Capítulo 17. #3
—Lo siento, Dahlia... Pero no es posible. —Se inclina hacia mí, bajando la voz—. Necesito contarte algo muy importante, pero necesito que no se lo cuentes a nadie, y cuando digo nadie, también incluye a Mina, Takumi y Hattori.
Un temblor recorre mi espalda y mi corazón se acelera.
—Eh... Sí, claro —Me preocupo y mi cuerpo empieza a necesitar respuestas inmediatas—. No se lo diré a nadie.
Oshida apoya ambos antebrazos sobre la mesa, entrelaza las manos y sostiene mi mirada durante unos segundos que se hacen densos y largos.
—He tomado una decisión al margen del procedimiento habitual —dice por fin—. Yuko ya no está en la comisaría.
Siento cómo el cuerpo se me tensa de inmediato.
—¿Cómo que no está aquí? —pregunto, alarmada.
—He tramitado un arresto domiciliario excepcional —explica—. La hemos trasladado a un pequeño templo en un barrio tranquilo de Kioto... La dueña es familiar mío y vive sola junto a sus hijas mayores. Es un lugar discreto, aislado y tranquilo.
El corazón se me sale por la boca y mi cabeza se imagina a Yuko fuera de los barrotes. Ahora está en otro templo a cielo abierto, un lugar donde puede respirar, aunque seguramente esté vigilada.
—Kudo lleva un tiempo desaparecido y... Mantenerla aquí, rodeada de este ambiente, estaba acabando con ella.
Siento un nudo en la garganta y cierro los ojos, pensando en cómo se ha debido sentir todo este tiempo desde que su maestro murió.
—Llevaba demasiado tiempo arrestada y cada día se apagaba un poco más —añade—. Yuko no es una criminal, Dahlia. Es solo una chica de veintiún años... Una niña, en muchos sentidos.
Bajo la mirada, incapaz de responder. Empiezo a sentir alivio y culpa.
—No tiene familia, no tiene padres... —dice—. Su única familia era la víctima, y ahora también ha perdido eso.
El silencio que se crea entre nosotros es totalmente justificado.
En ese momento solo puedo pensar en lo injusto que es tener que vivir día tras día en una celda, siendo una mujer frágil como Yuko, cargando con el peso de que todo el mundo crea que eras una asesina y sabiendo que jamás volverás a lo que había sido tu casa, porque ahora es el escenario de un crimen horrible.
Lo peor es sentir que tampoco puedo ayudarla más que desde la distancia.
—Cuando hablé contigo esta mañana por teléfono... No podía dejar de pensar en ello —alza la vista de nuevo—. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Seguir viéndola marchitarse detrás de estos muros?
No sé qué decir. Me siento impotente.
—Está vigilada veinticuatro horas, por supuesto. No he dejado que lo humano me quite lo irresponsable... Pero al menos duerme en un futón y se despierta con los primeros rayos del sol.
Siento cómo la piel se me pone de gallina. Esa simple frase me llena de consuelo y me llevo la mano a mi corazón. Sé que no puedo tocarla, que no puedo hablarle ni abrazarla, pero la idea de que respire aire limpio me apacigua.
—La fiscalía se opondría frontalmente a esta decisión, y tú lo sabes mejor que nadie —añade—. Por eso nadie sabe que está allí. Nadie. Solo yo... Y mis hombres más cercanos.
Lo entiendo.
—Ni Fukuda... ni Takumi... —Susurro.
—Nadie —me aclara—. Y ahora tú.
Se incorpora un poco más hacia mí.
—No puedes decirle esto a nadie, Dahlia. Si saliera a la luz, me metería en un problema serio, pero confío lo suficiente en ti como para que entiendas la situación.
Trago saliva y sé que, si no soy prudente, yo también voy a meterme en un problema muy gordo. Es el segundo gran secreto que me toca cargar y que no puedo compartir con Takumi, Fukuda ni Mina.
Siendo sincera, la culpa me come por dentro: no se lo merecen.
—¿Entonces está bien?
—Sí, está bien. Más de lo que lo estaba aquí.
—Cuando el juez lo autorice formalmente, podrás volver a interrogarla —añade—, pero hoy no podrá ser.
