El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 19. #2
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Capítulo 19. #2

El recuerdo me viene a la mente, sucio y familiar: la habitación del juzgado, el sofá y sus dedos firmes dentro de mí.

Nunca había pertenecido tanto a alguien durante un tiempo tan explícito, y recordar la forma en la que me agarró y me sentó encima de él como si fuera de su propiedad me hace volver a enfermarme.

Siento el calor subir por el cuello y cierro los ojos.

«Joder».

Me pongo el cinturón y empiezo a moverme, incómoda. El interior del coche empieza a resultarme asfixiante, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para respirarlo sin pensar en cosas indebidas.

Bajo la ventanilla de golpe.

El viento nocturno entra con fuerza desde fuera, desordenándome el pelo y enfriándome la piel, pero sin apagar lo que me recorre por dentro.

Nada puede apagarme cuando estoy cerca de él.

—¿Tienes calor, Hawthorne?

Aprieto la mandíbula y apoyo el codo en la puerta, dejando que el aire me dé de lleno en la cara.

—Estamos en pleno julio —respondo—. Por supuesto que tengo calor. Además, discutir contigo me deja sin energía, eres agotador.

Keith suelta una carcajada.

—Curioso —murmura—. Siempre he pensado que cuando lo haces, te pasa justo lo contrario.

Giro la cabeza para fulminarlo con la mirada.

—No te hagas ilusiones.

—No me hacen falta —replica—. Tú siempre las haces por los dos.

—¿Tienes serrín en la cabeza, Keith Kudo? Me estás empezando a enfadar.

—Llevas enfadada desde que naciste, rubia.

«¿Rubia? ¿Este qué coño dice ahora?».

No respondo, cierro los ojos y suspiro, mordiéndome la lengua. El silencio se apodera del momento y el viento continúa entrando por la ventanilla, pero no logra enfriar la tensión que se ha instalado en el coche... Ni la forma en la que Keith parece ocupar demasiado espacio incluso sin tocarme.

Es lo peor. Porque no hay nada más peligroso que Keith Kudo sabiendo exactamente lo que está provocando.

—Déjate de tonterías, quiero bajarme del coche.

Keith no aparta la vista de la carretera. Conduce con tranquilidad, como si no acabara de decidir qué hacer con mi tiempo, mi noche y mi paciencia. Sus dedos descansan relajados sobre el volante y se adueñan de cada curva.

—Si tantas ganas tienes de dormir en el suelo de una estación mojada y húmeda, puedo dar la vuelta cuando quieras.

Su tono es irónico y provocador. Me dan ganas de estrangularlo.

—No hará falta —respondo, mirando fijamente la carretera—. En cuanto pares el coche, voy a volver a llamar al inspector y le diré que todo ha sido un malentendido y que venga a recogerme.

Vuelve a sonreír.

—Eres muy graciosa, Hawthorne.

—Lo sé —respondo, sin mirarlo.

—Pero eso no va a pasar.

Giro la cabeza hacia él.

—No vas a dormir en su casa —sentencia, con absoluta calma, como si fuera una decisión tan lógica como elegir qué emisora poner en la radio.

Levanto una ceja.

—Ah, ¿no? —Me burlo—. ¿Ahora decides tú en casa de quién paso la noche?

—Siempre he decidido más cosas de las que te atreves a reconocer.

El comentario me revolotea el estómago. No porque no sea cierto, sino porque tiene toda la razón.

—En cuanto apagues el motor, te voy a pinchar todas y cada una de las ruedas, tenlo claro.

—Es muy interesante. No pensaba que tendrías la poca vergüenza de llamar a un compañero de trabajo para pedirle pasar la noche en su casa con su mujer dentro, Hawthorne.

Me enfurezco.

—Para el coche.

—No voy a parar el coche.

—Eres un bocazas y un gilipollas. Si no retiras ahora mismo ese comentario de mierda, te prometo que abriré la puerta y me tiraré al suelo.

—La puerta está cerrada.

—La ventana no.

Keith da una calada larga y me mira de reojo, de arriba abajo. No dice nada.

—Tírate si quieres, ya decidiré después si paso o no a recoger el cadáver.

—Tú tienes muchos problemas, ¿no?

—Cuando estoy contigo, todos parecen miserables.

—Gilipollas.

Me giro hacia él de golpe.

—Te voy a hacer una pregunta y me la vas a responder.

—Solo una, Hawthorne.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Cómo coño sabes la contraseña de mi teléfono?

Esta vez sí me mira. Despacio. Como si estuviera midiendo el impacto de lo que va a decir.

—Esperaba más de la mejor supuesta abogada de Seattle —comenta, chasqueando la lengua con decepción.

Aprieto los dientes.

—Contesta.

