El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 20. #4
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Capítulo 20. #4

En una esquina del lavamanos hay un pequeño estuche de tela, claramente usado.

Me acerco un poco más y veo que tiene algo bordado a mano: “Obaasan”, junto a un corazón cosido con hilo azul.

El bordado es torpe y desigual, como si lo hubiera hecho un niño sin demasiada práctica.

Un niño... O una niña de doce o trece años, como mucho.

La curiosidad me gana, como siempre.

Mina me había estado dando clases de japonés por FaceTime en sus ratos libres, y cuando venía a casa a cocinar, también practicábamos un poco.

Si no hubiera sido así, probablemente la Dahlia de hace un mes habría pensado que Keith vivía con alguna mujer en esa casa y que todo aquello acabaría convirtiéndose en una historia traumática de la que tardaría años en recuperarme.

Pero esa palabra no dejaba lugar a dudas.

Abuela.

Eso me encaja más. Quizás sí que es verdad que tiene un ama de llaves mayor que cuida de la casa y se encarga de mantenerla así de limpia y ordenada.

No me imagino a Keith siendo el típico hombre maniático que controla hasta el último detalle en una casa como esta... Ni siquiera sabe cuidar de los demás, así que difícilmente iba a cuidar así de las cosas.

Muy probablemente, me ha dicho la verdad sobre ella.

Pero que me haya dicho la verdad con eso no significa que no me haya mentido en todo lo demás. Una verdad no convierte automáticamente a todas las demás en ciertas, y yo ya había aprendido por las malas que las medias verdades, suelen ser las más peligrosas.

Abro el estuche con cuidado y descubro que dentro hay varios productos de cuidado facial y algo de maquillaje. Junto a él, perfectamente colocados, hay algodones para desmaquillarse y un frasco de agua micelar. Natsuko parece tenerlo todo pensado.

En cualquier otra situación no habría cogido nada prestado sin consultarlo antes con la propietaria, pero el rímel corrido y el pintalabios manchado no iban a desaparecer solo con agua...

Así que me digo a mí misma: Si alguna vez te conozco, Natsuko, te prometo que te lo recompensaré y te pediré disculpas, mientras tomo un algodoncito y me retiro los últimos restos de maquillaje.

Hay jabón neutro y varias cremas y lociones encima del mueble.

Pienso que no sería mala idea aprovecharlas, así que, después de desmaquillarme a fondo y lavarme bien la cara, me hidrato la piel con una crema facial de una marca japonesa que no conozco.

Para los labios utilizo un bálsamo que, por suerte, sí llevaba en el bolso.

Cuando termino, me miro de nuevo en el espejo. Con la piel limpia y calmada, sin artificios ni máscaras, parezco otra persona más vulnerable. Quizás es por eso mismo que todavía me vuelvo más consciente de que esta noche está lejos de ser lo que imaginaba.

Abro el cajón bajo el tocador y, para mi sorpresa, encuentro varios peines sin estrenar, dos secadores y distintas herramientas para el pelo.

Parece el cajón de una mujer, eso está claro, pero me recuerda al que me montó mi madre en casa cuando cumplí doce años.

Lo preparó con mimo, pensando exclusivamente en su hija.

Quizás Natsuko también ha hecho lo mismo pensando en Keith, aunque no creo que haya utilizado nunca este baño.

Keith tiene el pelo más bonito que he visto en mi vida: largo, negro, cuidado hasta el último detalle... No es de extrañar que se lo cuide para mantenerlo así.

Seguramente Natsuko hace ese papel silencioso de madre y de abuela al mismo tiempo, intentando que Keith tenga todas las comodidades posibles para hacerle la vida un poco más fácil.

Estoy segura de que esa mujer se merece el cielo.

Vuelvo a la habitación con una ligera sensación de calor en la piel, así que me dejo secar el pelo al aire.

Aún llevo puesto el albornoz cuando me acerco al armario del que me ha hablado Keith.

Me detengo frente a él más de una vez, dudando si abrirlo o meterme directamente en la cama tal cual estoy.

Pero imaginar al impresentable apareciendo en mitad de la noche y encontrándome en pelota picada, con un pecho fuera y babeando como una cría...

Es suficiente para hacerme sonrojar como un tomate.

Lo abro.

Hay bastante ropa: camisetas, camisas, pantalones, calcetines, bóxers... Demasiada, incluso. Y toda huele a él.

Te odio, Kudo.

Mi vestido sigue dando vueltas en la lavadora, y no pensaba dormir con él puesto, así que empiezo a rebuscar sin demasiada convicción.

Veo una prenda blanca, entre todo negro.

Jamás he visto a Keith vestido de blanco.

Es una camiseta de tirantes ancha, sencilla, lo bastante larga como para usarla de vestido improvisado. La saco del armario y regreso al baño. Me quito el albornoz, lo cuelgo en la pared y me la pongo. Tal y como había imaginado, me queda holgada y larga, quedándome por encima de las rodillas.

No es el mejor pijama del mundo ni pretende serlo, pero es cómoda, limpia y, sobre todo, suficiente para pasar la noche con algo de tela rozándome la piel. Es todo lo que necesito ahora mismo.

