque solo sea para que deje de mirarme como si estuviera haciendo un informe pericial sobre mi vida.

Keith aprieta la mandíbula.

—Deja de compararte con Olivia —dice, con un tono más duro de lo habitual—. No tiene nada que ver contigo.

—Está claro que no. Y no me comparo con ella.

Me giro un poco sobre la cama, clavando la mirada en el techo. Me arde el pecho, pero no voy a llorar. No delante de él.

—Sí que lo haces, Hawthorne. Ni que fuera tu enemiga.

—No la veo como enemiga —añado—. Para mí solo sería una enemiga en la corte si se mete donde no le llaman.

—Pelea de gatas —sonríe.

—Imbécil. Esa mujer no duraría un segundo conmigo en la selva.

—No estás en una competición, bala de plata.

—Para mí sí —le corto—. Aunque no quiera que lo sea.

—Me gusta sentir que soy mejor que las personas que sé que son malas. Es algo que tengo tan interiorizado que ni siquiera sé cuándo empezó. Pero esa mujer ha conseguido hacerme sentir pequeña con sus comentarios de mierda, aunque no he dejado que se dé cuenta en ningún momento.

—No eres pequeña.

Suelto una risa amarga.

—¿La noche te vuelve más vulnerable? No intentes arreglarlo, somos enemigos.

—No intento arreglar nada, no soy tu terapeuta. He tenido enemigas más complejas, pero ninguna como tú.

—Menos mal.

—Solo voy a decir que... el día que dejes de medirte con mujeres que no eres, vas a ser insoportable.

Levanto la mirada hacia él.

—¿Insoportable?

—Terriblemente peligrosa —corrige—. Para ti... y para cualquiera que se te acerque.

No sé por qué, pero esa frase no me alivia, me desarma.

—Y deja de hablar de Olivia —remata—. No es el espejo en el que tienes que mirarte.

—¿Y cuál es, entonces?

Me sostiene la mirada durante unos segundos eternos y, por primera vez en toda la noche, no parece querer ganar nada.

—Lo tienes que descubrir tú.

—Es que, Olivia es...