El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 17. #2
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Capítulo 17. #2

—He llegado esta mañana —respondo, cruzándome de brazos—. Poco informada tienes que estar para no saberlo, si la investigación se ha reabierto hoy y trabajas en ella.

Olivia entrecierra los ojos y un destello de furia asoma en su mirada.

—Vete a Tokio, no pintas nada en Kioto.

Suelto otra carcajada mezclada con incredulidad y molestia.

—¿Cómo puedes ser tan poco profesional de darle órdenes a la abogada del caso? —digo, manteniendo la cabeza erguida—. No desmerito tu trabajo; sé perfectamente que eres la detective de la fiscalía, pero deberías saber quiénes van por encima, querida.

—Eres una zorra —me contesta con dureza, y la rabia que intenta contenerse termina saliendo con veneno incluido—. Nadie me dijo que hoy aparecerías en esta comisaría, y si lo hubiera sabido, no te hubiera dejado entrar.

—¿Te parece normal hablarme así, Carter? ¿Acaso te he hecho algo?

La observo en silencio. Sus ganas de sacarme fuera de ahí son evidentes, y, por un momento, me hace dudar de si todo este frío y este desprecio hacia mí tienen algo que ver más allá del fiscal.

—¿Sabes dónde está Keith? —Ignora mi pregunta y suelta la suya—. Tengo la sensación de que lo sabes y no quiero que me mientas. Dime dónde está.

Me quedo congelada un segundo. Jamás me habría esperado que me hicieran esa pregunta a mí hoy, y mucho menos ella.

—No tengo por qué saberlo —digo, sorprendiéndome incluso a mí misma por lo segura que suena mi voz—. Y, si lo supiera, ¿por qué iba a decírtelo?

Olivia no responde. Aprieta los dientes y clava la mirada en mí; parece un cuchillo que intenta no apuñalarme en cada intento de mantener la calma.

Yo respiro hondo y me obligo a no perder la compostura, aunque me resulta casi imposible, teniendo en cuenta que la misma persona que creía que llevaba semanas en la cama con él... Ahora me está preguntando dónde está.

Eso solo puede significar que realmente no lo sabe y, de algún modo, me alivia, aunque me cueste admitirlo.

—No te hagas la ingenua —dice—. Sé que sabes dónde está y quiero que me lo digas, porque lleva un mes sin responder mis mensajes ni contestar mis llamadas.

Me quedo en shock un segundo, sin saber qué contestar.

—Deja de ser tan obsesiva —suelto—. No tengo ni idea de dónde está ese desgraciado, y sinceramente, tampoco me importa. Solo estoy en Kioto por trabajo.

Ella no baja la guardia ni un instante. Sus ojos brillan con rabia y desafío... Me incomoda.

—Sé que me ocultas algo —insiste.

Me cabreo, respirando hondo antes de soltarle el comentario más pasivo-agresivo que voy a hacer en toda la mañana.

—Si no sabes dónde está, es porque seguramente él no tenga ningún interés en hacértelo saber. Así que tal vez deberías preocuparte más en hacer bien tu trabajo y no meter las narices en los asuntos de la defensa. Me estás empezando a agotar la paciencia, Olivia, y te prometo que me queda poca.

Olivia no mueve ni un dedo, como si mi comentario no la hubiera intimidado en absoluto.

—Jamás había desaparecido así —dice—. Y todo esto ha pasado desde que tú llegaste a Japón... Sé perfectamente que tienes algo que ver.

Enderezo la espalda y respiro hondo.

—Deja de meterme en cosas en las que no pinto una mierda —respondo, agresiva—. Con tu permiso, tengo mucho trabajo que hacer.

—¡No te atrev...!

Me alejo rápidamente, dejándola con la palabra en la boca y tratando de recuperar el rumbo hacia el baño, sin mirar atrás.

—¡Todavía no hemos terminado de hablar, Dahlia Hawthorne! ¡Vuelve aquí! —me grita a lo lejos. Su voz resuena por todo el pasillo—. ¡Esto no va a quedar así!

Hago oídos sordos y continúo hasta ver una puerta con un pequeño icono de una mujer estampado en negro. «El baño, por fin», pienso.

Acelero y cierro la puerta tras de mí con fuerza; no puedo controlarlo.

Giro el pestillo y suspiro mientras apoyo las manos sobre el mármol frío, mirándome en el espejo, con el corazón todavía retumbando.

En ese momento solo pienso en abrir el bolso y rebuscar hasta el último rincón, esperando encontrar alguna benzodiacepina, pero sé que no voy a encontrar nada, porque aún no he tomado la decisión de ir al médico, ni al psicólogo, ni a ningún especialista que pueda ayudarme a calmar toda esa ansiedad acumulada en el pecho.

Lo único que tengo son unas putas pastillas para el resfriado, que no me van a servir de nada.

«Me cago en la puta, tío, estoy harta...», pienso, mientras caigo al suelo y empiezo a llorar con fuerza, intentando controlar el volumen del llanto para que no me escuchen. «No puedo más, me quiero ir a mi casa, estoy cansada...».

Luchar contra mi cabeza era un problema que arrastraba desde hacía muchos años.

Desde muy pequeña tuve que aprender a batallar contra las ganas de irme de casa, de abandonar a mi familia, mis estudios, mi trabajo...

