El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 18. #4
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Capítulo 18. #4

Es entonces cuando me topo con un pequeño incinerador de metal, oxidado y parcialmente cubierto por ramas, escondido entre la vegetación.

Al principio no sé qué es: parece una especie de horno olvidado, sin marcas de uso reciente...

Pero la curiosidad me empuja hacia él, y me agacho, levantando la tapa con cuidado.

Dentro hay un pañuelo blanco, chamuscado y arrugado, que no parece haber ardido por completo.

El borde está ennegrecido, pero gran parte del tejido conserva su color original.

Lo observo detenidamente y levanto la ceja.

Es extraño... Muy extraño que alguien haya intentado quemarlo y no lo lograra.

La idea de que esté relacionado con el caso se me cruza por la mente, y hallarlo en un incinerador en una zona bastante alejada de la escena del crimen me da mala espina.

—¿Quién lo habrá puesto aquí? —susurro para mí misma, mientras lo toco con cuidado, sintiendo la textura áspera de las partes quemadas—. ¿Y por qué ha intentado destruirlo?

Mi instinto me dice que podría ser importante.

Si es una pista, es algo que la policía y la fiscalía han pasado por alto hasta ahora.

Con cuidado lo recojo, evitando tocar demasiado el tejido, y lo guardo en una bolsa de plástico que llevaba en mi bolso.

Lo conservo allí con la intención de enviarlo a analizar a la policía científica de Tokio.

Ellos sabrán darme respuestas, aunque todavía no sé cuáles.

Me quedo un momento más contemplando el jardín. Ese lugar está cargado de secretos y es un laberinto de misterios, donde incluso un pañuelo chamuscado podría convertirse en algo capaz de cambiar por completo el rumbo de los acontecimientos.

Guardo la posible prueba en el fondo del bolso, entre mis cuadernos y el estuche de bolígrafos, asegurándome de que no se mueva demasiado. Dejo atrás el jardín y bajo las escaleras, por fin, alejándome del Templo Katsura.

El taxi me espera pacientemente en el borde del camino de grava.

Abro la puerta trasera y me acomodo en el asiento, saludando al conductor.

Esta vez le pido, en un japonés chapurreado, que encienda la radio si no le importa, y el hombre dice que sí sin problema.

La silueta del templo se refleja en el retrovisor, y el cielo está teñido de estrellas y de un azul eléctrico profundo.

Me siento extrañamente pequeña frente a la magnitud de todo lo que he descubierto hoy.

El viaje fue breve. Cada calle, cada árbol y cada casa que pasábamos me parecía espectacularmente bello. La noche es más silenciosa que la mañana; y supuse que todo el mundo habría acabado cansado de tanta celebración. Algo dentro de mi corazón se enternece y se entristece al mismo tiempo.

15 de julio, Estación de tren de Kioto

Al llegar a la estación, el taxi se detiene frente a la entrada, iluminada por faroles de neón. Me despido y camino hacia los tornos metálicos, sin fijarme demasiado en lo que me rodea. Abro el bolso y saco el billete mientras respiro hondo.

Paso el tiquet por la máquina y cruzo las vías hasta el andén. La estación está casi vacía, con apenas un par de viajeros dispersos que acaban de desembarcar y caminan hacia la salida con su equipaje. Es tarde, y mi tren parte a las 22:00 en punto. El último programado hacia Tokio.

Todo parece... Sospechosamente tranquilo.

—Qué tranquilo que está todo, y eso que vengo con el suficiente tiem...

Llevé la mirada al reloj de la muñeca y se me para el corazón de golpe: las 21:59.

—No... No... No... ¡Vamos, no me jodas! —grito, dando un par de vueltas como una loca en el andén—. ¡Esto no puede estar pasando! ¡Mierda, mierda, mierda!

Alzo la cabeza y en las pantallas no veo ningún aviso de embarque, solo el reflejo de mi propia desesperación brillando en el suelo.

Empiezo a agobiarme. El último tren... El último. El que debe llevarme a casa.

—Perfecto, todo está bajo control... Si por control se entiende que estoy a punto de quedarme aquí tirada —gruño, echando a correr con los tacones golpeando el suelo con fuerza.

Corro con todas mis fuerzas, aun sabiendo que voy a llegar tarde. Este momento de mi vida lo llamaría “mi plena etapa de negación”, en general. La vía cuatro quedaba al otro lado, subiendo una escalera mecánica que... No funcionaba.

