El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 12.
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Capítulo 12.

(散った桜と未解決の事件— Cerezos caídos y casos por resolver)

Me despierto después de una larga siesta. No sé ni qué hora es. Tengo la garganta reseca y el cuerpo todavía me pesa por el sopor de la medicina. La habitación está sumida en la oscuridad y ningún rastro de luz se cuela por la ventana, así que ya debe de haber anochecido.

Durante unos segundos me quedo ahí, tumbada en la cama, mirando al techo.

Me siento mejor que cuando me he ido a dormir, así que creo que la fiebre debe haber cedido y, aunque todavía siento mi cuerpo un poco débil, creo que si me levanto podré moverme sin tambalearme.

Si consigo comer algo ligero y tomarme alguna que otra pastilla, a lo mejor mañana estaré lo bastante bien para volver a trabajar.

Mi móvil se ilumina sobre la mesita de noche y giro la cabeza. Tengo varias notificaciones y ninguna urgente, aparentemente, pero al abrir los chats veo un mensaje de Mina que me preocupa: “Llámame en cuanto leas esto. Es importante.”

Quizás simplemente quiere saber cómo estoy porque no he dado señales de vida desde que salí del médico este mediodía.

No hay rastro de Keith, y una punzada de decepción se junta con la ansiedad que ya acarreo desde hacía días. Suspiro, sentándome en la cama y acariciando las sábanas, como si de alguna manera, me dieran fuerza. Enciendo la luz de la lámpara de noche, respiro hondo y marco el número de Mina.

—Dahlia, ¿estás bien? —descuelga en apenas segundos. Su voz suena un poco alterada y nerviosa.

—Estoy… Mejor —respondo, todavía un poco dormida—. La fiebre ha cedido un poco y ya me puedo mover. ¿Qué pasa? Te noto alarmada.

Se hace un silencio breve que me inquieta por un momento.

—No te asustes, pero… Fukuda está en el hospital.

El corazón se me para y me levanto de golpe de la cama.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hace allí? —pregunto, exaltada.

—Esta tarde ha tenido un accidente de coche volviendo a casa —Mina respira hondo, y puedo imaginarla apretando el móvil entre sus manos—.

Pero no te preocupes, nadie ha salido gravemente herido.

Ha sido un golpe fuerte, sí, pero nada que haya puesto su vida en peligro.

Lo que sí tiene es un latigazo cervical bastante importante, así que se lo han llevado en ambulancia al hospital para que lo revisen. Está ingresado.

Me dejo caer de nuevo sobre la cama, aliviada porque no le haya pasado nada demasiado grave, dentro de lo ocurrido.

Fukuda… Él siempre da la sensación de ser tan invulnerable e imperturbable.

El tipo de hombre que se lanza a lo imposible sin pestañear.

Este mediodía nos hemos despedido tan normal cuando me ha dejado en el templo y justo horas después, mientras yo estaba durmiendo…

¿Por qué tienen que pasarme a mí esta clase de cosas? ¿Qué he hecho mal?

—Mina… —susurro, tratando de calmar el nudo en mi estómago—. ¿Pero está consciente? ¿Se ha hecho alguna herida?

—Está estable y no, no corras por tu cabeza escenas de tragedia, Dahlia —dice—. Aparentemente no tiene rasguños, ni convulsiones graves. Simplemente lo tienen bajo observación, pero quería que lo supieras de inmediato y que no te enteraras de otra manera.

Asiento y, aunque ella no puede verme, los dedos me tiemblan mientras sostengo el móvil; por un momento me siento inútil.

En mi mente, la imagen de Fukuda teniendo ese accidente me hace sentir culpable.

Quizás si no hubiera estado enferma, si hubiera estado en la comisaría con él, si simplemente hubiera vuelto a casa más tarde o no le hubiera obligado a llevarme al templo, habría tomado otro camino y, quizás…

Intento bloquear la ansiedad y la culpa cerrando los ojos e inspirando durante varios segundos. Sé que no podría haber impedido nada de lo ocurrido.

—Gracias… —murmuro—. Gracias por avisarme.

—Ahora mismo está con su familia, sus hijos y su mujer.

Está bien cuidado, así que simplemente te pido paciencia, aunque sé que no es tu fuerte.

Estás enferma y tienes que mejorarte… Ir al hospital solo te empeorará.

Nosotros nos hemos pasado esta tarde, tan pronto nos hemos enterado, y estaba vivito y coleando, aunque no paraba de quejarse de que le dolía el cuello —ríe—.

Prométeme que te quedarás en casa e iremos mañana, si te encuentras mejor, a visitarle.

Ahora mismo debes hacer reposo, no podemos permitir que te pase algo a ti también mientras estás intentando recuperarte.

—Lo prometo —respondo, aunque sé que la preocupación no me dejará dormir tranquila—. No iré al hospital por mi cuenta, pero mañana prométeme tú también que lo primero que haremos será ir a ver cómo está.

—Claro que sí. ¿Te parece bien que vayamos después de desayunar? Así no habrá tanto atasco. Si quieres, te recogemos a las 11:00 delante de tu edificio. Hiroshi también vendrá con nosotras. Si te encuentras mal, quiero que te quedes en casa, ¿sí?

—Sabes que eso no va a pasar.

