Capítulo 15.
(真実の暗い仮面 — La oscura máscara de la verdad)
La puerta del despacho se abre y Erika Suzuki ya está sentada antes de que pueda darle paso a que lo haga.
Cruza las piernas y entrelaza los dedos de la mano, mirándome fijamente.
Su bolso de marca está posado sobre la mesa y me detengo unos segundos a observarla para intentar descifrarla.
La Erika que todos describen como eficiente y discreta desaparece aquí mismo.
Frente a mí hay una mujer fría, calculadora... Y me atrevería a decir que incluso, peligrosa.
—Coloque su bolso en el suelo, no puede haber nada sobre la mesa durante el interrogatorio —le ordeno. Si ella no colabora con su simple presencia, yo tampoco lo voy a hacer.
—Por favor, qué mala educación. ¿Así os enseñan a tratar a la gente en vuestro país? —Erika lleva la mano a su boca, tapándola disgustada, y cambia su bolso de sitio.
Ignoro su comentario de mierda.
—Dígame su nombre completo, edad y profesión para el acta —pido, intentando sonar autoritaria.
—Se lo diré porque estoy obligada, no porque me apetezca, que quede claro. Mi nombre es Erika Suzuki, tengo treinta y ocho años y era la secretaria personal de Takashi Yamanaka, desde hacía once años —responde sin inmutarse.
Once años. Once años para conocer los secretos de un hombre... O para aprender a manipularlos.
—Once años dan para conocer muy bien a alguien —comento, tratando de abrir la primera grieta.
Su sonrisa es apenas perceptible y un pliegue sutil en sus labios indica que está dispuesta a soltar veneno.
—O para aprender exactamente qué partes no conviene conocer —responde.
El silencio se apodera de ambas.
—La noche del asesinato, usted estaba en el templo. ¿Verdad?
—Correcto —contesta sin titubear.
—¿Por qué?
—Porque él me lo pidió.
—¿Siempre obedecía? —indago, recorriéndola con la mirada en busca de alguna fisura en su postura rígida.
Su sonrisa se curva un poco más, afilándose como una hoja.
—Solo cuando me convenía —responde.
Un escalofrío me recorre por dentro. Viene con el discurso aprendido de casa, eso está claro. Cada palabra y cada pausa están medidas porque no hay espontaneidad, ni veo culpa.
—¿Le convenía estar allí la noche en que murió?
—Depende desde dónde se mire.
—Entiendo que esa noche visitó el templo por trabajo, señorita Suzuki.
En el juicio se habló de que el ala de invitados se cerraba cada noche y no se podía acceder a la planta de abajo, donde sucedió el crimen, hasta el día siguiente.
¿Abandonó usted la planta de invitados y bajó a asesinar a la víctima?
—A mediados de mes siempre visitaba el templo durante un par de días para cerrar facturas y gestionar lo necesario para el mes siguiente.
Por lo que respecta a si abandoné ese piso, no. No salí en toda la noche.
—¿Puede probarlo?
—No necesito probarlo. No salí y punto.
—Es curioso que, si solo aparecía por el templo dos días al mes, justo estuviera presente el día que fue asesinado, ¿no lo cree?
—¿No cree en las simples casualidades, señorita abogada? —usa la psicología inversa.
—Las casualidades no tienen cabida en medio de un homicidio, señorita Suzuki. Si va a intervenir, hágalo con cosas que nos sean útiles a ambas. Gracias.
Creo que consigo adueñarme del momento y refunfuña, disimuladamente.
—¿Cómo era su relación con Takashi Yamanaka, la víctima? —pregunto, sin apartar mis ojos de los suyos.
—Cordial —responde, dejando que la palabra flote, sin añadir nada.
—¿Solo cordial?
—¿Qué quiere que le diga? ¿Que era un santo? ¿O que merecía morir?
No pestañeo. Sé que busca provocarme y medir hasta dónde puede llevar la conversación sin pruebas que la atrapen.
—Ninguna de las dos respuestas la dejaría en buen lugar.
—Qué pena —susurra—. Pero ese no es mi problema.
Algo cambia en su mirada cuando observa detenidamente la habitación y confirma que no hay cámaras grabando. Es mínimo, pero eso delató su verdadera naturaleza.
—Ah —murmura—. Entonces esto sí es una conversación de verdad.
Mi instinto me grita que estoy viendo caer su máscara. La Erika amable, discreta y servicial que figura en su expediente, desaparece.
—¿Cree saber cosas que nadie más sabe, Erika Suzuki? —insisto.
—Naturalmente —contesta, tajante.
—Cosas que podrían haberle dado un motivo para matarlo, ¿quizás?
—También —sonríe.
No niega nada, pero no afirma nada.
—¿Tenía motivos para odiarlo?
—Todo el mundo los tenía, señorita Hawthorne. La diferencia es quién se atreve a admitirlo —su tono es tan neutro que resulta escalofriante.
—¿Y usted se atrevería?
—Me atrevo a muchas cosas —dice, sin apartarme la mirada.