Vuelvo a mirarme en el espejo y me doy cuenta de que la parte de arriba, aunque es ancha, me marca los pechos. Grandes, evidentes. Instintivamente me los tapo con las manos, pero duro un segundo. Es lo que hay. A quien no le guste, que no mire; y a quien sí... Bienvenido sea.

Entonces caigo en la cuenta de lo obvio: no llevo ropa interior.

Suspiro y regreso al armario. Ponerme unos calzoncillos del mismísimo fiscal legendario no es exactamente lo que había imaginado hacer en mi regreso a Kioto, después de pasar el día viendo fotos de un cadáver tirado en el suelo con una daga clavada en el pecho, pero qué se le va a hacer. No pienso ir con el coño al aire.

Rebusco entre los cajones hasta dar con unos bóxers que parecen algo más entallados. Los miro con desconfianza, evaluando el espacio disponible.

«Eso ahí no cabe», pienso.

Aun así, me los pongo. Y, sorprendentemente, aunque me quedan un poco anchos, funcionan. Son de color gris oscuro y dejan mi ombligo al aire, con el piercing colgando, pero al menos voy cómoda.

Me miro otra vez en el espejo y doy una vuelta sobre mí misma. Estoy limpia, relajada y cómoda, no se puede pedir mucho más.

Bueno, sí.

Porque, para rematarlo todo, estaba en casa de la persona que más odio en el mundo... Y la que más deseo.

Vuelvo a la cama pensando que quizás ya es hora de irse a dormir. Pero, inevitablemente, mi mente va directa a Keith. ¿Dónde estará ahora mismo?

La casa debe tener al menos tres plantas, un sótano y un ático, según la estructura que he podido intuir desde fuera.

Abajo está el salón, conectado con la cocina y el comedor junto al enorme ventanal abierto al jardín que parece no tener fin.

Detrás de las escaleras que hemos subido he podido ver un pasillo largo y estoy segura de que hay más habitaciones, pero...

¿Solo son habitaciones? Siempre hay algo más en casas como esta.

¿Para qué mandaría ese idiota construir tantos cuartos? Seguro que no tiene tantos amigos.

Este tío es un psicópata; puedo imaginarme cualquier cosa viniendo de él.

No sé si la habitación de Keith está en esta planta. He contado varias puertas a lo largo del pasillo, demasiadas para una sola persona. ¿Por qué alguien viviría en una casa con ochocientas puertas? ¿Tantas necesita? Estará su cuarto aquí... ¿O en la segunda planta?

La curiosidad me muerde por dentro, insistente. Pero no debo salir de esta habitación, por mi propio bien.

Se ha ido a la suya sin apenas insinuarse —o quizá sí, un poco—, pero no he percibido ninguna señal clara de que quisiera quedarse conmigo. Y si estaba esperando a que se lo pidiera, está muy equivocado. Sabe perfectamente que jamás lo haría.

Pero si me quedo allí, me dormiría, amanecería y me iría a Tokio.

Y no volvería a verlo hasta Dios sabe cuándo.

Se quedaría aquí, en Kioto. Y yo...

No.

«Dios, Dahlia, para. Por favor».

¿Por qué la sola idea de abandonarlo aquí me entristece tanto?

Vuelvo a pensar en que ese desgraciado no me ha devuelto el teléfono móvil y a saber Dios qué estará haciendo con él. Conoce mi contraseña, y puede estar leyendo absolutamente todos mis mensajes privados. Tiene acceso a mi galería, a mis redes sociales... A todo. Absolutamente todo.

¿Será tan desvergonzado como para invadir así mi privacidad?

A estas alturas desconozco sus putos límites, y no me sorprendería en absoluto que los sobrepasara. Por eso había hecho bien en no contarle a nadie cómo me siento realmente respecto a Keith, salvo a Nina. No puede encontrar ninguna prueba que pueda ponerme en un aprieto.

¿No?

Todo lo que he hablado sobre él lo he hecho por teléfono, y las llamadas no se recuperan así como así. Al menos no de forma directa; habría que ponerse muy en serio para llegar a escucharlas.

Nunca pongas al servicio de nadie las llamadas de una abogada. Nunca sabes en qué manos equivocadas pueden acabar.

Creo que ya es hora de irme a dormir. No hay mucho más que hacer, y, al final, esto es exactamente lo que quería: una habitación separada, descansar y mañana volver a casa. No hay más.

Quizás le he dado demasiadas vueltas a la idea de que esta noche podría ser diferente o que podría cambiar muchas cosas, pero mientras permanezca en este cuarto, con la puerta cerrada y nadie traspasando ese límite, todo estará bien.

Es lo mejor para los dos.

El deseo está ahí, latente, pero todavía no es lo suficientemente fuerte como para no poder reprimirlo.

No dejábamos de ser enemigos, enfrentados en un juicio por asesinato... Cada uno queriendo ganar. Y para ello uno de los dos tenía que acabar hundido. No hay margen de error, ni tiempo para jugar a lo sentimental.