Capítulo 20.
(あなたの瞳に隠された嵐— La tormenta que ocultan tus ojos)
El Porsche arranca y las calles se van volviendo cada vez más estrechas y silenciosas; Kioto está a punto de irse a dormir.
Las luces anaranjadas de las farolas se reflejan en el parabrisas y se me encoge el pecho: "A mi casa", responde, como si nada.
Después de haber hecho los dos interrogatorios más difíciles de toda mi carrera, de haber vuelto al templo donde se cometió el crimen más atroz que he visto nunca y de haber perdido el tren de vuelta, estaba en un coche con la persona que más había ocupado mi mente ese último mes, camino de la suya.
No digo nada. Keith tampoco.
Me cruzo de brazos y apoyo la frente contra el cristal frío de la ventanilla, apretando los labios mientras cerraba los ojos. En ese preciso momento, después de escuchar su breve respuesta, me debato entre saltar del coche... O quedarme atrapada en él para siempre.
—No voy a ir a tu casa —digo de pronto, rompiendo el silencio—. Para el coche.
Él no responde. Ni siquiera gira la cabeza. Solo reduce ligeramente la velocidad antes de hacer el ceda y girar a la derecha, haciendo como si no me hubiera escuchado.
—He dicho que pares —insisto—. No quiero pasar la noche contigo.
—Me parece genial, señorita Hawthorne. ¿Qué le parece entonces si, en cuanto lleguemos a mi humilde morada, le ayudo a bajar de su asiento y vuelve hacia la estación a pie?
Calculo que, si lo hace así, en unas dos horas estaría de vuelta a la estación y podría hacer tiempo hasta que salga el próximo tren.
Eso suponiendo que sepa llegar sin Google Maps y sin teléfono, en mitad de la noche. ¿Cómo lo ve?
Aprieto los dientes.
—Eres un psicópata. Esto no es un juego, Keith.
—¿Quién ha dicho que lo sea? —contesta.
Lo miro y lo veo llevando su dedo a sus labios mientras que sonríe pícaramente. Me saca de quicio, pero decido controlar mis impulsos.
—¿Qué te hace pensar que mentía cuando te decía que iba a saltar por la ventana?
—No lo harás.
—¿Por qué estás tan seguro?
Gira por otra calle lateral sin mirarme.
—Porque llevas veinte minutos diciendo lo mismo y sigues aquí. Podrías haberte bajado en el último semáforo; nunca he bloqueado las puertas, pero no te has molestado en revisarlo. Si quisieras suicidarte, ya lo habrías hecho.
Me quedo callada, sabiendo que, si respondía, saldría perdiendo de nuevo. Es cierto, en ningún momento me he parado a revisar si las puertas estaban cerradas o no.
Supongo que tiene razón y realmente jamás he querido bajar de este coche. O al menos bajar sola.
Suspiro lentamente y decido suavizar mi tono, aunque muy probablemente el papel de rubita vulnerable que hace pucheros no va a funcionar con este trastornado de los cojones.
—No tienes por qué hacer esto. Si tanto insomnio te provoca la idea de que duerma en casa del inspector, podrías dejarme en cualquier hotel.
Keith vuelve a girar el volante sin responder, como si no hubiera oído nada.
—Keith.
Suspira pausadamente mientras el sonido del intermitente parpadeaba. Espero impacientemente su contestación.
—No voy a dejarte sola esta noche.
—No soy tu responsabilidad.
—Ni vas a serlo —responde—. Ese es precisamente el problema.
Cierro los ojos unos segundos, intimidada ante su respuesta.
Cuando los abro, su perfil sigue ahí: la mandíbula tensa, los antebrazos firmes, las manos seguras sobre el volante.
Odio lo fácil que me resulta fijarme en cada detalle, odio que me guste y odio querer desabrocharle uno a uno los botones que le faltan de la camisa mientras sube el freno de mano y enciende las luces de emergencia.
Debería hablar de estos pensamientos recurrentemente intrusivos con la psicóloga cuando la visite. Se me está yendo de las manos.
—¿Puedes entender que no logro descifrar nada de lo que haces cuando se trata de mí?
Vas a conseguir que me explote la cabeza de tanto intentar analizarte.
Me insinúas hace semanas en “mi” casa —enfatizo el mi— que no quieres volver a verme, desapareces sin decirle nada a nadie, vuelves a aparecer de la nada, a saber por qué...
Y me metes en tu puto coche a la fuerza ¿Y se supone que tengo que creer que finges que no te importa?
—No finjo, Hawthorne.
—Vete a la mierda.
Es un estúpido y un narcisista, pero... No puedo dejar de mirarle. No puedo dejar de pensar en cómo le queda esa camisa, ni consigo apartar las ganas de que vuelva a pasar lo mismo que en aquel sofá.
—Tampoco ha salido de mi boca que no quiera volver a verte. Me haces demasiada gracia como para no escucharte soltar todo lo que sueltas por esa boca.
—¿Tengo cara de circo andante?
—Podrías montar una empresa sin problemas.
—No podría pagarte el sueldo que te mereces, lo siento muchísimo.
Le hago reír. La cuestión real es si a mí me está haciendo algún tipo de gracia esta conversación.
—No me obligues a tomar decisiones que luego me apetezca lamentar —añade.
—¿Lamentarías dejarme ir sola hacia la estación o meterme en tu casa?
