El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 14.
46%

Capítulo 14.

(あなたを求める光— La luz que anhela encontrarte)

Abro los ojos con la sensación incómoda que te avisa de que hoy va a ser un día complicado, aunque intente hacerme la dura.

Me incorporo despacio y suelto un largo bostezo.

Ha sido una noche larga, pero tampoco me noto demasiado cansada, aunque recuerdo haber tenido alguna que otra pesadilla que, por suerte, mi mente ha podido borrar para protegerme del mal trago.

Ya no hay escapatoria: hoy vuelvo a Kioto.

Voy directa a darme una ducha rápida de cuerpo entero y me pongo un vestido blanco que deja la espalda al descubierto. Elijo unos tacones en punta y me coloco mi americana negra encima para conjuntar. Los zapatos son bastante cómodos; me los recomendó Mina y acabé comprándomelos.

Fue una compra cara e impulsiva, pero me convenció porque me contó que es la marca que siempre usa para ir a la oficina y nunca le han dado problemas, así que deseé con todas mis fuerzas no sufrir demasiado, por la cuenta que me trae.

Me hago una coleta alta y despeinada con los mechones del flequillo sueltos; los mismos que me acompañaron en el primer viaje a Kioto, cuando ni siquiera sabía en qué me estaba metiendo, y me maquillo sutilmente, lo justo para devolverle algo de vida a mi cara: un delineado negro, máscara, un toque de colorete rojo y los labios perfilados en un tono marrón clarito.

Como esta vez no iba a quedarme en el hotel, recuerdo que ayer decidí no preparar nada.

Meto lo imprescindible en el bolso —cartera, documentación, identificación, medicación, bolígrafos, mi cuaderno, los informes, las gafas de vista...

— y salgo de casa sin ni siquiera hacerme un café o una tostada. No me entra nada.

El taxi llega rápido y me siento en el asiento de atrás mientras miro por la ventana a la ciudad despertarse.

Las tiendas están subiendo las persianas, la gente camina deprisa con el café en la mano para llegar al trabajo y los turistas más madrugadores pasean felices como si no fueran las seis de la mañana; un sentimiento que solo abrazas cuando estás de viaje lejos de tu vida, tu trabajo, tu familia y tus responsabilidades.

Tokio siempre tiene prisa, pero yo hoy no tengo ninguna por llegar a ningún lado.

Cuando el coche se detiene, siento mariposas en el estómago. Hace tiempo que no vengo a la estación, y el simple hecho de saber a dónde me dirijo no ayuda demasiado.

Pago, agradezco el trayecto, me despido y bajo del taxi. Justo en ese momento, el interfono de la estación resuena sobre las cabezas de todos:

"Pasajeros con destino a Kioto: diríjanse a la vía cuatro. El tren de las siete partirá en breves minutos."

Siempre tan justa.

Ajusto la tira del bolso en mi hombro, respiro hondo y avanzo hacia la entrada, siguiendo el flujo de los demás viajeros.

Paso por las puertas automáticas, coloco el QR de mi billete en el lector, bajo las escaleras mecánicas y veo un cartel iluminado con una flecha indicando cómo dirigirme a mi vía.

Tokio, 07:00 de la mañana. Llegada prevista a Kioto: 10:02.

Me coloco frente a la línea amarilla y observo el gran tren parado, a punto de partir, bajo la luz de la mañana. No pienso en nada más. Ni en Fukuda, ni en Mina, ni en Takumi, ni en Nina, ni en nadie.

Ni siquiera en Keith. Solo doy un paso adelante.

Y subo al tren.

◆◆◆

Encuentro mi asiento y una azafata se acerca lentamente a mí mientras me acomodo.

—Buenos días, ¿café caliente, señorita? —pregunta, sujetando la bandeja.

Le digo que sí amablemente, sin pensarlo dos veces.

Ahora mismo, cualquier cosa que pueda calentarme las manos y bajarme las pulsaciones es un regalo.

Acerco el vaso a mis labios y el vapor me acaricia la cara.

Está tan caliente que me hago daño en la lengua, pero hondo e intenté no activar el modo "abogada rubia al borde del colapso".

«Calma, Dahlia, es solo un café».

De repente, mi móvil empieza a vibrar desde el interior del bolso y lo saco con rapidez: es un mensaje de Fukuda.

Sonrío con ironía. Este hombre es un imán para mi sentido de la responsabilidad, incluso cuando está postrado en la cama de un hospital.

Guardo el móvil mientras sostengo el vaso entre las manos y apoyo la cabeza contra el respaldo del asiento, dejando que el balanceo suave del tren haga el resto.

Sin darme cuenta, el traqueteo de las ruedas del tren avanza sobre las vías y me arrastra a un sueño del que no despierto hasta, al menos, dos horas y cuarto después.

Duermo con los ojos cerrados y la mente todavía medio despierta.

Cuando escucho el sonido de los frenos, observo que ya estamos llegando a la estación de Kioto. No parece igual a la última vez, pero su belleza es indiscutible, como siempre.

