Capítulo 11. #5
—Cuando llegué a Japón —empiezo, con un nudo en la garganta—, conocí a Keith aquel día en el Templo Katsura. Bajo la luz de la luna, delante del escenario de un crimen… Fue imposible no fijarse en él.
Mis ojos no dejan de proyectar la imagen en mi mente.
—Sus ojos… —Continúo—, eran verdes, como los míos.
Su pelo negro largo, muy largo, sus facciones marcadas, su piel blanca…
Y todo el brazo y el pecho lleno de tatuajes me llamaron la atención.
Tenía las mangas de la camisa remangadas y vi sus músculos firmes y marcados, todo vestido de negro, a juego con la oscuridad que estaba a punto de caer después del atardecer.
Llevaba un colgante con el símbolo de la justicia, la balanza, colgando del cuello y estaba fumándose un cigarro, inhalando y exhalando el humo como si nada, sosteniéndolo con su mano, llena de anillos plateados en los dedos…
Siento que el corazón me late con fuerza al recordarlo.
—En ese momento pensé que no había un hombre más guapo ni atractivo pisando ese suelo…
Ni siquiera Japón —admito, bajando la mirada—.
Pero fue seco, maleducado… Y allí empezó nuestra rivalidad.
¿Quién me iba a decir a mí que sería el fiscal del caso, y que tendría que enfrentarme a él para ganar este sucio y sangriento caso que me desgarra por dentro?
Nina escucha con atención, sin interrumpirme. Inspiro y sigo.
—Empezó muy rápido a interesarse por mí —confieso, con un poco de vergüenza y algo de sorpresa por admitirlo—.
Sin saber por qué, acabamos siempre en los mismos lugares.
Quiere hacerme la vida imposible y siempre me mosquea y me hace hervir la sangre…
Pero, a la vez, mi estómago se revuelve y mis mejillas se tiñen de rojo carmesí. No puedo frenarlo.
Suspiro.
—Y le odio, Nina, realmente le odio —confieso, apretando los puños—.
Le odio porque ha hecho daño a gente que quiero…
Y a mí misma. Pero, hace unas semanas, acabamos encerrados los dos solos, juntos, en una habitación medio abandonada en los juzgados de Tokio el día que se celebró el primer juicio hace casi un mes y… Allí casi me entregué a él.
Nina arquea una ceja con curiosidad contenida.
—¿Follasteis? —pregunta con naturalidad, sin un ápice de vergüenza.
Niego con la cabeza, aunque mis mejillas se calientan un poco.
—Se podría considerar que no —digo, bajando la voz—. No lo hicimos… Ni siquiera nos besamos. Él me tocó y yo estaba muy excitada, pero no llegamos a nada más porque paró.
Tomo aire, intentando calmar la mezcla de emociones que me recorre el pecho.
—¿Paró? —pregunta, sorprendida.
—Sí. A día de hoy también me pregunto el porqué, pero lo desconozco.
Lo único que sé es que, después de eso, se presentó en mi casa esa misma noche y me dijo que jamás volvería a tocarme —le digo, con un hilo de tristeza—.
Ya ha pasado casi un mes desde la última vez que lo vi porque la investigación se ha pausado, y tampoco hemos intentado contactarnos de ninguna forma.
—¿Y has querido hacerlo?
La miro y hago una pequeña mueca.
—Todos los días.
Nina me aprieta la mano de nuevo, transmitiéndome su calor. Se queda callada durante un instante y, en su silencio, siento que puedo seguir confiándole todo lo que me atormenta.
Algunas velas se consumen por completo y la habitación se llena de olor a cera. Solo quedamos nosotras dos, compartiendo secretos, heridas y memorias que nadie más conoce.
Me quedo un instante más en silencio y giro la cabeza para contemplar de nuevo el altar.
—Es… Más complicado de lo que creía. No quiero admitirlo, ni siquiera a mí misma, pero cada vez que pienso en él, inevitablemente hay algo que me sacude y me desarma.
Y no quiero que sepa cuánto me afecta, porque sé que solo estoy confundida por la simple razón de que hace mucho tiempo que me siento sola.
—No tienes que ponerle nombre a lo que sientes —dice con calma—. No hoy. Solo reconoce que duele, y eso ya es suficiente.
