El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 16.
48%

Capítulo 16.

(廃墟となった寺の痛み — El dolor de un templo en ruinas)

Masaru Tanaka entra al despacho como si le costara abrirse paso.

No viene con la compostura fría de Erika, sino con un porte distinto: encorvado, tímido y con una mirada bajo sus párpados que me pone en guardia desde el primer momento.

Masaru Tanaka es arqueólogo; un hombre al que le gusta hablar de antigüedades y tesoros ocultos con la misma devoción con la que otros rezan, y esa devoción le había hecho amigo de la víctima durante años.

El Templo Katsura le fascinaba y siempre que pasaba por Kioto, visitaba a Takashi Yamanaka. Estaba obsesionado con sus paredes y su historia, o al menos, eso es lo que dejaba entrever a los demás.

Trae encima un olor característico... Tal vez resina, tierra y el humo de velas de algún santuario. En su mano izquierda sostiene un pañuelo azul estampado que aprieta fuertemente con la mano, y los dedos le tiemblan. Parece nervioso.

—Buenos días, señor Tanaka, puede sentarse. Soy Dahlia Hawthorne, la abogada del caso —le indico.

—Gracias... —susurra—, por recibirme.

—Diga su nombre completo, edad y profesión para el acta —le pido con naturalidad.

—Me llamo Masaru Tanaka y tengo cuarenta y tres años. Soy arqueólogo desde que tengo uso de razón y especialista en arquitectura religiosa y conservación del patrimonio cultural —responde, pero su voz se rompe en la última palabra.

Escuchándolo, reviso los informes delante de mí: visitas continuas al templo, fascinación por sus rincones... Es un hombre que roza la devoción.

—¿Cuánto tiempo hace que conoce al maestro Yamanaka? —pregunto.

—Unos veinte años, más o menos —responde—. Fue él quien me enseñó a mirar una viga y leer el tiempo en ella. Iba allí no solo por él, sino por lo que su templo guardaba. Pensé que me comprendía y nos entendíamos. —Se queda un segundo mirando la mesa—. Lo respetaba y le quería, a mi manera.

Hablar de cariño con esa mezcla de fascinación y ternura me hace aflojar la guardia un instante, pero la profesión no absuelve a nadie.

—¿Por qué se alojó la noche del crimen en el ala de invitados? —continúo.

—Me lo pidió él mismo, porque quería que le acompañara para revisar unos planos que le había traído un arquitecto de la prefectura para hacer obras en la zona alta del templo.

Dijo que solo sería una noche y que podría volver al día siguiente —Masaru aprieta el pañuelo y deja escapar un suspiro largo—.

Yo no tengo casa fija... Voy trotando por Japón y me dijo que con mi ojo quizá vería algo que los suyos ya no lograban ver.

«Un momento, ¿acaba de decir lo que creo que acaba de decir?», pienso.

—Disculpe... ¿Puede repetir eso?

—¿El qué? —pregunta, con una ceja levantada.

—¿Quería hacer obras en la zona alta del templo?

—¡Ah, eso! Sí. Quería derribar las plantas que no se usaban y reestructurarlas. Si no recuerdo mal, su idea era convertirlo en un santuario de techo muy alto con un gran campanar, y la idea era derribar 3 plantas, contando la última, que era una especie de guardilla.

Lo sabía.

—¿Sabe qué había en esas plantas?

—Estaban vacías, señorita Hawthorne. No tuve acceso a ellas, pero eso fue lo que Takashi me comentó.

«¿Quería derribar la guardilla? ¿Por qué? ¿Qué está pasando?», pienso.

Anoto el testimonio de Masaru y continúo, intentando no perder el foco.

—¿Era habitual que se hospedara allí?

—Cada vez que lo necesitaba. A veces por semanas, a veces por unos pocos días... El templo y sus maderas me llaman.

—En el juicio se afirmó que el ala de invitados se cerraba por la noche y que no existía acceso al piso de abajo. ¿Usted salió de su habitación esa noche?

Se le quiebra la voz.

—No... Me acosté temprano, tenía la cabeza en otro sitio. Pensaba en las vigas, en la disposición de las placas, en cómo el sol golpea la puerta principal a cierta hora en verano... Tenía que estar muy descansado.

—Su compañera Erika Suzuki ha testificado lo mismo, que se fue a dormir temprano después de cenar. ¿Puede corroborar su testimonio?

—¿Erika? Ah, aquella mujer refunfuñona. Sí, la vi saliendo del baño y caminando hacia su cuarto. Dormíamos en habitaciones contiguas, pero solo puedo confirmarle que cuando yo fui al baño, la vi salir y entrar a su cuarto. No sé nada más.

—¿No oyó nada?

—Nada más que el viento en las tejas —responde—. Ni siquiera el movimiento de los linajes de madera al contraerse... Solo un silencio que ahora me parece ominoso.

«Qué vocabulario más extraño tiene este hombre...». Me mira como pidiéndome que crea en su inocencia, pero algo me hace desconfiar de él.

—¿Cómo describiría su relación con Takashi?

Su mandíbula se tensa.

—Complicada —responde—. Era un hombre con dos almas.

Supo querer las reliquias como nadie y al mismo tiempo las trataba como si fueran un negocio.

A veces, hablábamos hasta la madrugada sobre la restauración de un altar y, otros días, le veía firmar papeles que arruinaban la esencia de lo que defendíamos.

