Capítulo 11. #6
—Sí, peligroso, porque no sabes cómo va a acabar.
No sabes hasta qué punto puede anteponer sus necesidades a las tuyas, ni si te está usando, o no.
Estoy segura de que, si pasó aquello aquel día en el juicio, es porque él también te ha visto con ojos hambrientos, pero eso no tiene que ser necesariamente bueno.
Si te quiere utilizar, ahora mismo estás en una posición muy vulnerable, y puedes acabar haciéndote mucho daño.
—Lo sé, Nina, yo también llegué a esa conclusión. Pensé que simplemente quiso hacerlo por ser “la nueva abogada” y saciarse por morbo o curiosidad. Se lo llegué incluso a decir aquel día en mi casa, pero…
—¿Pero? —pregunta.
—No respondió. Su respuesta fue nada. Me dijo que era una abogada incompetente y se fue.
—¿Así que te respondió eso cuando se lo dijiste?
—Sí.
Nina ríe.
—¿Por qué te ríes ahora?
—No, nada, perdóname —Nina se tapa la boca con cuidado y vuelve a soltar una breve carcajada.
—No tiene gracia, no te entiendo…
Inspiro profundamente y me acuesto de nuevo en el suelo, dando un largo bostezo y levantando los brazos para estirarme.
—Escúchame, rubita, es tarde. ¿No crees que deberías irte a casa a descansar? Esa fiebre no va a bajar sola.
—Sí… —murmuro, tocándome la frente con la mano y las cejas fruncidas—. Tienes razón, ya llevamos bastante rato aquí, deberíamos marcharnos.
Nina se levanta y me ofrece su mano para levantarme.
Me levanto y sonrío, sintiéndome un poco más aliviada por haberme abierto.
—Gracias por escucharme —me dice.
—Hija mía… Gracias a ti —río—. No me hubiera imaginado para nada que mi mañana habría acabado así, pero no me ha disgustado del todo.
—A mí tampoco, ¡eh!
Juntas caminamos hacia la salida del templo y nos despedimos del maestro Moriyama, quien al parecer no parece ni una pizca enfadado porque nos hubiéramos pasado más de una hora allí adentro.
Afuera, la luz del sol de julio nos recibe deslumbrándonos. Se siente bien, la verdad, después de estar durante un largo rato sumisas en la oscuridad de un par de velas y dos rayitos de sol.
—Me pican los ojos —dice ella, con la mano en frente a la cara, dándose sombra.
—El calor de julio nos come con ganas, creo que va a ser un verano inolvidable.
—Sobre todo para ti —Me mira.
—Sobre todo para mí —afirmo.
Suelto una pequeña risa. Su forma de ser se parece mucho a la mía, aunque somos dos personas completamente diferentes.
Me hace sentir que, aunque el mundo sea un caos, todavía existen personas como ella que me quedan por conocer aquí y en las que, estoy segura, encontraré el abrazo que en Seattle no me supieron dar.
—¿Querrás que nos sigamos viendo?
—¿Lo dices en serio? —pregunto, extrañada.
—¡Nunca está de más confirmar!
—Ahora que lo sabes prácticamente todo de mí, no te puedo dejar por ahí suelta. Si me traicionas, te meteré entre rejas, palabra de abogada.
—Tienes toda la razón, estoy atada de manos y piernas, ¿dónde me he metido?
Le doy un codazo.
—Tienes que venir a la pastelería. Te gustan los dulces, ¿verdad?
—Me encantan.
—Pues tienes que probar mis pasteles, son mi especialidad. Te presentaré a mamá y a papá, son unos grandes reposteros, y también a Landon. Estoy segura de que les hará muchísima ilusión conocerte.
—Yo también tengo ganas de conocerlos. Tengo que ponerles cara a los culpables de que ahora estemos condenadas a vernos de por vida.
—¡Eres muy graciosa! —bromea.
Ríe.
—Tú también puedes venir a casa. Vivo sola, cerca de mi bufete, en la calle Akasaka, en el número 9-7-1. Es el edificio de la Torre Mori Hills, ¿te suena?
—¡Sí, me suena! Es un edificio enorme. Cuando cojo el metro, siempre lo veo y me quedo embobada, no puedo creer que vivas allí.
«Yo todavía tampoco, Nina», pienso.
Nos abrazamos para despedirnos. Es un abrazo tan cálido… Que me hace sentir protegida. Estoy segura de que este templo ha sido el culpable de haberla conocido y la ha traído frente a mí como si fuera una bendición. No puede ser una simple casualidad.
Intercambiamos los teléfonos y luego nos separamos.
En la distancia, la veo dando saltitos y moviendo las manos sin parar, diciéndome adiós. Pone rumbo hacia su camino, y yo hacia el mío.
Mientras camino de vuelta a la calle principal, que está a los pies de las grandes escaleras en las que casi muero hoy, pido un taxi para volver a casa sana y salva.
13 de julio, Apartamento de Dahlia
Al llegar a mi apartamento, me dejo caer sobre la cama, soltando un largo suspiro.
La conversación con Nina me ha sanado un poco el corazón, aunque por dentro el malestar físico sigue siendo el mismo.
Me doy una larga ducha caliente, me preparo un té de jengibre y me tomo las medicinas que compré en la farmacia justo al bajar del taxi.
Con el pijama puesto y las persianas de mi cuarto bajadas, cierro los ojos y dejo que la poca luz que entra por la ventana se pose sobre mi rostro, prometiéndome que, aunque ahora mismo no soy la más fuerte del mundo, el día de mañana, quizás sí puedo serlo.
Y con una lágrima deslizándose poco a poco sobre mi mejilla y un paño húmedo en mi frente, me quedo dormida hasta el anochecer.