El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 17. #4
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Capítulo 17. #4

Oshida llevó prácticamente toda la conversación con naturalidad, y ellos empezaron a contarme los casos más difíciles y complicados de su carrera: errores que les habían costado caro, lecciones aprendidas a base de frustración...

Yo solo escuchaba, e incluso anotaba en mi libreta algunas expresiones o frases que no entendía en japonés.

Aunque no lo parezca, había aprendido mucho desde que llegué, y no solo en lo jurídico —ni sentimentalmente, al parecer.

Poco a poco, empecé a hablar de mí: cómo había llegado hasta allí, los líos en los que te metes por ser abogada, el peso de defender a mi primer cliente condenada por asesinato. Me escucharon curiosos y respetuosos, sin juzgarme.

Por un instante, me sentí solo yo, y no la profesional atrapada en un torbellino del que, últimamente, me costaba salir.

Indudablemente, ha sido un desayuno distinto, pero me he reído más de lo que había hecho en días.

Al terminar, me levanto y Oshida me mira, asintiendo.

—Si os parece bien, yo me retiraré ya. Tengo mucho trabajo todavía y se me hará tarde si me quedo. Muchas gracias por el desayuno, que tengáis un buen día.

—Gracias, señorita Hawthorne, que tenga una buena investigación —contesta uno de ellos.

—Muchas gracias —miro a Oshida—, ¿te parece bien si me voy adelantando?

—Sí, claro. Haruto, ¿podrías acercarla al Templo Katsura?

—Por supuesto, jefe. Ahora mismo voy a por el coche.

—Después te llamo —guiño un ojo y me levanto.

—Suerte, querida, tú puedes.

◆◆◆

Cojo mi bolso y salgo de la cafetería. El camino hacia la escena del crimen está cerca de nuevo y hago todo lo posible para que mi cabeza pueda funcionar correctamente sin explotar en mil direcciones.

Subo al coche con Haruto, uno de los confidentes del inspector Oshida, y los veinte minutos de trayecto se me hacen eternos a la vez que duros. Volver allí siempre me recordará a él, de alguna manera.

Pues fue donde nos conocimos por primera vez.

—Hemos llegado, señorita Hawthorne. ¿La ayudo en algo?

—Gracias, Haruto. No te preocupes, subiré sola. Conduce con cuidado.

—A su disposición. Que tenga un buen día.

Bajo del coche y lo veo alejarse, mientras ante mí están aquellas escaleras que el primer día subí junto a Fukuda y Oshida.

«Cómo es la vida...».

Una bocanada de aire levanta mi vestido y enreda mi pelo. Solo debo subir unos escalones y ahí estaría.

Se dieron órdenes de que se pudiera conservar la belleza del templo sin alterar nada que pudiera entorpecer la investigación, así que varios agentes de la policía de Kioto habían estado haciendo tareas de mantenimiento externo: cuidaban los árboles, mantenían limpio el patio y se aseguraban de que los peces koi y los peces dorados que vivían en los pequeños riachuelos estuvieran alimentados y protegidos.

15 de julio, Templo Katsura

Delante de mí se alza el Torii del templo Katsura, imponente y solemne.

El Torii son dos pilares verticales que sostienen un travesaño horizontal, formando un arco sencillo pero elegante, pintado de un rojo intenso que brillaba bajo la luz del sol.

Es imposible no notar cómo separa el mundo cotidiano del espacio sagrado, y cruzarlo es como atravesar un umbral invisible: dejabas atrás el ruido, la prisa y las preocupaciones para entrar en un lugar donde todo parece más pausado, más controlado... Más sagrado.

En los santuarios sintoístas, los Torii son puertas sagradas de madera o piedra que marcan el límite con el mundo de los kami: los espíritus.

«Es una lástima que aquella fatídica noche los espíritus de Katsura no pudieran llegar a protegerte de la muerte, Yamanaka».

E iba a vengar plenamente que le hubieran arrebatado todo eso, podéis estar seguros.

Cada vez que miro ese arco rojo, entiendo que no es solo una puerta, sino la entrada a una pesadilla: la pesadilla a la que tendría que poner fin para que el alma de Takashi Yamanaka pudiera descansar en paz.

◆◆◆

Delante de la puerta que lleva a la sala ceremonial me encuentro con todo el equipo, que lleva en plena acción desde las seis y media de la mañana: la fiscalía, la policía metropolitana, la científica y algunos hombres de confianza de Oshida que están revisando documentos, discuten entre ellos sobre las pruebas y se responsabilizaban de la cadena de custodia para que la investigación siga sin tropiezos.

Sus miradas se posan en mí cuando me ven llegar y la mayoría me reconoce sin preguntar.

Observo a lo lejos una mesa principal —improvisada para reuniones fuera del templo— y empiezo a absorber los detalles del lugar.

Todo está listo para sumergirme en la investigación sin distracciones...

Aunque sabía que los ecos de los interrogatorios y las dudas sobre la desaparición de Keith iban a desconcentrarme.

«Odio a los hombres».

Mi rol está claro: enfocarme en demostrar que Yuko es inocente, analizar una y otra vez las pruebas, los testimonios y dejar que la tensión personal espere, aunque solo sea un poco, en el borde de mi conciencia.

Y aunque la sombra de Keith sigue rondando en mi mente, tengo que morderme el corazón y apuñalármelo con una daga idéntica a la que clavaron en el corazón de la víctima. Con la gran diferencia de que estoy segura de que yo no podría sangrar ni un mililitro.

Solo hay una persona que puede hacerme sangrar el corazón ahora mismo.

Y no está aquí.