El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 21. #2
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Capítulo 21. #2

Al final consigo ponerme de pie, pero no avanzo y tampoco retrocedo. Me quedo ahí, inmóvil, frente a él.

—Todavía estás mojado —digo, señalando con la mirada el agua que le resbala por la piel.

—Te he escuchado abrir la puerta —responde—, pero quería dejarte unos segundos para contemplar este precioso templo.

Aprieto la mandíbula.

—Puedes volver al baño. Yo me iré.

—Te he dicho que no quiero que te vayas. ¿Cuántas veces me vas a hacer repetirte las cosas?

—Incansables veces —respondo—, hasta que digas la verdad.

Sus labios se curvan y siguen fijos en los míos.

—Es de las pocas verdades que he dicho en toda mi vida.

Nos quedamos mirándonos. Sin tocarnos. Sin avanzar. Sin huir. El hambre entre los dos es mayor que la tormenta que ruge fuera.

Llevo el pelo suelto y se me ha ondulado de forma natural ahora que empieza a secarse.

Estoy descalza y puedo sentir la suciedad en la planta de los pies: el rastro de haber escapado de mi habitación hasta el mismísimo infierno.

Él sigue con el pelo mojado y su cuerpo no reacciona al frío, no tiembla y la piel no se le eriza. Es como si nada pudiera afectarle.

La temperatura de la habitación es cálida. Afuera, la noche de julio en Kioto es más fría de lo que corresponde, pero aquí dentro no importa nada, ni nadie. Ni el tiempo. Ni la tormenta. Ni el mundo.

O quizá sí importe alguien. Habría que estudiarlo.

Quiero besarlo, pero quiero que me bese él. No pienso moverme ni un centímetro. No pienso morir sabiendo que fui yo la que se lanzó primero. Por encima de mi tumba.

—¿Quieres tocarlo? —pregunta Keith.

Me quedo completamente petrificada. La pregunta me atraviesa como un disparo limpio, directo al pecho.

Siento cómo la sangre me sube al rostro y me arden las mejillas con un rojo tan intenso que me avergüenza incluso a mí.

No me está preguntando esto. No puede estar preguntándome esto.

—Kudo... —digo, y mi voz tiembla. Me odio por ello.

—Sé que quieres tocarlo —añade, tranquilo—. Adelante.

El calor me quema. Me llevo las manos a la cara al instante, negándome a que me mire. No quiero que vea esto. No quiero que vea lo expuesta que estoy. Le doy la espalda, muerta de vergüenza, con el corazón desbocado y la cabeza a punto de estallar.

Entonces lo siento.

Sus manos en mi pelo.

Me agarra toda la melena con firmeza y sin brusquedad, elevándola como si fuera a hacerme una coleta.

La piel se me eriza entera, un escalofrío me recorre de arriba abajo y tengo que morderme el interior del labio para no gemir.

Mis pezones reaccionan de inmediato, duros, traicioneros, como cristales afilados bajo la camiseta.

El placer es tan inesperado que pongo los ojos en blanco, agradeciendo que no pueda verme la cara.

Me sostiene así solo un segundo más de lo necesario.

Y me suelta.

El pelo cae de nuevo sobre mis hombros y me giro de golpe hacia él, aún descolocada, respirando mal.

—Beethoven —dice.

—¿Qué? —pregunto, aturdida.

—Quiero que toques Beethoven para mí.

Cierro los ojos con fuerza y suelto un suspiro que se parece mucho a una risa, derrotada.

Soy una imbécil, y una inútil. Me quiero meter en un agujero negro y no salir nunca.

—Ya me pensaré después si te dejo tocar esto —dice.

Antes de que pueda reaccionar, me agarra por la barbilla y me obliga a bajar la mirada.

No veo nada porque la toalla lo cubre todo. Pero la intención está ahí.

Esta vez sí.

Lo empujo con fuerza, con rabia, culpándolo de esta vergüenza acumulada.

—Eres imbécil —le suelto—. Y estúpido. No te acerques a mí.

Keith se lleva una mano a la cabeza y, con la otra, sujeta la toalla que tiene bajo el abdomen. Se separa de mí y empieza a caminar hacia el baño entre risas, como si todo le divirtiera burlarse así de mí.

—¡Me das asco! —le grito, con la voz rota, justo cuando la puerta se cierra de golpe.

Me quedo sola, casi temblando y latiendo donde no debería.

Mientras Keith está en el baño, sonrío. Es un gilipollas de mierda, pero no voy a mentir: ha sido... Gracioso.

Me río para dentro, con culpa. No puedo evitarlo. Lo que acaba de pasar es absurdo, provocador, ridículo... Sabía exactamente lo que estaba haciendo, los dos lo sabíamos, pero siempre caigo como una idiota.

Es verle delante y mi cerebro se apaga. Toda la inteligencia, la lógica, la sangre fría que me han llevado hasta donde estoy desaparecen sin dejar rastro, y en su lugar queda una adolescente de dieciséis años incapaz de pensar con claridad. Me da rabia. Y me da risa.

Camino hacia el piano y me siento frente a él.

—No puedo creer que lo sepas, Kudo —murmuro para mí—. ¿Hasta qué hora indecente de la noche te has quedado estudiándome?

Mis dedos se deslizan por las teclas sin pulsarlas aún.

El piano es una barbaridad. No es de cola, pero cuesta una fortuna, se nota en el peso, en el tacto, en cómo responde incluso sin sonido.

Nunca he tocado uno así. El simple roce de la yema de mis dedos contra las teclas blancas me provoca un estremecimiento que nada tiene que ver con él... O quizá sí.

