Capítulo 16. #2
Le miro buscando alguna fisura donde desarmarlo, pero parece tener respuesta para todo. Siente pasión, dolor y desprecio por Takashi Yamanaka... Y un hombre con tantos sentimientos encontrados a la vez, puede ser violento y retorcido.
—¿Le mató usted?
—No habría podido hacerlo, aunque hubiera tenido esa daga en la mano. Me la habría quedado observando y limpiando en lugar de apuñalarle, señorita Hawthorne... Pero quizás, después...
Se hace un silencio y empieza a rascar la mesa con la yema de los dedos mientras mira al techo.
—¿Le mató por venganza? —pregunto, sin piedad.
—¿Vengar el arte? —se echa a reír, casi a lágrima—.
Suena poético. Una vez muerto, sus manos no llegarían a tocar más cosas...
Y estaría protegiendo al templo de su apreciado amo.
Pero ¿matar? No lo sé, no lo sé... —Me mira mientras sonríe fríamente—.
Algunas noches me dije: "Si desapareciera, el templo respiraría otra vez", pero hablarlo en la penumbra no es lo mismo que alzar una daga, querida.
—¿Entonces me está diciendo que es inocente?
—Lo soy, en mi alma, así será siempre.
Me canso y pongo mis brazos sobre la mesa, acercándome a él.
—Estoy cansada de tus juegos, Tanaka. Deja tu puta poesía a un lado y contéstame. ¿Lo asesinaste esa noche o no?
—Pero, si se lo digo y no lo descubre usted... ¿Entonces qué gracia tiene que sea abogada? Yo ya le he dicho que no lo maté. Si cree que lo hice, cúlpeme con pruebas. Le dejaré todos los mapas que tengo del templo para que no deje un solo rincón sin revisar.
«Asqueroso de mierda».
Lo miro con ganas de apuñalarlo yo misma, pero es un testigo y no puedo dejarme llevar por mis sentimientos: debo ser profesional, y eso implica no dejarme intimidar por nadie.
—¿Algo más que deba añadir? —pregunto, volviendo a mi sitio.
—Creo que está todo más que aclarado. Si me permite, tengo muchos lugares que visitar hoy, espero que tenga un buen día.
Se levanta de la silla, me hace una reverencia y se va, cerrando levemente la puerta, sin mirar hacia atrás.
Me quedo mirando la puerta cerrada con una sensación de angustia en el pecho.
Hay en él una herida auténtica: el amor por el templo y la rabia por ver cómo la víctima no lo trataba como se merecía, aparentemente.
Eso lo convierte en alguien con un motivo para querer acabar con su vida.
Sus lágrimas y su victimismo lo hacen parecer débil, pero si algo he aprendido después de tantos años en la corte, es que los débiles que se vuelven duros suelen dar el golpe donde duele.
Me quedo sola.
Dos testigos... Dos posibles culpables.
Dos relatos llenos de grietas.
Erika es como un hielo afilado y Masaru una psicópata victimista. Ambos tienen motivos y ambos podrían haberlo hecho... Pero, sin embargo, no soy capaz de deducir quién tiene más motivos para empuñar la daga.
Porque cuando todos parecen culpables, el verdadero asesino suele ser el que no está bajo el foco.
Me siento y dejé que el recuerdo de ambos interrogatorios vuelva a mí: la mirada de Erika, las manos nerviosas de Masaru, incapaces de ocultar su tormenta interna...
Dos formas opuestas de enfrentar el miedo y dos máscaras distintas para una misma escena.
A Erika no le tembló la voz ni una sola vez, pero eso no siempre es sinónimo de fortaleza; también se entrena en casa.
Sé que la frialdad no nace sola de uno mismo, sino que se cultiva.
Cada respuesta que me han dado la he percibido como un "incrimíname, pero yo no lo he matado", y este juego del "no fui yo" y el "pude haberlo sido" me cabrea y hace que me duela mucho la cabeza.
Me doy cuenta de que es hora de tomarme la medicina, si no quiero volver a enfermarme.
Tomo mi vaso de agua, abro mi bolso y allí están: las pastillas que me recetó el médico. Me raspa la garganta y hago una mueca de incomodidad, pero necesito mantenerme fuerte y cuidarme más que a nadie.
Masaru Tanaka es demasiado distinto a Erika. Su culpa no es criminal, sino más bien emocional. Es esa clase de testigos que tienen un peso sentimental demasiado grande y siempre te debates entre si matarían por amor o no.
Para mi gusto, los peores.
Pero el odio que siente por la víctima es ruidoso y no logro convencerme de que su admiración y cariño por él están por encima de las ganas de querer acabar con su vida.
Las heridas visibles que ha traído a la comisaría se ven a leguas y me ha convencido por unos segundos de que, si hubiera querido matarlo, no lo hubiera hecho de aquella forma.
El mismo testimonio que Erika: yo no lo hubiera hecho así.
Pero ha sido así, y ahí reside el problema.
Ese templo está lleno de fantasmas, de secretos enterrados bajo el suelo y de verdades que nadie quiere tocar sin mancharse las manos. Erika lo odiaba, Masaru lo despreciaba... Pero ese crimen no me huele a odio por el dinero, ni a venganza por destrozar algo que se ama.
Huele a otra cosa. Pero ¿a qué?
«¿Quién te ha matado, Takashi Yamanaka? ¿Por qué todos te odian? ¿Por qué Yuko no? ¿Quién eres en realidad? ¿Un cordero o un monstruo que vagaba por las sombras?».
Apoyo la frente unos segundos en mis dedos y siento mi pulso demasiado vivo. La única certeza con la que voy a salir de esta habitación es lo que ya sabía desde el principio: Yuko está atrapada en una telaraña que no había tejido ella.
La habían elegido.
No por azar, ni por error.
Alguien utilizó su inocencia y su pureza para meterla dentro de un sistema que devora a los débiles con facilidad. La habían convertido en el centro perfecto de la tormenta, y ahora todos pensaban que era una asesina.
Y lo peor de todo, y que he dejado para el final: Takashi Yamanaka quería destruir la guardilla que Yuko mencionó en el juicio. Quería destruirla antes de morir y no pudo. Esto cada vez se vuelve más interesante.
Respiro hondo y despacio, obligándome a recuperar el control, porque vuelvo a remarcármelo a mí misma.
«Estoy persiguiendo a alguien que lleva demasiado tiempo creyendo que no lo voy a encontrar, pero lo haré y te encerraré entre rejas, te lo prometo».
Aunque me cueste la vida.