El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 21. #4
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Capítulo 21. #4

Separarme de él ha sido una decisión física, pero también emocional.

Ojalá vuelva a agarrarme cuando me separe.

Nos quedamos frente a frente, mirándonos fijamente. Lo único que consigo decir es una estupidez.

—¿Crees que se va a volver a ir la luz?

Me odia un poco por eso. Lo sé.

—No lo sé, querida. Me gustaría poder controlarlo todo, pero hay cosas que no están en mis manos.

—Siento que me hayas tenido que cargar en brazos.

—Hawthorne, créeme que no me han faltado ganas de tirarte por la ventana para que sufrieras bajo esa tormenta hasta el amanecer.

No contesto. Solo lo miro. Y él sabe perfectamente que en mi mirada hay de todo... menos odio.

—Esta noche dormirás aquí.

La frase me devuelve un poco a la realidad. Niego con la cabeza y me levanto de la cama, pero no llego lejos. Me vuelve a agarrar.

—No me hagas atarte a la cama —dice en voz baja—. No sabes lo que tengo en ese cajón.

Me sonrojo. Hijo de puta.

—Ya es suficiente caridad por una noche. Debo volver a la otra habitación.

Entonces me toma la cara con una mano y me obliga a mirarlo.

—No me obligues a cerrar la puerta.

—Si estuviéramos en la corte, no te permitiría jugar conmigo de una manera tan sucia. Tienes que reconocerme, al menos, el derecho a dormir donde me dé la gana. Has tenido la amabilidad de traerme hasta tu casa, y no quisiera perturbar tu descanso: ronco demasiado y no sería apropiado.

Keith arquea una ceja.

—Con esa cara es imposible que sueltes un solo ronquido.

Resoplo.

—Si piensas que soy una princesa, estás muy equivocado.

—No he dicho jamás que lo seas —replica—. De hecho, estás muy lejos de que te considere una. Pero si te sube el ego creerlo, no voy a ser yo quien te joda las fantasías.

Suelto un rugido de pura desesperación y me dejo caer boca arriba en la cama.

—Está bien, dormiré aquí. Esta cama de los cojones es lo suficientemente grande para que cada uno duerma en una punta —mascullo—. ¿Me explicas por qué necesitas una tan enorme? Tu tamaño es considerable, pero creo que te has venido un poco arriba.

Me mira de arriba abajo, lento.

—¿De qué tamaño estás hablando?

Ni lo pienso. Le lanzo un cojín directo a la cara.

—Como te he dicho al entrar, una persona durmiendo es cuando más vulnerable está. Y no me temblará la mano si tengo que estrangularte con el cinturón del albornoz.

—¿Me has robado mi albornoz?

—¿Los que tienes para tus invitadas, te refieres?

Sonríe malditamente satisfecho.

—Los de la lavandería son míos, por eso te iban tan grandes. Los de las demás están en otra habitación. ¿No te has parado a comprobarlo?

Lo miro, agotada, con ganas de matarlo.

—Fíjate tú —respondo—, que hacer una excursión por tu casa no entraba en mis planes para hoy.

—Que acabaras en la mía tampoco entraba en mis planes.

—¿Crees que no sé discernir cuándo un hombre hace algo premeditado o no, Keith Kudo?

Dudo mucho que, con tu agenda apretada y además estando desaparecido desde hace más de tres semanas, decidieras darte un paseo nocturno por la estación de Kioto justo cuando me llaman para reiniciar la investigación.

Si vas a hacer las cosas, procura no dar tanto el cante.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, Hawthorne? En otra vida seríamos Sherlock Holmes y John Watson. Holmes prioriza el conocimiento útil y el misterio; Watson narra y humaniza lo que vive. ¿Quieres que te diga quién es quién?

Suelto una risa seca.

—Desde que has dicho la palabra humanizar, está bastante claro que no tienes nada que ver con Watson —respondo—. Pero sigues estando a años luz de parecerte siquiera un poco al mismísimo Holmes.

Sus ojos brillan, quiere divertirse.

—¿Sabes cómo me llaman en la comisaría?

—¿El capullo del fiscal?

—El discípulo de Holmes.

No puedo evitarlo. Me descojono en su cara.

—¿Hay alguien capaz de romper ese ego tan desbordado que me llevas encima, discípulo de Holmes? —pregunto, mirándolo de arriba abajo.

Elige el silencio como respuesta. Me inquieta mucho más que si hubiera contestado, pero acaba haciéndolo.

—No me hagas darte una clase de cultura general, Hawthorne. Pareces lista... Aunque seas rubia.

Levanto una ceja, divertida.

—Sorpréndeme, profesor.

Se mueve lo justo para apoyarse mejor y dictarme una lección que lleva años esperando impartir.

—Para empezar —dice—, Holmes tenía algo muy concreto: el desprecio por lo común. Se aburría mortalmente cuando no había crímenes complejos. Su mente necesitaba retos que nadie más pudiera resolver. Cuando el caso era fácil, se volvía irritable... o caía en una especie de vacío.

Hace una pausa, consciente de que lo estoy escuchando.

—Necesidad de admiración, aunque fingiera frialdad. Decía que trabajaba por el "arte por el arte", pero disfrutaba humillando a la policía, sobre todo a Lestrade, demostrándole que había pasado por alto lo obvio.

Se acerca más a mí.

—Y luego está la resolución. Se guardaba la pieza clave hasta el final solo para ver las caras de los demás. Holmes no buscaba justicia, Hawthorne. Buscaba la victoria intelectual.

Lo miro unos segundos, en silencio.

