El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 11. #3
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Capítulo 11. #3

—Qué cosas tienes… —Río ligeramente—. Yo he cumplido veintiséis años este febrero, así que sí, no vas mal encaminada.

Además, puede que sí tengas razón y no esté en mi mejor momento, pero eso no significa que no me guste estar aquí.

Llevo poco tiempo, pero he podido vivir muchas cosas, y debo sentirme afortunada por ello.

¡No todo ha sido malo! Aunque lo creas difícil, he intentado tener vida más allá del caso.

Me mudé a Japón desde Seattle hace casi un mes.

Dejé atrás a mi madre para trabajar como abogada en el bufete Mei & Co.

y allí conocí a mis compañeros, Mina y Takumi.

Te los presentaré, os llevaréis genial. Ser abogada es intenso, a veces demasiado, y no siempre fácil, pero…

Es mi elección. Uno hace lo que cree que debe hacer, aunque se le dibujen cicatrices por el camino.

Es en esos momentos en los que realmente he valorado la oportunidad de estar aquí y me he sentido una privilegiada.

De hecho, la primera vez que vine a este templo fue después de mi primer juicio.

¿Te lo puedes creer? Algún día te contaré cómo fue la primera vez que pisé los juzgados de Tokio y cómo pude reconducir el juicio para lograr posponerlo.

Fue una locura, Nina… —Los recuerdos de aquel día me vuelven a la mente—.

Esa misma tarde acabé aquí y, bueno, siendo sincera, no sé qué es lo que busco realmente en estos sitios.

No pertenezco del todo a este mundo y a veces siento que me estoy apropiando de algo que no es mío, pero desde que me mudé aquí he sentido la necesidad de visitarlos para no sentirme sola y poder conectar conmigo misma. ¿Crees que es raro?

—Para nada, rubita. Japón le cambia la vida a todo el que llega y es normal que encuentres tu espiritualidad en estas obras de arte llamadas templos.

Aquí nadie juzga a nadie, todo el mundo es libre de creer en lo que quiera.

A mí me gusta la paz que me transmite y me ayuda a reconectar conmigo misma, más que si estuviera en mi habitación comiendo techo, llorando encima de la almohada —dice, encogiéndose de hombros, mientras acomoda su pelo—.

Prefiero llorar aquí que allí, es simple.

Además, creo que todos necesitamos un refugio al que poder acudir cuando no sabemos a dónde ir, y esto jamás desaparecerá, Dahlia.

Si has podido encontrar ese refugio en el mismo lugar en el que yo lo hice…

Me alegro muchísimo de que así haya sido.

Me siento reconfortada por las palabras de Nina y no puedo evitar emocionarme, así que simplemente, cierro los ojos y suspiro.

Soy consciente de la distancia emocional que estos días me está separando de todo lo demás: Kioto, la investigación que sigue colgando de un hilo, mis compañeros, mi familia…

Y él.

Sin embargo, ahora mismo no me siento tan distanciada del todo.

—Vamos a quedarnos un rato más aquí, ¿te parece? Solo nosotras, antes de que el maestro Moriyama nos eche y nos llevemos una buena bronca por apoderarnos de su lugar favorito. No me gustaría que ese dragón de allí —señalo al altar— empezase a escupirnos fuego.

—Me parece perfecto —sonríe Nina, mientras apoya su cabeza en mi hombro—. Este es nuestro pequeño mundo por ahora, y nadie nos puede tocar. Que el tiempo no nos alcance, aunque afuera todo siga ardiendo.

—Esa frase se merecería brindar con una buena copa.

—Ya tendremos tiempo —sonríe.

Sentadas frente al altar, la fiebre, la tristeza y el recuerdo que Keith había dejado en mí, desaparecen por un segundo. Me permito cerrar los ojos y simplemente, respirar.

Sé que Nina me está observando mientras su mano sostiene la mía.

No percibo ningún juicio en su interior, ni la curiosidad que muchas veces la gente tiene cada vez que les cuento lo que soy y a qué me dedico.

El morbo y el querer saberlo todo les puede, pero parece que ella es distinta y su atención refleja simplemente la intención de alguien que quiere escucharte porque quiere lograr entenderte.

—El caso que estoy llevando ahora… —Empiezo, tragando saliva—, es un asesinato que ocurrió en un templo como este, en Kioto: el Templo Katsura.

Mi clienta, una devota de veintiún años, Yuko, ha sido declarada culpable, pero yo sé que es inocente.

O al menos, eso siento desde que la conocí.