—¿Qué quiere decir con “arruinaban”?

—Utilizaba las donaciones de los viajeros para cosas personales...

—Puedo percibir la furia en sus ojos, pero lo dice mirando a la mesa—.

Vendía reliquias que él consideraba que no tenían ningún valor...

Cosas así. Yo le reproché muchas veces que no tratara el templo como un catálogo y se lo dije tal cual: "El templo no es un museo que venda sus obras a precio de mercado".

Su mano golpea la mesa con fuerza y sus ojos se cristalizan. No puedo creer que ese hombre esté a punto de llorar.

—¿Discutieron esa noche?

—Discutimos —admite—. Pero no fue una pelea vulgar, sino una de esas conversaciones que te dejan sin aliento porque te demuestran quién es la otra persona realmente. Le dije que estaba traicionando al templo y... Se rio de mí. Me llamó romántico, iluso, y que veía oro donde no había más que tierra.

—¿Lo amenazaste, Masaru? —aprieto el tono porque necesito crujir la coraza que veo en él.

—Takashi tenía formas de aplastar a la gente con aquella sonrisa de viejo que tenía...

—murmura—, y estuve a punto de decirle que, si se deshacía de según qué cosas, tendríamos problemas, pero no lo hice.

Cuando me fui a la habitación, sentí mucho odio y rencor.

¿Por qué era tan inútil? Ese viejo estúpido...

Entonces se pone a llorar. No a llanto, pero sí lo suficiente como para demostrarme todo el dolor que acarrean sus palabras... Y demostrarme que tiene más que un motivo para querer deshacerse de la víctima.

—Señor Tanaka... ¿Le disgusta Yuko?

—No la odio —contesta de inmediato—, pero no la entiendo.

Ella era la devota perfecta, obediente hasta la sumisión.

En mis ojos parecía un instrumento más del maestro.

Repetía sus plegarias sin entender la historia de lo que guardaban y a veces me molestaba que fuera tan ingenua, pero otras me daba pena.

No la culpo, pero tampoco la defendería.

Se le tensa la boca y frunce su frente.

Aquellas palabras suenan peligrosas. No porque afirmen que Masaru Tanaka es el culpable, sino porque tampoco adora a Yuko y podría perfectamente elegirla para inculparla por asesinato en su nombre.

—¿Usted vio a alguien entrar o salir del ala de invitados esa noche? —aprieto.

—No —respondo—. Nadie, al menos yo no oí nada, ni vi nada. Me dormí con la luz apagada, pensando en el dibujo de las vigas que había hecho antes de acostarme.

Es tan calculador, me da escalofríos.

—Entonces no puede demostrar su coartada.

—No la necesito —dice, y empiezo a notar desde que el interrogatorio ha empezado que su personalidad está dando un cambio para mal—.

No necesito pruebas para justificar que no maté a alguien que adoraba y, a la vez, me producía rechazo.

¿Qué me pide, señorita Hawthorne? ¿Que muestre el latido de mi corazón para que ustedes lo sepan? ¿Que lo entregue en bandeja?

«Qué persona más psicópata, Dios mío». Su mirada continúa mojada por las lágrimas de antes, pero no logro leerle.

¿Es una especie de amor—odio tan extraño como para llegar a matar?

Me está descolocando. Es fácil construir el cliché del arqueólogo atormentado...

Lo difícil es saber si su papel de víctima y sus lágrimas son ciertas o puro teatro.

—¿Cree que alguien quería incriminar a Yuko? —le pregunto, yéndome para otro lado.

—No lo sé —confiesa—. Pero la idea me revuelve por dentro.

Esa chica no debería tener enemigos, o al menos no tantos como para montar una farsa tan meticulosa.

Sin embargo, alguien realizó un rito grotesco para acusarla, y no es trabajo fácil para un aficionado. Una persona normal no podría hacerlo.

—Usted sí, ¿no? —levanto mi ceja.

Masaru me mira como si hubiera formulado la pregunta más importante de su vida.

—Alguien que conoce el templo como yo lo conozco sabría darle un final digno a esa sala ceremonial, pero ¿manchar de tinta ese tatami? Por favor, no me insulte.

Si alguien tiene conocimientos técnicos acerca del Templo Katsura, es él...

Sin duda. Debe tener un plano en su cabeza de cada rincón de ese sitio y estoy segura de que podría haber escapado del ala de invitados sin ningún esfuerzo, matarle, y volver a su habitación sin levantar ningún tipo de sospecha.

Masaru Tanaka, sin embargo, rechaza la idea de que la premeditación sea su estilo y testifica su rechazo hacia cómo se produjo el crimen.

¿Y si es todo un espectáculo y realmente no le importa nada, ni nadie? Pero conoce el templo y a la víctima desde hace veinte años... Y eso está demostrado en su historial policial. ¿Qué cojones está pasando aquí? ¿Por qué todo es tan confuso?

—Señor Tanaka —respiro—, ¿cree que el asesino conoce el templo mejor que usted?

Sonríe.

—No necesariamente mejor —matiza—. A lo mejor lo conoce de arriba abajo, o a lo mejor no tiene ni idea de qué se esconde más allá de la sala principal. ¿Quién sabe? A lo mejor Takashi merecía que lo mataran en la sala donde tanto rezaba.