Capítulo 13.
(紙の灯りと昨日の声— Luces de papel y voces del ayer)
Volver a casa desde el hospital se siente extraño, como si hubiese pasado un año en lugar de unos minutos.
Mañana tengo que regresar a Kioto sola, y todavía me cuesta creerlo.
Después de estar envuelta durante casi un mes en otros casos, defendiendo a otros clientes y pasando más tiempo en la oficina que en casa, volver a esta pesadilla me hace sentir como si el tiempo no hubiera pasado y todo hubiera sido una ilusión. Pero es real.
Lo más surrealista es que esta vez no cogería el tren con Fukuda.
La primera vez viajamos juntos y, aunque apenas lo conocía, su presencia consiguió hacerme sentir que todo era un poco menos caótico y un poco más soportable. Ahora me toca hacerlo sola.
Después de darle mil vueltas, he llegado a una conclusión que me duele admitir: si la vida me ha puesto este camino delante, será por algo. A veces no queda otra que aceptarlo y seguir adelante, aunque duela un poco y la sensación de vacío me acompañe a cada paso.
Al abrir la puerta de casa, lo tuve clarísimo: cero oficina.
No estaba para cruzarme con Mina ni con Takumi cuando volvieran del hospital y hacer como si todo siguiera igual, cuando sé de sobra que ellos ahora mismo están a años luz del caso Katsura, perdidos en mil cosas que no tienen nada que ver con esto.
Así que me planto en el salón, con un moño despeinado, mis gafas de pasta favoritas y un pijama de seda que es básicamente una broma de mal gusto en pleno julio, con el aire acondicionado como si estuviera en pleno polo norte.
Después me enfermo y me acabo preguntando por qué, si indudablemente soy una roca.
Y ahí me quedo, teletrabajando como si no hubiera un mañana.
◆◆◆
La tarde se fue consumiendo entre revisar informes, abrir y cerrar pestañas y el calor que me hacía derretirme con solo respirar.
Me preparé unos fideos fríos —encender el fuego habría sido un delito— y me bebí casi un litro de matcha rellenando la misma taza una y otra vez.
Cuando me quise dar cuenta, llevaba horas repasando la misma información, como si mirarla con insistencia fuera a hacer que algo cambiara.
Reviso el historial de testigos: la primera es Erika Suzuki, la secretaria de Takashi Yamanaka.
Gestionaba todos los temas administrativos que él no quería o no sabía tocar.
Según su informe, casi nunca coincidía con Yuko porque trabajaba desde casa en Osaka.
Me pregunto si también coincidía poco con la víctima...
En su informe aparenta ser una mujer normalísima de treinta y ocho años, pero si algo he aprendido en veintiséis años de vida es que, hasta que no la tenga delante, mis sospechas no bajarán ni un ápice.
El segundo testigo es Masaru Tanaka. A mi parecer, el más extraño de los dos. Es un arqueólogo que se describe como un “obsesionado con los templos asiáticos”. El Templo Katsura, con sus más de quinientos años, lo trae loco desde siempre. Ha visitado tanto a la víctima que me parece hasta excesivo.
Demasiado tiempo, demasiada charla y demasiado interés por alguien a quien, en teoría, solo admiraba. Suficiente para intercambiar ideologías u opiniones contrarias… Y acabar teniendo un motivo de peso para querer verlo muerto e inculpar a alguien otro.
Hay demasiados clavos sueltos, demasiados vacíos que no me encajan. Cuanto más leo los informes, más me doy cuenta de que el caso Katsura es un pozo sin fondo… Y la única manera de ver un poco de luz es volver mañana a Kioto. No me apetece y no estoy lista.
Pero ¿y qué? No puedo quedarme en la cama llorando, escuchando a Allegra Jordyn.
Respiro hondo y apago el ordenador. Se acabó por hoy.
Me duelen los ojos, la espalda, y ese punto en el pecho que lleva días dándome por culo.
El apartamento está en silencio y mientras que el atardecer cae, lo único que lo ilumina es el rastro negro de la pantalla bloqueada del portátil.
Me quedo unos segundos apoyada en la isla de la cocina, el mismo sitio donde hace tres semanas…
«Basta».
Iba a prepararme para meterme en la ducha cuando el móvil vibró. Es Nina.
Suspiro aliviada, como si hubiera estado manifestando silenciosamente durante todo el día esa llamada que yo no hice. Necesitaba hablar con ella, aunque fuera a través del teléfono.
—¿Hola? —descuelgo.
—¿Dahlia?
—Aquí estoy —respondo—. Un poco hecha polvo, pero viva.
—No me gusta ese “hecha polvo”. ¿Qué ha pasado hoy?
Cierro los ojos un segundo para ordenar mis ideas.
—Tengo que contarte algo de lo que me enteré ayer; es sobre el detective que nos está acompañando en nuestra defensa. Se llama Hattori Fukuda y trabaja en la Comisaría Metropolitana de Tokio.
—De acuerdo. ¿Ha pasado algo?
—Mejor reformúlalo a “qué no ha pasado”. Ayer tuvo un accidente de coche —digo sin rodeos—. Me he pasado toda la mañana en el hospital.
—¿¡Qué!? Dahlia…
—Está bien —Lo recalco enseguida—, por suerte. Pero… Joder, Nina, me asusté muchísimo. Encima, todo pasó mientras dormía. Cuando volví del templo, me encontraba bastante mal, y caí sopa en la cama.
