El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 12. #3
43%

Capítulo 12. #3

—No sé si es por envidia o por racismo, pero entendería la primera.

—¡Dahlia! —susurra Mina, cogiéndome del brazo y alejándome de allí.

—¿Qué? —río—. ¿Es mentira?

—Veo que ya estás completamente recuperada.

Escucho la voz de la mujer de fondo hablar con Takumi.

—Está en la planta cuatro, habitación 704. Pero deben saber que solo puede visitarle un acompañante a la vez y que las visitas están restringidas a quince minutos por persona.

La ignoro, tomo la mano de Takumi y lo empujo hacia mí para después, meternos en el primer ascensor que veo abierto.

—Los cojones.

Llegamos a la cuarta planta y observamos un cartel con una flecha que indica que sigamos recto para encontrar las habitaciones de la 700 a la 730.

Corro como si no hubiera un mañana mientras escucho a los enfermeros gritarme en japonés.

Seguramente me estarían diciendo que no podía correr por los pasillos, pero como no los entiendo, tampoco estoy obligada a hacerles caso.

Una lógica que, si me siguen pasando según qué cosas, voy a aplicar más de una vez en este país.

Mina y Takumi quedan tras de mí, disculpándose cada dos metros con todo el personal de la planta por mi culpa, pero yo ahora mismo tengo cosas más importantes que hacer.

Las habitaciones están en orden inverso a la salida del ascensor, así que tengo que ir casi hasta el fondo del pasillo.

—706, 705… ¡704! —grito en voz alta.

Entro sin tocar ni siquiera a la puerta, y mi corazón se acelera al ver a Fukuda sentado en la cama leyendo el periódico, tomando un café y con el collarín puesto. Está muy gracioso y la escena es… Irónicamente graciosa.

—¡Fukuda! —camino hacia él para darle un abrazo.

—¡Hombre, mírala, se ha acordado de venir a verme!

—Perdona, pero tenía una navaja en el cuello sostenida por Mina Tanaka con órdenes expresas de que, si ayer me escapaba en medio de la noche para venir al hospital, me iba a despedir.

—¿Seguro que es así la historia?

—Más o menos, entre líneas.

Él suspira, pasándose la mano por el cuello con cuidado, y una mueca de dolor cruza su rostro. Su mirada busca la mía, pero hay un algo en sus ojos que no sé descifrar de inmediato.

—Pues vaya mierda, Dahlia… No me esperaba tener justamente ayer un accidente justo volviendo para casa después de pasarme más de cuatro horas en la comisaría leyendo papeles, y papeles, y papeles…

—Explica—. Por suerte no ha sido grave, en realidad.

Básicamente, entré en una glorieta a la velocidad que tocaba y tenía una visibilidad perfecta, pero al coche que circulaba por dentro le pareció muy buena idea acelerar en vez de frenar y me dio un buen golpe por detrás, tanto que acabé dando un buen bote y casi me disloco el hombro también.

Menos mal que, dentro de lo que cabe, de todas las partes del cuerpo que me podría haber roto si hubiera pasado en otro lugar, el latigazo no me dejará tantas secuelas como para que me echen de la policía.

Aunque sí ha sido suficiente para que me ingresaran.

—Siento muchísimo… —Susurro—. Quizás…

—Oye, déjalo estar. Te conozco tanto que a veces me asusto a mí mismo. Tú no tienes la culpa de nada, yo solo hice de taxi, y, además, eso pasó muchísimas horas más tarde. Si estaba en mi destino que ocurriera, tú no podías hacer nada para impedirlo.

En ese mismo instante, el sonido de la puerta abriéndose me hace girarme de golpe.

—¡Jovencita, no vuelvas a hacernos pasar esta vergüenza! —grita el jefe.

—¿Qué ha hecho ya? —Fukuda toma un largo trago de su café y Takumi camina hacia él para darle un abrazo.

—Se ha puesto a correr como loca por los pasillos… —Mina se cruza de brazos y lleva su dedo índice hacia su frente, en círculos.

—¿Qué culpa tengo yo de haber cogido el ascensor que no era? —sonrío.

—Eres…

—De lo que no hay.

—¿Cómo estás, Hattori? —pregunta Takumi.

—Mejor, Hiroshi. Mejor que ayer, realmente, cuando estuvisteis aquí. Ayer estaba un poco agobiado porque vino demasiada gente y hubo un momento en que vino seguridad a sacarlos a todos, pero, por lo demás, todo bien. Hoy he amanecido mejor.

—Me alegro mucho, nos diste un buen susto.