—¿A matarlo?
Se hace una pausa. Quiero despistarla, pero no sé si he logrado conseguirlo.
—Si lo hubiera hecho... No estaría aquí, esperando a reconocerlo. Y tampoco lo hubiera hecho de aquella manera tan... Exuberante y poco delicada. No va conmigo —acerca su mano al vaso de agua de cristal a su lado y toma un sorbo.
—¿Le debía dinero? —pregunto, cambiando completamente de tema.
—Sí —responde sin titubear.
—¿Mucho?
—Lo suficiente como para no dormir bien algunas noches.
—¿La chantajeaba?
—Yamanaka no necesitaba chantajear. Sabía exactamente qué hilos tocar.
—¿Y cuáles le tocó a usted?
—Los que dolían.
Se hace otro silencio. La sensación de culpabilidad se intuye fácilmente, pero hay algo en su testimonio que me descoloca.
—No ha testificado a nadie esto. ¿Por qué hacerlo conmigo? ¿Porque no la están grabando, o porque cree que nadie me creería si la inculpara?
—¿Por qué debería preocuparme porque me inculpe si yo no lo maté? —sonríe.
Erika no es una mujer corriente y he interrogado a muchas con su perfil, pero ella parece distinta.
No percibo que me esté mintiendo, pero estoy completamente segura de que no puedo confiar en ella y en nada de lo que salga por su boca.
Cuando una persona se balancea tanto en un testimonio, es complicado analizarla desde un punto psicológico y criminal.
—Cenaron juntos la noche del crimen, ¿verdad?
—Solo durante diez minutos. Me retiré temprano —responde.
—¿Por qué?
—Esa noche no me encontraba demasiado bien; me dolía la cabeza y el estómago. La comida de esa sirvienta no estaba buena, y casi vomito.
Me enfurezco.
—¿Por qué se dirige a Yuko como “sirvienta”?
—Porque es lo que es, ¿no? —ríe.
—Yuko Nakamura no es ninguna sirvienta. Es una devota que trabajaba dignamente en el templo y ayudaba a la víctima con su enfermedad y en las tareas de la casa.
—Lo que usted diga, abogada, pero esa niña solo era un estorbo y no sabía hacer bien su trabajo. Usted no tiene ni idea de nada. Deje de creer que sabe todo lo que ocurría en ese templo cuando desconoce absolutamente todo lo que había ahí detrás.
La idea de que Erika Suzuki me esté tratando como si fuera de todo menos la abogada del caso es lo de menos comparado con la rabia que me está recorriendo por las venas al escucharla hablar así de los demás e intentando desmeritar todo el trabajo que he hecho alrededor del Templo Katsura.
Pero no me voy a dejar intimidar por alguien que tiene mucho más que perder que yo al salir de esta habitación, eso está claro.
—Puede que no tenga ni idea de cómo era realmente la víctima, cómo trabajaba Yuko o qué intereses y desintereses se movían entre las paredes de aquel sitio, pero es mi trabajo encargarme de descubrirlo y usted está aquí bajo juramento para contármelo.
No me interesa lo que opine del trabajo que hacía la acusada, pero lo único que me está confirmando es que no tiene ningún interés en el bienestar de esa pobre joven y que le resultaría muy fácil inculparla de asesinato sin tener ningún remordimiento.
Erika frunce las cejas y suelta un leve chasquido entre los dientes.
—No he insinuado eso. Simplemente no tenía ninguna relación con esa mocosa y su comida estaba asquerosa. ¿Eso me convierte en una asesina? Si usted lo considera así, sabe que necesitará pruebas para hacerlo.
—No tengo pruebas que la incriminen, señorita Suzuki. Estamos aquí para que me cuente lo que pasó e hizo aquella noche. Todo lo demás, va sobre la marcha —sonrío.
Erika mira hacia otro lado y encoge sus hombros.
—Me gustaría saber si discutió con la víctima ese día.
—No alcé la voz —contesta.
—Eso no responde a la pregunta.
—Entonces sí, discutimos.
—¿Sobre qué?
—Sobre cosas que ya no le van a servir de nada y no tienen nada que ver con el caso.
—¿Sobre dinero?
—¡Siempre era sobre dinero, Dahlia Hawthorne! —Erika levanta la voz y apoya con fuerza sus manos sobre la mesa, mirándome fijamente, furiosa. La observo en silencio, midiendo sus gestos. Todo encaja, pero a la vez no prueba nada. Siento la sensación incómoda de estar frente a alguien capaz de todo.
—Señorita Suzuki... —digo, bajando la voz para no alterarla—. Hay personas que muestran un ápice de tristeza cuando muere alguien con quien han compartido once años.
—Y hay otras que respiran —dice, girando apenas un milímetro la cabeza—. Por primera vez en mucho tiempo.
—¿De verdad le debía tanto dinero?
—Cinco años. Cinco largos años pagando menos de lo que debía. La que sostenía la economía de ese templo era yo, pero eso nadie lo sabía.