—La principal brecha de seguridad en los teléfonos —dice— y la divulgación de información personal se producen cuando a alguien le parece buena idea usar la fecha de su cumpleaños como bloqueo.

Siento un vuelco seco en el estómago.

Maldito.

—Eres un cabrón.

—Y tú increíblemente predecible —responde—. Una combinación demasiado simple para alguien que presume tenerlo todo siempre bajo su control.

—¿Y cómo has descubierto qué día nací? —Me cruzo de brazos—. ¿Te importaría dejar de husmear en mi vida como si fuera una asesina en serie a la que persigue el FBI?

Keith no parpadea ni se le altera un solo músculo de la cara.

—Tú sabes que no tienes permiso para acceder a esa información, ¿verdad? —Sigo, sintiendo cómo la rabia y la vergüenza me calientan demasiado el pecho—. Primero la dirección de mi casa y ahora el PIN de mi puto teléfono. ¿Qué más quieres, cariño? ¿Mis claves del banco?

Gira la cabeza hacia mí, lo justo para que sus ojos se encuentren con los míos. Una sonrisa vuelve a dibujarse en sus labios mientras apaga el cigarro en el cenicero portátil del coche.

—No las necesito. Pero si quieres, te puedo dar las mías.

—¿Cómo dices?

—Mi tarjeta de crédito está en mi cartera, dentro de la guantera. Puedes comprarte los vestidos que quieras. El blanco te sienta bien, así que es el único color que te prohíbo.

—Eres un estúpido —aprieto los bordes del asiento con las manos.

—Y tú una incrédula, bala de plata.

Ese apodo siempre me eriza la piel y hace que la respiración se me acelere sin poder controlarlo. Lo odio con todas mis fuerzas, pero ni siquiera puedo tomarme en serio cuando le digo que quiero salir del coche y apartarme de él. Soy una mentirosa.

—Podría comprarte todo Japón si me lo pidieras.

Sus ojos me recorren lentamente, pausados, como si estuviera inspeccionándome pieza por pieza. Me hace sentir desnuda, incluso estando completamente vestida. Cada línea de su mirada me desafía cuando me mira fijamente, y me gusta mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.

—No quiero tu sucio dinero.

—He dicho que podría, no que lo haría.

Suspiro hondo y me llevo las manos a la frente.

—No puedo más... —Susurro.

—Por cierto, ese vestido manchado...

Instintivamente bajo la vista, consciente de las marcas oscuras en la tela.

—Hace que la gente se te quede mirando más tiempo del debido. Sobre todo, por tus curvas.

El calor me sonroja el rostro y siento cómo el pulso se acelera y mi excitación se contiene.

—No mires —le advierto, aunque mi voz tiembla un poco.

—No estoy mirando —responde, pero la sonrisa en sus labios dice otra cosa—. Solo verifico, tú te miras sola cuando te pones nerviosa.

Giro la cabeza hacia la ventanilla, intentando escapar de su atención, pero la sensación de sus ojos sobre mí no se retira. Odio, con cada fibra de mi ser, sentirme tan... Vulnerable ante él.

—Eres insoportable.

—Me lo suelen decir.

El Porsche avanza por la carretera oscura y no puedo evitar pensar en que esta noche, en algún punto ciego entre la rabia y el miedo, ambos acabaremos bajando del coche y pasándola juntos.

«¿Verdad? Si no, ¿por qué estaría aquí ahora con él?».

Keith Kudo no ha hecho nada todavía, pero yo ya estoy completamente fuera de control. En esta guerra silenciosa, sé que él disfruta más cada movimiento mío que cualquiera de sus propios planes.

—Siento no tener un pin de setecientos dígitos en mi móvil como tú —suelto de repente, apoyando la cabeza contra el respaldo del asiento—.

A veces las mujeres no tenemos tanta capacidad de almacenamiento...

Porque estamos demasiado ocupadas recordando todas las gilipolleces y mentiras que hacéis y decís los hombres para luego poder recriminároslas.

—¿Quién te ha tratado tan mal, querida? —sonríe.

Vuelvo a ignorarle. No merece ni que le conteste.

Keith suelta una risa baja y grave, cargada de esa seguridad que me saca de quicio.

—Yo también tengo mi fecha de cumpleaños como pin de desbloqueo, Hawthorne.

Me hace girar la cabeza hacia él, desconfiada.

—¿Me estás vacilando? —pregunto, arqueando una ceja, sin poder ocultar el tono desafiante que siempre me sale con él.

—¿De verdad crees que alguien pensaría que sería capaz de poner algo tan simple y banal? —Enciende otro cigarro—. Jamás me descubrirían.

—Keith, haz el favor de parar de fumar.

—Moriré entre cenizas, bala de plata. Acostúmbrate.