El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 21.
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Capítulo 21.

(短調の嵐— Tormenta en clave menor)

La respiración se me acelera, pero ya no hay marcha atrás. Esa luz encendida solo puede significar una cosa: o he encontrado, por pura casualidad, la habitación de ese miserable a la primera —qué caprichoso es el destino a veces, la madre que me parió— o hay alguien más en su casa.

Descartar la segunda opción es lo más inteligente.

Dudo mucho que Keith sea tan estúpido como para llevar a la abogada del caso más importante del siglo, la mujer contra la que se está enfrentando en un juicio por asesinato, a su casa; meterla en una habitación sin más y marcharse tan tranquilo a dormir mientras hay otra persona rondando por allí.

No. Por muy desequilibrado que esté, eso rozaría lo absurdo.

No he llevado nunca un caso en la corte tan surrealista como lo que estoy viviendo con este tío.

No sé qué voy a hacer en el momento en que cruce la puerta, ni cuál será su reacción, ni qué pensará al verme allí, de pie, a deshoras. Tal vez me eche, tal vez me mande de vuelta a mi habitación y me diga que, si tengo miedo a los truenos, ahí tengo la puerta...

Pero es Keith Kudo.

¿Diría algo así?

No me lo pienso más y abro la puerta de par en par.

Pero... No hay nadie.

La habitación es, como mínimo, el triple de grande que la de invitados y, curiosamente, no comparte ni un ápice de su estética.

Su iluminación es cálida y tenue, con dos lámparas a cada lado en las mesitas de noche.

El negro domina el espacio: paredes de un beige apagado, sábanas de color blanco roto cubiertas por mantas de seda oscura y almohadas con fundas a juego.

Su cama es enorme, pero enorme de verdad. Mínimo dos por dos. Ahí cabrían cuatro Dahlias y todavía sobraría espacio.

«¿Para qué quiere tanta cama este imbécil?», pienso. «¿Acaso no puede meter su culo en una cama normal como todo el mundo?».

Avanzo unos pasos más y mis ojos se detienen en un gran cuadro al óleo: Themis, sosteniendo la balanza, representada en tonos oscuros. Misteriosa e imponente, así es ella. Exactamente como él.

Si alguien tiene que colgar algo así en su dormitorio, solo puede ser Keith.

El resto de la habitación sigue siendo descomunal. Una mesa de madera oscura ocupa uno de los rincones, con un MacBook negro, cientos de papeles perfectamente apilados y ordenados, y, sobre ella, una estantería repleta de libros. Mucho misterio, mucha novela negra y mucha mente analítica.

Es un psicópata, literalmente.

En otra esquina hay varias plantas japonesas: bambú, una fatsia, pequeños bonsáis y alguna kokedama. La estética zen junto al equilibrio que Keith Kudo jamás tendrá en versión botánica.

Pero, al girar un poco más la mirada... Lo veo.

Un piano negro. Un Steinway también algo que revela a alguien mucho más complejo. Quizás estaba empezando a entender que no he entrado únicamente en el dormitorio de mi enemigo... Sino en el centro mismo de su mundo.

Paso ligeramente los dedos por las teclas del piano sin llegar a pulsarlas, como si me diera miedo romper algo.

Pero una voz a mi espalda me sorprende, de nuevo.

—¿Vas entrando en las habitaciones de los demás sin llamar a la puerta? Podría estar desnudo.

Me giro de golpe. El sobresalto me hace apoyar las manos inadvertidamente sobre el teclado, y todas las notas resuenan al unísono, estruendosas y delatoras.

Cierro los ojos con fuerza, frunzo el ceño, y lo único que brota de mi alma es decir:

—Mierda.

Cuando los abro, lo veo.

Keith está allí, a pocos pasos, con una toalla blanca anudada a la cintura. Nada más. Está mojado. Las gotas le resbalan lentamente por el pecho, bajan por el abdomen y desaparecen en esa V marcada justo donde empieza la toalla. No se mueve y ni se inmuta. Sabe exactamente el efecto que provoca.

Está más fuerte que la última vez. Lo había notado en el coche, pero esto...

Esto lo confirma. Sus músculos están más definidos, más grandes, como si su cuerpo hubiera cambiado desde el último juicio.

Nunca lo había visto sin camiseta, ni siquiera aquel día en la habitación carmesí, cuando no se quitó la camisa.

Ahora no hay camisa.

Los tatuajes que antes solo se insinuaban están completamente descubiertos.

Negros, grandes, imposibles de clasificar.

Le cubren parte del pecho y el torso, pero dejan suficiente piel libre como para que me quemen la vista.

Sus brazos también están llenos de ellos, y en el lateral del cuello distingo ese tatuaje que ya había visto otras veces...

Aunque jamás me había detenido a mirarlo así. No sé lo que es; parecen kanjis.

Tiene el pelo mojado, suelto, y en una mano sostiene otra toalla, seguramente para secarse la cara o el pelo, aunque no parece tener ninguna prisa.

Yo me quedo completamente quieta y no parpadeo. Mis ojos verdes están fijos en él.

Desde aquí, su metro noventa y cuatro se impone todavía más. A su lado parezco ridículamente pequeña: un guisante.

Estoy en su habitación, en la del mejor fiscal del mundo, con su camiseta puesta —por si hacía falta recordarlo— y absolutamente desprotegida.

Y me está mirando.

