El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 18.
53%

Capítulo 18.

(月の下で、あなたの緑の瞳と— Bajo la luna y tus ojos verdes)

El ruido del templo lleno de gente es tan característico...

Media policía de Kioto está allí —cosa que no me esperaba siendo el primer día después de tanto tiempo— y los nervios me explotan como fuegos artificiales.

Apenas ha pasado más de media hora desde que salí de la comisaría, pero parece como si me hubiera cambiado de un mundo a otro más oscuro y lleno de recuerdos dolorosos.

Me acerco despacio hacia la mesa, donde varios agentes revisan cajas, fotos y documentos metidos en fundas de plástico. De pronto, una ráfaga de flashes me hace parpadear por los reflejos. La científica está metida de lleno en su trabajo.

—¿Dahlia Hawthorne?

Me giro al escuchar mi nombre.

Frente a mí hay una mujer de unos cuarenta y muchos, con el pelo oscuro recogido en un moño y un porte que impone sin necesidad de elevar la voz.

Viste el uniforme de la policía científica como si hubiera nacido con él puesto, y tiene los ojos rasgados, de un negro oscuro que estoy segura de que no se pierde un solo detalle de lo que ocurre a su alrededor.

Es tan bella que me quedo absorta mirándola durante unos segundos e incluso mis mejillas elevan un poco el tono.

—Soy yo —respondo.

Se acerca con una ligera sonrisa profesional y me tiende la mano.

—Buenos días, mi nombre es Akane Aoyama. Soy la jefa de la policía científica asignada a este caso —Me da un apretón de manos directamente y me sorprendo—. Es un placer conocerla por fin en persona; he oído mucho sobre usted.

—El placer es mío —contesto—. Imagino que todo lo relacionado conmigo habrá llegado acompañado de trabajo extra.

Akane deja escapar una pequeña risa.

—Digamos que su presencia nunca pasa desapercibida. ¿Cómo se encuentra? ¿Qué tal ha ido el viaje desde Tokio?

—Largo... Y algo caótico —admito—, pero ya estoy aquí, que es lo importante.

—Me alegra oírlo, estábamos deseando que llegara. Su intervención en el juicio anterior fue impecable. Y, después de todo lo ocurrido, tenerla aquí hoy es fundamental.

Asiento con educación, consciente de la responsabilidad que implica llevar un caso así; esa sensación siempre llega antes incluso de que una pueda acomodarse del todo.

Mientras hablamos, no puedo evitar observarla con atención: La jefa de la policía científica es una mujer.

No sé por qué, pero no me lo esperaba. Tal vez por simple costumbre, por prejuicio o porque hasta ahora, casi todos los cargos elevados con los que me había cruzado habían sido hombres. El impacto es inmediato, y también me hace darme cuenta...

De que yo también lo soy.

Ella no tiene que alzar la voz para hacerse respetar porque su presencia es suficiente. Sus movimientos son minuciosos y la manera en la que todos a su alrededor responden a sus órdenes —sin balbucear y sin arrogancia— hablaba por sí sola.

Me sorprendo a mí misma admirándola.

Tiene la piel tersa, cuidada con disciplina, y unas ojeras suaves que delatan que había pasado un par de noches sin dormir ocho horas. Esa me la sé bien.

Su mirada transmite una combinación entre estar cansada y sufrir la pasión de su trabajo. Algo me dice que tengo delante a una de esas mujeres que lo han sacrificado todo alguna vez para llegar donde están... Y que, aun así, no piden permiso por ocupar su lugar, porque saben que les pertenece.

«¿Alguien me habrá visto así, alguna vez?».

—Si necesita cualquier cosa, informes, pruebas, fotografías, restos biológicos... Lo que sea —continúa—, no dude en pedírmelo directamente.

—Se lo agradezco mucho, de verdad.

—¿Se encuentra bien? —pregunta entonces, observándome—. La noto algo pálida.

Por un segundo estoy a punto de mentir, pero solo por un segundo.

—He tenido una mañana... Intensa. Pero ahora mismo estoy centrada en esto, es lo único que importa.

Akane asiente despacio.

—Aquí no solemos preguntar más de lo necesario. Este lugar ya pesa es bastante caótico por sí solo.

Algo dentro de mí se afloja.

—Se lo agradeceré más de una vez, estoy segura.

A nuestro alrededor, el equipo sigue trabajando sin descanso.

Recogen muestras microscópicas, analizan rincones del suelo, fotografían cada milímetro como si el templo pudiera volver a hablarles en cualquier momento y, por primera vez desde que he llegado esta mañana, siento que el caso vuelve a colocarse delante de mí con claridad.

No debo pensar en Keith, ni en Olivia.

Ni en el pasado.

Solo quiero resolver de una vez este crimen y destapar la verdad.

—Si le parece bien —dice Akane—, en unos minutos le mostraré los primeros avances que hemos obtenido hoy. Hay algunos detalles interesantes.

—Perfecto, le estoy muy agradecida.

Nos separamos y me quedo en mi sitio durante unos segundos más, observando el ir y venir de todos, intentando anclar mi mente al presente.

Inhalo despacio y observo mi alrededor. Estoy pisando el templo de nuevo después de unas duras y largas semanas. Por ahora, eso tiene que ser suficiente para evitar pensar en cosas... Innecesarias.

