Capítulo 19.
El motor del Porsche está encendido y la luna se refleja en la carrocería negra como en un espejo. Su mirada se clava en mi cuerpo, provocadora y calculadora, como siempre. Me levanto de golpe, con las pulsaciones del corazón a mil por hora.
—¿Qué haces aquí?
Keith sonríe mientras sostiene el volante con una mano y deja descansar la otra sobre el reposabrazos. Me mira como si encontrarme en medio de la estación, desierta, fuera lo más natural del mundo.
—Vivo aquí —responde.
Mi ceja se arquea con incredulidad.
—Déjate de gilipolleces, Keith —avanzo unos pasos y me quedo a apenas un escaso metro de la puerta del copiloto—. Llevas tres semanas desaparecido y ahora, casualmente, apareces el único día que estoy en Kioto y en el momento exacto en el que pierdo el tren. ¿Te crees que soy estúpida?
—¿Has perdido el tren? —vacila.
—¡Gilipollas! —Me acerco al coche y le doy un golpe a la ventana bajada. Nuestros ojos quedan a la misma altura.
—Hawthorne, si vuelves a tocar así mi coche, te voy a encerrar en el maletero y te voy a castigar las horas equivalentes al dinero que me costó. Estás avisada.
Apoya un brazo en la ventanilla y me quedo callada. Desde allí puedo oler el interior de su coche: huele igual que él. Mis mejillas se sonrojan y deja escapar una risita que me irrita y excita a partes iguales.
—A mí no me hace ninguna gracia —suelto.
—A mí mucha. ¿Te parece normal perder el último tren en los morros?
—Pero... ¿Tú cómo sa...?
—Eres muy despistada, bala de plata. Si sigues así, vas a perder este y todos los casos que lleves al frente en este país. A mí me daría vergüenza.
Ahora soy yo la que explota en una risa muy necesaria. Está siendo un momento demasiado surrealista.
—¿Sabes qué? Te puedes ir a la mierda. Tú y tu puñetero coche.
Me aparto y camino de nuevo hacia la estación.
—¿Adónde vas? —Se enciende un cigarro y veo cómo el humo trepa hacia el cielo, formando círculos y líneas desiguales.
Empiezo a rebuscar con prisas mi teléfono dentro del bolso, sin éxito.
—¿A ti qué te parece? Voy a llamar a Oshida para que me venga a recoger. No pienso dormir en estos bancos ni esperar a que salga el primer tren de aquí a ocho horas.
—¿Y crees que ese inepto de inspector va a venir a buscarte?
Pongo los ojos en blanco y suspiro.
—Déjame en paz, Kudo —ignoro su comentario de mierda y marco el número de Oshida, suplicando que dé tono.
Continúa dando caladas a su cigarro como si yo no estuviera y, por mucho que intente apartar la mirada hacia otro lado, mis ojos vuelven a él una y otra vez. Estas semanas se me han hecho tan largas...
Que tenerlo frente a mí de nuevo me está desquiciando todavía más de lo que ya venía desde que llegué a esta ciudad.
No logro verlo bien desde este ángulo, pero lleva una camisa de manga corta que deja a la vista absolutamente todos los tatuajes de sus brazos; incluso parece haberse tatuado más desde la última noche que lo vi.
Hoy tampoco se ha abrochado los botones de la camisa, y los músculos del pecho se le marcan bajo esa cadena que alguna vez tuve columpiándose en mi nariz.
Lleva el pelo suelto, aunque se ha hecho un semirrecogido.
«¿Cómo puede ser tan exageradamente guapo? Es un imbécil y un capullo, no se lo merece».
La mano con la que sostiene el cigarro sigue repleta de anillos plateados y, esta vez, logro fijarme también en una especie de brazalete que, barato, barato, no parece.
He echado de menos esos ojos.
«No, Dahlia, no... Por favor».
Trago saliva y bajo la mirada hacia el móvil. Por fin lo tengo en la mano. Mis dedos tiemblan ligeramente cuando marco el número de Oshida. Rezo a Dios diez veces en un solo segundo para que conteste: da tono una vez, dos...
—¿Dahlia?
—¿Oshida? ¿Eres tú? —El corazón se me va a salir por la boca.
—Sí, claro. ¿Estás bien? ¿Pasa algo?
—Siento muchísimo llamarte a estas horas —digo, dándole la espalda al Porsche—, pero...
He perdido el último tren. ¡Ya sé lo que vas a decir!
Soy una irresponsable y debería haberlo previsto, pero...
—Me muerdo el labio—. Sé que te pongo en un compromiso pidiéndote esto, ¿podrías pasar a recogerme?
Necesito pasar la noche en algún lado y apenas conozco la ciudad...
El próximo tren es a las seis de la mañana y no me siento demasiado segura esperando durante tantas horas aquí, sola.
Noto sus ojos clavados en mi espalda, pero los ignoro.
—¡Por favor, faltaría más! No te preocupes, mi mujer estará encantada de acogerte en casa y te puedes quedar con nosotros el tiempo que haga falta. No permitiría que te quedaras tirada aquí, sola. ¡Por favor! Te presentaré a mi hija, Kaede; os llevaréis genial.
Suspiro, aliviada.
—¡Muchísimas gracias! Pues te espero aquí, estoy justo delante de...
Una presencia se materializa detrás de mí. Keith me arrebata el móvil de la mano y lo aparta de mi oído, colgando la llamada como si nada.
—¡¿Qué coño estás haciendo?! —grito, girándome hacia él.