Claro de luna, primer movimiento.

Es una de mis piezas favoritas. Siempre me ha recordado al fuego, aunque nadie esté de acuerdo conmigo.

Para mí no es agua ni noche: son llamas lentas, encendiéndose poco a poco, prendiéndose más y más fuerte.

El tercer movimiento es otra historia, salvaje, endemoniado.

Lo aprendí con dieciséis años y me costó la vida.

Literalmente. Pero aprenderlo siendo tan joven fue un regalo.

¿Será que él también lo toca? ¿O lo tiene por puro placer, por postureo, por poder...?

No me extrañaría nada que se hubiera gastado una millonada en un piano así sin saber leer un pentagrama. Pero entonces miro la partitura.

Y ahí me detengo.

Hay anotaciones a lápiz; parecen pequeñas correcciones. Indicaciones de dinámica, de tempo, respiraciones marcadas con cuidado. Eso no lo hace cualquiera. Eso lo hace alguien que sabe, alguien que toca. Alguien que ha pasado horas aquí, sentado donde estoy yo ahora.

Me raspo la garganta y me pongo nerviosa de repente.

«Dios mío».

Hace más de un año que no toco. Es demasiado tiempo. La vida, el trabajo, los muertos, los juicios... siempre hay algo más urgente que sentarse frente a un piano. Pero si la memoria muscular no me falla y si mis manos todavía recuerdan quiénes fueron antes de convertirse en armas legales...

Respiro hondo.

Y dejo que los dedos caigan sobre las teclas.

Empiezo a tocar Claro de luna.

Cierro los ojos sin darme cuenta y las notas vuelven solas, como si nunca se hubieran ido, como si mis dedos hubieran estado esperando este momento desde hace años.

Llega un punto en el que ya no necesito mirar la partitura porque mi cuerpo empieza a recordarla.

La música me envuelve y el mundo se reduce únicamente a esto.

Ya no me da miedo la tormenta.

No sé en qué momento exacto sale Keith del baño porque no lo oigo. Estoy demasiado dentro de la canción.

Cuando termino, dejo caer las manos y apoyo los dedos sobre el taburete. Respiro hondo, como si acabara de volver de muy lejos.

—Es preciosa —digo en voz alta, sin darme cuenta.

—Lo es —responde una voz detrás de mí.

Me giro y lo veo. Está apoyado en el marco de la puerta del baño, ya vestido. El pelo todavía húmedo, la camiseta oscura pegándosele un poco al cuello y me está mirando como si hubiera descubierto algo que no sabía que existía.

Pero lo sabe. Y se acerca despacio.

Levanto la cabeza para mirarlo y entonces pregunta:

—¿Puedo sentarme?

No contesto enseguida, pero asiento al cabo de unos segundos, muda.

Se sienta a mi lado. El taburete es lo suficientemente grande para los dos; parece hecho a medida. No nos rozamos apenas, pero noto cada centímetro de su cuerpo. El calor, su presencia...

Nos miramos sin decir nada. Sé que tengo la mirada triste, y tampoco intento esconderla.

Sin previo aviso, mueve los dedos y empieza a tocar.

La misma pieza, pero distinta. Lo hace más lento y más suave que yo; tiene más técnica...

Es como si estuviera corrigiéndome algo que yo he dejado a medias.

No me muevo ni toco con él, solo le observo y veo cómo sus manos conocen el piano, cómo no duda, cómo la música le pertenece igual que me perteneció a mí algún día.

No sé por qué, pero me transmite paz.

Me está transmitiendo una calma inesperada que me recorre por dentro y me afloja el pecho. Ahora ya no siento tensión, ni me está provocando.

Es, sin duda, la primera emoción buena que me transmite ese hombre.

¿Por qué me da miedo?

Keith termina de tocar y el silencio se adueña de la habitación. Apoyo los dedos sobre las teclas, sin llegar a pulsarlas.

—Sabes tocar —digo, sin mirarlo.

—¿Por qué, si no, iba a tener un piano en la habitación?

Sigo sin alzar la vista. Me limito a acariciar el marfil, a sentir la temperatura exacta de las teclas bajo la yema de los dedos.

—No lo sé... —Susurro—. Es un Steinway & Sons. Jamás había tocado un piano como este, cuesta una millonada. ¿Cómo puedes permitírtelo?

—Cada uno de los veredictos de culpabilidad que he conseguido ha pagado todo lo que hay en esta casa, Hawthorne.

Aprieto ligeramente los labios.

—Así que todo lo que tienes aquí lleva el nombre de personas inocentes pagando por algo que no han cometido.

—Eres muy suspicaz si crees que todo el mundo se merece un veredicto de inocencia.

¿Tendrá razón? Por primera vez, pienso que quizá tenga razón. Que, por pura estadística y por probabilidad, gracias a él, hay culpables reales donde deben estar. Criminales, asesinos, gente que ha hecho cosas imperdonables tras las rejas.

Takumi me lo explicó aquella vez lleno de miedo y dolor: a Keith solo le importa ganar. Nunca quién sea el acusado.

Trago saliva y tomo aire.

—¿Cuándo aprendiste a tocar? —pregunto.

—Más o menos cuando tú lo hiciste.

Al fin levanto la mirada.

—¿Cómo lo sabes?

Una media sonrisa cruza su rostro y lo miro de frente.

—¿Cómo sabes que tocaba el piano? —insisto.

Keith no me aparta la mirada y me la sostiene como si pudiera estar así años.