Sin sorpresa. Sin pudor.

Como si siempre hubiera sabido que acabaría entrando a su cuarto sin llamar.

—Hacía años que no veía esa camiseta —dice—. De hecho, dudo mucho que me entrara si sienta así en un cuerpo como el tuyo. Puede que sea la única prenda blanca que me queda viva en todo el armario.

Bajo la mirada sin querer y me llevo los dedos a la tela.

Tiene razón, llevo su camiseta de tirantes blanca. Mis pezones se marcan porque no llevo sujetador... Y, como si el universo quisiera humillarme un poco más, también llevo sus calzoncillos.

Por favor. Que no diga nada. Por favor.

—¿No llevarás mis calzoncillos puestos, por casualidad?

Cierro los ojos un segundo. Los abro y resoplo.

—¿Qué pretendes, que vaya sin nada? —suelto, a la defensiva.

Sonríe.

—A mí me encanta ir en pijama sin ropa interior, Hawthorne. Donde unos ven incomodidad, yo veo placer.

—Eres un cerdo.

—Déjame ver los que llevas.

—Sí, ahora mismo —contesto, seca.

Entonces cambia el tono. Se vuelve peligrosamente serio.

—Estás en mi habitación. Allanamiento de morada, regulado en el Keihō, artículo 130 del Código Penal —dice, como si estuviera recitando el menú de un restaurante—.

Castiga el ingreso o la negativa a abandonar una vivienda sin autorización con penas de hasta tres años de prisión o multas de hasta cien mil yenes.

¿Quieres que te lo domicilie en la cuenta, cariño?

—Vete a la mierda.

He entrado por mi propio pie, sabiendo dónde iba, pero cuando me doy cuenta de dónde estoy de verdad, mi corazón pega un vuelco y reacciono tarde. Avanzo y empiezo a caminar hacia la puerta, pero Keith es demasiado rápido. Me agarra del brazo y me coloca delante de él en un solo movimiento.

—¿A dónde te crees que vas? —pregunta.

—A mi cuarto —respondo, sin apenas respirar.

—Ya estabas en tu cuarto. Si no hubieras salido, no tendrías que volver.

Aprieto la mandíbula.

—Tenía miedo.

—¿Miedo?

—Me dan mucho miedo los truenos y la lluvia —confieso—. Me estaba dando un ataque de ansiedad y no podía dormir. No sé por qué coño he pensado que venir aquí sería mejor que quedarme esperando a que pasara, pero volveré ahora mismo a la cama.

Intento moverme otra vez y escapar, pero su mano se cierra aún más alrededor de mi brazo. Me acerca a él. Demasiado.

—¿No quieres enfrentar tus miedos?

—¿Qué? Suéltame. Quiero irme a la cama.

Keith baja la mirada hasta mí y la sonrisa se le borra. No me suelta.

—Quédate.

Lo dice despacio, mirándome a los ojos como si no existiera nada más alrededor. Ni la tormenta, ni el juicio, ni la línea que no vamos a cruzar.

No entiendo por qué me está agarrando así del brazo. Ni por qué no me deja ir.

—¿Por qué? —pregunto, sin bajar la mirada.

Es casi imposible no fijarme en su cuerpo y en el agua que aún le resbala por la piel. En la tensión de sus músculos, en cómo la toalla sigue ahí, desafiando todas las leyes de la física...

—Ya has entrado —responde—. Ahora no quiero que te vayas. Es una orden de la fiscalía.

—La fiscalía no me da órdenes —le contesto, firme, sin apartar los ojos de los suyos.

Se inclina un poco hacia mí.

—Estás en mi habitación —dice—. Y en mi habitación cumples las órdenes de la fiscalía... Y las mías como hombre. ¿Te queda claro?

Algo se rompe dentro de mí y se tensa hasta el límite.

Me aparto con fuerza, sin saber muy bien cómo, pero lo consigo. Doy un paso atrás, respirando agitada.

—No quieres que esté aquí.

—Sí quiero que estés aquí, Hawthorne.

Sigo retrocediendo sin mirar atrás. Él avanza despacio, seguro, como si supiera exactamente cuánta distancia dejar entre ambos para que no pueda huir hacia la puerta.

—No... —murmuro.

No tengo ni puta idea de cómo esa toalla sigue en su sitio. Cuando yo salgo de la ducha, tengo que recolocármela trescientas veces para que no se caiga, y la suya lleva ahí un rato intacta.

«Ojalá se caiga», pienso. «Ahora mismo».

Cierro los ojos un segundo, furiosa conmigo misma.

Los pensamientos intrusivos vuelven a ganar terreno, y el miedo ya no sé si viene de la tormenta... O de lo mucho que deseo que me empuje contra las sábanas.

Choco con el filo de la cama y pierdo el equilibrio. Me siento de golpe e intento levantarme al instante, pero Keith ya está delante de mí y me empuja con firmeza para que vuelva a sentarme.

—Quieta.

Levanto la vista hacia la puerta. Si logro empujarle y correr, llego. Estoy segura de que llego. A mi habitación, a "mi" cama, a un lugar donde nada de esto esté ocurriendo. Pero mis piernas no responden. No se mueven. Es como si las tuviera dormidas, como si no fueran mías.

¿Por qué no se me mueven las piernas? No puedo moverme.

—No quieres moverte —dice Keith.

Me quedo mirándolo, helada, como si me hubiera leído el pensamiento.