Apoyo la frente en el cristal y dejo escapar un suspiro que empaña la ventana.

Parece que el verano ha decidido llegar de golpe.

Las calles están llenas de gente y los farolillos cuelgan en hileras de un poste a otro mientras los niños corretean con abanicos de colores.

Creo incluso que puedo llegar a distinguir el sonido de unos tambores y varias flautas a lo lejos.

Me quedo un momento observando. Las mujeres están paseando vestidas con unos preciosos yukatas estampados y los hombres ríen mientras beben algo en vasos de plástico que agarran con la mano.

Algunos comerciantes han sacado a la calle mesas cubiertas de pequeños amuletos y todo el mundo parece feliz.

Frunzo el ceño.

—¿Qué estarán celebrando...? —murmuro en voz baja.

15 de julio, Estación de tren de Kioto

El tren se detiene de repente y me levanto, todavía medio dormida.

Camino hacia la salida y, en el momento en el que mis pies tocan el andén, el olor a Kioto me viene directo.

«Es tan característico...», pienso. Esta ciudad es muy húmeda y tiene ese aroma antiguo que tanto me gusta.

Mi móvil suena y en la pantalla aparece el nombre del inspector Oshida.

Descuelgo de inmediato. Esta mañana recibí un mensaje de Mina avisándome de que pasaría a recogerme, así que supongo que no estará demasiado lejos.

—¿Hola?

—Dahlia, hola, qué alegría escucharte. Te pillo en la estación, ¿verdad?

Asiento, mirando a mi alrededor.

—¡Sí! Justo acabo de bajar del tren. Cuánto tiempo, Oshida... Fue un gran shock que pausaran la investigación casi un mes entero. Apenas puedo creer que haya pasado tanto tiempo desde el juicio.

—Lo sé —responde—. Ha sido un caos para todos.

Yo he estado estos últimos días en la comisaría organizando los trámites de la reapertura del caso y me he vuelto loco...

Tendrás que perdonarme, pero, no he podido pasar a recogerte, me ha sido imposible cuadrarme para llegar a tiempo, lo siento mucho, Dahlia.

—Oh, ¡no pasa nada! ¿Quieres que pida un taxi? ¿Cuál es el plan?

—No hará falta —continúa—, en la zona de aparcamiento de la estación debería haber dos de mis agentes esperándote.

Les he pedido personalmente que te pasen a buscar.

Sabrás reconocer el coche, la matrícula es la número 48-17.

Solo tienes que subirte, ellos ya te conocen, estuvieron en el juicio en Tokio.

Te traerán a la comisaría y, desde allí, coordinaré todo para que empieces a ver a los testigos.

—Gracias, Oshida —contesto, dejando escapar un pequeño suspiro de alivio—. ¿Y Yuko?

Se crea un pequeño silencio.

—Está bien cuidada a pesar de lo que te digan —me asegura, firme—. No te preocupes, pero no puedo asegurarte que hoy puedas verla. No hay ningún testimonio programado hasta que la investigación avance o se solicite formalmente, y sabes que la fiscalía...

—Sí, Oshida. Me lo intuyo, no sigas.

—Sabes que, si pudiera hacer algo, lo haría.

—De eso no dudo, créeme. No te culpes.

Me mosqueo.

—Aun así, no está sola y está segura, tranquila. Sé que parece difícil de creer, pero desde mi departamento todos tienen órdenes de cuidarla las veinticuatro horas del día. Es solo una niña, Dahlia...

Tiene veintiún años, como mi hija, y sé que muy probablemente no tenga nada que ver con la muerte de la víctima.

Sus palabras son suficientes para calmarme un poco la inquietud que me recorre por dentro.

Llevo demasiado tiempo sin saber de ella y el no poder contactarla durante todo este tiempo ha sido terrible.

Aquí las cosas funcionan muy distintas a Seattle y todavía no me he acostumbrado, pero al menos estoy rodeada de gente que ama su trabajo y quiere que se haga justicia.

Casi rodeada.

La sensación de tener que retomarlo todo de golpe después de semanas de pausa me hace sentir un poco desnuda y vulnerable, pero ya estoy aquí.

—Eres un trozo de pan, inspector. Me alegra que saques tu lado más humano. Nosotros no estamos en la piel de los que sufren, pero debemos actuar como si lo estuviéramos, para mí es lo primordial.

—Lo sé —asiente—. Y quiero que sepas que aquí en Kioto nadie esperaba que la investigación se detuviera así, pero ahora que el juez ha ordenado la reapertura, quiero ayudarte en todo lo que pueda y que actúes con la cabeza fría. Confío en ti.

—Gracias, Oshida —hago una breve pausa—, entonces iré a reunirme con los agentes afuera y nos pondremos en marcha, no quiero hacerles esperar más.

—Recibido, nos vemos en la comisaría. Reserva tu energía: esto va a ser intenso.

—Lo haré —digo, con una pequeña sonrisa que ni él ni nadie puede ver—. Me debes un café bien largo en cuanto llegue.

—Hecho.