—Ya, pero tenía que intentarlo. ¿Te has tomado algo? No hemos hablado más en todo el día. Después de que te visitara el médico, Fukuda te llevó a casa directamente, ¿verdad?

—Por supuesto —miento—. Me he tomado las pastillas que me ha recetado y parece que están haciendo su efecto.

—Me alegro de que te sienten bien. Por lo visto, sí que atienden bien en esa clínica, menos mal. Bueno, descansa, yo en breves me iré a dormir. Si necesitas algo, no dudes en escribirme, por favor.

—Sí, mamá —rio.

—Te voy a dar —escucho una carcajada al otro lado del teléfono—. Podrías ser mi hermana pequeña.

—Ya lo sé, y eso lo hace mucho más gracioso.

—¡Cómo eres! Hasta mañana, buenas noches —se despide.

—Buenas noches, Mina, hasta mañana, descansa —cuelgo.

Me recuesto con el móvil todavía caliente entre mis manos, y cierro los ojos. La casa está silenciosa, pero la sensación de que Fukuda esté en el hospital y haya tenido un accidente en medio de todo esto, me mantiene alerta. Un día estamos aquí, y al siguiente…

Me molesta admitirlo, pero una parte de mí quiere ignorar a todo el mundo y correr hacia el hospital para ir a visitarle y cerciorarme con mis propios ojos de que está bien.

La otra sabe que no puedo y que tengo que controlar estos impulsos que a veces me hacen salir malparada.

Tengo que hacer caso a Mina y recuperarme primero.

Es cierto que el hospital es un sitio donde es muy fácil contraer virus y enfermedades, y ahora mismo mi sistema inmune no es el mejor para poder permitirme esos lujos.

Aunque mi decisión va en contra de lo que quiero, decido quedarme en casa. Soy una cabezota.

¿Qué más podría pasar? Apenas me he despertado de esta larga siesta, y ya parece que esté en medio de otra tormenta. En este mundo de injusticias, mentiras y traiciones, nadie está realmente a salvo.

Intento concentrarme en mi respiración y en la sensación de mejora que me han dado los medicamentos…

Pero el corazón me late demasiado rápido después de la llamada.

Seguramente estoy más acelerada de lo que debería y tengo la tensión baja.

Se me ocurre llamar por teléfono a Yukiko, la primera persona que me viene a la mente y que sé que está cerca, esperando realmente no molestarla a estas horas, para preguntarle si tiene un tensiómetro de brazo en su casa.

Le comento mi situación y me dice que en diez minutos está aquí.

Cuando Yukiko llega, la noto cansada, pero no duda en regalarme la misma sonrisa genuina de siempre.

Entra sin hacer mucho ruido y me da un cálido abrazo.

Se sienta conmigo a los pies de la cama y me toma la muñeca con delicadeza para medirme la tensión.

Sus dedos están fríos y los míos, algo temblorosos.

—Estás un poco baja, cielo —dice, preocupada—, pero nada que no se arregle comiendo y descansando.

La escucho pacientemente mientras abre la bolsa que lleva colgada del hombro y empieza a sacar cosas como si supiera desde hacía días que estoy enferma y hubiera estado preparando ese kit especialmente para mí.

Me enseña un pequeño frasco de vidrio de color ámbar que contiene un líquido parecido a la miel.

—Esto lo preparaba mi abuela —explica—. Es un remedio antiguo japonés para el cansancio, la fatiga y el dolor muscular. Con una cucharadita debería bastar.

El suave aroma de hierbas y naranja me recuerda a cuando mi abuela nos visitaba en Seattle durante las vacaciones de Navidad y yo siempre me enfermaba porque no toleraba ni una pizca el frío. Ahora tampoco, la verdad.

Recuerdo sus manos cálidas poniéndome el termómetro debajo del brazo, preparándome paños fríos para bajarme la fiebre y tapándome con las mantas de ovillo que ella misma tejía, mientras me acariciaba el pelo y me cantaba una canción.

El termómetro pita.

—Treinta y siete con cinco —respondo.

—Buena temperatura, parece que descansar te ha venido bien. Seguro que mañana por la mañana estarás mejor.

Vuelve a rebuscar en la bolsa y saca un tupper grande, todavía caliente, envuelto en una toalla de cocina.

—Te he traído caldo de miso con pollo y verduras que he hecho este mediodía.

Has tenido mucha suerte de que haya decidido cocinar esto justamente hoy, cariño.

No quería que hicieras grandes esfuerzos en la cocina, así que solo tienes que servirlo en un bol, calentarlo unos minutos en el microondas y ya estaría listo para tomar.

Camino hacia la cocina y lo dejo sobre la encimera.

Este momento tan íntimo me recuerda a los que tenía con mamá cuando me enfermaba después de trabajar semanas seguidas en el bufete y acababa así: con altas fiebres y sin poder hacer nada por mí misma.

Yukiko me mira de arriba abajo, asegurándose de que no me voy a desmayar ahí mismo, y entonces me acaricia el brazo con cariño.

—Descansa, ¿sí? Te llamaré de aquí a unos días para ver cómo sigues, si te parece bien. Me alegro de que me hayas llamado, hacía mucho que no te veía. ¿Cuánto ha pasado ya?

—Casi un mes, creo —sonrío.