«Esto tiene que ser una cámara oculta», pienso.

Mi bolso golpea mi costado con cada zancada, y la bolsa de plástico con el pañuelo dentro parece susurrarme: "Esto se va a poner interesante".

«Vamos, Dahlia, si este tren se va sin ti, tu reputación de abogada se va directa al retrete», me digo mientras acelero.

Estoy atrapada en esta estación desierta como una idiota.

Al pisar el último escalón, veo cómo las puertas del tren se cierran justo delante de mí.

—¡Espera, no te vayas, por favor!

Pero gritarle a un vehículo de aproximadamente cuatrocientas toneladas que ya está en marcha no va a cambiar nada.

Respiro hondo, tratando de no parecer completamente ridícula corriendo por un andén casi vacío.

—Fantástico... Ni siquiera he tenido la oportunidad de entrar en el último segundo como la heroína de una novela de misterio —digo en voz alta, sacudiendo la cabeza y suspirando con fuerza.

Miro el reloj otra vez: las 22:00 en punto. ¡Maldita puntualidad japonesa, maldita noche y maldito incinerador de los cojones!

«Espero que ese puto pañuelo valga la pena, porque voy a dormir en el suelo», pienso.

—Esto es... Esto es un desastre —susurro, hundiéndome un poco en mis propias palabras.

«Enhorabuena, heroína del misterio: has sobrevivido a no desmayarte cuando te dijeron que tu cliente es culpable y a dos sospechosos de mierda que me van a hacer la vida imposible, pero no eres capaz de llegar puntual para coger un tren de dos horas y cuarto hacia tu casa. Bravo, genia.

Supongo que reservar el antepenúltimo nunca fue una opción. Y, ¿ahora qué? ¿Duermo aquí en un banco de estación? ¿Espero al primer tren de la mañana? ¿Mando un mensaje desesperado a Oshida?».

Verme atrapada en medio de la noche, sin saber dónde iba a acabar, con un pañuelo quemado en la bolsa y un destino que parece disfrutar burlándose de mí, es hasta poético.

La investigación puede esperar... Ahora el misterio más urgente es qué hacer en una ciudad enorme donde apenas conozco a nadie.

Salgo de la estación y me quedo plantada en la puerta, mirando la luna, pensando en lo absurda y ridícula que es mi vida. Todo esto es culpa de ese maldito pañuelo. Si mi curiosidad de gatita no me hubiera hecho perder esos casi diez minutos en el jardín, habría llegado a tiempo. La culpa es mía.

Si se lo contara a Nina, seguro que se partiría de risa y me diría que soy una pringada y que estas cosas me pasan por jugar a ser arqueóloga.

Me quedo de cuclillas, con los puños en las mejillas, delante de la estación. Es bonita, sí... Demasiado bonita para estar aquí sola como una tonta. Los farolillos iluminan mis ojos y un par de grillos rompen el silencio.

Tengo ganas de llorar y de reír al mismo tiempo.

No me queda otra: Oshida tiene que enterarse de esto. Sacar el teléfono y pedir ayuda es humillante, pero mejor eso que pasar la noche aquí sola, llorando por un pañuelo y un tren perdido.

—¡Gracias, mundo! —grito al cielo— ¡Justo lo que necesitaba antes de volverme completamente loca!

Mi voz rebota contra las paredes de la estación, acompañando mi desesperación y mi humor absurdo.

Pero entonces, pasa.

Un Porsche Cayman negro aparece de la nada, bajo la luz de la noche más bonita que existía, como la del día en que lo conocí por primera vez. La ventanilla baja lentamente y escucho su voz. Si pudiera, me la tatuaría.

—¿Con quién estás hablando, bala de plata?

Me quedo petrificada. El corazón me da punzadas en el pecho como si quisiera romperse, y los ojos casi se me salen de las órbitas.

—... ¿Keith?

Ahí está, mirándome desde el coche, y yo, con el vestido blanco manchado, el pelo revuelto y la respiración acelerada.

—Parece que has tenido un día intenso.

Con todas mis fuerzas quise lanzarle algo y, al mismo tiempo, odié que mi corazón se detuviera al oírlo.

Esto no iba a acabar bien.

Pero, siendo sincera, tampoco quería que lo hiciera.