Capítulo 21. #3
—Hay muchas cosas que sé de ti —responde—. Por si todavía no te habías dado cuenta.
Siento un pinchazo entre las costillas.
—¿Y por eso sabes incluso la contraseña de mi teléfono? —añado—. Que, por cierto... Ya va siendo hora de que me lo devuelvas.
Se inclina ligeramente hacia atrás, apoyando una mano en el borde del piano.
—Te lo devolveré cuando la tormenta cese.
—Prométemelo.
—No hago promesas, bala de plata.
Aprieto la mandíbula y me enfada, mucho. Pero no bajo la guardia.
—No has contestado a la pregunta. ¿Cómo sabes que tocaba el piano?
Me observa unos segundos más, como si estuviera decidiendo hasta dónde dejarme llegar.
—Puede que algún día te lo cuente —dice al fin—. Pero no será hoy.
Resoplo, frustrada.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Se gira un poco hacia mí y se aparta el pelo de los hombros.
—Pero hiciste bien en empezar tan pequeña.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo...?
—Cinco o seis años —continúa—. Esa edad es clave. Es cuando empiezas a entender cosas sin saber todavía ponerles nombre.
Me quedo quieta, no porque me haya dicho nada nuevo, sino porque ha acertado. De lleno.
—No todo el mundo tiene la oportunidad, ni la disciplina. Ni la cabeza para aguantarlo.
Bajo la mirada hacia las teclas.
—No lo hacía por disciplina —murmuro—. Lo hacía porque si no tocaba... Explotaba.
Keith no responde de inmediato.
—Precisamente —dice entonces.
¿Me está viendo de verdad?
—¿Puedes tocarme algo más? —le pregunto.
Sonrío.
Y tardo un segundo en darme cuenta de lo extraño que es eso. Hace muchísimo que no sonrío delante de Keith. ¿Es... la primera vez?
Me mira y frunce el ceño.
—No podrías pagar un concierto mío.
—¿Para qué quiero pagarlo si puedo tenerlo gratis?
Rodea los ojos y sonríe apenas.
Si vuelve a hacer eso, juro que no me responsabilizo de cómo pueda reaccionar mi cuerpo.
—Porfa... —Hago un puchero descarado.
—No hagas eso —me ordena.
—¿El qué? —le vacilo.
—Te he dicho que pares.
Vuelvo a ponerle ojitos y me acerco un poco más.
—No sé por qué per—
No termino la frase, porque un estruendo brutal parte el aire y el trueno más fuerte que he escuchado en mi vida sacude la casa y, de golpe, la luz se apaga.
Todo queda a oscuras.
Me tapo las orejas con ambas manos sin pensarlo, el cuerpo me empieza a temblar y cierro los ojos con fuerza.
La habitación solo está iluminada por la luna, pero yo no veo nada.
El miedo me atraviesa de lleno; es un sentimiento antiguo, infantil e irracional.
Me quedo paralizada, a un paso de llorar, pero no lo hago.
No oigo su voz.
Solo siento cómo se levanta.
Y de pronto, sus brazos.
Keith me coge en brazos sin decir nada, como si no pesara.
Como si fuera una pluma. Yo sigo con las manos en las orejas, los ojos cerrados y el corazón desbocado.
No me suelta, no duda, no pregunta y empieza a caminar conmigo por el pasillo.
Oigo una puerta abrirse, pasos y a alguien tocando botones. Está subiendo los diferenciales.
La luz vuelve, pero yo sigo en sus brazos.
No me deja.
Me lleva de vuelta a la habitación y me tumba con cuidado sobre su cama. Siento el colchón hundirse a mi lado cuando se sienta. Estoy tiritando y tengo los músculos tensos y el corazón a mil por hora.
Keith no se mueve y tampoco se levanta de la cama. Parece que no quiere dejarme sola.
Es la primera vez en mi vida desde que viví mi primera tormenta, que no me siento sola.
Estoy tumbada en la cama, hecha un ovillo, indefensa de una forma que pocas veces me permito ser.
Para algunos puede resultar incoherente que una mujer de veintiséis años tenga un miedo así, tan visceral, tan infantil... pero para mí no lo es. Es una lucha interna, una cicatriz que arrastro desde que aprendí a entender el mundo y todo lo que puede arrebatarte sin previo aviso.
Tengo los ojos cerrados y las piernas recogidas contra el vientre.
Mi cuerpo aún está tenso, como si esperara otro golpe del cielo, pero sé que Keith está ahí, aunque no tenga los ojos abiertos.
Lo sé sin mirarlo.
No me está observando como suele hacerlo. Esta vez no hay posesión ni esa intensidad incómoda que siempre parece querer desarmarme. Está esperando —literalmente esperando— y dándome espacio y tiempo para que vuelva a levantarme, como si supiera que tocarme ahora rompería algo frágil.
Poco a poco, muy despacio, separo las manos de las orejas. Me tiemblan los dedos, pero logro abrir los ojos poco a poco para comprobar que sigo aquí, que la habitación está iluminada y que la tormenta no me ha tragado entera.
Estoy en su cama.
Lo recuerdo todo de golpe.
Él cargándome en brazos.
La luz volviendo.
El trayecto de vuelta.
◆◆◆
No han pasado ni cinco minutos desde que subió los plomos. Cinco. Ridículo. Y, aun así, para mí ha sido como atravesar un año entero de miedo concentrado, uno que habría cambiado gustosa por una sequía eterna si eso significaba no volver a sentir este nudo en el pecho.