—Dedúcelo tú misma, Holmes.
—Idiota.
Bajo la mirada. Mi corazón late demasiado rápido porque sé que no deberá faltar mucho para que llegáramos a su casa.
Y estoy en lo cierto.
15 de julio, Mansión de Keith
El coche se aleja completamente del centro de la ciudad y las calles se hacen más amplias y oscuras: menos ruido, menos gente.
En esta zona de Kioto no veo a nadie paseando ni disfrutando del fresco.
Parece que estamos en un lugar completamente alejado del bullicio.
Las casas son enormes y están escondidas tras muros de piedra, portones de madera, tejados tradicionales y jardines japoneses. Estoy segura de que valen una fortuna.
Keith reduce la velocidad y gira hacia una calle sin salida. Su casa debe ser la última de esa hilera de mansiones llenas de billetes.
Para el motor y se detiene frente a una de ellas. El crujido de las ruedas sobre la grava rompe el silencio de la noche.
No se parece a nada de lo que había imaginado durante el trayecto.
No es una mansión europea, ni una casa estrictamente moderna, sino una gran residencia tradicional japonesa fusionada con el minimalismo contemporáneo: amplia, elegante, discreta y perfectamente integrada en el entorno.
Comparada con las que habíamos dejado atrás, es casi tres veces más grande.
Los muros son oscuros, y el portón está hecho de madera maciza, con herrajes negros. No puedo distinguirlo del todo desde el asiento del copiloto, pero todo indica que detrás de esa gran puerta nos recibirá un jardín cuidado hasta el último detalle.
Keith abre la puerta y baja del coche. Dudo un segundo... Y luego hago lo mismo. El aire nocturno es fresco y húmedo; puedo apreciar un leve aroma que me recuerda al jazmín. Me aliso el vestido y me aparto el flequillo de la cara, dándole la espalda al Porsche.
Rodea el coche y se planta frente a mí con las llaves en la mano. No invade mi espacio, pero su cercanía es suficiente para ponerme nerviosa de nuevo. Cada uno medimos dónde pisábamos, conscientes del cuerpo del otro. Le miro fijamente a sus ojos, esperando que hable primero.
No quiero que me mire más así, es insoportable.
—Bienvenida —sonríe.
Alzo la vista.
—Vives... Aquí —murmuro.
—Cuando no estoy arruinando vidas ajenas, sí.
—No pienso entrar —digo, más por necesidad que por convicción—. No debería estar aquí.
Porque si entro, algo se romperá. Y porque, muy en el fondo, sé que no querría irme al día siguiente.
Keith avanza hacia mí, despacio y sin prisa. Sabe que ya no tengo escapatoria.
—Basta ya, llevas así toda la noche.
—No puedes obligarme.
—No —admite—. Sé que entrarás tú solita.
Me sostiene la mirada, firme y calculada.
—Si entras sin rechistar, mañana te odiarás un poco menos que si te vas.
Me duele porque esa afirmación es exageradamente cierta.
—Eso es justo lo que me preocupa.
—Aquí no molestaremos a nadie —responde—. Y nadie nos molestará.
—Que esté ahora mismo aquí contradice todas tus putas declaraciones anteriores, tenlo claro —digo, sin mirarlo—. Si realmente quieres que entre, no quiero escuchar ni un solo arrepentimiento mañana al amanecer. Tú me has traído hasta aquí.
—Hawthorne... Me arrepentiría, cruzaras o no.
Levanto la vista. Error.
Está demasiado cerca. El contraste entre su cuerpo alto y la luz cálida de las farolas de su calle me acalora un poco las mejillas.
No estoy dispuesta a sostenerle la mirada demasiado tiempo, porque si lo hago, sé exactamente cómo acabaré.
No quiero que me guste. No aquí. No esta noche.
—Puedo dormir en el hotel —insisto—. Puedo llamar a Oshida, puedo...
—Puedes mentirte —me interrumpe—. O puedes entrar.
Sigue sin tocarme. No le hace falta.
—Está bien, pero solo esta noche —digo, al fin—. Ni una más.
—Ojalá sea la única —responde.
Ojalá, Keith.
◆◆◆
Una sombra cruza su rostro y bajo la vista hacia el suelo.
Saca las llaves de casa y camina hacia la entrada. Abre el portón y la casa se ilumina con una luz que, al parecer, funciona por sensores. Estaba en lo cierto: al otro lado se extiende un gran jardín, precioso. Me recuerda un poco al del templo Kōka.
Keith abre la puerta del recibidor, situado en la planta baja. El suelo es de parqué y una escalera asciende hacia la penumbra del piso superior. Me quedo quieta, analizando cada detalle y encontrándolo a él en cada rincón de la casa. Sin duda era suya.
—¿Tienes miedo, bala de plata? —pregunta, sonriendo.
—El que debería tener miedo eres tú, capullo.
En el instante en que escucho la puerta cerrarse detrás de nosotros, entiendo que no solo había aceptado —a la fuerza— ir a su casa, sino que también había aceptado todo aquello que llevaba semanas intentando evitar.
Todo el trabajo que había hecho para pasar página se estaba yendo a la mierda en fracciones milimétricas de segundo.
Estar en casa del hombre que más me había hecho latir el corazón en un tiempo absurdamente corto era una idea catastrófica...
Pero no tengo miedo, si eso era lo que quiero hacerme creer.