Capítulo 12. #2
—El tiempo pasa volando… Es increíble. ¿El trabajo te está yendo bien? ¿Cómo están Mina e Hiroshi? Hace muchos meses que no los veo.
—Todo está bien, no tienes que preocuparte por nada. Gracias por acercarte, no tenías por qué.
—¿Querías que te dejara aquí, sola? Mi hija, que está lejos, no me lo hubiera perdonado si se llega a enterar. Hace muchos años que se fue a vivir a España con su marido y solo la veo dos veces al año. Este momento ha sido como sentir que la he vuelto a tener cerca.
—Es que las madres sois lo mejor que existe en el mundo, Yukiko. No os merecemos.
Me tapo con la bata de algodón rosa que compré hace unos días en una tienda local de la zona de Harajuku y nos abrazamos para despedirnos.
La acompaño hasta la puerta y, antes de marcharse, como siempre, me hace una pequeña reverencia. Me da las buenas noches y le digo que tenga cuidado al volver a casa. Al cerrar la puerta, me quedo un momento apoyada en ella, respirando hondo y con ganas de volver de nuevo a la cama.
La montaña rusa de incertidumbre me tiene atrapada: no hay tregua, ni descanso. Apenas me ha dado tiempo a abrir los ojos después de dormir casi todo el día, que el mundo ya se estaba poniendo en mi contra de nuevo.
Vuelvo a mirar el móvil, buscando un mensaje que sé que no existe.
Soy una idiota. Me siento una idiota. Siempre esperando algo que sé que no llegará.
Suspiro, resignada, y me digo a mí misma que debo dejar de anticipar cosas que quizá nunca sucedan. La fiebre ha cedido, mi cuerpo empieza a recuperarse… Y, aunque la mente no me deja descansar, sé que no puedo dejar que el miedo me paralice.
La noche avanza, y me voy directa a la ducha, dejando que el agua caliente arrastre la fatiga, el sudor y los restos de aquella siesta interminable. Cada gota que cae sobre mi piel parece devolverme un poco de fuerza y me siento acariciada por cada gota.
Después, preparo algo ligero para cenar, sin muchas ganas de complicarme.
Mientras mastico distraídamente, tomo otra dosis de medicina.
El sabor de esos sobres de naranja amarga me da repelús y empiezo a toser.
La situación me parece tan triste que empiezo a reír conmigo misma y me llevo las manos a la cara, avergonzada.
Keith vuelve a aparecer en mi mente, sin pedir permiso.
¿Qué estará haciendo ahora? ¿Qué habrá hecho estas semanas? ¿Habrá estado trabajando en otros casos? ¿Ha estado todo este tiempo en Kioto? ¿Dónde vivirá? ¿Cómo será su casa? ¿Se habrá visto con Olivia? ¿Habrán follado? ¿Estarán hablando ahora mismo por mensaje?
Me entristezco.
«A tomar por culo», me digo a mí misma.
Cojo el móvil y le envío un mensaje a Nina, contándole lo mucho que me ha gustado nuestra charla de hoy y que, en cuanto mi agenda se despeje, me pasaré por la pastelería a verla.
La respuesta llega casi al instante: espera que esté más recuperada y me recuerda que está aquí para todo lo que necesite.
Ese simple mensaje me hace sonreír y vuelvo un poco a mí.
Tras cenar, recojo todo, friego los platos y me voy a la cama, esta vez con mi iPad en la mano.
Elijo la primera película de terror que Netflix me recomienda, pensando que tal vez me mantendría despierta hasta el final, pero el cansancio y el resfriado hacen su trabajo y no llego ni a la mitad antes de quedarme completamente dormida de nuevo.
El cansancio mental puede con creces contra mi insomnio, y, en el fondo, espero que al despertar todo esté bien: que Fukuda siga estable, que pueda ver a Nina pronto, que Keith…
Keith.
Por ahora, dormir es suficiente. Mañana será otro día, si no dejo que el miedo me venza antes de tiempo.
14 de julio, Apartamento de Dahlia
Despierto con los primeros rayos de luz colándose por la rendija de la persiana y, por fin, después de varios días mal, me siento bien.
Me incorporo despacio, aún con algo de rigidez en el cuerpo, y busco el termómetro.
Mi fiebre ha bajado; la medicina y el remedio de Yuko han hecho su efecto.
Sonrío con alivio y me sirvo otra dosis, acompañada de unas vitaminas para terminar de ponerme en pie.
Tras la ducha, me muevo con más energía de la que esperaba.
Me pongo a preparar algo ligero: unas tortitas de plátano en la sartén, lamiendo el sirope con el dedo y caminando en círculos por la cocina con el olor del dulce por toda la cocina.
El olor a mantequilla me recuerda a la pastelería de Nina y me pregunto si hoy habrá madrugado y estará atendiendo en este momento.
El sentimiento y las ganas de ir a visitarla me pueden, pero hay algo más importante que hacer en este momento: ir al hospital.
Elijo un vestido rosa pastel, corto, que deja al aire mis piernas, y lo combino con unos tacones blancos y una diadema a juego.
Dejo que mi pelo caiga en ondas libres sobre mis hombros y me miro en el espejo un momento para maquillarme sutilmente con tonos marrones y un buen gloss.
