El Juicio en Llamas (El Renacer de las Cenizas nº 1) Capítulo 11. #2
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Capítulo 11. #2

Es en ese momento cuando el sonido de un pequeño tambor o campana anuncia el comienzo de la ceremonia y el sacerdote recita un norito, una plegaria en japonés arcaico.

El contenido de esta básicamente pide la eliminación de impurezas, el restablecimiento del orden interior y la protección de los presentes.

Finalmente, el sacerdote avanza lentamente, levanta el haraigushi con ambas manos, lo agita de lado a lado sobre cada grupo de personas y las tiras de papel blancas se mueven como si atraparan la mala energía. Los visitantes inclinan la cabeza ligeramente mientras pasa sobre ellos.

La creencia de este ritual es que el sonido y el movimiento del papel rompen la impurificación espiritual acumulada por el día a día, así que, tras purificar a los asistentes, el sacerdote vuelve al altar, se hace una reverencia y la ceremonia concluye.

Nina y yo observamos cómo los feligreses se levantan a la vez y se dirigen hacia la salida. Ya han terminado.

—Vaya… Mala suerte —susurra, moviendo la cabeza de un lado a otro con una sonrisa resignada, mientras ve la sala medio vacía—. Hemos llegado tarde.

—Sí —respondo, encogida de hombros—. Parece que todo lo que toca mi día últimamente se convierte en un desastre menor.

Nina ríe suavemente y logra aliviar un poco la decepción del momento.

Hace rato que he salido del médico y recuerdo que no he parado en la farmacia para comprar la medicina, así que llevo la mano a mi frente en señal de autoconvencerme de que no estoy tan mal, y sorprendentemente, ya no estoy tan caliente.

Es como si esa mujer fuera una especie de medicina andante, si no, no me lo explico.

Bajo mi mirada hacia la rodilla y tampoco estoy sangrando. La tirita está haciendo su función.

Entre pensamientos, desde el fondo de la sala y con la habitación ya vacía, veo al propietario del templo acercarse a nosotras: el monje que conocí el primer día que pisé este lugar.

Sus ojos se iluminan al ver a Nina y su rostro se alegra tanto como si estuviera viendo a una amiga de toda la vida.

—Nina, pequeña —la saluda con una reverencia—. Qué alegría verte por aquí hoy también. Veo que hoy vienes acompañada.

—Sensei Moriyama —responde, inclinándose levemente—. No podía faltar, aunque veo que hemos llegado un poco tarde.

—Sí, es cierto, justo acabamos de finalizar la ceremonia de la mañana, siento que no hayáis podido acudir.

Conversan un par de minutos más con naturalidad, como si yo no estuviera, y los observo con ternura mientras la curiosidad de su relación me despierta interés. No puedo evitar interrumpir.

—¿Se conocen? —pregunto.

Ambos se giran hacia mí. Nina sonríe sabiendo que a él le hará ilusión que ella responda.

—Sí, desde hace muchos años. Mis padres me traen aquí desde que soy un bebé, por eso alguien no asume que ya no soy tan “pequeña” y que todos crecemos… ¿Verdad, sensei? —dice Nina—. Este templo se ha convertido en mi segunda casa.

—Exactamente. La “ya no tan pequeña” Nina es una visitante frecuente, siempre tan respetuosa y paciente. Es casi parte de este lugar.

Una sombra de tristeza cruza por mi rostro y el monje la reconoce al instante, como aquella vez. Es como si sus ojos pudieran ser capaces de leer las grietas más pequeñas del alma.

—¿Está bien, Hawthorne-san? —pregunta, preocupado—. ¿Se encuentra bien?

—Oh… No se preocupe —respondo, intentando recomponerme, sonriendo un poco—. Solo son unas décimas, ya me ha visitado el médico, pero antes de irme a casa a descansar quería pasar un rato a rezar. Nada más.

El sensei Moriyama asiente, y su expresión se tranquiliza.

—No se esfuerce mucho, señorita. He de decirles que no habrá más ceremonias hasta la tarde —nos explica—, pero hoy haré una excepción.

Les dejaré la sala ceremonial para ustedes solas.

Podrán quedarse, estar tranquilas y hablar de lo que necesiten.

Aquí estarán protegidas y volverán a casa con un par de grietas sanadas, se lo aseguro.

—Gracias —susurro, sintiendo un alivio que no me esperaba.

—¡Muchísimas gracias! —añade Nina mientras se despide del monje y me agarra la mano para arrastrarme hacia el altar.

Nos inclinamos en señal de respeto y nos sentamos frente a él, con las manos apoyadas suavemente sobre nuestras piernas.

Las velas siguen ardiendo, la luz del sol deja entrar por la ventana varios rayitos de sol cálidos y, al hacerse el silencio absoluto, respiro profundamente para calmar mi ansiedad y mis pensamientos intrusivos.

El templo parece contenernos y sostenernos.