—Curioso —digo al fin—. Porque acabas de describirte con una precisión que roza lo clínico.

—Ahí te equivocas. Yo no me deprimo cuando el caso es fácil.

—No —admito—. Tú te vuelves insoportable cuando no eres el más listo de la habitación.

Keith inclina ligeramente la cabeza, como si acabara de encontrar algo interesante en mí.

—Pero, aunque quisieras, en la realidad no podrías ser Watson—dice—. Watson necesitaba a Holmes. Tú no necesitas a nadie.

—Y tú —respondo, acercándome un poco más— necesitas creer que eres Holmes para no admitir que te aterra no serlo.

Nos quedamos frente a frente, demasiado cerca para que esto siga siendo solo un debate intelectual. Y los dos lo sabemos.

—Yo tengo algo que él jamás tendrá.

—¿El qué? —pregunto, curiosa.

Pero no responde. Se tumba y me ignora.

—Vale, fiscal legendario, no me lo vas a decir. Tendré que investigarlo por mi cuenta. Por cierto, ¿y con las mujeres? —pregunto, recostándome en la almohada—. ¿Holmes era igual que tú?

Keith no sonríe. Eso ya es respuesta suficiente.

—Holmes veía a las mujeres como una interferencia —dice—. Seres emocionales capaces de nublar el juicio racional. Para él, el sentimiento era un error dentro del sistema lógico. Algo que había que evitar si querías pensar con claridad.

Cruzo los brazos, apoyando más el peso en una cadera.

—Vaya sorpresa.

—Su ego masculino —continúa, sin inmutarse— se sostenía precisamente en eso: en creerse inmune. Superior por no sentir. Hasta que apareció Irene Adler.

Levanto la mirada, interesada pese a mí misma.

—Esa mujer —añade—, no fue elegida porque fuera la más bella, sino porque fue la única capaz de ganarle en su propio juego. Le mintió mejor, pensó más rápido, se adelantó a cada deducción.... Y eso fue un golpe directo a su orgullo.

—¿La amó? —pregunto, sin saber muy bien por qué.

Keith me observa con atención, como si la pregunta fuera más reveladora de lo que debería.

—No —responde—. Pero la respetó. Y para alguien como Holmes, eso era mucho más peligroso.

—Así que no —digo despacio—. No era igual que tú.

—Ah, ¿no?

—No —repito—. A Holmes le ganó una mujer porque la subestimó. Tú, en cambio, pareces empeñado en no hacerlo.

Sus ojos se oscurecieron y cambió de posición.

—Cuidado, Hawthorne —murmuró—. Irene Adler no ganó porque fuera emocional. Ganó porque entendió cómo funcionaba Holmes... y decidió usarlo en su contra.

—¿Y eso qué te convierte a ti? —pregunto—. ¿En Holmes... o en el error de cálculo?

—En alguien que ya sabe que el sentimiento no es un fallo —dice—. Es un arma, así que no juegues con ella.

Tengo la sensación inquietante de que no estamos hablando de literatura.

Me quedo mirándolo un segundo más... y, sin previo aviso, se me escapa un bostezo largo, traicionero.

—¿Te resulta tan aburrido cuando me pongo a hablar?

—No te lo puedes ni imaginar —respondo, todavía con la boca medio abierta.

Los dos reímos. De verdad.

Porque es la primera vez —quizá la única— en la que estamos hablando como dos personas normales. No como fiscal y abogada. No como enemigos. No como dos fuerzas empeñadas en medirse el pulso. Simplemente... hablando. De cosas banales y de nada importante. El corazón me agradece esa tregua.

No quiero este vínculo. No quiero la comodidad, y tampoco quiero la risa fácil ni la sensación de hogar que empieza a insinuarse donde no debería haber nada.

Sé reconocer el inicio de un error cuando lo tengo delante, y este empieza así: con silencios no incómodos, con que no me importe que me vea despeinada y vulnerable...

Y con las inconmensurables ganas de dormir en esta cama todos los días de mi vida.

Levanto la mirada hacia él, consciente de que, si sigo aquí, algo va a cambiar. Y sé que él tampoco quiere que eso ocurra.

—Keith —digo de repente, rompiendo el silencio—... ¿Por qué sabías que estaba en Kioto? ¿Y cómo?

Giro apenas la cabeza hacia él, pero no me mira.

—Lo sé todo. A estas alturas deberías haberte dado cuenta.

Frunzo el ceño.

—Has desaparecido semanas enteras —insisto—. Nadie sabía nada de ti.

Hago una pausa breve y, sin mirarlo, añado.

—Por favor... cuéntamelo.

Eso sí consigue su atención.

—No uses el por favor conmigo —dice, seco—. Es incómodo. No te pega nada. Jamás me has pedido nada así.

Aprieto los labios. Tiene razón, y aun así no retiro la pregunta. No es morbo, realmente tengo curiosidad, de la peligrosa. Siempre quiero abrir cajones que quizá deberían quedarse cerrados.

—¿Qué hay detrás de ese interés tan ilegítimo en saber sobre mí?

—Podría hacerte exactamente la misma pregunta.

—La diferencia es que, si la información existe y se puede conseguir, yo siempre lo haré.

Clavo la mirada en el techo. Es ahora o nunca. Si las versiones cuadran, sabré que no estoy loca, si no...

Trago saliva.

—¿Has estado con Olivia?

El silencio no dura más de tres segundos. Keith arquea una ceja y se reacomoda en la cama de una manera que me crispa los nervios.

—¿Por qué tienes tanto afán en ella?