El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 20. #3
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Capítulo 20. #3

Lo miro, levantando una ceja. No puedo evitar vacilarlo un poco.

—Podría ser mejor... Pero, viniendo de ti, no está mal.

—Natsuko tiene un gusto exquisito. No está hecha la miel para la boca del asno.

Lo miro fijamente.

—¿Quién es Natsuko?

—Mi esposa.

—¿Tú qué?

Me quedo blanca. Soy gilipollas.

—A día de hoy todavía me resulta inconcebible que te graduaras con esas notas.

—Eres un desgraciado —mis mejillas se sonrojan.

—Debería tomarte un poco más el pelo. No acaba de desagradarme la expresión que pones cuando escuchas cosas que no te gustan. En tu propia cara.

—Me apiado de ella.

—Es mi ama de llaves. Se encarga de cuidar y limpiar la casa cuando no estoy.

—¿También te la has follado?

—Tiene sesenta y dos años.

—Me lo creería.

Keith se acerca a mí.

—Te voy a lavar la boca con jabón.

—Abajo me has dicho que ninguna mujer había pisado esta casa. Primera mentira de la noche.

—Ninguna que valga la pena.

—Qué asqueroso eres, de verdad —lo ignoro y camino hacia la cama, dejándome caer suavemente sobre ella—. ¿Puedes irte ya? Me estás molestando.

—Me iré cuando yo quiera, no cuando tú me lo ordenes.

—¿Estás seguro?

Camina hacia la cama y se detiene frente a mí, pero no me inmuto. Estoy sentada, con las manos apoyadas en la sábana y el cuello ligeramente inclinado hacia arriba, mirándole a los ojos.

—¿Ahora sí que me sostienes la mirada? —pregunta.

—¿Crees que me intimida hacerlo?

—¿No te trae recuerdos verme desde este ángulo?

Continúo observándolo como si me hubiera dicho la hora.

Intento no moverme ni un centímetro para, por primera vez, hacerle sentir que soy yo quien domina la situación.

Cada línea de su cuerpo y cada sombra que la luz de la habitación dibuja sobre su rostro me recuerdan lo fuera de control que estoy.

Quiero pedirle que se siente en la cama, que no se vaya a su habitación, que se quede aquí, conmigo, cerca... Pero eso sería rebajarme a un nivel al que no estoy dispuesta a llegar. Ceder ante esa clase de impulsos solo traería consecuencias que no estoy lista para afrontar.

Respiro e intento ordenar mis pensamientos sucios, mientras mis ojos no pueden dejar de seguir cada pequeño gesto suyo. La calma con la que se mantiene de pie, delante de mí, y la seguridad que emana incluso sin moverse... Me está volviendo loca.

Estoy completamente reprimida, atrapada entre lo que siento y lo que debo hacer.

—Quiero darme una ducha.

—Adelante, ahí mismo tienes un baño completo con todo lo que necesitas. Al final del pasillo está la lavandería: pon a lavar ese sucio vestido y vístete con lo que encuentres en el armario. En esta habitación también tengo ropa. Ahora mismo es demasiado tarde para ir de compras.

—Aunque fueran las tres de la tarde, no iría de compras contigo ni con presupuesto ilimitado. Y prefiero dormir desnuda a dormir con tu ropa.

—Una razón más para dormir en habitaciones separadas.

—¿Quieres que te dé las gracias?

—No quiero nada de ti esta noche, bala de plata.

Keith permanece un momento en silencio, observándome. Y aunque no dice nada más, la intensidad de su mirada sí lo hace. Soy consciente de que, aunque hubiera agradecido su gesto, la respuesta habría sido la misma.

Me muerdo el labio y miro hacia otro lado, incapaz de sostenerle la mirada.

—Espero que no sea solo esta. Buenas noches —digo.

Keith camina hacia la puerta sin mirarme y la cierra, dejando el rastro de su olor por toda la habitación. Me quedo sola, respirando hondo mientras sus pasos se desvanecen lentamente por el pasillo. Cierro los ojos un segundo, pero su presencia sigue ahí.

—Qué estúpida soy —murmuro para mí misma.

Me dejo caer sobre el colchón y me incorporo, abrazando mis rodillas y dejando que mi respiración se normalice poco a poco. Esta noche no va a ser sencilla, ni para mí, ni para él.

—Debería ir al baño —digo en voz alta, mirando al techo.

No llevaba encima nada más que mi bolso, y la idea de deshacerme de la ropa que había llevado puesta todo el día me resultaba extrañamente tentadora, pero Keith tiene razón: el vestido está hecho un desastre.

Es uno de mis favoritos, pero toda la parte de abajo está manchada de tierra, polvo y a saber qué más.

Me duele la espalda y huelo a sudor y a policía, qué asco. Y qué vergüenza.

No tengo nada útil para pasar la noche, pero al menos llevo mis gafas, algo es algo. Lo que más me enfada de estar a tres horas de casa es que, en otra situación, si hubiera sabido que acabaría pasando la noche en casa de este desgraciado, habría preparado un kit de emergencia mucho más completo.

«No llevo ni unas míseras bragas de repuesto, me va a dar un infarto».

Mi mirada se desplaza hacia el baño adosado a la habitación.

La puerta está entreabierta y la ducha me espera ahí mismo...