—No sé discernir entre el odio y la atracción, Nina —bajo la vista hacia mis manos—.
No siento amor por él, apenas le conozco.
Lo único que logro ver entre tanta niebla es que, por mucho que he intentado frenarme, la atracción que siento por él me ha podido más que lo malo.
Me siento una adolescente enamorada del chico malo de su clase, el que trata mal a los demás y se cree superior al resto.
¿Qué estoy haciendo? Me avergüenzo de mí misma.
Jamás habría pensado que podría fijarme en alguien tan cínico, frío y sin corazón como él.
Si supieras todo lo que ha hecho durante su carrera, Nina...
Yo no sé mucho, pero lo que sí sé es que no le importa nada, ni nadie, e hizo daño a mi maestro, Takumi.
Fue la razón por la que ya no es el abogado que ha sido siempre, y el día que me enteré, quise matarle.
¿Qué es lo que me pasa? ¿Se me ha olvidado?
¿No me importó lo suficiente como para sentenciarle de por vida y odiarle sin compasión?
Nina niega con la cabeza y pone sus ojos azules como dos pozos cálidos fijos en los míos, con atención.
—Dahlia, creo que hay algo que te está costando ver, y es lo razonable que son tus sentimientos —dice—.
No es solo atracción, ni solo odio. Puede ser tensión, confusión o quizás un poco de respeto y miedo mezclados.
A veces, los sentimientos más complicados no se nombran, solo se sienten, y está bien así.
Cuando empezamos a desarrollar sentimientos por alguien, y no necesariamente los más románticos del mundo, sobre todo en tan poco tiempo, nos acaba dando igual todo.
El amor está, generalmente, siempre por encima de todo lo demás, y nos hace tomar decisiones irracionales y equivocadas, incluso.
Tú tienes mucho cariño, respeto y admiración por tu maestro, por lo que me cuentas, pero hay un sentimiento que sobrepasa eso, y es lo que Keith te despierta.
Esa es la razón por la cual, aunque sabes que le ha hecho daño, no es suficiente para dejarle marchar.
Él no es como tú, eso está claro. Sois dos polos opuestos dentro de un mismo mundo, e indudablemente enemigos en la corte, pero ¿es suficiente?
Pregúntatelo. ¿Es suficiente que sea quien es para que te alejes de él y lo olvides?
¿O precisamente que sea así es lo que hace que no puedas evadir tus sentimientos?
Siento que algo dentro de mí se afloja y, por un momento, casi olvido el porqué de todo esto.
El por qué empezó todo. Las injusticias que sentí por su culpa, la fatiga de las noches sin dormir y el peso de saber que hará lo que sea por ganar el caso, aunque descubra al verdadero criminal.
Ahora solo estoy aquí, sentada junto a la única persona que sabe quién es realmente Keith Kudo para mí y que no me está presionando para encajar mis sentimientos.
Simplemente, me está dejando ser contradictoria y humana.
—No… —Susurro—. No lo sé…
—¿Sabes qué es lo que yo creo, Dahlia? Creo que tienes tan claro quién es Dahlia Hawthorne, la abogada, y tan poco quién es Dahlia Hawthorne, la mujer, que por eso estás sufriendo tanto por Keith.
Me parece a mí que la que está desarrollando estos sentimientos por ese fiscal es la mujer, y no la abogada, y por eso estás tan confundida.
Tienes la percepción de ti, de quién eres en la corte: una mujer fuerte, empoderada, inteligente, perseverante…
Incluso fría cuando es necesario, y te descoloca que alguien así pueda sentir algo por alguien, aparentemente, tan malo.
Pero como mujer, no eliges de quién te enamoras, o quién te gusta.
Cuando le conociste por primera vez, ni siquiera sabías que era el fiscal del caso, pero a pesar de ello, ya me has confesado que tu corazón se paró y te entró por los ojos.
Es muy difícil controlar un flechazo así, y, ¿qué le vas a hacer?
Habrá algo más que tenga que te esté haciendo sentir así.
Estoy segura de que esta rivalidad te gusta, en cierta manera, y pelear con quien también te quieres meter en la cama, puede llegar a ser hasta divertido, pero también peligroso.
—Peligroso… —Repito.