El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 18. #2
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Capítulo 18. #2

Cada paso que doy me acerca a un lugar que mi cuerpo recuerda demasiado bien, como si ya hubiera estado aquí mucho antes de que se cometiera el asesinato.

El eco de mis propios tacones contra el suelo de madera me recuerda al del Templo Kōka.

Esta vez también estoy entrando en un territorio sagrado... Pero condenado de por vida.

◆◆◆

Al pasar entre las cintas que delimitan la zona vetada, mi piel se eriza.

Hace más frío que la última vez, y todo está exactamente donde debe estar: el lugar donde había caído el cuerpo, el ángulo desde el que había sido apuñalado, la disposición de los objetos, la tinta que se usó para dibujar los símbolos, el pincel...

—Déjeme adivinar —digo.

—Sí... Todo tiene las huellas de la acusada.

«El guionista que está narrando mi vida últimamente se lo tiene que estar pasando de puta madre, si me preguntas».

La primera vez que entré en esta sala no sabía lo que era mirar de frente una escena donde alguien había sido asesinado a sangre fría.

Lo supe aquí, lo aprendí aquí. El olor de la sangre todavía fresca, el silencio que se crea en una habitación donde sabes que ha habido mucha violencia y el peso invisible de una vida arrancada en segundos.

Volver ahora es distinto, pero duele igual.

Encima de la mesa hay una urna de seguridad que la policía solo usa en casos extremos, donde es muy importante que la prueba se conserve exactamente como se encontró.

Dentro veo el arma del crimen: aislada, silenciosa, inofensiva...

Pero solo en apariencia. Toda la hoja está cubierta de sangre seca.

Akane me ofrece unos guantes y me los pongo con cuidado. Es entonces cuando la cojo y su peso cae en mis manos de golpe.

—...

No digo nada en voz alta, pero dentro de mí, lo que llevo pensando desde que leí el informe en esa carpeta negra me alerta internamente.

«Lo sabía».

Pesa demasiado.

Incluso para mí, sostenerla con ambas manos requiere fuerza y tensión.

Siento los músculos de los antebrazos activarse y los dedos apretarse con más fuerza de la que esperaba. Quiero mantener el gesto firme y neutro para que Akane no note que estoy haciendo un sobreesfuerzo por agarrarla sin que se me caiga a los pies.

Pero lo estoy haciendo, y me hace recordar que hay ciertos puntos de mi vida donde siempre seré débil, aunque lo intente. Este es uno de ellos.

La imagen de Yuko aparece en mi cabeza e intento visualizarla con todas mis fuerzas.

«Es pequeña y frágil, y mide más o menos lo mismo que yo...

Quizás te diría que es incluso un poco más baja, así que no puede superar el metro cincuenta y siete.

La he abrazado, la he tocado y la he sentido temblar entre mis brazos: esa chica no está en forma y no tiene demasiada fuerza.

No tiene cuerpo para esto y, desde luego, no tiene la fuerza suficiente para levantar una cosa así con una sola mano...

Y menos aún para clavarla con la violencia que exigían las heridas de Takashi Yamanaka.

¿Por qué nadie se ha dado cuenta de esto? ¿Qué está pasando?».

—...

Devuelvo el arma con cuidado a su soporte, como si tuviera miedo de que pueda romper algo más que una prueba.

«¿Nadie ha cuestionado el peso, la altura y la fuerza real que exigía ese ataque?».

Las dudas empiezan a reptar por mi estómago.

«Lo han pasado por alto... ¿O alguien ha querido que pasara desapercibido?»

Keith.

Él es el primero que evaluó a Yuko y que trató directamente con ella. Conoce su estado físico mejor que nadie.

Y si hay alguien con el suficiente poder para “ajustar” un informe... Si alguien puede llegar a omitir o modificar ciertos detalles sin dejar huella... Es él.

No hay forma real de demostrar algo así de manera objetiva, porque la fuerza física no se mide con exactitud, pero siempre se puede mentir, siempre se puede exagerar y siempre se puede maquillar la realidad.

Yo misma lo hago, con lo que me concierne.

Pero esto... Esto huele a algo sucio. A algo intencionado. A algo que no encaja.

Ahí es cuando me doy cuenta de que no solo acabo de confirmar que Yuko es inocente y no habría sido capaz de hacerlo, sino que, además, alguien se ha asegurado de que pareciera que sí.

Y ese alguien está peligrosamente cerca de mi herida más abierta.

Akane nota el cambio en mi expresión casi de inmediato.

—¿Ocurre algo, Dahlia? —pregunta, observándome con atención.

Alzo la vista despacio, como si todavía estuviera vagando dentro de mis propios pensamientos. Le sostengo su mirada unos segundos antes de volver a mí.

—Está confirmado, entonces... ¿Que solo pudo usarla la acusada?

Ella asiente sin dudarlo.

—Sí, como le he repetido varias veces, no hemos encontrado otras huellas útiles en el arma. Créeme, lo hemos intentado todo.

Frunce ligeramente el ceño, ladeando la cabeza.

—¿Por qué lo preguntas? —añade—. ¿Te parece incorrecto?

Creo que la he mosqueado, porque me acaba de tutear. Supongo que sin querer le he hecho entrever que creo que su análisis está equivocado.