Pero volver a ponerme la misma ropa sucia e incómoda al salir me parece absurdo, así que, por mucho que me joda seguir sus instrucciones, acabo saliendo de la habitación —no sin antes revisar que no haya nadie en el pasillo— hacia la lavandería.

Camino sin hacer ruido y veo una puerta blanca al final del pasillo que parece ser mi meta. En cuanto entro, me quedo quieta, literalmente flipando. No es normal: es la puta lavandería de un hotel de cinco estrellas.

«¿Por qué cojones este tío tiene tres lavadoras y tres secadoras?».

Tres lavadoras industriales alineadas a la izquierda, de acero pulido, y frente a ellas tres secadoras del mismo tamaño, silenciosas, como si apenas se usaran.

Todo olía a limpio y a jabón caro. A la derecha puedo ver una pared entera de muebles de madera perfectamente ordenados, con estantes abiertos donde se apilan sábanas blancas, dobladas con delicadeza.

Me acerco a ellas y paso la mano por una de ellas: suaves, calientes y recién planchadas.

Hay toallas de todos los tamaños: gruesas, mullidas, enrolladas como en un spa...

Y albornoces blancos colgados en una barra cromada.

También veo cajones etiquetados como “ropa de cama”, “ropa de baño”, “productos de limpieza”, detergentes distintos para cada tejido...

Incluso una encimera con una tabla de planchar integrada y una plancha profesional.

Me apoyo un segundo en la pared, sin creer lo que ven mis ojos. ¿Quién coño vive así?

Pienso que, si algún día me perdiera en esa casa, podrían tardar horas en encontrarme... Pero al menos moriría envuelta en sábanas limpias y toallas dignas de un maldito hotel de lujo.

Aquel sitio me deja tan fuera de lugar que tardo unos segundos en reaccionar.

A la mierda, no aguanto más.

Me desnudo casi automáticamente, como si no fuera yo quien se mueve.

Me quito el vestido blanco y luego el tanga de encaje beige, dejándolos caer en la lavadora más cercana.

Cierro la puerta con un golpe y entonces viene el verdadero problema: el panel de control.

Tres mil botones, símbolos que parecen sacados de la cabina de un avión y una pantalla que me mira con condescendencia.

Frunzo el ceño, pulso uno, luego otro, me equivoco, vuelvo atrás.... Resoplo, maldiciendo en voz baja esa puta lavadora de ricos, hasta que por fin la máquina emite un pitido distinto.

Lavado largo. El más largo que había.

—Jódete, Kudo. Espero que al menos puedas permitirte pagar la factura de la luz.

El tambor empieza a girar y, de pronto, soy consciente de que estoy completamente desnuda en medio de aquella enorme lavandería que espero, por su propio bien, que no tuviera cámaras.

Se me eriza la piel. No puedo salir así de allí. Ni de broma.

Miro alrededor y vuelvo a ver la fila de albornoces blancos.

Cojo uno sin pensarlo dos veces y me lo pongo.

Me queda enorme, al menos tres tallas más grandes: me hace parecer todavía más pequeña de lo que ya soy, pero me da igual.

Al menos, si algún psicópata está observándome por las cámaras del pasillo —que no me sorprendería nada que existieran, ni que él las estuviera mirando como un degenerado desde una app en el móvil—, no me vería desnuda.

—Te lo tomo prestado, cielo —digo en voz alta.

Salgo y camino hacia mi habitación, arrastrando el albornoz ligeramente por el suelo. Antes de girar la esquina, levanto la mano y le dedico una peineta bien clara a las paredes del pasillo, por si acaso.

Abro la puerta de la habitación y, por suerte, Keith parece haberse quedado realmente en la suya.

Ningún ruido, ninguna sombra cruzando el pasillo... Nada. Aun así, camino hacia el baño despacio y, antes de entrar, me giro para mirar la puerta unos segundos, casi esperando que se abra de golpe.

Nada.

Pongo los ojos en blanco, me doy un leve golpecito en la frente y entro al baño.

También es grande, espacioso, luminoso y sorprendentemente acogedor. Todo en tonos claros, madera, piedra pulida y una ducha amplia que parece invitarme a quedarme en remojo allí metida más de media vida. Me quito el albornoz y lo dejo colgado junto a la mampara antes de abrir el grifo.

El agua caliente cae sobre mí y siento cómo mi cuerpo empieza a calentarse. Me quedo allí un buen rato, dejando que el vapor empañe los pensamientos y que la tensión se escurra por el desagüe.

Hay de todo: champús, geles, acondicionadores... Varias marcas y varias fragancias.

Frunzo el ceño, cogiendo uno de los botes.

Este hombre es una caja de sorpresas... O esta habitación es claramente donde trae a todas las mujeres del mundo y se cree que me he caído de un pino.

Me enjabono despacio, dejando que el agua me recorra la espalda, intentando no pensar demasiado. Spoiler: no lo consigo. Pero al menos, durante esos minutos, el ruido constante de la ducha lo silencia casi todo.

Salgo de la ducha envuelta en vapor y camino descalza hasta el espejo. Casi todo el maquillaje se ha ido por el desagüe, arrastrado por el agua caliente, aunque aún me quedan restos oscuros bajo los ojos y un leve borrón en los labios. Me miro un segundo en el espejo, reconociéndome a medias.

«La verdad es que estoy un poco cansada...».

Es entonces cuando algo llama mi atención.