Creo en sus palabras y confío en que no es alguien que haría daño a su maestro, la víctima.

Lo apuñalaron en el pecho, en medio de una sala ceremonial como en la que estamos ahora sentadas.

A día de hoy, todo lo que tengo son indicios que apuntan a ella, pero…

Algo en mi interior me dice que la verdad es otra, por eso en gran parte vengo aquí, para intentar aferrarme a lo que sea que no puedo encontrar allí afuera, mientras estoy tras un asesino que ni siquiera sé si todavía he visto en persona.

Nina no responde de inmediato, pero sus ojos siguen fijos en mí, introspectivos, como si estuviera caminando por un bosque oscuro tratando de encontrar la salida, asimilando la historia que le he contado.

A ella le puede parecer un cuento o una novela de Agatha Christie en medio de una biblioteca, pero para mí, es la vida misma.

—Lo siento mucho, Dahlia —murmura finalmente, con la mirada entristecida—.

Es terrible pensar que alguien tan joven pueda ser señalada por algo que no hizo y que nadie la crea.

Pero todavía debe ser peor tener la responsabilidad de demostrarle al mundo lo equivocados que están.

Entiendo que pueda ser agotador vivir algo así y sentir que nadie más ve lo que tú ves.

Asiento. Sí, lo es. Cada día guardo dentro de mí la impotencia y la rabia de no saber qué hacer o cómo va a acabar, junto a la culpa y la frustración de no discernir entre lo correcto o lo incorrecto.

Haberme mudado aquí me ha hecho comprender en demasiado poco tiempo cómo de frágil puede llegar a ser la justicia, y lo difícil que es mantenerme entera sin romperme a llorar en mitad de un juicio.

Puedo escuchar el crepitar tenue de las velas y el sonido de un pozo levantando agua sonar junto al leve roce de nuestras respiraciones.

Es extraño porque, a pesar de que esta primera toma de contacto con Nina indudablemente la recordaría con dolor y especial cariño, siento que no podría haberla conocido de otra manera, ni en otro lugar.

—No pasa nada. Quería contarte de dónde vengo y qué hago aquí, estoy segura de que la primera impresión que te has llevado de mí no es precisamente la de una abogada envuelta en un terrible asesinato.

—Si te soy sincera, lo primero que he pensado al verte es lo patosa que eres y lo despistada que debías ir para caerte justo en el último escalón de unas escaleras que precisamente no son pocas —contesta, conteniendo las ganas de reírse—.

Pero… También he pensado en qué hacía una chica como tú aquí.

Creía que eras una simple turista, pero en el momento en el que te he curado la pierna, sabía que tenías mucho más que ofrecerme. Ojo de dibujante, lo puedes llamar.

Nina se lleva el pelo detrás de la oreja y cierra los ojos, inhalando y exhalando aire, poco a poco.

—Yo lo único en lo que llevo pensando desde hace un rato es en cómo acabaste preparando tortitas y no operando a corazón abierto. Mira esto —señalo mi pierna—, ni un hematoma alrededor. ¡Qué desperdicio!

—¿Yo te alago como a una princesa y tú solo me ves como un botiquín andante? —responde, satírica y juguetona.

—¡Qué mala! —le doy un suave empujón en el brazo—. Sabes que no es así.

Me recuesto ligeramente en el suelo, mirando el techo.

—Basta de hablar de mí —añado—. Creo que ya te he taladrado suficientemente la cabeza... Ahora te toca a ti —digo, invitándola a abrirse—. Cuéntame quién es Nina Withmore.

Nina apoya la cabeza junto a mí y se recuesta a mi lado. No puedo ver sus ojos azules en esta postura, pero estoy segura de que se mueren de ganas de contarme cosas.

—Pues bueno… —comienza—. Trabajar en la pastelería es…

Agotador, a veces. Especialmente los turnos de madrugada y los clientes que creen que un café puede arreglarte el día sin poner de tu parte.

Mis padres se mudaron a Japón cuando eran jóvenes y así nací, fruto de un amor intenso y las ganas de empezar de nuevo lejos de Londres, en la otra punta del mundo y por amor a este país.

Siempre quisieron que creciera aquí, y supongo que lo hicieron bien.

Tenían ganas de tener hijos y… Decidieron tenerlos aquí.

Es muy guay compartir ambas culturas, saber dos idiomas, tener amigos aquí y allí, pero…

A veces siento que soy la mezcla de dos mundos que no terminan de encajar.

Su mirada se pierde un momento en la madera que tenemos encima y frena, pero no digo nada, porque sé que necesita esos segundos.