El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 17.
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Capítulo 17.

(あなたにだけ、私は傷つけられる— Solo tú puedes hacerme sangrar)

Salgo del despacho lentamente, cerrando la puerta con cuidado. Estoy demasiado cansada emocionalmente como para dar un portazo.

El pasillo de la comisaría está vacío y solo hay sobre mí una luz blanca. Apoyo mi cuerpo sobre la pared y cierro los ojos mientras me llevo las manos a las mejillas, dándome un par de palmaditas.

«Oshida va a flipar cuando le cuente lo que ha pasado ahí dentro, no me lo puedo creer... Siempre me tocan a mí los más raros, parece que tengo un imán pegado en el culo».

Avanzo hasta la zona principal, donde me habían recibido esta mañana, y veo al inspector junto a la máquina de café con el vaso hirviendo en la mano. Su mirada está dispersa: no está hablando con nadie, no mira el móvil... Solo observa por la ventana.

—¿Oshida?

Se gira repentinamente hacia mí cuando oye mi voz.

—Dahlia —dice—. Perdona, estaba en mi mundo.

—No hace falta que me lo jures —sonrío.

—¿Has terminado?

Asiento, despacio.

—Por ahora sí.

—¿Y qué tal los interrogatorios?

Me apoyo en la pared, al lado de la máquina de café, y dejo caer la cabeza hacia atrás. Las palabras frías de Erika y la voz quebrada de Masaru vuelven a mí. Son dos discursos tan distintos que me han dejado exactamente en el mismo punto: ninguno me lleva a la verdad, todavía.

—Peor de lo que entré —confieso—. Ahora mismo estoy más confundida que antes.

Oshida hace una pausa y me mira inquieto.

—Eso suena a que necesitas hablar.

Suelto una pequeña risa seca.

—Eso suena a que tengo demasiadas cosas que ordenar antes de atreverme a decir nada en voz alta. Solo te diré que ambos parecen culpables... Y, a la vez, ninguno parece serlo del todo.

No digo más. No quiero. Basta con eso.

Él me observa con atención, frunciendo ligeramente el ceño.

—Entiendo... Tienes mala cara.

—Me duele bastante la cabeza.

—¿Es por el interrogatorio?

Niego despacio.

—Estos días he estado en cama con fiebre; apenas he dormido bien. Y ahora... —Hago un gesto vago con la mano— Ahora todo esto.

Durante un instante, su expresión se endurece con preocupación.

—¿Y por qué no me lo has dicho? No era necesario venir enferma.

—No podía dejarlos para mañana.

Oshida suspira despacio, cruzándose de brazos.

—Siempre empujas más de lo que tu cuerpo aguanta.

No le discuto.

—Podemos hablarlo luego —añade—. Con calma... Cuando tengas la cabeza despejada, si te parece bien.

Asiento.

—Te lo agradecería. Ahora mismo siento que ambas versiones se me superponen: han hablado de venganza, de odio, de culpa... Te prometo que no me lo esperaba. Me he encontrado algo completamente distinto a lo que creía.

—¿Sentías que sería más fácil?

—No lo sé, realmente. Creo que simplemente no me esperaba que tuvieran tanto trasfondo con la víctima. Puede parecer más sencillo, depende de cómo lo mires, pero... Siento que todo está mezclado y no quiero sacar conclusiones precipitadas.

—Me parece lo más sensato que te he oído decir hoy, después de saber que has venido medio fantasma a trabajar —responde con un leve gesto irónico.

—Ya estoy recuperada, y a mí no me llames fantasma —Le doy un pequeño codazo irónico.

—No entiendo cómo los jóvenes os ponéis tanto peso encima.

—¿Habló? Venga, dime, —Apoyo mi codo sobre la máquina expendedora de nuestra izquierda— ¿Sabes que lo primero que he pensado al llegar a la comisaría es cuántas noches habrás dormido aquí y no en casa con tu familia?

—No tantas —responde, sonrojado.

—Tu hija te va a matar, y tu mujer, ni te cuento. No sabes la de veces que mi madre me ha llamado enfadadísima porque eran las doce de la noche y todavía no había vuelto a casa. Este trabajo nos va a volver locos algún día.

—La locura también es parte de la cordura, Dahlia. Se necesita un poco de las dos. Dime, ¿preferirías estar haciendo otra cosa?

Lo miro fijamente, pensativa.

—Creo que no —respondo—. Creo que no serviría para hacer otra cosa.

—Todos servimos para más de una cosa, pero no todos hacemos más de una cosa bien.

—Estoy intentando hacer esta cosa bien —digo, enfatizando la palabra "esta".

Suspiramos a la vez y observamos nuestro alrededor. Todos están trabajando y se mueven de un lado a otro.

Algunos llevan aquí toda la noche y están recogiendo sus cosas para terminar el turno e irse a casa; otros llevan ya más de cuatro cafés encima.

Cada uno va un poco a su bola, pero todos ellos parecen muy concentrados en lo que hacen.

A veces me siento muy distinta a ellos: yo no llevo uniforme, ni pistola, ni la gorra de plato, pero... Tengo algo que ellos no.

Mi distintivo de abogada.

Esa plaquita plateada con una balanza en el centro que me acredita como lo que soy.

Y de la que me siento muy orgullosa, aunque esté ante el caso más complicado de toda mi carrera.

—Vete a tomar algo —Oshida rompe el silencio—. Tómate tu tiempo y luego seguimos hablando, si te parece. Estaré en mi despacho.

