El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 19. #3
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Capítulo 19. #3

Pongo los ojos en blanco y suspiro. Me tumbo sobre el asiento y me apoyo en él, mirándole fijamente. No pienso apartar la mirada en todo lo que queda de conversación.

—Mira a la carretera —me ordena.

—Yo no estoy conduciendo.

El silencio se apodera de nosotros durante unos segundos más.

—Descubriré la fecha de tu cumpleaños y te resetearé el móvil de fábrica —digo, con tono amenazante y vacilón—. Así perderás todo lo que tienes almacenado y tendrás que empezar de cero.

Keith suelta una risa lenta y oscura, como si lo que acabara de decir fuera ridículo.

—Eliminar todo lo que hay en mi teléfono es lo último que se le pasaría por la cabeza a una mujer si lo tuviera en sus manos.

—Ah, ¿sí? —le respondo, cruzándome de brazos, con el corazón latiéndome a mil por hora—. Pues a mí no me interesa descubrir nada sobre ti, al contrario. Ojalá pudiera ir atrás en el tiempo. Cambiaría los billetes y me habría ido a ejercer a China en vez de a Japón.

Por un segundo, veo algo que no esperaba: sus ojos se iluminan y su sonrisa desaparece. Tomó una calada.

—Me parece buena idea. También he trabajado en China.

Me descoloca por completo.

—¿Sabes chino? —pregunto, incapaz de ocultar la sorpresa.

—Ocho idiomas —responde, como si fuera lo más normal del mundo—. El chino es uno de mis favoritos.

—Estás de coña —sonrío—. Ocho idiomas, experiencia laboral en China, descodificador de contraseñas... ¿Qué más escondes, fiscal Kudo?

Keith esboza una sonrisa breve.

—Aunque usaras todas las combinaciones de fechas del mundo —añade, sin mirarme—, jamás acertarías.

Frunzo el ceño.

—¿Y eso por qué?

Tarda un segundo en responder. Uno solo. Pero lo suficiente como para cambiarlo todo.

—Porque jamás pensarías que nacimos el mismo día, Hawthorne.

El corazón se me detiene. Literalmente.

—¿El mismo día? —Suavizo la voz sin querer.

Keith no aparta la vista del volante y exhala el humo.

—¿El tres de febrero?

Keith aprieta el volante. Sus nudillos se vuelven blancos y tensos, como si hacer esta confesión le hubiera costado más de lo que quería admitir. Mantiene esa expresión impasible que siempre me da ganas de analizar, pero que nunca logro descifrar del todo.

—Exacto —responde—. El día del Setsubun.

—¿Qué es... el Setsubun?

Keith gira la cabeza lentamente y me mira. Seguro que se da cuenta de que ya no le estoy mirando con cara de odio desde que me ha metido a la fuerza en el asiento.

—La leyenda se centra en expulsar los demonios para atraer la buena suerte. Se celebra en la víspera de la primavera japonesa, usando el ritual de mamemaki mientras lanzas soja tostada. Se dice que así limpias tu hogar de la mala energía del año anterior y renuevas la fortuna para el nuevo ciclo.

—¿Nacimos el día en el que apartas lo malo para dejar paso a lo bueno? Eso explicaría muy bien por qué me dan ganas de abrir la puerta y empujarte fuera del coche ahora mismo.

Keith no se inmuta. De hecho, esa sonrisa arrogante aparece de nuevo en sus labios. Esa que siempre me hace querer gritarle...

O besarlo.

O ambas cosas a la vez.

—El tres de febrero es el umbral entre dos cosas parecidas, pero muy diferentes, Hawthorne.

—La división exacta de las estaciones.

Su perfil se refleja en la ventana junto a las luces de la ciudad, y sus palabras invocan algo mucho más cálido que el verano que nos espera allí fuera.

—En Japón —continúa—, nacer ese día significa que eres el punto donde el invierno exhala su último aliento para que la primavera pueda nacer. Estamos aquí, asfixiándonos en pleno julio... Pero nosotros somos hijos del límite.

Trago saliva.

—El Setsubun es el momento más gélido del año —añade—, pero guarda algo de romanticismo en él. Es el único día en que el hielo decide rendirse ante lo que viene.

El semáforo cambia a rojo y Keith frena en seco. El coche se detiene, pero la sensación es como la de caer al vacío. Se gira hacia mí y me mira.

De pronto, el Porsche se vuelve pequeño. Su mirada me atrapa con intensidad y me obliga a pegar la espalda al asiento, como si pudiera huir de algo que ya me ha alcanzado.

—No somos tan distintos, bala de plata.

Esta vez no hay burla ni ironía en sus palabras.

—Solo dos personas que prefieren congelar al de al lado antes que admitir que se están derritiendo por dentro.

Siento un nudo cerrárseme en la garganta.

—Así que por eso nos detestamos —respondo—. Porque ambos sabemos que, bajo todo ese hielo de febrero, solo estamos esperando que el otro sea el que traiga el calor de la primavera y lo derrita con sus llamas.

—Poético —apaga de nuevo el cigarro.

—Te lo has inventado todo, ¿verdad?

—Créeme que yo fui el primero en sorprenderme.

Abro la boca para soltar un sarcasmo, recordarle lo mucho que me incordia y que, para mí, no significaba nada.

Pero...

El calor sofocante de julio parece desaparecer de golpe.

Ambos éramos Acuario. Ambos éramos invierno.

Y ambos estábamos aterrados de lo que pasaría si el hielo, de una vez por todas, terminaba de romperse.

Calmo mi corazón y se lo pregunto.

—¿Adónde vamos, Keith?

No me mira y vuelve a arrancar. La luz pasa de roja a verde.

—A mi casa.