El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 12. #4
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Capítulo 12. #4

Lo sé, ya he estado allí. Eso es exactamente lo que más miedo me da. Subirme a un tren sabiendo exactamente dónde voy.

Mina me roza el brazo suavemente.

—Tómalo con calma —dice—. Lo importante es que Fukuda se recupere antes del próximo juicio.

No tenemos ni idea de qué pasará, Dahlia, ya sabes cómo funcionan las cosas.

Hemos estado casi un mes parados, y, sabiendo cómo está todo a nivel legislativo y judicial últimamente…

Tenemos que ir con cien ojos; puede pasar cualquier cosa.

Recuerda que las decisiones las toman los de arriba.

Todo lo demás se arreglará a su debido tiempo.

Takumi frunce el ceño, pero asiente.

—Sí, Dahlia. Quiero que respires y que no caigas en la ansiedad que te está consumiendo estos días.

Sé que estás mal psicológicamente y que no te estás tratando.

Si necesitas atención médica, te conseguiré a los mejores doctores de todo Japón, pero no puedo verte hundida y con miedo.

No llegaste a Japón así, recuérdalo. Nos tienes a nosotros, y Fukuda también está aquí, no ha pasado nada.

Necesito recuperar a la abogada que aterrizó en mi oficina aquel día, por favor.

Bajo la mirada hacia el suelo y me doy la vuelta, dándoles la espalda. ¿Cómo se supone que debo tomarme eso? Es cierto que no estoy en mi mejor momento, pero… ¿Qué debo hacer para recomponerme y no sentirme así? ¿Cómo puedo evitarlo? ¿Qué hago?

—Dahlia —Takumi interrumpe mis pensamientos.

Me giro, con los ojos cristalizados.

—Una abogada solo llora cuando todo ha terminado.

Fukuda baja la mirada hacia las sábanas de su cama.

Sé que ahora mismo no se está comportando como el detective —a veces un tanto despistado— que siempre lo tiene todo bajo control, sino como un hombre que se preocupa por todo lo que está pasando y siente que está atrapado entre su deber de ayudarme y no poder hacerlo por su situación física.

—Vale —contesto, mirando fijamente a mi jefe—, iré a Kioto.

El silencio regresa, pero no es tan cargado como antes.

Esta vez tengo ese punto de complicidad que no hace falta nombrar, esa especie de “te veo, aunque no esté allí” que solo surge cuando varias personas ya han pasado por lo mismo.

No estaremos en el mismo sitio, ni podremos afrontarlo hombro con hombro…

Pero, aun así, queda claro que vamos en la misma dirección, cada uno desde un lugar distinto, sin soltarnos del todo.

Salgo de la habitación con un nudo en el estómago que no hay manera de deshacer, despidiéndome de todos.

El pasillo del hospital se hace más largo, como si alguien hubiera tirado de los extremos, haciéndome sentir que cada paso amplifica la incertidumbre que me hierve por dentro. Y en mi cabeza, como un mantra, solo se me repite una frase: Tienes que ir sola a Kioto.

Sola. Qué palabra tan simple y demoledora cuando te cae encima.

Por un segundo, el miedo se me hace grande y deseo poder dar media vuelta y volver a la habitación donde Fukuda está fuera de peligro, y donde Mina y Takumi son un escudo contra todo lo que me aterra.

Allí, donde aún puedo fingir que el mundo no está a punto de pedirme más de lo que creo que le puedo dar.

Me dejo caer contra la barandilla del ascensor, intentando domar mi respiración, pero la ansiedad continúa arañándome la garganta, y el cuerpo me pide tregua.

Hay algo peor, algo que me vacía por dentro: saber que en cuanto esas puertas se abran, me espera la ciudad, y tendré que volver a casa para mentalizarme de lo inevitable: esta vez tengo que plantarle cara a ese templo sin nadie a mi lado.

Si mañana todo lo nuevo que descubra se pone en mi contra, estoy jodida. Si los testigos van en contra de Yuko, estoy jodida.

Y si la fiscalía me lo pone todavía más difícil… Estoy completamente jodida.

He salido viva de juicios muy complicados, he visto a gente traicionarse en mi propia cara y he vivido al lado de gente inocente que sentía que levantarse cada mañana era un castigo.

Pero, este miedo… Es distinto. No lo he sentido nunca por nada.

Algo me dice que cada vez que descubra más y más cosas sobre qué pasó realmente esa noche, iba a sufrir mucho.

Kioto me ha estado esperando durante años para que llegara y resolviera este crimen, de eso estoy segura.

Y entonces, inevitablemente, apareció él.

Recuerdo cada peca de su rostro. Esos ojos siempre están listos para desnudarme por dentro, incluso cuando me empeño en mantener las murallas levantadas.

Él no está aquí, pero tampoco debe estarlo.

Y, aun así, esa parte de mí que siempre se empeña en sentir más de lo que toca —la terca, la rota, la peligrosa— deja escapar un suspiro que se me escapa sin permiso, preguntándose si algún día llegaría a saber por qué, de entre tanta gente, tuvo que ser él.

La vida siempre ha encontrado la manera de incendiármelo todo, pero Kioto ya estaba ardiendo antes incluso de que yo pusiera un pie en sus calles.

Aunque había un sitio que todavía no había ardido.

Y estaba a punto de hacerlo.