E hice un esfuerzo interno que requirió mucha fuerza de voluntad por mi parte.

Todas las decisiones que he tomado desde que tengo uso de razón me han llevado hasta donde estoy hoy, eso está claro, pero a veces tenerlo todo no es sinónimo de ser feliz.

Mi madre está sana y recuperándose mentalmente del peor trauma de su vida, acompañada por su única hermana, la única persona que sé que puede cuidar bien de ella en mi ausencia.

Me he graduado en una de las mejores universidades de Derecho de todo el país, he trabajado en un bufete que me ha dado un sueldo digno para poder pagar la casa y ahorrar a la vez, y me han ofrecido la mejor oportunidad de mi vida: mudarme a Japón y empezar mi carrera como abogada defensora penalista.

Me obsesioné con alguien que no me quería, pero me di cuenta de que realmente no estaba enamorada y salí ilesa de ese amor.

Vivo en una casa preciosa desde donde se puede ver la torre de Tokio, he conocido a gente maravillosa que ama lo mismo que yo y...

Este asesinato y este hombre me están arrebatando todo lo que he hecho para estar estable y feliz.

No quiero salir de aquí. Necesito resolver ese crimen y... Necesito... Alejarme de él... De él... De...

—¡Hola! —alguien toca a la puerta—. ¿Disculpa, está ocupado?

Me levanto de golpe y me sacudo las lágrimas con los dedos rápidamente, dándome la vuelta hacia la puerta.

—Sí... ¡Disculpa, ahora mismo salgo, un segundo!

Es inevitable que mi mente gire sin control.

Keith lleva días desaparecido y las ganas de tenerle encima son mucho más fuertes que las de odiarle.

Me he obsesionado con sus ojos, sus pecas, su piel, sus tatuajes, su mirada...

Y cuando no has besado a alguien a quien te mueres por besar, es muy difícil no imaginarlo a cada momento.

Una parte de mí ha pensado constantemente estos días que Keith no me dijo la verdad aquella noche y que de verdad está manteniendo algún tipo de relación con Olivia. No necesariamente tiene que ser formal: pueden follar, besarse y hacer vida de pareja sin serlo, pero...

Pensar en esa posibilidad me genera dos tipos de sensaciones.

La primera es buena, porque si realmente está centrado en ella, mejor para mí.

En ese caso, lo único que me queda por hacer es desearles una vida eterna de injusticias e infelicidad, la misma que se dedican a buscar en los demás cuando están pisando la corte.

Pero... La segunda es totalmente distinta. Es ese sentimiento que toda mujer ha sentido en algún momento: saber que alguien tiene en sus manos algo que tú ansías con toda tu alma. Y eso da mucha rabia, mucha.

◆◆◆

El frío del agua cayendo bajo mis manos, el eco lejano de los pasos de la gente, mi reflejo en el espejo... Me lavo la cara, me mojo la nuca, retoco mi maquillaje como puedo para que no parezca que acababa de llorar a lágrima viva y abro la puerta.

—Disculpe por cerrar —digo—. ¡Buenos días!

Cuento hasta diez, me ajusto el vestido y me alejo del baño para volver al despacho de Oshida. Necesito concentrarme en algo tangible: los informes, los expedientes, los testigos, el templo... Cualquier ancla que me permita regresar al presente.

Llamo a la puerta y entro. Sus manos se mueven con precisión, pasando páginas y tomando notas. Está completamente absorto en lo que tiene delante.

—Inspector —digo—. He vuelto.

—¿Estás mejor? —levanta la mirada y deja de hacer lo que está haciendo, apoyando las manos sobre la mesa.

—Perfectamente —respondo—. Y bien, ahora que ya he interrogado a Masaru y a Erika... ¿Qué tengo que hacer a continuación?

Oshida alza la vista de los informes y fija sus ojos en los míos.

—¿Algo que no implique desmayarte? —sonríe.

Miro hacia el cielo.

—Basta con la broma, te lo suplico. Suficiente he tenido con el encuentro del año.

Oshida se levanta de golpe de su mesa y abre los ojos como si hubiera visto un fantasma.

—¿¡Keith Kudo!?

Le miro, petrificada.

—No —respondo.

«La madre que me parió».

—Oshida... —Llevo el dedo índice al centro de mi frente y aprieto con fuerza—. Te lo pido, por favor, no vuelvas a nombrar ese nombre en mi presencia.

—¿¡Sí o no!?

—¡No! Joder.

Oshida se deja caer en su silla y suelta un suspiro.

—Dios mío de mi vida, Dahlia... Me has dado un susto de muerte. No vuelvas a hacer eso jamás.

—¡Has sido tú solito!

Le miro; está muy nervioso y parece que le ha afectado de verdad pensar que Keith había vuelto a la comisaría, pero no puedo esperar a que me explicara el porqué, y más bien, quiero evitarlo.

Mi cabeza está demasiado ocupada con otra preocupación mucho más importante que hablarle de Olivia o de Keith.

—Siento interrumpir esta conversación tan "importante" que estamos teniendo, pero necesito ver a Yuko —insisto, poniéndome seria—. Tengo que saber que mi cliente está bien. Por mucho que confíe en que me digas que la tienen cuidada, ha pasado demasiado tiempo desde el juicio. Necesito verla.

Su mirada se endurece y respira hondo antes de hablar.