Allí, con Nina a mi lado y el silencio profundo, el mundo exterior desaparece y siento que incluso las heridas más profundas empiezan a cicatrizar, sea síndrome placebo o no.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos y el aroma del incienso de sándalo blanco se empieza a impregnar en mi vestido.

Cada respiración que tomo me recuerda que estoy viva y que todavía puedo sentir algo que no sea dolor, pero también que fuera de estas paredes hay un asesino que sabe que estoy buscándole, y que no dudará un segundo en hacerme daño si me entrometo en su camino.

No me da ningún miedo.

—Nunca me acostumbro a este lugar —susurro—. Cada vez que vengo, la serenidad de este templo es igual a la primera vez que lo pisé. Estoy agradecida de haberlo descubierto.

—Lo sé —responde ella, alzando un poco la cabeza mientras mira las figuras talladas en la madera del altar—. Es como si te sintieras bien recibida, ¿no?

Asiento, dejando que las palabras de Nina calmen mi corazón, aunque en el fondo sigue latiendo con un ritmo irregular.

Mis pensamientos vuelan inevitablemente al Templo Katsura y aprieto los puños sobre las piernas.

Allí todo era sangre, violencia, injusticia…

Y creo que por eso he creado un vínculo tan fuerte con este sitio.

Lo visito para autoconvencerme de que no debo demonizar estos lugares y tengo que comprender que hay cientos de sitios idénticos a él en los que puedo sentirme segura y protegida.

Aun así, no puedo ignorar la certeza de que, por mucho que gane o perdiera este caso, la grieta que me está creando será muy difícil de reconstruir.

—Cabe decir que jamás me he considerado una persona extremadamente religiosa —me dice Nina—, pero hay algo que hace que incluso todos los turistas que pasan por aquí, vengan de donde vengan y crean en lo que crean, se sientan de alguna manera conectados con el aura que envuelve el templo.

Cuando era pequeña, mis padres me decían que no todo era cuestión de religión, sino de fe y ganas, y que todos los rostros que pasan por aquí y piden un deseo, tienen una historia única que contar. Nunca habrá dos iguales.

—Sí… —susurro, recordando a Keith y sus pasos por mi apartamento, la última vez que lo vi—. A veces duele, recordar que tienes algo que contarle a alguien y no puedes. Y también que ese alguien estuvo contigo en un mismo lugar, pisando tu mismo suelo, pero ya no.

Nina me mira, pero no dice nada. Su silencio es una clara contestación.

Mis ojos se vuelven a fijar en el altar y observo cómo la luz esta vez se posa sobre las figuritas y las ilumina: un dragón, una serpiente, una estrella, un pétalo de cerezo…

—¿Y tú? —le pregunto de repente a Nina, dejando que mi curiosidad rompa el silencio—. ¿Después de tantos años, no te has cansado de ver lo mismo día tras día?

—Cuando alguien ama algo tanto, no se cansa, Dahlia —responde nostálgica—.

Es como los pasteles. Podrías comer pastel de chocolate todos los días hasta el último y no te cansarías, ¿verdad?

Pues a mí me pasa lo mismo. En la pastelería los días son largos y ruidosos, y este templo…

Es todo lo contrario: tranquilo, silencioso…

Y me recuerda el por qué sigo dibujando.

Mis primeros dibujos fueron aquí. La estatua de la entrada, la puerta principal, los cerezos en flor en marzo, los omamori colgando de las faldas de las chicas…

Si dibujo bien, puedo capturar algo de la paz de los demás para mí misma, aunque sea solo en papel.

La sonrisa que pone al final de la frase es pequeña, pero genuina. Y allí, sentada frente al altar, comprendo que la vida de esa chica es todo lo contrario a mi mundo: la ley, los juicios, la sangre.

Muy probablemente me habría parecido más a ella si me hubiera quedado en Seattle y no hubiera decidido tirar por el mundo del derecho.

Quizás no habría estudiado pastelería, porque cocinar…

No es mi fuerte, que digamos, pero sí que hubiera tenido otro tipo de trabajo.

Supongo que habría acabado poniendo tiritas con flores violetas a los niños pequeños en pediatría, mientras que mamá hace el turno de urgencias en la planta de abajo.

Quién sabe realmente qué hubiera pasado si no hubiera pasado lo que inevitablemente pasó.

—Oye, Nina, me alegra que estés aquí —digo, casi sin pensarlo, mientras bajo la mirada—. Ha sido divertido conocerte, justamente aquí.

—Yo también me alegro de haberte conocido —responde—.

No es por dármelas de nada, pero creo sinceramente que necesitabas conocer a alguien como yo.

Me ha dado la sensación de que no estás siendo plenamente feliz aquí, y eso me entristece.

Yo soy muy feliz en Tokio, pero puedo intuir que tú no lo estás disfrutando de la misma manera.

Debemos tener más o menos la misma edad, ¿no?

Yo tengo veinticinco años, recién cumplidos, además.

Me acerco un poco hacia adelante, apoyando los codos sobre mis piernas.