El despacho parece más pequeño y la luz de la mañana cae sobre su rostro por la pequeña ventana circular que tenemos en la pared a nuestra derecha. He visto la verdadera Erika, la que nadie más vería, la que no iba a confesar ni aunque quisiera. Y no tengo ninguna prueba.
—¿Lo mató por el dinero? —pregunto.
—Lo habría hecho si no hubiera muerto esa noche.
O quién sabe, quizás sí que lo hice. ¿Qué importa?
Lo que me debe no lo recuperaré jamás, pero viviré tranquila en Osaka sabiendo que ese bastardo no olerá ni un solo yen mío en el infierno.
Dios le ha castigado por sus pecados. No podemos esperar a la muerte; a veces, simplemente llega antes por culpa de nuestras acciones.
Erika odiaba al maestro Yamanaka y tenían problemas de dinero. Muchos problemas, si me dejas. Pero ¿realmente sería capaz de matarle por ello?
—Puede retirarse —digo finalmente.
Se levanta y carga su bolso a su hombro como parte de su armadura. Antes de abrir la puerta, se gira y me lanza una última frase.
—Si yo le hubiera matado... Quiero que sepa que usted estaría ahora muchísimo más confundida. Que tenga buen día, abogada.
Y se va.
Me quedo sola y respiro con cuidado, consciente de una verdad terrible: Erika Suzuki podía ser todo lo que quisiera ser, incluso la asesina perfecta, pero de momento, no tenía forma de probarlo.
◆◆◆
He visto su verdadera cara, no a la secretaria discreta, ni a la asistente eficiente que se me describió.
He visto a una mujer que respira aliviada ante la muerte de un hombre con el que ha compartido once años.
La que ha hablado de Yuko como de un objeto y la que no necesita negar un asesinato para dejar claro que sería capaz de cometerlo.
Lo más inquietante no ha sido lo que ha dicho.
Ha sido cómo lo ha dicho.
No ha titubeado cuando ha hablado de dinero, ni ha bajado la mirada cuando me ha insinuado que le odia. No se ha protegido cuando ha jugueteado con la posibilidad de haberlo matado. Y una mujer que no se defiende... O es inocente hasta la médula, o tan culpable que no tiene nada que temer.
Erika parece no temerle a nada.
Cierro los ojos un instante y su última frase empieza a rondarme por la cabeza una y otra vez como un eco venenoso: "Si yo le hubiera matado, usted estaría ahora muchísimo más confundida."
No era una amenaza directa, sino algo peor. Lo percibí como una declaración de poder.
Erika no quiere absolverse, ni tampoco incriminarse. Quiere algo mucho más retorcido: demostrarme que, pasara lo que pasara, yo nunca tendría el control sobre ella. Que puede moverse entre la verdad y la mentira como si ambos terrenos le pertenecieran por igual.
Tiene un móvil sólido: el dinero y esos cinco años. Cinco putos años de una deuda que la ha ahogado mientras los demás vivían tan tranquilos. Tiene una relación rota con la víctima y un desprecio que no logro entender por qué hacia Yuko...
Es fría, tiene carácter y es inteligente.
Lo tiene todo, salvo las pruebas que me ayuden a incriminarla en el juicio como posible asesina.
Aprieto la mandíbula. Eso era lo que más rabia me da de esta clase de casos. Parece que todo encaja, pero... Nada encaja del todo. Parece que cada pieza es la correcta, pero ninguna puede fijarse en su sitio sin que el tablero completo se venga abajo.
Me da la sensación de que Erika no es una grieta en este caso, sino un muro diseñado para que cualquiera que intente escalarlo acabe cortándose las manos.
Pero, lo peor de todo... Es que no he percibido una mentira directa. He percibido omisiones, desvíos, y verdades cargadas de veneno, pero no una falsedad clara. Eso la hace infinitamente más sospechosa.
Me levanto despacio y camino hasta la ventana del despacho. En Kioto hay una ciudad completamente ajena a la guerra que se está librando en estas paredes.
Erika odiaba a Takashi Yamanaka. Eso lo tengo claro.
Pero odiar a alguien no es lo mismo que atravesarle el corazón con una daga ceremonial.
¿Verdad?
Me abrazo a mí misma sin darme cuenta. Algo dentro de mí me dice que acabo de hablar con alguien que juega a ser culpable... Y que quiere demostrar que nadie será capaz de alcanzarla jamás.
Quizás Erika Suzuki no aparenta ser el tipo de mujer que mata en un arrebato y, si lo hiciera, tal vez lo hubiera hecho con un método limpio y sin montar tanto espectáculo; no con un ritual sangriento preparado para incriminar a una chica inocente.
Así que, aunque me ha mirado con desprecio, aunque ha respirado aliviada cuando se ha ido y aunque rezuma culpa por cada poro... Algo no encaja.
¿Es ella la asesina de Takashi Yamanaka?
Si no lo es, el monstruo que ha empuñado la daga... Sigue suelto.
Y me continúa observando.