Capítulo 14. #2
Cuelgo y camino hacia la zona del parking.
El coche que me ha indicado Oshida está efectivamente aparcado en doble fila con las luces de emergencia encendidas.
Respiro hondo y doy un par de golpecitos a la ventana.
Los agentes me reconocen, tenía razón. Quitan el seguro y entro, dando los buenos días.
Una mujer y un hombre de mediana edad me reciben amablemente y, mientras me acomodo en el asiento trasero izquierdo, me permito un instante para cerrar los ojos y ordenar la cabeza.
No he pisado nunca la Comisaría Metropolitana de Kioto, pero... Es uno de sus lugares de trabajo.
Habrá pasado tanto tiempo allí que me asusta pensarlo.
La comisaría de Tokio es enorme, pero ya he hecho de ella un pequeño hogar.
No puedo decir lo mismo de Kioto y sé que se me sentiré como una extraña, pero debo ejercer mi deber como abogada e intentar descubrir qué pasó esa noche realmente.
Si esos dos testigos que dormían “presuntamente” tan tranquilamente en el templo tienen algo que ver, lo descubriré, de eso estoy segura.
Sin distracciones, por favor.
Es lo único que pido.
15 de julio, Comisaría Metropolitana de Kioto
El coche baja por una gran rampa que lleva al parking interior del edificio de la comisaría. Es alto, pero no tan moderno como el de Tokio. Desde fuera pude llegar a contar más de 20 plantas, así que seguramente lo tengan todo centralizado. Lo descubriré en breve.
Al salir del coche, los tres nos dirigimos hacia una puerta que conecta directamente con el ascensor. Allí, los agentes me explican que subiremos hasta la planta 17: investigación criminal.
Supongo que en esa gran planta Oshida ha dormido más de una noche. No tiene remedio.
Cuando las puertas se abren, los policías se despiden y me dicen que vaya hasta el final de un pasillo donde, aparentemente, se encuentra el inspector. Avanzo segura y el sonido de mis tacones suena por toda la planta.
Si no sabían que había llegado, ahora ya lo saben.
Veo como todo el mundo me mira de reojo y estoy segura de que varios de ellos me reconocen como la abogada de Tokio que vuelve para resolver el caso Katsura.
Oshida aparece de la nada desde el despacho central, con las manos entrelazadas tras la espalda, y al verme, camina hacia mí con los brazos abiertos.
—Pero ¡quién tenemos por tierras de templos! —dice, acercándose lentamente para darme un abrazo—. Menos mal que has podido llegar sin contratiempos. ¿Qué tal estás?
—¿Quieres la verdad o la mentira?
—Querida, te doblo la edad, te prometo que aquí he interrogado a más gente que veces he bebido agua.
—¿Qué os dan de comer en Kioto? Te prometo que intento acostumbrarme, pero no puedo —río ligeramente.
Se apoya brevemente sobre un escritorio, mirando los informes dispersos.
—Quien nace para esto, muere para esto, ya lo sabes. Ha pasado casi un mes desde que nos vimos —comenta—. La pausa no ayudó a nadie y todo esto se volvió un poco... Caótico. Sobre todo, la fiscalía.
Trago saliva y el corazón empieza a acelerarse muy rápido.
—¿Qué quieres decir?
—Fue... Muy extraño. De repente, el fiscal no apareció por aquí ni una sola vez.
Sus hombres trabajaban día y noche, pero cada vez que alguien les preguntaba, les decían que no podían decir nada sobre su jefe en su ausencia.
En todos los años que llevo aquí, y créeme, lo he visto entrar siendo un niño y convirtiéndose en un hombre, no ha habido día que haya faltado.
Jamás lo he visto enfermo ni cansado, pero... Esta vez está siendo diferente.
El corazón se me encoge y empiezo a preocuparme de verdad.
—¿Insinúas que desde que terminó el juicio no ha vuelto a pisar la comisaría?
—Más o menos. Puede que no exactamente desde ese día, pero no se aleja demasiado.
Estoy completamente seguro de que ha seguido trabajando, porque puede ser todo lo cínico que quieras, pero es una persona impoluta con su trabajo.
Igualmente, aquí lo he visto poco, y no se ha hablado demasiado del caso Katsura hasta hace unos días, cuando recibimos la noticia de que hoy volvíamos a ponernos en serio.
Es el fiscal, así que dudo que tarde mucho en aparecer.
—No está aquí, ¿verdad? —pregunto, nerviosa.
Fukuda levanta una ceja.
—Dahlia, querida, ¿has escuchado algo de lo que te he dicho?
Me llevo la mano a la frente.
—No, esto, quiero decir... Sí. Sí que te he escuchado, Oshida. Con fiscal o no, voy a trabajar igual. Me importa un pimiento dónde esté ese imbécil egocéntrico. Lo mejor que me podría pasar es que renunciara y asignaran uno nuevo. ¿Me guías hasta los testigos, por favor?
Oshida se queda quieto, mirándome fijamente.
—Definitivamente necesitas ese café. Anda, acompáñame.
Rodeo los ojos y lo sigo.
Jamás había dicho algo tan en serio.