—Gracias, inspector.

Me separo de la pared y echo a andar por el pasillo con la cabeza dándome vueltas y los tacones arrastrándome. Noto aún el eco de las palabras de ambos testigos latiéndome en la nuca, como si ninguno hubiera terminado de marcharse del todo.

Y mientras me alejo, con la cabeza palpitándome y el estómago cerrado, solo quiero pensar en una cosa.

Pero no lo hago.

Lo primero que me viene a la cabeza es el baño; necesito un respiro y un momento para recomponerme y aclarar las ideas antes de seguir. Pero al recorrer el pasillo, me doy cuenta de que no tengo ni idea de dónde está el más cercano.

Veo a una policía joven y sola, apoyada contra la pared mientras revisa unos documentos en su tablet. Me acerco, intentando no asustarla.

—Disculpe, señorita, ¿podría indicarme dónde está el baño más cercano?

La mujer levanta la mirada y se sonroja.

—Buenos... Días. ¿Señorita Hawthorne?

—Buenos días. ¿Nos conocemos? —pregunto, con la ceja levantada.

—No, usted no me conoce. Pero... Estuve en el juicio del caso Katsura en Kioto porque soy alumna en prácticas de investigación criminal. Su defensa fue increíble —me hace una leve reverencia—, gracias por su trabajo.

—Gracias, eres muy amable —sonrío—. Tus palabras me han alegrado el día.

La jovencita vuelve a sonrojarse y sonríe.

—Oh, ¡disculpe! Sí, el baño... Tiene que ir todo recto y girar a la derecha —alza el brazo—, no tiene pérdida.

Asiento, agradecida, con una leve inclinación de cabeza.

—Muchas gracias, jovencita, y gracias también por su labor. Nos vemos en la corte.

Me tiende la mano y se la doy, como muestra de cariño y agradecimiento. Es curioso cómo un gesto así, apenas de alguien que no conozco pero que sabe quién soy y lo que hago, pueda sacarme de esta tormenta de pensamientos por un instante.

Gracias a sus indicaciones, sigo caminando hacia mi destino, pero justo cuando estoy a punto de doblar la esquina, me topo con alguien inesperado.

Me mira de arriba abajo y sus grandes ojos marrones se abren como platos. Está claro que no esperaba encontrarme allí.

Va vestida con un traje gris y unas botas que la hacen mucho más alta que yo: al menos quince centímetros.

Sus hombros se rigen y acerca los papeles que llevaba con ella hacia su pecho, como si quisiera ocultármelos.

Todo me indica que no soporta haberse cruzado con alguien en ese momento, y mucho menos conmigo.

—Dahlia Hawthorne —dice con la voz seca, sin un rastro de cordialidad.

Trago saliva, intentando asimilar que la tengo delante mientras las dudas sobre Keith y Olivia revolotean como pájaros en mi pecho.

—Olivia —respondo, lo más neutral posible.

«No debería estar aquí si está con Keith», pienso, sintiendo cómo se me forma un nudo en el estómago.

Me sorprende verla ante mí después de tanto tiempo sin saber nada de ella.

En otro contexto, me habría dado pereza volver a cruzarme con esa mujer y, probablemente, la habría ignorado mirando hacia otro lado después de lo que pasó la última vez; pero ahora es diferente.

Su presencia trae consigo ecos de celos e incluso puedo sentir que existe cierta rivalidad profesional entre nosotras —algo lógico, si estoy pisando su territorio de trabajo—, pero eso no es lo que más me importa.

Si Olivia está ahora mismo en la comisaría y Keith no, entonces... ¿No están juntos?

La idea me martillea la cabeza una y otra vez.

Hace tres semanas que no tengo noticias de Keith: no me ha llamado, no me ha escrito, ni tampoco me ha dado ninguna explicación de por qué vino realmente aquel día a casa y se fue sin más, después de haberme desvestido por la mañana y haberme confesado que se había follado a su compañera de trabajo por la noche.

Me dejó sola, con el corazón en un puño y las ganas de no haber aceptado jamás ese caso el primer día que pisé el bufete.

Por mucho que intento borrarle, estar aquí no ayuda. Y tenerla delante tampoco. Me imagino su cuerpo encima del suyo, besándole los tatuajes, agarrándole el pelo y la cadena mientras se lo folla en Dios sabe dónde: en su casa, en su cama, en su coche...

Y yo no.

—No esperaba encontrarte aquí —digo, intentando sonar profesional, aunque no puedo ocultar del todo mi sorpresa.

Olivia arquea una ceja y su respuesta es tan corta como cortante:

—¿Y dónde pretendías que esté? Trabajo aquí.

La miro con cara de asco.

—¿Qué cojones haces tú aquí? —me apunta con los ojos y se acerca un paso.

Suelto una risa seca y rodeo los ojos.

—Tranquila, gatita. ¿Te molesta?

—Esta es mi comisaría, no deberías estar aquí.

—Tú no decides dónde tengo que estar y dónde no, para tu información.

—Serás... —Se acerca con claras intenciones de tocarme, pero en ese momento pasan por nuestro lado un par de agentes que le hacen dar un paso atrás, ipso facto, carraspeando la garganta.

—¿Qué haces aquí, entonces? —sonríe falsamente.

«Qué mala que eres, te lo prometo».

—Tenía que interrogar a los dos testigos, aún no había tenido oportunidad.

—¿Cuándo has llegado? —pregunta, conteniendo la rabia.