Akane regresa unos minutos después con una carpeta negra bajo el brazo. Su expresión ha cambiado, aunque sigue siendo cordial. Aun así, hay algo en su mirada, un matiz que me hace pensar que ha ocurrido algo de lo que todavía no me han informado.

—He hablado con mi equipo —dice mientras se coloca a mi lado—. Podemos empezar por las huellas del arma, si le parece.

Le hago que sí con la cabeza.

—Acompáñeme, está en la escena del crimen.

Caminamos hacia la sala ceremonial y mi corazón empieza a latir con fuerza. Volveré a ver con mis ojos el lugar donde todo empezó.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que pisé el tatami de la escena del crimen.

Los símbolos escritos con tinta en el suelo, la sangre seca de la víctima esparcida por todas partes, la silueta del cuerpo marcada con cinta blanca...

Un temblor involuntario me sube por la columna y, durante un segundo, aparto la mirada y entrecierro los ojos, no queriendo ver lo que tengo delante, pero jamás podré olvidar.

Akane me guía hasta una mesa metálica donde varias pruebas reposan bajo plásticos transparentes, conservadas exactamente tal y como han sido encontradas. A lo lejos, en otra mesa más apartada y custodiada, distingo el arma del crimen: la daga ceremonial, intacta y todavía manchada de sangre.

—No voy a andarme con rodeos —dice—. Hemos repetido el análisis varias veces, con distintos métodos. Luminiscencia, reactivos químicos, contraste digital... Hemos agotado prácticamente todas las opciones.

Tengo un mal presentimiento.

—¿Y...?

Me sostiene la mirada sin apartarla.

—Las únicas huellas visibles en el arma son las de la Yuko Nakamura.

El mundo no se detuvo, pero algo dentro de mí sí.

—Solo... ¿Las suyas? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.

—Solo las suyas —confirma—. No hay huellas parciales de terceros, ni completas, ni solapadas. Nada.

Trago saliva.

—¿Es posible que alguien las haya borrado?

—Esa fue nuestra primera hipótesis. Pero no hay marcas claras de limpieza profunda.

El metal conserva restos biológicos, fibras, trazas microscópicas...

Borrar solo las huellas de una persona sin alterar nada más es extremadamente complicado.

Casi imposible, de hecho. Solo un profesional podría hacerlo, con conocimientos muy avanzados.

El nudo en mi estómago se tensa.

—Entonces...

—Entonces, si lo vemos desde una perspectiva estrictamente dactiloscópica —me interrumpe—, el arma la señala directamente a ella.

Durante unos segundos no soy capaz de emitir sonido alguno. Solo percibo, muy lejos, las voces del equipo, el clic de las cámaras fotografiando quién sabe qué y el crujido de los guantes de látex al ajustarse sobre una mano... Todo suena terriblemente normal para lo que acabo de escuchar.

—¿Puedo ver el informe? —le pido.

Akane asiente y me tiende la carpeta negra.

Las imágenes son nítidas... Quizás demasiado, para mi gusto. Cada línea, cada curva y cada poro de la piel está perfectamente contrastado contra el metal del arma. Las huellas corresponden sin lugar a duda a Yuko y no hay margen de interpretación.

Deslizo varias páginas en silencio. Una... Dos... Tres...

Y entonces lo veo.

Algo pequeño y sutil, pero suficiente para detenerme.

Todas las huellas... Pertenecen a la misma mano.

Levanto la vista despacio.

—Estas huellas... ¿Son solo de la mano derecha?

Akane frunce ligeramente el ceño y vuelve a observar las fotografías.

—Sí, todas coinciden con ese patrón.

Mi pulso se acelera.

«Solo una mano».

Cierro la carpeta con cuidado, y empiezo a trazar conexiones. Si Yuko hubiera empuñado el arma con ambas manos... Si hubiera luchado... Si hubiera forcejeado... Debería haber restos de la otra.

Pero solo había una.

«Y si no la sostuvo como alguien que iba a matar... ¿Sino como alguien que la tocó después?».

No digo nada en voz alta.

Me limito a escucharla, fingiendo que esa información solo es un detalle más. De momento no quiero decir nada, porque sé que cualquier pequeña cosa que los demás no hayan percibido y yo sí, lamentablemente, podría acabar jugando en mi contra.

—Gracias por enseñármelo, Akane, necesitaba verlo con mis propios ojos.

Akane me observa con cautela y su expresión se neutraliza. Casi parece que se siente culpable.

—Sé que no es la noticia que esperaba.

—No lo es —admito—. Nunca lo son, cuando se trata de este caso. Pero necesito escucharlas todas, incluso las que duelen.

Hay un breve silencio entre nosotras.

—¿Desea ver el arma en persona? —pregunta entonces.

La miro de inmediato.

—Sí, por favor.

Pude intuir como duda una fracción de segundo al escuchar mi respuesta, pero acaba guiándome hacia ella.

—Acompáñeme.

Caminamos juntas hacia la mesa y mi respiración se ralentiza sin que yo pueda evitarlo. Es la primera vez desde que acepté el caso que iba a ver con mis ojos el arma del crimen. Estoy a punto de tocarla con mis propias manos.

Y supe, antes incluso de tenerla delante, que nada volvería a colocarse en su sitio después de eso.

—Aquí está.

Avanzamos hasta el rincón más apartado de la sala.