El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 11. #4
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Capítulo 11. #4

—Cuando no estoy entre tartas y bandejas de repostería, dibujo, como ya bien sabes.

Mi sueño es dedicarme al arte de verdad, dibujar rostros, manga, realismo, abstracto…

Me da igual. Todo lo que sea darle vida a una hoja.

No tengo un estilo propio, pero tampoco me interesa tenerlo.

Prefiero que reconozcan mi firma antes que mi talento y, después de mirar la obra, se den cuenta de quién está detrás de ella.

Pero como todo en la vida, no es más que un sueño, y solo lo cumplo en mis ratos libres.

Si piensas que estoy trabajando allí por gusto, estás muy equivocada.

Lo hago porque es el negocio que papá y mamá abrieron con tan solo veinte años cuando se mudaron aquí, y necesitan ayuda.

Tenían que hacer algo que pudiera irles bien y les permitiera nutrirse del idioma, así que, ¿qué mejor que una gran cafetería donde cada dos minutos se te hacen colas eternas en el centro de Shibuya?

En Londres no les iba tan bien como aquí, y como se conocieron en el instituto y se enamoraron muy jóvenes, tomaron la decisión de no ir a la universidad y ponerse a trabajar.

Podía salir bien, o podría haber sido desastroso…

Pero ganaron mucho dinero y tuvieron dos bebés preciosos.

Y no lo digo porque uno sea yo. Mi madre me tuvo con veintiún años recién cumplidos y después nació mi hermano, Landon.

¡Ni se te ocurra hacer la broma, todos se la hacen al pobre, por venir de donde viene!

Pero ese bollito de solo quince años lo es todo para mí, y quiero darle la vida que él quiera tener, por eso me esfuerzo tanto.

Asiento, comprendiendo la dualidad de su vida.

Lo dice calmada, pero sé que, en el fondo de su corazón, Nina está sacrificando parte de su vida por sus padres y su hermano, y eso no le deja vivir la suya en su totalidad.

No la juzgaré jamás porque no puedo sentirme más identificada.

Cuando papá nos abandonó, yo también cambié el rumbo de mi vida para poder cuidar de mamá y ofrecerle la vida que se merece, pero, en muchísimas ocasiones, la he puesto por encima de mi felicidad y se ha notado.

Venir aquí ha sido la primera decisión que he tomado en mi vida donde me he puesto por encima de los demás, y por eso ahora estoy frente a ella. El destino es muy caprichoso.

—Pero… También hay alguien más —dice entonces, bajando un poco la voz, como si el templo nos estuviera escuchando—. Él es, quizás… La verdadera razón por la que termino viniendo aquí casi todos los días.

Mis ojos se entrecierran, curiosa y un poco alerta.

—¿Alguien? —pregunto, con cuidado—. ¿Un amigo? ¿Familia?

Nina suspira, levantándose y apoyando las manos sobre sus piernas, dejando que un pequeño silencio la prepare para contarme su talón de Aquiles: la persona que ama.

—Se llama Makoto Sato. Es… Mitad británico, mitad japonés.

Hoy en día todavía no puedo creer que haya encontrado aquí a una persona con una historia tan similar a la mía, ¿no crees?

Lo conozco desde hace tiempo, pero cada vez que nos vemos, me recuerda que hay algo que debo aprender…

Algo que él, de algún modo, ha puesto en mi camino.

Es difícil de explicar, pero es él quien me hace volver aquí para rezar por su bienestar y que no le pase nada malo.

Asiento. Puedo sentir la carga que ese nombre trae consigo y cómo, seguramente, voy a escuchar por primera vez desde que estoy aquí el nacimiento de una historia de amor. Una de verdad.

—Ese chico… ¿Te gusta? —susurro, acercándome a ella y poniendo una mano sobre su hombro.

—No lo sé… Supongo —responde—. Es mi mejor amigo, pero…

Nos hemos besado y también nos hemos acostado.

Creo que él no siente nada y yo no quiero que sepa que siento algo por él después de tantos años.

Seguramente no lo aceptaría y me diría que me lo estoy inventando o que estoy bromeando.

Él también es el que mantiene viva la chispa entre nosotros, ya que, si fuera por mí, seguramente me habría alejado hace mucho tiempo por no hacerme daño…

Por él, por mí y por todo lo que me gustaría construir, pero no sé hasta qué punto solo soy una amiga a la que le tiene… demasiado cariño.

Me acomodo frente a ella y le tomo la mano.

—Ese Makoto, Nina… Cuéntame un poco más sobre por qué crees que él no siente lo mismo por ti. ¿Está jugando con tus sentimientos? —pregunto, preocupada.

Nina niega con la cabeza, pero sus dedos juguetean con la tira de su vestido como si contuvieran un nervio que no se atreve a liberar del todo.

—No es exactamente así —dice, entristecida—.

La culpa la tengo yo. Cuando pasó la primera vez, él fue el primero que me dijo que había sido fruto del cariño de tantos años, pero que él no sentía nada por mí y solo me veía como lo que soy, su mejor amiga.

Me pidió que fuera sincera con él y que, si yo sí, se lo contara, para que él pudiera frenarlo y que no volviera a pasar, porque no quería que sufriera.