Me siento más ligera y tengo ganas de salir a la calle y ver a los demás.
No he pisado un hospital todavía desde que he llegado a Tokio —gracias a Dios—, solamente la clínica, pero me produce curiosidad ver cómo son por dentro. No sé por qué, pero estoy segura de que tendrán un aura muchísimo más cálida que los de Seattle.
Bajo hasta el portal con puntualidad, comprobando una y otra vez la hora en el móvil: faltan apenas unos minutos para las once.
Mi corazón se acelera un poco, no por miedo, sino por el caso.
Algo me dice que algo importante está a punto de ocurrir, pero lo ignoro, porque no quiero volver a sobrepensar más.
Estoy lista para salir y para enfrentar lo que venga, y el día de hoy empieza con Mina y Takumi llegando tarde. Sorprendente, la verdad.
Apoyo la mano en un pequeño buzón del portal y consulto el móvil. Respondo varios mensajes acumulados de mamá y le paso un selfie: “Me encuentro muchísimo mejor, ojalá estuvieras aquí para hacerme sopita caliente. ¡Te quiero!”.
El taxi aparece con retraso y levanta un pequeño remolino de hojas a mi alrededor. En la entrada de mi edificio hay muchísimos lirios y lavandas plantadas en las jardineras, son las flores típicas que florecen en verano. Mina baja la ventanilla, me llama y abre la puerta, invitándome a entrar.
—Buenos días, Aurora.
—Es broma, ¿no? —Miro a Takumi de reojo.
—No te creas que no me imagino que has estado pegada a la almohada babeando como una niña pequeña desde ayer. No puedo creer que desde que saliste de la oficina y volviste del médico a casa hayas dormido tanto. A Fukuda hasta le dio tiempo de estrellarse con el coche.
—Jefe, tus bromas son como la fiscalía de Kioto, no me hacen ninguna gracia.
Takumi y Mina ríen a unísono y sonrío. Al menos, el ambiente está calmado por aquí.
—Vosotros dos, si no estáis discutiendo, no estáis tranquilos… —añade Mina.
—Sabe que mataría por él, por eso me lo dice.
—Lo sé, por eso se lo digo.
—¡Basta!
Me apoyo en el hombro de Mina y suelto un refunfuño como si fuera una niña pequeña.
Ella rodea los ojos y vuelve a reír. Hacía tiempo que no teníamos un momento tan natural en plena mañana.
Estas últimas semanas, después de la noticia del parón de la investigación, había estado muy, pero que muy distante.
En parte, por eso me enfermé. Me pasé los días encerrada en mi despacho y le dije a Mina que me cediera todos y cada uno de los juicios rápidos que no necesitaran presencialidad en los juzgados para poder hacerlos telemáticamente y no perder tiempo.
Aun así, tuve que ir un par de veces: no conseguí librarme.
Esos sí que los gané. Espero que se siga repitiendo la historia, por mi bien.
A medida que estamos llegando al hospital, mi estómago se enreda en mil nudos y empieza a dolerme. Son nervios, me repito varias veces, para poder tranquilizarme.
El olor del café que Takumi lleva en el vaso térmico llega hasta la parte trasera del coche y Mina mantiene las manos juntas sobre su regazo, mientras mira por la ventana.
Creo que llega un momento donde todos nos damos cuenta de a dónde nos dirigimos realmente y decidimos comportarnos.
Mi mente está en el futuro, corriendo por las escaleras hacia la habitación donde Fukuda está hospitalizado con el cuello inmovilizado y el semblante adormecido por el dolor. Quiero llegar ya.
◆◆◆
El trayecto se hace interminable y encima todos los semáforos están en rojo. Cierro los ojos un momento y, cuando los abro, el coche se detiene frente a la entrada del Hospital General de Tokio.
14 de julio, Hospital General de Tokio
Nos bajamos rápidamente y nos dirigimos hacia las puertas automáticas, que se abrieron lentamente.
El olor característico de los hospitales se instaura en mis pulmones demasiado rápido y empieza a darme náuseas, pero las logro controlar.
Mina y yo nos miramos, pero le hago un gesto de indicándole que todo está bien y que no se preocupe.
Takumi se adelanta, tomando la delantera entre la multitud de visitantes y pacientes, mientras Mina y yo lo seguimos, esquivando a las enfermeras que corren con batas blancas de un lado a otro y a los pacientes que pasan por los pequeños huecos de la recepción de Urgencias arrastrando las sillas de ruedas.
Estando allí, soy realmente consciente de que la vida puede torcerse en un instante, y que aquel accidente, por pequeño que fuera, me ha hecho recordar cuán vulnerables somos allí fuera, desprotegidos.
—Buenos días —saluda Takumi a la responsable de planta del edificio—. Venimos a ver al detective Hattori Fukuda, lo ingresaron ayer.
La recepcionista, una mujer de mediana edad con gafas y cara de pocos amigos, teclea rápidamente su nombre en el ordenador.
Sus dedos bailan sobre el teclado como si llevara años manejando emergencias y solicitudes que llegan con la misma frecuencia que un resfriado a un hospital.
Me mira con cara de pocos amigos y hasta consigo ver un gesto de desprecio.
Me giro hacia Mina.
—¿Acaba de mirarme mal?
—Dahlia, no…