La rabia me estalla en el pecho y siento cómo todos mis músculos se tensan y el cuerpo se me prepara para defenderse incluso antes de tiempo.
Keith no responde. Me sostiene la mirada fijamente, con el teléfono aún en la mano, como si acabara de desarmarme. Luego se lleva el cigarro a los labios, da una última calada lenta y profunda y lo deja caer al suelo. Lo apaga con el pie, despacio, sin dejar de mirarme.
Ese gesto me hiela la sangre.
—Sube al coche.
Parpadeo, incrédula.
—¿Perdona?
Se coloca frente a mí, demasiado cerca. Invade mi espacio sin tocarme, obligándome a alzar la barbilla. Puedo contar cada anillo en su mano y cada vena marcada en su antebrazo. Huele a humo, a cuero, a él. A recuerdos que no quiero despertar.
—No te lo voy a repetir.
—No voy a subirme a tu coche ni aunque me lo ordene la policía.
Una sonrisa torcida le curva los labios, peligrosa y satisfecha.
—Te lo ordena la fiscalía —responde—. Y créeme, es mucho peor.
Aprieto los puños.
—Estás completamente enfermo.
—Puede ser —afirma—, pero ahora mismo solo tienes dos opciones.
Alza ligeramente mi móvil.
—O subes al coche por las buenas... O por las malas.
—¿No tienes más frases?
—Todas las que quieras.
El corazón me golpea con fuerza contra las costillas.
—Ni se te ocurra tocarme.
Keith ladea la cabeza, mira hacia el cielo y se lame el labio.
—No tengo ninguna intención de montar un espectáculo aquí fuera —susurra—, y menos aún arrugarme la camisa.
—Nadie nos está viendo —sonrío, irónica—. No voy a subir a tu puto coche. Dame mi móvil, Keith, me estás cabreando.
—Perfecto, Hawthorne. Tienes toda la razón: nadie nos está viendo.
No tengo tiempo de procesarlo.
Keith se mueve de golpe; en un segundo está frente a mí y, al siguiente, siento su mano cerrándose con firmeza alrededor de mi cintura. El aire se me escapa de los pulmones en un jadeo ahogado.
—¡Suéltame! —grito, clavándole las uñas en el antebrazo.
Ni se inmuta.
Con una facilidad insultante, me levanta del suelo y me carga sobre su hombro como si no pesara absolutamente nada. El mundo se me gira, la sangre me sube a la cabeza y el bolso resbala de mi hombro.
—¡Estás loco! ¡Bájame ahora mismo! —Pataleo, golpeándole la espalda—. ¡Eres un puto psicópata!
—Relájate —dice—. Vas a despertarte mañana con agujetas.
—¡Te voy a denunciar por acoso y te vas a pudrir en la cárcel! ¡Soy abogada, imbécil!
—Sí, sí —responde, sujetando mi bolso con el brazo libre antes de que caiga al suelo—. Como te he dicho antes, procura no arrugármela demasiado o me la tendrás que planchar cuando lleguemos a casa.
«¿Cuándo lleguemos a dónde?».
15 de julio, Porsche de Keith
Me lleva hasta el Porsche, ignorando mis insultos, mis golpes torpes y mi dignidad —por cierto, hecha pedazos—. Abre la puerta del copiloto con una sola mano y, sin ningún tipo de delicadeza, me deja caer en el asiento.
—¡Me has hecho daño! —Grito, incorporándome de golpe.
Keith se apoya sobre mí un instante y me tira el bolso sobre el regazo. Su rostro queda peligrosamente cerca del mío. Demasiado.
—No seas dramática.
—¡Dame el puñetero móvil!
Me mira con una ceja arqueada mientras se incorpora y cierra la puerta de un portazo. Rodea el coche con tranquilidad, como si no acabara de secuestrarme en mitad de la estación, abre la puerta del conductor y se sienta al volante con toda la calma del mundo.
—Está confiscado.
—¿Cómo que confiscado? Te voy a...
—Buenas noches, inspector —Keith desbloquea mi teléfono como si nada y entra en mis chats.
Se va directo al contacto de Oshida y aprieta el botón de audio—.
Me temo que no hará falta que venga a recoger a la abogada a ninguna estación; la fiscalía ya ha tomado medidas.
Espero contar con su absoluta confidencialidad, como siempre. Adiós.
—No acabas de hacer eso.
Arranca el coche sin mirarme siquiera. El motor ruge bajo nosotros y la estación empieza a quedar atrás.
—Eres un desgraciado —suelto, con la respiración aún agitada—. No tenías ningún derecho.
Gira la cabeza lo justo para mirarme. Sus ojos brillan y mis mejillas se sonrojan.
—Hawthorne, creo que aún no has entendido cómo funcionan las cosas aquí.
—Aquí, ¿dónde?
—Estás en mi país. Y ahora estás en mi ciudad.
—¿Me la suda?
—Me voy a quedar tu teléfono un rato más. Eres muy mala y muy malcriada.
Aprieto los dientes y el calor me enciende el pecho.
—Cuando me baje de este coche, voy a partirte todos y cada uno de los dedos de la mano para que sepas que no se cogen las cosas de los demás sin permiso.
Una sonrisa lenta se dibuja en sus labios.
—No creo que te convenga hacer eso, bala de plata. Y lo digo por ti, eh —saca otro cigarro y se lo enciende como si nada.
Me arden las mejillas antes de poder evitarlo. No ha dicho nada explícito, pero no es necesario. Nunca es necesario cuando se trata de nosotros.