Le mentí porque no podía hacerme a la idea de no tenerle de esa manera, y por mentirle, me acabé haciendo el daño más grande que jamás he sentido.

Observo cómo sus ojos se pierden en la luz que entra por los ventanales.

—Nina, es difícil dar marcha atrás ahora, y quiero que sepas que hay miles de personas que en este mismo momento estarán pasando por lo mismo.

Habrán aceptado condiciones en su día que, simplemente, sabían que no podían cumplir —comento, intentando no sonar demasiado inquisitiva—.

Te has enamorado de él como era inevitable que pasara, y es normal que no puedas alejarte de su cuerpo y sus besos, pero deberías decírselo, o acabarás perdiéndote.

A ti. A él no, jamás. Si se marchara por eso, el que perdería sería él, tenlo claro.

—Dahlia… —susurra, con un pequeño suspiro—.

Supongo que tienes razón, pero no es fácil.

Me aterroriza pensar que, si le confieso mis sentimientos, se aleje de mí para no crearme falsas ilusiones y no lo vuelva a ver.

A veces siento que él no sabe el efecto que tiene en mí y que no entendería por qué hace que mis días giren alrededor de este lugar. Y aun así… Sigo viniendo.

—Si no te ha podido llegar a amar después de tanto tiempo entregándoos, no te merece. Además, no debe ser muy inteligente si no puede llegar a la conclusión él solito de que su mejor amiga, después de tanto tiempo follando, haya terminado enamorándose.

Nina me mira y sus ojos azules, como el océano más profundo, se cristalizan, pero contiene con todos sus esfuerzos las lágrimas.

—¿De verdad crees eso? —pregunta, mirándome fijamente—. Quizás debería hablar con él entonces, pero…

—Ya, ya lo sé. Pase lo que pase, puedes contar con mi apoyo. Ahora somos amigas, si tú quieres.

—Claro que quiero —sonríe.

—Pues entonces, si decides ser valiente, y no te juzgaré si no lo eres mañana mismo, estaré aquí para que no te sientas sola y comprendas que ahí afuera cualquiera podría enamorarse de un terremoto como tú, y no necesitaría toda la vida, como otros.

Nina se tira encima de mí y me abraza muy fuerte, con sus rodillas apoyadas en el suelo y el leve sonido de las velas tiritando por toda la sala.

Se lo devuelvo y noto cómo una lágrima cae sobre mi hombro, así que simplemente, cierro los ojos y la sostengo entre mis brazos el tiempo que ella considerase necesario, hasta que me suelta.

Es el abrazo que yo también necesitaba desde hacía mucho tiempo, pero todavía nadie me había dado, porque, a diferencia de Nina, yo no soy tan valiente como ella y no he podido confesar mis miedos y mi dolor a nadie, ni siquiera a la gente que sé que me quiere.

Pero eso está a punto de cambiar ahora mismo.

Nina me suelta y se seca las lágrimas con la punta de los dedos. Se tapa la cara, avergonzada, y se echa a reír. Yo también río y camino hacia mi bolso, que he dejado encima de un mueble oscuro y antiguo, y saco un par de pañuelos para que pueda limpiarse las lágrimas como toca.

—Gracias, Dahlia, hacía tiempo que no hablaba con alguien de algo así. Ha sido un torbellino de emociones retenidas desde hace mucho tiempo, te lo aseguro.

Le digo que sí con la cabeza y mi mirada se entristece. La entiendo tanto que mi corazón en cualquier momento podría empezar a darme punzadas por el estrés de guardar todo ese dolor en él.

Ella se da cuenta.

—A ti también te está pasando algo, ¿verdad?

Miro hacia el suelo.

—Sí.

Nina sonríe y me coge las manos.

—Pues cuéntamelo, por favor. Quiero saber quién es el afortunado que está haciendo que vayas por ahí resbalándote y comiéndote el suelo de los templos que pisas, para decirle un par de cosas.

Suelto una leve carcajada, entrecierro los ojos y, mientras el silencio se asienta entre nosotras de nuevo, pienso en Keith otra vez.

Su recuerdo se cuela en mí como el filo de un cuchillo afilado en el cuello, peligroso. Y, aunque no está aquí conmigo, su presencia se hace inevitable, como si la vez que me dijo que estuvo aquí se estuviera repitiendo en este mismo instante.

Nina me lanza una mirada rápida al ver que no respondo, como si me estuviera leyendo el pensamiento, y sonríe.

Yo le devuelvo la sonrisa, aunque más pequeña, consciente de que, de alguna forma, ambas, ella y yo, estamos conectadas por la necesidad de entender, de priorizarnos y, quizás algún día, de perdonar.

—No sé si debería contarte esto —digo, temblando—. Eres la única persona en este país que lo sabrá. No se lo he contado ni a mi propia madre… Pero necesito hacerlo, si tú me dejas.

Nina me mira sin una pizca de juicio y me hace sentir segura.

—Confía en mí, Dahlia —responde—. Yo lo he hecho contigo.

Inspiro hondo y dejo que las palabras empiecen a fluir, aunque sé que cada una me hará sentir más y más vulnerable, a medida que avance.