El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 20. #2
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Capítulo 20. #2

Mi pecho se tensa y una parte de mí grita que retroceda... Pero es demasiado tarde. Me quedo quieta unos segundos, de pie sobre el suelo con el bolso aún colgado del hombro, como si no terminara de creer que había entrado de verdad.

—Esta casa es una locura —suelto, rompiendo el silencio—. No sé qué cojones estoy haciendo yo aquí.

Keith deja las llaves sobre una bandeja de cerámica y se gira despacio hacia mí.

—Nadie te ha obligado a entrar.

Suelto una risa amarga.

—Tu psicología inversa te va a costar el sueño esta noche. Uno cuando duerme es cuando más expuesto y vulnerable está a que le apuñalen, estás avisando.

—¿Estás segura de que quieres verme dormido?

—Para ya, imbécil —le empujo del brazo, notando su bíceps firme bajo la tela.

Me quito los zapatos con movimientos torpes y los dejo alineados junto a la entrada. Todo en aquella casa parece exigir orden y control: exactamente lo que yo no tenía en ese momento.

—¿Me traes el control de accesos para que lo firme? —añado, vacilando—. Procura que el bolígrafo tenga tinta.

Keith arquea una ceja.

—¿Crees que dejaría las pruebas a la vista?

—Depende. ¿Tanta capacidad almacena esa mente tuya?

Su expresión no cambia. Ni una sola línea de su frente se mueve.

—Siento decepcionarte, Hawthorne, pero ninguna mujer ha pisado esta casa.

Parpadeo varias veces seguidas.

—¿Cómo dices?

—He dicho que ninguna mujer ha pisado esta casa —repite, igual de tranquilo.

Lo miro, sin creer ni una sola palabra de lo que está diciendo.

—¿Y pretendes que me crea eso?

—Cree lo que quieras, me trae sin cuidado.

—Eso es muy conveniente —bufo—. Muy de fiscal misterioso y solitario. Pero eres el hombre más mentiroso de todo Japón, así que no me creo nada de lo que salga por esa amarga y miserable boca.

—No me importa si me crees —responde—. No cambia los hechos.

Me cruzo de brazos, incómoda.

—Claro que no. Los hechos probables ahora mismo son que estoy en casa de un hombre que me secuestró hace una hora, sin móvil, sin saber exactamente dónde estoy y sin una salida aparente.

Keith da un paso hacia mí y bajo la guardia.

—¿Te quieres ir? —pregunta.

Abro la boca y... La cierro.

Miro hacia la puerta, luego hacia la escalera. Luego, de nuevo, a él.

—Devuélveme el móvil —exijo—. Ahora.

Sus labios se curvan en una sonrisa.

—No.

—¿Eres tonto?

—Todavía no.

—Eres un secuestrador de mierda y, cuando salga de aquí, te voy a denunciar.

—¿A la Comisaría Metropolitana de Kioto? ¿O a la de Kioto? —avanza todavía más.

—No te acerques más.

—¿Estás segura de que no has perdido el tren a propósito, Hawthorne?

Le empujo.

—Si hubiera sabido que estabas aquí, lo habría cogido a las tres de la tarde.

—Espléndido.

—Ilógico.

—Predestinado.

—Irracional.

—Profético.

—¿Seguimos así toda la noche, fiscal?

—Como usted quiera, querida.

Camino hacia el interior del salón sin mirarlo y me siento sin permiso en el sofá, cruzando las piernas.

—Está bien, tú lo has querido. Ya que no tengo teléfono, ni ropa, y estoy incomunicada y secuestrada, esta también va a ser mi casa hasta que salga por esa puerta —la señalo con el dedo—.

Si tengo que elegir entre quedarme ahí fuera, sin agua y comida, o quedarme en esta mansión de cientos de millones de yenes, creo que elijo la segunda.

Estoy segura de que tienes una habitación lo bastante alejada de la tuya como para que pueda dormir sola y tranquila.

Me observa con atención, como si estuviera midiendo cada grieta de mi resistencia.

—Si subes esos pies sucios al sofá sin antes pasar por la ducha, te voy a castigar.

No acaba de decir eso.

—Inútil. Eres un caso perdido —añado, rendida—. Y yo también, por haber aceptado esto.

—No has aceptado nada —dice—. Has elegido.

—No me gusta mi elección.

Suspiro hondo y dejo caer los hombros, derrotada.

—Y no intentes nada raro.

Una sonrisa se dibuja en su rostro mientras camina hacia la cocina en busca de un vaso de agua.

—No necesito intentarlo —contesta desde la distancia.

Le lanzo una mirada asesina.

—Eso no ha sido tranquilizador.

—No pretendía serlo.

El silencio vuelve a nosotros, incómodo y cargado de cosas que ninguno quiere decir en voz alta.

Yo sigo sin saber por qué estoy aquí, ni por qué me ha traído, pero acabará preguntándoselo en algún momento de esa noche eterna, de eso no hay duda.

Tampoco entiendo por qué, aun sabiendo que debo alejarme de él, no he sido capaz de hacerlo, ni de sacar mi lado más autoritario.

Siempre acabo cediendo ante él y sus decisiones.

Podría haber insistido más y llamar a Oshida, arrancarle mi teléfono mientras conducía o, simplemente, escaparme corriendo cuando he bajado del coche.

Pero no lo he hecho.