Al despertarme, tenía un mensaje de Mina, la asistenta legal que trabaja conmigo en el bufete, diciendo que la llamara en cuanto viera el mensaje.
Me lo contó por teléfono, pero me dijo que era demasiado tarde para ir al hospital y que mejor lo dejáramos para hoy por la mañana.
Ha sido… Tan extraño, y duro. Él siempre ha estado ahí, ¿sabes?
Desde que llegué a Tokio. Ha hecho más por mí en este poco tiempo que muchos otros que llevan años en mi vida.
Nina guarda silencio unos segundos. Puedo imaginarla llevándose la mano al pecho.
—Tía… Te entiendo, y es normal. Me alegro de que esté bien, de verdad, no sabes cuánto. ¿No se ha hecho nada, entonces?
Asiento, aunque no pueda verme.
—Sí… Solo tiene un latigazo cervical, pero se va a quedar ingresado un tiempo. ¿Tú qué tal hoy?
—Bueno —añade—, he estado bastante esclavizada en la pastelería, no te haces una idea. La gente cumple años en julio como si fuera un deporte olímpico y no paro ni para beber agua. Pero al menos este mes cobraré más, y estoy pensando en ahorrar para comprarme material nuevo para dibujar.
Sonrío, sincera.
—Me parece perfecto, te va a sentar genial renovar cosas. Y si quieres que te acompañe a elegir, lo haré encantada.
—Ya sabía yo que dirías eso —ríe.
Paro un segundo y decido contarle mi viaje de mañana.
—Nina…
—Dime.
—Mañana me voy sola a Kioto, al templo.
—¿¡A Kioto!? ¿Pero no me contaste ayer que la investigación estaba parada?
—Lo estaba, hasta esta mañana. Cuando he ido a ver a Fukuda al hospital, hoy me ha dicho que mañana se reabre, y necesitan la presencia de la defensa allí para interrogar a los testigos y hacer algunas gestiones más.
Pero… Fukuda no puede acompañarme en ese estado.
—Entonces… ¿Te vas a Kioto sola?
—Sí —Trago saliva—. En su estado… No es posible.
No le darán el alta hasta de aquí quince días, y no hay nadie más que pueda venir conmigo porque Mina y Takumi tienen que atender los demás casos que entren en el bufete.
Al principio me ha dado miedo, pero he pensado mucho en ello.
No puedo esperar a que los demás siempre estén allí para darme la mano.
La abogada soy yo, y cuando estoy en el juicio, defiendo sola, por mí misma.
Tengo que aprender a hacer lo mismo en esta situación.
No puedo detener la investigación porque me tiemblen un poco las piernas.
—Eso es muy tú —dice, orgullosa—. Valiente, aunque estés temblando.
Sonrío. Un poquito.
—Algo así.
Hay otro silencio antes de que Nina respire hondo.
—Vale… Hacemos una cosa. Te pregunto algo y no te enfadas, ¿vale?
—Pregunta, va.
—¿Sabes algo de Keith? ¿Alguna noticia suya? ¿Un mensaje? ¿Algo?
El impacto es inmediato, como siempre.
—No —respondo—. Nada.
—Es que… No me entra en la cabeza. Por mucho que hayas estado trabajando en otras cosas… ¿Ni una casualidad, ni un encuentro fugaz, nada…? ¿Cómo puede ser que no os hayáis cruzado en ningún lugar, y encima trabajando de lo mismo?
Aprieto los labios.
—Porque… Él vive en Kioto, Nina, no aquí.
—¿En Kioto? ¡Ah, claro! Tiene sentido, qué poco observadora. Si el crimen sucedió allí, es normal que no sea de aquí, pero… ¿Por qué tú, entonces, siendo de Tokio…?
Río para mis adentros.
—Creo que, aunque te lo explicara por aquí, no lo comprenderías del todo. Es una larga historia que se merece un café de esos que preparas con tanto amor.
—Jolín, Dahlia, no me dejes así…
—Cómo eres… —Camino hacia la cocina, abro el mueble donde guardo las tazas, pongo un poco de agua caliente y la vierto, junto a un sobre de jengibre.
—Pero, entonces… Si mañana vas a Kioto, igual te lo cruzas, ¿no?
Me quedo en silencio. Ese tipo de silencio que siempre creo para mí misma cuando pienso en él y hacía que se me revoloteen las mariposas en el estómago.
Porque esta mañana, en el hospital, Fukuda lo había dicho bien claro: Keith no estaba en Kioto.
Y había dado orden de que nadie antes de él investigara la guardilla que se mencionó en el juicio, porque él quería ser el primero en comprobarla.
Nina sigue hablando porque tardo demasiado en reaccionar, y no presto atención.
—¿Dahlia? ¿Hola? ¿Estás ahí?
—Sí, perdóname —tomo un sorbo largo de la taza mientras vuelvo en mí.
—Mira, independientemente de lo que pase mañana… Si te lo encuentras, hazle creer que no te importa, aunque te importe. No le des el placer de pensar que has dedicado un solo minuto a él durante estas semanas. A veces, a las mujeres nos toca hacer eso, aunque por dentro estemos hechas mierda.
—Sí… Tienes razón.
—Bueno, no te quiero molestar más, ve a ducharte y relájate. Mañana seguro que será intenso. Quiero que me mantengas informada. Escríbeme, ¿vale? Cuando vuelvas de Kioto, quedamos y me lo cuentas todo con calma. ¿Cuántos días pasarás allí?