Capítulo 20. #5
Me meto bajo las sábanas y apago la luz.
Una breve claridad se filtra desde fuera, probablemente la luna, pintando la habitación con un resplandor plateado.
La estancia es cálida y acogedora, pero la cama está fría; se nota que nadie ha dormido ahí desde hacía días.
Las sábanas huelen a limpio, recién planchadas, y no tengo ni idea de qué hora es.
No hay ningún reloj a la vista y la incertidumbre me envuelve: quizás sigue siendo viernes... O tal vez ya es sábado, quién sabe.
Cierro los ojos a regañadientes y rezo para que la noche pase rápido. Una lágrima solitaria resbala por mi mejilla. Una lágrima que tiene nombre y es fruto de reprimir un sentimiento que arde dentro de mí y que no puede florecer. Sé que, si lo dejo salir, acabaría marchito antes de tiempo.
Justo cuando estoy a punto de entrar en el sueño profundo, un rugido lejano pero cada vez más cercano me despierta: los rayos de una gran tormenta están estallando fuera.
La noche parece haber decidido que Kioto necesita ser besada por una tormenta de verano, empapada hasta los huesos como si la ciudad fuera un náufrago gigantesco.
Un rayo enorme ilumina la habitación y truena con tanta fuerza que me sobresalto, llevando apenas quince minutos con los ojos cerrados.
Me levanto de golpe y me quedo sentada mirando hacia la ventana mientras el corazón me late con fuerza.
Las tormentas siempre me han dado miedo, desde que era niña.
Hay pocas cosas que puedan asustar a una abogada.
La tolerancia al miedo, a lo imprevisible y a todo lo que rodea este mundo, tiene que estar más que trabajada.
Pero hay algo contra lo que nadie puede luchar: la fuerza implacable de la naturaleza.
Contra las tormentas, nadie puede. No importa cuán fuerte seas o cuán inteligente; un rayo puede matarte en un segundo, y los desastres naturales no entienden de justicia ni de leyes.
De pequeña, soñaba que una gran marea arrasaba Seattle, inundando toda la ciudad.
Que los rayos cubrían el cielo y devoraban el sol, mientras los tejados de las casas se partían en dos con familias y niños dentro.
Esa pesadilla me acompañó durante años y jamás pude deshacerme de ella.
Mis padres me acunaban, intentaban calmarme, prometiéndome que me protegerían de cualquier lluvia torrencial, que nada me haría daño...
Pero ahora, en noches como esta, con tormentas que acechan las calles y rayos que golpean como campanas, la sensación de vulnerabilidad se vuelve más intensa.
Y si a eso le sumamos que mi madre, la única capaz de calmar estas pesadillas, está lejos... Entonces ya tenemos el cupo completo.
Sé que no es la decisión más sensata ni la más inteligente que tomaría esa noche, y que probablemente me arrepentiría al día siguiente, pero la alternativa es mucho peor.
Quedarme en esa habitación, sola, con un ataque de ansiedad mientras la tormenta ruge afuera, no es realista.
Y por cómo cae la lluvia y cómo retumban los truenos, no parece que vaya a ceder pronto.
Con el corazón en un puño y la certeza de que me arrepentiría toda la vida, me levanto de la cama.
Cada paso hacia la puerta está cargado de miedo y excitación a partes iguales, por eso cierro los ojos un instante, respiro hondo... Y salgo de la habitación, encaminándome hacia el cuarto de Keith Kudo.
Llamo y abro todas las puertas de la primera planta, pero ninguna es la suya. Eso solo deja dos opciones: o está en la segunda planta, o en la tercera, y todo apunta a que el dormitorio del dueño de aquella enorme y cuidada mansión debe de estar en la segunda.
El corazón me late cada vez más rápido y pensar con claridad se me hace imposible. Los truenos, retumbando de fondo, me provocan un vértigo incómodo, casi paralizante. Tengo que mirar bien dónde piso para no caerme, pero, aun así, conseguí subir las escaleras como puedo.
En el piso superior, el pasillo está oscuro, aunque no del todo.
Unas luces cálidas empotradas en la pared lo iluminan lo justo para saber por dónde camino, creando una atmósfera inquietantemente tranquila. La segunda planta es el doble de grande que la primera y, por un momento, no sé dónde coño meterme.
Si me pongo a abrir puertas como una condenada, me van a dar las ocho de la mañana allí arriba, así que me hablo a mí misma en un susurro nervioso:
«Vale, un único intento. Si la primera puerta que abro es la de Keith, me meto en su cama de una, sin pensarlo.
Pero si abro y no hay nadie, me vuelvo a mi habitación, me fabrico unos tapones con el algodón del baño, me trago la vergüenza de haber llegado hasta aquí... Y hago como si no hubiera pasado nada».
Miro hacia la izquierda y luego hacia la derecha, con la mano todavía apoyada en la barandilla, dudando durante un segundo que se me hace eterno. Tengo que elegir un lado, así que, sin pensarlo demasiado, me decido por la izquierda.
Hay unas cinco puertas y no tengo ni puta idea de cuál puede ser.
La cabeza me duele, la adrenalina me nubla el juicio y no puedo pensar con claridad.
Así que decido avanzar y abrir la primera que pillo: la más alejada de la escalera, la última del pasillo.
«Por favor, que sea otra puta lavandería, por Dios... ».
Toco la puerta dos veces con los dedos y luego con el puño. Nadie responde. Respiro hondo y, sin más miramientos, empujo la manilla.
La luz está encendida.
Es la habitación de Keith.