Entro en el despacho donde voy a interrogar a los testigos y Oshida se despide de mí guiñándome el ojo y haciendo el gesto de quitarse el sombrero.
Le levanto el pulgar en señal de que todo está bien y, segundos después, una administrativa me trae un café con leche y lo deja amablemente encima de mi mesa.
Le agradezco habérmelo preparado y sale de la sala cerrando la puerta sutilmente, sin molestar.
Me quedo quieta un instante, dejando que mi mirada se pasee por la habitación.
La comisaría metropolitana de Kioto tiene algo que no me hace sentir parte de ella, y sé exactamente a qué se debe.
El verme en un despacho que no es el mío, bajo unas paredes de un blanco frío e iluminado bajo una luz fluorescente que proyecta una luz neutral sobre una mesa totalmente vacía, me inquieta y mis piernas se cruzan sin yo quererlo, empezando a moverse rápidamente una encima de otra, en señal de que la ansiedad está volviendo a mí.
Debo controlarla como sea, y el café no va a ser mi mejor aliado en este intento totalmente perdido, está claro.
En el despacho hay varios estantes repletos de archivadores negros, blancos y grises, alineados y etiquetados debidamente.
Fuera puedo escuchar el murmullo constante de los teléfonos sonando, las impresoras escupiendo papel y gente continuamente caminando por el pasillo donde me encuentro ahora mismo.
«Este sitio es demasiado ruidoso... Debería haberle dicho a Oshida que me asignara un despacho más tranquilo, pero no puedo culparle, no sabe lo que he pasado estas últimas semanas y tampoco quiero hacerle sentir mal por dejarme aquí con los testigos...», pienso.
Me siento en la silla frente a la mesa principal y dejo que la espalda repose un segundo, intentando poner un poco de orden en la cabeza.
Hace un rato he visto a varias personas de la fiscalía entrar en una especie de sala, justo en el momento en el que he saludado al inspector.
Los he reconocido enseguida, aunque con algunos apenas había cruzado dos palabras en el juicio anterior.
Otros estaban en el estrado, al lado de Keith, sin moverse.
Sé que trabajan aquí, eso ya lo tengo asumido... Pero, algo no encaja, falta algo.
O más bien alguien.
Olivia. No la veo por ningún lado.
Empiezo a darle vueltas e hilo cables. Si Keith no está en Kioto y yo no he visto a Olivia hoy...
«¿Están juntos? ¿Habrán estado juntos durante este mes en que la investigación ha estado parada?
¿Por eso no he sabido nada de él? ¿Por eso se plantó en mi casa para soltarme que “no me iba a tocar más”?
¿Porque quiere seguir adelante con ella y yo no pinto nada? ».
«Pero entonces... ¿Por qué me dijo que no estaba con nadie y que no pertenece a ninguna mujer? ¿Me mintió? ¿Me...?».
El remolino de pensamientos me obliga a cerrar los ojos. La ansiedad se me clava en cada pliegue del cuerpo y me llevo las manos a la cabeza, presionándome las sienes con fuerza, suplicándole a mi propia mente que pare.
«Por favor, para ya. Déjame respirar. No quiero pensar en esto, no ahora, no aquí...».
Pero es imposible. No hay forma de callar esa voz que inventa escenarios terribles y que me empuja siempre hacia la versión más cruel de la realidad.
Mis dedos se aferran a mi propio pelo, buscando que el dolor físico me ancle a algo real mientras la cabeza no deja de girar.
Cada imagen de Keith y Olivia juntos choca con el miedo a estar perdiendo el juicio emocional, y aun así no puedo borrarlo.
Respiro hondo, intentando agarrarme a esa lógica que sé que tiene que estar ahí, en algún rincón, lejos de la ansiedad, lejos del caso y lejos de Keith... Pero mi cabeza y mi corazón se empeñan en arrastrarme en dirección contraria.
—Cálmate, Dahlia —me susurro, casi suplicándolo—. No tienes pruebas, no sabes nada... No dejes que tu cabeza gane, por favor... Déjame en paz...
El despacho sigue sumido en completo silencio, roto solo por el eco lejano de pasos y voces. Con las manos todavía en la cabeza, me obligo a enderezarme, como si ese gesto pudiera darme un mínimo de control sobre algo, aunque la tormenta por dentro siguiera rugiendo sin freno.
Aún tengo los dedos clavados en las sienes, intentando callar ese torbellino que me empuja una y otra vez hacia Keith y Olivia, cuando la puerta del despacho se abre con un clic.
—Señorita Hawthorne —anuncia un policía—. Su primer testigo está listo: Erika Suzuki.
El corazón me da un brinco y asiento sin levantar la mirada, dejando que mis manos bajen despacio a la mesa.
Erika, la secretaria de Takumi. En el expediente parecía poca cosa, casi invisible, pero en persona... Puede ser otra historia totalmente distinta.
Erika Suzuki. Nada de Keith, nada de Olivia, ni nada de sombras metiéndose en mis pensamientos. Solo Erika, solo el caso, solo la evidencia que tenía delante. Al menos por ahora.
—Que pase, por favor.