Durante una fracción de segundo estoy tentada a decirle lo que ha pasado por mi mente durante esos segundos de disociación y escupirlo todo, porque si señalo el peso, la fuerza necesaria, la incoherencia brutal entre el arma y el cuerpo de Yuko... Quizás...

Pero no.

Algo en mi interior me dice que aún no. Que todavía no puedo demostrarlo y me faltaban piezas. Hablar ahora sería precipitado... Y peligroso.

Fuerzo una pequeña sonrisa.

—No, no ocurre nada —respondo—. Solo quería verificarlo de nuevo, tengo esa mala costumbre. Me disculpo si te ha parecido grosero.

Akane me sostiene la mirada y me hace un gesto de “no pasa nada” con la cabeza, aceptando mi última respuesta.

Pero yo ya no estoy allí del todo porque, por dentro, mi mente arde pensando en cómo la fiscalía tiene engañado a todo el mundo, y no solo con datos falsos y pruebas inventadas.

Han hecho creer a todo el mundo que Yuko podría usar esa daga con su cuerpo, con su fuerza y con una sola mano.

Mis dedos se cierran con lentitud dentro de los guantes. Casi me hago daño.

«Pero las huellas están allí: las suyas, solo las suyas. Entonces, ¿cómo? ¿Cómo las han puesto ahí? ¿Cómo han podido limpiar las del verdadero culpable sin dejar rastro? ¿Cómo han logrado que quede tan limpio que parece incuestionable? Hay algo que se me está escapando... Y no logro ver qué es».

Akane se voltea y se acomoda en una silla de plástico blanca posada junto a la mesa.

—Señorita Hawthorne... Si me permite, me gustaría cambiar un segundo de tema y hablar con usted sobre los sospechosos.

—¿Se refiere a Erika Suzuki y Masaru Tanaka?

—Sí, tome asiento.

Me siento en la silla de al lado y cruzo las piernas y los brazos, observándola atentamente.

—Puede que haya cosas que todavía no sabe sobre ellos. Cosas que la policía ha descubierto y que hacen que ambos parezcan más sospechosos de lo que muestran en sus declaraciones. No hay pruebas al cien por cien, pero... Parece que tienen mucho más que ver de lo que me imaginaba.

«Te habrías quedado flipando si llegas a estar conmigo esta mañana en ambos interrogatorios».

Endurezco la espalda, intentando que la ansiedad en el movimiento repetitivo de mis piernas no me delate.

—Explíqueme.

—Empecemos por Erika —dice, inhalando profundamente—. Oficialmente, pasó la noche en el ala de invitados, en su habitación. Eso cuadra con su testimonio y con lo que Yuko declaró en el juicio, pero...

El señor Tanaka añadió al suyo esta mañana que escuchó movimientos leves cerca de su habitación y en las escaleras del pasillo, alrededor de la una y media de la madrugada.

Según él, no sabe a qué se debían, pero entre líneas se veía a leguas que hablaba de la señorita Suzuki.

Si ellos eran las únicas personas en esa planta, es de cajón.

En caso de que estuviera diciendo la verdad, eso sería suficiente para indicar que alguien estuvo allí, moviéndose o manipulando algo, aunque no pueda demostrarlo.

«A mí no me ha dicho eso esta mañana».

—¿Cuándo ha testificado esto?

—A primera hora de la mañana, sobre las ocho. Los hemos reunido en una sala junto al departamento científico e investigación criminal. Han hablado individualmente.

—Pues tenemos dos opciones: o me ha mentido a mí, o le ha mentido a la policía.

—¿Qué quieres decir?

—Les he entrevistado entre las diez y media y las once, si no recuerdo mal. Masaru Tanaka en ningún momento me mencionó haber escuchado a Erika salir de la habitación, ni sus pasos, ni ningún ruido sobre el pasillo. ¿Por qué iba a alterar su testimonio? El que les ha contado a ustedes le beneficia.

—¿No ha acusado indirectamente a Erika Suzuki?

—Su testimonio fue claro: me dijo que dormían en habitaciones contiguas y que solo podía confirmarme que, en el momento en el que decidió ir al baño antes de dormir, la vio salir y entrar a su cuarto.

Le pregunté si escuchó algo, pero textualmente añadió que «no escuchó nada más que el viento en las tejas».

Frunzo el ceño.

—No tiene sentido.

—Ninguno —añado—. ¿Qué necesidad de protegerla ante mí, si a la policía le había dicho lo contrario dos horas antes? ¿Pasó algo en esa franja de tiempo que le hizo cambiar de opinión?

Akane empieza a mover su cabeza de un lado a otro mientras piensa detenidamente en qué está pasando y por qué hay más de una versión.

—¿Podría ser...?

—¿Cómplices? —pregunto.

—Pero no encaja. Si trabajaron juntos, ¿por qué contarnos una cosa y después testificar lo contrario a la defensa?

—Puede que... Sean más cercanos de lo que creemos y que estén atravesando problemas personales.

La investigación se está alargando y eso acarrea muchas cosas.

Si discutieron por la mañana y Masaru testificó en contra de Erika para inculparla y luego se arrepintió, tiene sentido que alterara su testimonio.

Si hay algo de lo que me he dado cuenta esta mañana es que ambos son personas muy oscuras y con grandes motivos para asesinar a la víctima. Dos personas facilitan mucho más el trabajo que solo unas manos. Tiene sentido, pero, aun así... —Me acaricio levemente la barbilla.