—Ven aquí —Se vuelven a abrazar de nuevo. Fukuda y Takumi se tienen mucho cariño, es evidente.

—Hablando de desalojar a la gente. Solo deberíamos estar una persona por habitación… —añade Mina, mirándome de reojo.

—¿Por qué me miras así?

—Porque me das un miedo que no te lo puedes creer.

—No tengo la culpa de que tengan reglas tan estúpidas. ¿Cómo que una persona por habitación y máximo quince minutos de visita? Ni que estuviéramos en pleno 2019. No pienso irme de aquí y me quedaré el tiempo que sea necesario. Fukuda —me giro hacia él—, dame tu placa, por si acaso.

Todos ríen y me miran como si estuviera loca.

—¿De qué os reís? Nadie va a echar a nadie de aquí si sabe que puede acabar en la cárcel por ello…

—Dahlia Hawthorne, basta. ¿En quién te estás convirtiendo?

—Me recuerda a… —dice Takumi.

—¡Fukuda! ¿Cómo estás? —le interrumpo, antes de que suelte tremenda tontería por la boca, cambiando completamente de tema.

—Estoy mejor, pero…

Intento respirar hondo, pero en ese momento, mi corazón empieza a palpitar, acelerado. No entiendo por qué, pero miro a Fukuda y me devuelve la mirada, tenso, con la mandíbula apretada. Quiere decirme algo, eso seguro. El silencio que le sigue es incómodo, y por un momento, no sé qué decir.

—¿Pasa algo? —pregunto, inclinándome un poco hacia él—. Si hay algo que te preocupa, dímelo.

Sus ojos se nublan ligeramente y traga saliva antes de hablar.

—Aprovecharé que estáis todos aquí para contarlo. Quería que estuviéramos los cuatro para hablar del tema.

Nos miramos entre todos. Nuestras caras reflejan preocupación, miedo y una lista de sentimientos que no me caben en una sola frase.

—Justo ayer, antes del accidente, tuve una reunión importante en la comisaría.

La investigación del caso se reabre mañana, y hay un viaje para la defensa programado a Kioto para interrogar a los sospechosos: Erika Suzuki y Masaru Tanaka.

No sé si tendremos la oportunidad de hablar con Yuko, pero lo importante es que ese interrogatorio debe darse sí o sí.

Todavía no hemos tenido la oportunidad de hablar con ellos, y cualquier otra investigación en el Templo Katsura está permitida, menos la de la guardilla.

La guardilla.

—¿Por qué? —pregunta Takumi.

—No lo sé, Hiroshi, pero parece ser que el fiscal Kudo no está en Kioto y pidió exhaustivamente ser él la primera persona que subiera allí arriba. El juez le aceptó la petición horas después de realizarla.

—Ese cerdo… —añade.

«Keith… ¿No está en Kioto?», pienso.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda. Lo esperaba, pero escucharlo era distinto. No quería aceptarlo todavía, después de todo lo que había pasado en las últimas horas, pero…

La investigación se reabre mañana.

—Fukuda.

Todos me miran fijamente.

—Dime las cosas tal cual —le pido, intentando controlar la tensión que siento—. Sé directo.

Él asiente, con un leve gesto de dolor.

—Lo siento, Dahlia, pero vas a tener que ir sola a Kioto. No podré acompañarte.

Ya lo sabía, pero escucharlo ha sido el detonante que necesitaba para volverme completamente loca. El nudo que traía de casa en la garganta se hace más fuerte y cierro los ojos, ante todos.

Estaba anticipando que algo así podía suceder, pero escucharlo en voz alta, es distinto. No es fácil digerirlo con todo lo que está pasando.

—Lo siento —dice él, intentando suavizarlo—. El médico me ha dicho que tendré que estar ingresado al menos quince días más. Aunque solo sea un latigazo, hay partes de mi cuerpo que necesitan revisión para asegurarse de que no hay ninguna otra lesión grave.

Mina suspira, apoyándose contra la pared.

—Sabemos que es duro para ti, Dahlia... Volver a Kioto después de tres semanas con la investigación parada, pero sintiéndolo mucho, tampoco podremos acompañarte. Estamos llevando varios casos que requieren nuestra presencia en las oficinas…

Takumi asiente, serio.

—Es la única forma de que todo siga funcionando. Lo siento, Dahlia.

Fukuda me mira con determinación, a pesar de su cuello rígido y el dolor evidente.

—Ayer hablé con el inspector Oshida, Dahlia. Si necesitas cualquier cosa, estará allí para ti. Ya lo sabes, a mí no me da ningún miedo que vayas sola, ya has estado allí.