Respiro hondo y al principio me cuesta tomar aire, como si los pulmones tuvieran que reaprender a funcionar. Parpadeo varias veces, enfocando el techo, y pongo la mano sobre el borde de la cama.
Keith sigue sentado a mi lado, pero no dice nada. Esa quietud suya no me pone en alerta como lo hubiera hecho en otra situación, sino que me calma.
—Ya... Ya estoy bien —miento.
Me incorporo despacio, con el cuerpo aún recostado en el colchón, y apoyo mis manos en él, en sus piernas, como si necesitara comprobar que sigue a mi lado.
Estoy despeinada, lo sé. Mis ojos se mueven de un lado a otro, nerviosos, asegurándose de que el peligro ya ha pasado y de que el cielo no se va a partir de nuevo.
Keith está delante de mí con los brazos cruzados.
Me mira con algo que no sé nombrar del todo... ¿Compasión? Me cuesta creer que ese hombre sea capaz de sentir algo así, pero desde luego no es la mirada de alguien que vaya a mandarme a la mierda en cuanto abra la boca.
Sé que lo que estoy a punto de hacer no es correcto.
Ni lógico.
Ni necesario.
Pero ahora mismo no está aquí la mejor abogada de Seattle, ni la futura mejor abogada de Japón, ni la mujer que no puede permitirse errores.
Ahora solo está Dahlia Hawthorne. La mujer.
No me doy tiempo a pensarlo. Me lanzo hacia él.
Mis brazos rodean su torso sin pedirle permiso y sin avisarle, como si mi cuerpo hubiera tomado una decisión que mi cabeza no ha tenido tiempo de discutir. A su lado soy pequeña, ridículamente pequeña, pero solo en tamaño. Mi corazón va desbocado, golpeando con fuerza justo a la altura del suyo.
Keith reacciona al instante y sus brazos me rodean la espalda, apretándome contra él como si llevara toda la noche preparado para sostenerme. Su mano se posa entre mis omóplatos; la otra, más abajo, anclándome. No tiembla, y me hundo en su pecho.
Respiro su olor y siento su calor.
La solidez de su cuerpo.
¿Quién me diría que llevo puesta su camiseta? ¿Quién me diría a mí que acabaría aquí, aferrada a él como si fuera el único punto estable en mitad de la tormenta?
No digo nada, porque no hace falta.
Por primera vez desde que lo conozco, no estamos luchando, ni midiendo quién la tiene más grande.
Solo estoy siendo sostenida por alguien a quien le entregaría mi vida en tan poco tiempo que asusta. No quiero que me suelte.
Ha pasado una eternidad desde que me lancé a sus brazos y, aun así, no quiero soltarle.
Los abrazos son complicados.
No todo el mundo abraza igual y no todo el mundo sabe hacerlo. Para mí, lo más importante de un abrazo siempre ha sido que no me aparten, que no se cansen, que no lo rompan antes de tiempo.
No voy a entrar en la lista de hombres que no se merecieron tocarme ni siquiera de esta forma.
No ahora. Pero, aun recordando que este hombre ha estado dentro de mí —aunque no de la manera en la que más hubiera querido—, la intimidad de este momento supera con creces la de aquella mañana después del juicio. No hay comparación posible.
Aquí no hay prisa, no hay palabras mal colocadas. No hay nada que demostrar.
Solo se escucha la lluvia cayendo fuera. Los rayos han cesado, o al menos se han alejado lo suficiente como para no volverme a romper por dentro. La luz sigue encendida y sigo apegada a él. No sé cuándo debería apartarme.
Siendo honesta conmigo misma, sé que no lo he decidido porque no quiero hacerlo.
Pero Keith tampoco me suelta.
Sus brazos siguen alrededor de mi espalda, como si retirarlos fuera impensable. No está haciendo el más mínimo gesto que indique que este abrazo tiene fecha de caducidad.
Así que no hago nada y me quedo ahí, respirando despacio y dejando que el latido de mi corazón, poco a poco, empiece a acompasarse con el suyo.
Espero a que sea él quien me suelte.
Pero no lo hace.
Es la primera espera en mi vida que no me duele.
Ni siquiera ha cambiado la fuerza con la que me está sujetando.
¿Sabes cuando alguien empieza a aflojar poco a poco, como señal de que el abrazo se está terminando? Pues él no lo hace. No ha modificado nada desde el segundo en que me lancé a sus brazos.
Y me da miedo.
Miedo de que, si me separo ahora, no vuelva a abrazarlo jamás.
Porque sé que no es lo correcto.
Porque sé que lo incorrecto empezó mucho antes: cuando dejé que me encerrara en aquella habitación, cuando permití que me tocara, cuando nos hablamos de esa manera, cuando no supe apartarme a tiempo.
Si hubiera sabido mantener la distancia, ahora no estaría aquí. En su casa. En su cama. En sus brazos.
Mi cabeza hace lo que mejor sabe hacer: sabotearme.
Empiezo a pensar en cuántas mujeres habrán pisado estas sábanas. En cuántas se habrán duchado en su baño. O en el del otro cuarto.
Incluso pienso —y me odio por ello— en si otra mujer habrá peleado con aquella puta lavadora, metiendo dentro los tangas que él mismo ayudó a manchar.
El calor que sentía empieza a disiparse y mi corazón se enfría poco a poco, ahogado por pensamientos que me provocan de todo, pero sobre todo dolor, rechazo, celos... Un nudo espeso que no sabía que podía doler así.
Así que empiezo a separarme despacio y con cuidado.