Me giro y le doy la espalda, mirando al suelo y clavando las uñas en mis brazos con fuerza.
—Confía en mí, Dahlia —dice Oshida con firmeza—. Lucharemos por ella.
—Sí —respondo, cortante—. Pero que sepas que, si algo le ocurre...
Mi tono de voz cambia.
—Lo sé —me corta—. No ocurrirá.
—Perdóname —digo, dándome la vuelta—. Simplemente no me lo esperaba, pero ha sido muy noble por tu parte haber hecho esto por ella.
Oshida me observa unos segundos.
—Sabía que lo entenderías, y en cuanto a hoy... Ya que has terminado de interrogar a los dos sospechosos, lo ideal sería que te dirigieras al templo Katsura otra vez.
Allí está trabajando desde temprano mucha gente: parte de la fiscalía, la policía metropolitana, la policía científica y varios auxiliares brindando apoyo y seguridad.
Te esperan para ayudarte con todo lo que necesites.
Yo no podré acompañarte porque me necesitan presencialmente aquí, pero te las apañarás bien.
Me enderezo un poco, como si el hecho de poner rumbo al templo pudiera ordenarme el caos que aún me zumba en la cabeza.
—Confías mucho en que no te caiga un buen puro por dejarme sola y que rompa cualquier cosa.
—Sé que no lo harás, si quieres dormir los próximos tres meses —sonríe.
—No, por favor, cualquier cosa menos eso —digo, irónica—. Está bien, iré de inmediato.
Oshida hace un gesto de negación con la cabeza y se acerca hacia mí.
—Espera un segundo, jovencita. No pienso dejar que te marches sin desayunar antes.
Frunzo el ceño y suspiro como una niña pequeña.
—Lo siento, inspector, pero no tengo tiempo... Ni hambre. Aprecio la intención, de verdad, pero necesito llegar al templo cuanto antes.
—De ninguna manera. ¿Puedes dejar de ser tan cabezona? Esa cabeza tuya no va a funcionar con el estómago vacío.
Estoy a punto de llevarle la contraria, pero justo entonces algo dentro de mí decide traicionarme: mis tripas rugen con un estrépito considerable y mis mejillas se ruborizaron tanto que no puedo evitar soltar una carcajada del tamaño de una ciudad entera y taparme la cara con ambas manos por la vergüenza del ruido que he soltado en el momento más inoportuno.
Oshida parpadea y, en cuanto nuestras miradas chocan, los dos rompemos a reír al mismo tiempo. Aquella risa inesperada abre una grieta diminuta de luz en el caos de toda la mañana.
—Está bien —cedo entre risas, aun intentando recuperar el aliento—. Supongo que un desayuno rápido no va a matar a nadie.
Sonríe, satisfecho. Le bastaba con saber que había ganado la conversación.
—Eso quería oír —dice mientras se levantó y recoge sus cosas—. Anda, sígueme.
Me seco la lágrima que me resbala por la mejilla por la risa de apenas unos segundos y me ato el pelo con una pinza.
—¡Por cierto! —Oshida se gira de inmediato con la mano ya puesta en el pomo de la puerta—. No me has dicho cuál ha sido entonces el encuentro del año.
«Lo llevas claro, cariño».
—¿Tú no querías ir a desayunar? —Me adelanto, abro la puerta y camino hacia el ascensor.
—Dah... ¡Oye, espera! ¡Dahlia!
◆◆◆
La tormenta de pensamientos cesa por un buen rato.
Después de aquella larga conversación, bajamos juntos a la cafetería de la comisaría.
La luz natural que entraba por la ventana me tranquilizó, y el ruido de las fotocopiadoras y de los pasillos quedó atrás: ahora olía a café recién hecho y a tostadas con mantequilla.
Nos sentamos junto a varios de sus hombres, y observé la complicidad que tenían, esa que solo se construye tras años trabajando codo con codo.
Aunque debo admitir que, desde que conocí al inspector Oshida, supe que sería alguien con quien sería muy fácil trabajar.
Tiene un alma pura, y eso se nota; como algunos que yo me sé y que ojalá estuvieran sentados en esta mesa ahora mismo.