Supongo que es inevitable no tomar decisiones coherentes y racionales cuando se trata de algo emocional. Aunque, en el fondo oscuro de mi corazón, sé con absoluta certeza que, si esa noche pasa algo entre los dos, estaba jodida.

Así que me prometo a mí misma que, pasara lo que pasara, aquella casa no sería más que un hostal provisional hasta que el sol de Kioto volviera a salir. Por mucho que ya me hubiera metido en la boca del lobo, y ese lobo encendiese todos y cada uno de los rincones de mi piel.

Suspiro y dejo que mi voz tiemble un poco más de lo que habría querido.

—Eres un estúpido —digo, girando la cabeza para que no me vea—. Y deja de mirarme así, que me estás poniendo nerviosa.

—No hace falta que lo jures con la mano encima del libro, cariño, ya lo sé.

—Muérete.

Respiro hondo, intentando que mi corazón deje de traicionarme. Camino hacia la cocina sin decir nada; yo también estoy sedienta. Me dejo guiar más por la curiosidad que por otra cosa.

Desde allí, el sofá se ve con otra perspectiva: es el más grande que he visto en mi vida. Negro, de cuero y claro dominante de ese gran salón, con una autoridad casi obscena. Me detengo en seco frente a él.

Keith me tiende un vaso frío, con hielo, sin apartar la vista de mis ojos. No puedo dejarme intimidar.

—Gracias, mayordomo —vacilo—. Por cierto, voy a dormir ahí —señalo el sofá—. He cambiado de opinión, ya no quiero habitación privada. El sofá es demasiado cómodo y aquí estaré lo suficientemente alejada de ti y de tu ego de los cojones.

Keith inclina la cabeza y suelta una carcajada.

—Vas a dormir donde yo diga, querida. Y no será en el sofá.

Levanto una ceja y me cruzo de brazos, intentando marcar distancia.

—Creo que ya has decidido bastante por mí esta noche, ¿no?

Su mirada cambia y se vuelve más oscura, más seria. Durante un segundo, un ápice de vulnerabilidad se apodera de su cuerpo.

—Si pudiera elegir —dice, apenas susurrando—, hubiera preferido que subieras a ese tren para volver a Tokio.

Me quedo mirándolo, paralizada, sin entender del todo la frase ni el trasfondo que esconde. Su expresión no revela nada, pero hay algo ahí, detrás de esas palabras, que hace que todo a nuestro alrededor se detenga durante un segundo. Escucho el sonido de la nevera a mi espalda.

—¿Por qué?

—Tú sabes muy bien por qué.

Por mucho que ahora conteste “no tengo ni idea de por qué” esa conversación no va a llegar a ningún lado.

Keith no es bueno sosteniéndome esta clase de conversaciones, pero sí que se le da muy bien soltar la piedra y esconder la mano.

Esas sutiles pinceladas me manchan la ropa y le da igual, no se preocupa por lavármela.

Pienso en la última conversación que tuvimos en mi casa antes de volver a vernos hoy.

Recuerdo haberle preguntado si había follado con Olivia y él lo admitió sin despeinarse.

No pudimos controlar ni decidir lo que pasó después del juicio aquel día, ni tampoco puedo cambiarlo ahora, pero lo que sí está claro es que nunca me negué a ello, y él tampoco.

No sé si Keith se arrepiente de haberme tocado en aquella habitación oscura, pero sí sé que me prometió que no volvería a pasar.

Estar hoy en casa de una persona que me ha hecho cuestionarme tantas cosas en tan poco tiempo no es bueno para mí, porque a mí me daría exactamente igual follármelo en ese sofá, aun sabiendo las consecuencias que eso conlleva.

Keith no es como los demás hombres con los que me he cruzado en mi vida: es peor, y eso hace que no pueda evitar desearle de esta manera.

Es la persona por la que más atracción física y deseo sexual he sentido jamás.

He soñado cada noche antes de dormirme que teníamos sexo en mi cama, en los juzgados, en su coche, en mi cocina...

En infinitos lugares. He soñado que me escribía y que pasábamos horas y horas insultándonos a través de una pantalla.

He deseado que reabrieran el caso solo para poder volver a verle, con las manos en los bolsillos, detrás del estrado.

Y he querido con todas mis fuerzas reprimir cualquier sentimiento que se despertara dentro de mí para transformarlo únicamente en algo sexual, y ya.

Pero no es así.

Y muy probablemente nunca lo sea.

—Entonces... Llévame a mi habitación —digo, sin mirarlo directamente, cambiando de tema.

Keith sonríe lentamente, como si hubiera esperado toda la noche esa concesión.

—Sígueme.

Subimos las escaleras hacia el piso de arriba y, cuando llegamos aparentemente a una de las habitaciones de invitados, abre la puerta y me deja entrar.

La habitación es amplia, iluminada por la luz cálida de una lámpara de papel que cuelga del techo.

Las paredes de madera reflejaban suavemente la luz, y una cama de matrimonio, perfectamente arreglada con sábanas blancas, descansa sobre el suelo.

Hay pequeños detalles que me llaman la atención: una bandeja con té, un jarrón con rosas blancas frescas y algunas estanterías con libros antiguos.

Es extraño, porque no deja de ser una mansión moderna, pero sin perder ese toque tradicional.

Keith debe de estar muy unido a su cultura, porque se aprecia en cada rincón de su casa.

Entro sin permiso y camino hacia el centro. Me giro hacia él, que está apoyado con una mano en el marco de la puerta y la otra en el bolsillo, como siempre.

—¿Es de tu agrado, Hawthorne?